Miércoles, 16 de Agosto de 2017

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“Primavera en Berlin”: El Repique de la Vida

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Gisela Cappellin se nos presenta ahora con su novela corta Primavera en Berlín (Caracas: Editorial Ex Libris,2010. 98 p.), la segunda obra narrativa de la celebrada poeta de Psicalipsis(Caracas: Ex Libris, 2007. 67 p.), de la narradora del novelín La cena(Caracas: Ex Libris, 2009. 102 p.) y del cuaderno de viaje Roraima(Caracas: Imprenta Candia, 2005. 59 p.).

De nuevo en Primavera en Berlín, esto parece ser esencial de las elaboraciones imaginativas de Gisela Cappellin, aparece Caracas como su centro de atención, como su querencia, cuando escribe narrativa, lo hace deseando la Caracas eterna, la misma que evocó don José de Oviedo y Baños(1671-1738) con palabras que los caraqueños nos sabemos de memoria desde los bancos de la escuela primaria. Esto dijo don José en 1723: ”En un hermoso valle, tan fértil como alegre y tan ameno como deleitable… que porque no le faltase circunstancia para acreditarla paraíso… parece que lo escogió la primavera para su habitación continúa” (Historia de la conquista y población de la Provincia de Caracas. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1992,p.232). Es esa la Caracas perenne que fue evocada por espíritus hijos y amantes de ella como Arturo Uslar Pietri(1906-2001) y Guillermo Meneses(1911-1978) en páginas inigualables. Es esa la Caracas deseada, la que soñamos plácida los que hoy vivimos en ella, los que rechazamos esta Caracas deteriorada que no queremos, la destrozada de hoy. Pero en esa urbe averiada en donde suceden lo que leímos antes en La cena y ahora en Primavera en Berlín. Es su centro, su ámbito, del cual hay un momento en que se evade a nuestra región petrolera del Zulia, se va hasta Bachaquero, de donde viene uno de los personajes de su nouvelle.

Como en su primera novela, La cena, en las ficciones de Gisela Cappellin los personajes se nos aparecen como centrales en la narración que se nos ofrece, y ello porque son las suyas novelas de personajes, por ello se espigan y desarrollan desde ellos, con ellos. Y son tan de personajes sus ficciones que el paisaje pintado, con belleza y certeza, es precisamente el necesario para poner en medio de él a sus criaturas.

Ya hemos indicado que Primavera en Berlín es una novela corta. Para hacerlo su autora nos demuestra su hábil manejo del arte de la brevedad en el cual cada palabra es esencial en el relato que nos ofrece, estas no pueden ni faltar ni sobrar. Y es distinta desde luego la maestría que requiere la creación de una nivola, como las llamaba don Miguel de Unamuno(1864-1936), que la forma con que se dan vida a los cuentos, lo que también exige ciertas condiciones en sus autores, pero distintos a los que una noveleta requiere.

Si nos ponemos a señalar los rasgos que definen a Primavera en Berlín diríamos que la forma como está contada resalta la finura, la delicadeza con que cuenta(p.35), la forma como se hacen presentes seres muy de la vida cotidiana, “common people”, personas de esas con los que nos topamos todos los días, que son como nosotros, gente como uno. Hay en este libro, como se lee en una de sus líneas “sensibilidad y habilidad”(p.24), manejo del detalle, el gran poder de evocación con el que interroga aquel pasado con “olor del mantel almidonado”(p.17), aquel mundo “escondido tras el aroma de los merengues y los almíbares”(p.17). Es por ello correcta la cita que hace de unas frases de un gran maestro de la técnica teatral, el ruso Constantin Stanislavski(1863-1938) cuando advirtió: “Se debe estudiar concienzuda y atentamente lo viejo para comprender mejor lo nuevo”(p.11). Y ello es importante porque el arte de dirigir la palabra desde el escenario está presente aquí y porque, aunque algunos no les guste, el pasado manda en nuestras vidas, a veces nos dirige, nos sugiere incluso los cambios necesarios.

A esto hay que añadir que toda Primavera en Berlín está contada desde los ojos de una mujer, desde la rica sensibilidad de ser femenino. Esto lo vemos, es un ejemplo, creemos que significativo, cuando describe físicamente al actor Alberto Luigi, que es el primer personaje con quien nos topamos al abrir el libro. Solo la sensibilidad de una mujer puede describir a un hombre así, una mujer heterosexual desde luego.

Caracas, ya lo hemos anotado, es el ámbito tocado por la Cappellin en su ficción, más bien revelación de unos seres y de unas vivencias.

Tan es Caracas el ámbito tocado que en Primavera en Berlín que en ella leemos este bello pasaje:

“Sabiendo que era domingo, Alberto Luigi quiso dormir un poco más, disfrutando la posibilidad de extender a voluntad los minutos de sueño. No tiene otra cosa que hacer; el teatro donde hace su representación está cerrado por mantenimiento y, además, el día está encapotado. La lluvia es buena excusa para evitar el remordimiento de quedarse en casa; el frescor de las plantas húmedas hace más apetecible la cama, que a fuerza de no tenderse, ha adquirido una forma que le resulta acogedora. El joven actor cae en un profundo y corto sueño; cuando vuelve a despertar, el apetito lo lleva a tientas directamente a la cocina y la encuentra invadida por la claridad del día. Por la somnolencia, no ha abierto completamente los ojos; arrastra un poco los pies descalzos. Al ver las jaulas apoyadas en el marco de la ventana, sonríela imaginar que también las aves se alegran del día libre y aprecian la leva tranquilidad que la ciudad brinda los fines de semana. Todavía es temprano; desea desayunar en abundancia y con calma. Prepara con esmero la comida; coloca sobre la mesa lo que va a ingerir; también, al alcance de su mano, los posibles alimentos que, por capricho quizás, después se le antojarán”(p.19-20).

Y allí vemos esa Caracas en donde la ficción se desarrolla, ella la describe gratamente, la de los mayores, como la abuela de Alberto Luigi, la de una generación intermedia digamos a la que pertenecen Eloisa y Germán Antonio o la más actual en donde está Alerto Luigi.

Y cada uno tiene rasgos que define lo que hace, tal quien inicia, como lo hacían nuestros mayores, la lectura del periódico por “Las notas de los muertos”(p.20) sabiendo al hacerlo las relaciones afectivas que las familias tienen y para rendir culto a la memoria de los amados ya idos.

Pero vayamos más adentro de Primavera en Berlín. Ya hemos anotado que esta novela, como antes La cena, es una novela de personajes. Ellos, en este caso los tres, los esposos Eloisa y Germán Antonio y el artista Alberto Luigi, constituyen la esencia de esta novela.

Alberto Luigi
En Primavera en Berlín nos topamos, desde sus primeras páginas con Alberto Luigi: un muchacho huérfano criado por la abuela en Bachaquero, en tierras del Zulia. Venido a Caracas este, ya un actor formado, se siente desarraigado aquí, “en el destierro que siente en esta ciudad”(p.34), por ello ”evoca los momentos de su niñez, cargados de sabores y aromas…con la percepción de que su mundo interno se desarrollaba libremente; su cabeza solo se apropiaba de sensaciones agradables y sobrevivía así a los trances de la pobreza. Disfrutaba del agua fresca sin percatarse del calor; del olor del queso recién cuajado sin quejarse del hambre; del sonido de las chicharras sin notas la soledad. Se fue acostumbrando a las cosas que le agradaban, haciendo caso omiso de las dificultades. Se hizo un hombre optimista, seguro de si mismo, dispuesto a que todo le sonriera”(p.22).

Se dice, en los tratados de crítica literaria, y en la experiencia de todo lector, que es esencial la forma como comienza una novela y como son sus últimas líneas. Aquellas con las que se inicia Primavera en Berlín no pueden ser más exactas. En parte pueden ser tenidas con una precisa presentación de lo que es el hecho teatral, nada escapa a su suceder en la mirada de la escritora. Y ello es tan exacto que al abrir el volumen, en su primer párrafo, nos encontramos a un actor, Alberto Luigi, sobre el escenario.

Y al bajar del proscenio estamos ante el hombre a quien debemos la creación que se le he visto alumbrar para el público. Es entonces que sabemos que “muestra una actitud serena y casi infantil…Las manos, relajadas una sobre otra, se muestran pequeñas…se enviste de una cierta dulzura…por encima de la ropa casual y desarreglada se note la suntuosa musculatura del torso”(p.10-11).

Eloisa
Eloisa, la mujer protagonista de Primavera en Berlín, la gran creación literaria de Gisela Cappellin, es un personaje paradójico, un ser que no ha vivido.

Por ello Eloisa en el presente, del que se siente lejos, recuerda el pasado, “la luminosidad de esos días, con el rol rebotando…la intensa luz no alteraba la temperatura; las tardes de entonces eras siempre frescas”(p.17), memora ”los detalles como si hubieran sucedido hacía poco tiempo”(p.17). Es ella una “dulce y discreta señora”(p.37), quizá melancólica, podía preguntarse el lector, una de esas mujeres, ya prácticamente extintas, educadas para el matrimonio y el cuido del hogar, personas que viven en sus casas, para el esposo e hijos, sin una vida propia. Pero en el caso de Eloisa, es el reclamo de la vida, y de allí las aristas psicológicas con la que nos la pinta su autora, un día se aventura, casi sin intuirlo en un comienzo, a tener algo para sí misma, que sea de ella que no posee nada, quien es apenas una ama de casa. Un día decide ir a un curso de apreciación musical, más tarde a una función de opera, en el relato es fácil percibir que la ópera vista es La Boheme(1896) de Giocomo Puccini(1858-1924), que en el primer acto sucede en una burdilla y en la segunda parte del segundo acto en la algarabía de la calle, momento por cierto muy grande de esa arte aquellos instantes con Musetta haciendo de las suyas(p.40).

Pero ya en esos momentos el reclamo de la vida se hace presente en Eloisa, una exigencia a la que es imposible desatender, “Suelta tu imaginación, libera tu fantasía”(p.58) recuerda, como dándose impulso para nuevos días, que la llenen”, cuando tararea “La negra tiene tumbao” de Celia Cruz(1923-2004). Y lo hace, porque piensa en “el joven que en secreto se asoma a su mente”(p.59) que no es otro que Alberto Luigi, a quien ha conocido en el teatro,”piensa en lo relajada que se siente al estar a su lado”(p.63), “Lejos de incomodarse por las diferencias, ante esa genuina sencillez ella se siente salvada de las exigencias de su entorno”(p.63-64). Ella está despertando del letargo, saliendo del invernadero, por ello: “Eloisa mira al joven con sentimientos encontrados: temor ante la inseguridad de acercarse a un mundo distinto al suyo, lleno de riesgos y, por otro lado, una ternura desconocida que le produce deseos de protegerlo”(p.64). Y así se acerca a él. Leemos: “Cuando se conectó su mirada a los ojos de ese hombre, cuya intensidad le infundía un alto poder de seducción, la mezcla de aborrecimiento y fascinación le produjo ansias. Presume que hay una atracción mutua e imagina que él se ha fijado en sus labios. Ahora saborea la dulzura húmeda de su propia boca. Se sospecha apetecible y tiembla: nunca antes se había figurado en los sueños de otro”(p.65), así “Sus sueños sobrepasan la figuración y, con el encanto de lo prohibido, acaricia a su marido mientras piensa en otra piel”(p.68), “Ahora el deseo no tiene que ver con el contacto repetido de la misma piel; viene de su pensamiento escondido: idealiza a ese joven que apenas ha visto y supone que él la desea también. El apetito nace de su cabeza, rebota en las entrañas, en un área desconocida dentro de ella, como si ese acceso a su intimidad no hubiera existido anteriormente”(p.68-69).

Y como es lógico, ante tantas carencias, vivencias que la vida le reclama vivir, se enamora del actor. Este solo por el tenderle las manos e invitarla a bailar produce un terremoto dentro de ella: “Era la primera vez que tenían un contacto físico y el roce de la piel desató en ella un formidable goce, como si sus manos fueran una prolongación del resto de su cuerpo”(p.78-79). Es la culminación del amor y del deseo, es el repique de la vida que requiere ser vivido. Tal el pasaje que se inicia en la p.79, que se cierra, en la siguiente, con la línea “cierra los ojos al saberse perdida”(p.80). ¿Perdida o encontrada, es la interrogante que llega a la fantasía del lector.

Y otra pregunta, después de estar con Alberto Luigi, ella está llena, plena, pero “Se siente agobiada, pues el deseo continúa al asecho y sabe el daño que puede ocasionar su imprudencia”(p.81), “Está acobardada: hay una parte de ella que no logra controlar: surge como un animal sediento tras el olor del agua y no puede contenerlo porque es capaz de arrastrarse hasta satisfacer su apetencia. La fuerza dentro de ella le era desconocida y ahora la estremece”(p.81). Es lo que le sucede, es lo que hemos denominado la llamada de la vida, que es la esencia de este precioso libro: Eloisa tiene miedo a traspasar las barreras “Se ha permitido libertades que según sus costumbres y valores son inaceptables. Ha excedido sus restricciones, siente que es imposible sostener la avalancha de sus deseos. Su avidez surge en ebullición, como si estuviera fermentada por dentro”(p.81), “No puede dejar de pensar en su familia; tiene la sensación de que ha hecho las cosas mal. Encuentra absurda y contraproducente la pasión. Descubre que es inútil escuchar el clamor de sus huesos: están atados a una vida hecha, a una historia escrita, a un destino inalterable”(p.81-82). Pese a ello, es el clamor vital otra vez, que requiere ser vivido, “No logra dar la espalda a su voz interior, pero tampoco puede renunciar a la estabilidad que la rodea, a la organización que la sostiene”(p.82).

Pero “Encuentra imposible protegerse de sí misma, no sabe qué hacer. Quisiera transportarse a otro lugar; supone que si se desintegra nadie notaría su desaparición”(p.82), “Siente el rostro marcado por la desesperanza; la angustia la corroe; nadie, ni siquiera los hijos, serían capaces de entenderla”(p.82).
Pero a la vez está sola ante la inmensa vivencia, “Se siente cada vez más incomprendida”(p.82), esa, entre la realidad de su hogar y los mandatos de la piel, lo que la hace sentirse incomunicada, “le hace percibir su existencia en un hueco hondo y fatuo”(p.82).

Y vive lo que siente, y un día revienta, ha tocado todo lo humano que hay en ella, todo lo pasional que estaba escondido, pero que estaba vivo en ella. Y ello, pese a lo que vemos sucederle, cuando el marido, de forma egoísta la arranca de lo que ella siente. Pero su enamorado está presente en ella, por ello cuando ve en Berlín una escultura: “una mujer envolviendo con sus brazos una figura masculina más joven”(p.97) sabe que aquella le habla a ella. Y por ello “llora en silencio porque no es primavera”(p.98) porque no hay sol aun, aunque si lo hay dentro de ella. Y es aquí en donde el lector descubre el por qué de su título de esta narración, en su penúltima hoja(p.97). Y aquí es imposible dejar de pensar en el maestro Stendhal(1883-1842) cuando expresó que “Las pasiones son caprichosas”.Y además, puede pensarlo el lector, la rebeldía siempre es creadora, nos recuerda por momentos la canción de Delia Dorta: “Nunca quiso ser infiel pero la llevaron los pies”. Pero aquí es más que una simple infidelidad conyugal, es la respuesta a un clamor vital que debe ser vivido. Así Eloisa nos resulta también la nieta de Berta, la protagonista de Tres palabras y una mujer(Caracas: Asociación Cultural Interamericana,1944. 146 p.) de Lucila Palacios(1902-1994). Berta, una de los personajes fundamentales de nuestra novela femenina, para nada desea ser solamente: ama de casa, las tres palabras del título de aquella obra de nuestros años cuarenta, pionera en la comprensión de lo mujeril, la que los espíritus más conservadores de aquellos años consideraron como poseedora de un “feminismo desquiciado”. Y no lo era. Como no lo es la decisión de Eloisa, palabras estas últimas que podríamos utilizar también como título de la novela de Gisela Cappellín.

Germán Antonio
Ahora si aquí está el centro de Primavera en Berlín no podemos dejar de lado a Germán Antonio, el marido de Eloisa, que para nada entiende nada. Y no lo puede hacer porque no tiene sensibilidad para entender lo que sucede.

Germán Antonio no es una mala persona. Pero es un hombre que ni siquiera se le dio el derecho de escoger su propio camino: desde niño supo que como único varón de su familia estaba destinado a sustituir al padre en la dirección de la empresa familiar. No tuvo alternativas. Y quizá por ello es un solitario, “Nunca ha encontrado afinidad con ninguna de sus amistades”(p.48), posiblemente es un inseguro, una persona muy dedicada a lo suyo. Y solo a ello. “Desde el principio se ajusta al fin que persigue y sólo si lo requiere el asunto sus comunicaciones son extensas”(p.73-74). Así bastante incomunicado, solitario, encerrado en sí mismo, su formación no le permite ver que la esposa debería tener áreas personales de desarrollo, que no debe ser solo aquella de la cual dependen todo en el hogar, que se siente mutilada sin un vivir propio.

Germán Antonio es uno de esos seres que cuando la crisis se presenta se desploman, tal cuando comienza a percibir que algo sucede a Eloisa(p.74-75) y no ve más allá de sus ojos porque para él: “Ella es el eslabón de su existencia; su bienestar es fundamental para la estabilidad de su vida”(p.94). Nada más, solamente, así de simple. Y la forma como actúa no puede ser peor. Está llamado a comprender pero está inhabilitado para hacerlo pues está más mutilado que la propia Eloisa que contra viento y marea se aventura.

Noviembre 4, 2010


Apéndice
Como una ilustración a lo que hemos advertido antes sobre Caracas al comentar la novela que hemos glosado añadimos estas observaciones que tenemos escritas en una ponencia nuestra sobre nuestra ciudad(“Caracas narrada”, Fundación Francisco Herrera Luque, leída en el Celarg, Caracas, Octubre 17, 2006):
”Estamos ahora ante tres Caracas. La primera es la que sufrimos y no nos gusta. La segunda es la que deseamos nazca. La tercera es la siempre perenne.

La primera la encontramos en una cita de un ensayo de Juan Liscano(1915-2001). Esto escribió el poeta en 1995: “Caracas ya no es la ciudad de Juan de Abila(de La casa de los Abila,1946), de Ana Isabel(de Ana Isabel, una niña decente,1949) o de Vidal Rojas(de Fiebre,1939). Tampoco es la mía. Este engendro abortado y viviente de urbanismo a retazos, responde a la realidad de un país que aún no ha llegado a ser una nación; al caos de estos años finales del segundo milenio, al hacinamiento de gente pobre en villas miseria repugnantes, a la natalidad prolífica de quienes no tienen con qué alimentar a su prole; a una forma del mal y de la dislocación de valores”(Pensar a Venezuela. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1995,p.116). Y sobre el país en que vivía(y viviría todavía seis años más, pues murió en el 2001), en ese mismo 1995, aquel caraqueño raigal por vida y poesía, consideró que sobrevivíamos dentro de la “corriente de una historia desafortunada, violenta, contradictoria, regida por fuerzas negativas que hirieron a muerte al propio Bolívar” (Pensar a Venezuela,p.116). Sobre lo que dice Liscano sucedió al Libertador ver su estudio: “Bolívar, el otro”(Pensar a Venezuela,p.76-101). Y es bueno advertirlo: estas frases, escritas en el máximo de la angustia ciudadana por un hombre ejemplar(y para nosotros querido maestro), no fueron redactadas por un opositor a Hugo Chávez como se podría creer al leerlas fuera de contexto. En ellas están lo que un espíritu sensible veía y sentía antes de 1999.

La otra Caracas, la segunda, la que deseamos, es aquella en donde la vida urbana nos alimente y donde su gente viva con justicia social lo cual nos acerque hacia aquello que se puede llamar felicidad, a la cual se refirió el mayor de sus hijos, Simón Bolívar(Escritos del Libertador. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1982, t.XV,p.5-36. La expresión que citamos, tomada de la versión original del Discurso de Angostura(febrero 15, 1819), es “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social, y mayor suma de estabilidad política”(p.16). Y dos renglones más adelante asienta: “¡que la dicha sea el dote de Venezuela”(p.17).

Pero esa segunda Caracas no surgirá sin la crítica de la actual en la que vivimos, crítica en el sentido que dio a esta palabra, que tiene muchas significaciones dentro de la cultura, en el caso preciso de México, Octavio Paz(1914-1998) al anotar:”Al México del Zócalo, Thatelolco y el Museo de Antropología tenemos que oponerle no otra imagen: todas las imágenes padecen la fatal tendencia a la petrificación, sino la crítica: el ácido que disuelve la imágenes. En este caso(y tal vez en todos) la crítica no es sino uno de los modos de operación de la imaginación, una de sus manifestaciones. En nuestra época la imaginación es crítica...la crítica no es el sueño pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones. La crítica es el aprendizaje de la imaginación de su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. La crítica nos dice que debemos aprender a disolver los ídolos: aprender a disolvernos dentro de nosotros mismos. Tenemos que aprender a ser aire, sueño en libertad”(Posdata. México: Siglo XXI, 1970,p.147-148). Esto escribía el maestro Paz en 1969 sobre su ciudad. Y esto mismo debemos hacer para renovar a la segunda Caracas: hacer un ejercicio pleno que nos lleve a edificarla de una manera distinta, diversa, a aquella a la cual adversamos. Para ello se necesita hacer la crítica de la que tenemos hoy y hacer la búsqueda del lugar en donde está la que deseamos.

La tercera Caracas es la perpetua. El primero en dejarnos su descripción, que es clásica, escrita en gracioso estilo barroco, es decir lleno de gracia, fue don José de Oviedo y Baños(1671-1738) en 1723. Hasta hace pocos años, cuando la educación instruía y educaba a los caraqueños, nos sabíamos este pasaje de memoria desde los bancos de la escuela primaria. He aquí su fragmento más connotado, el que ha travesado las generaciones: ”En un hermoso valle, tan fértil como alegre y tan ameno como deleitable, que de Poniente a Oriente se dilata por cuatro leguas de longitud, y poco más de media de latitud, en diez grados y medio de altura septentrional, al pie de unas altas sierras, que con distancia de cinco leguas la dividen del mar en el recinto que forman cuatro ríos, que porque no le faltase circunstancia para acreditarla paraíso, la cercan por todas partes, sin padecer sustos de que la aneguen: tiene su situación la ciudad de Caracas en un temperamento tan el cielo, que sin competencia es el mejor de cuantos tiene la América, pues además de ser muy saludable, parece que lo escogió la primavera para su habitación continúa, pues en igual templanza todo el año, ni el frío molesta, ni el calor enfada, ni los bochornos del estío fatigan, ni los rigores del invierno afligen: sus aguas son muchas, claras y delgadas, pues los cuatro ríos que la rodean, a competencia la ofrecen sus cristales, brindando el apetito de su regalo, pues sin reconocer violencias pasando, en el mayor rigor de la canícula mantienen su frescura, pasando en el diciembre a más que frías; sus calles son anchas, largas y derechas, con salida y correspondencia en igual proporción a todas partes; y como están pendientes y empedradas, ni mantienen polvo, ni consienten lodos; sus edificios los más son bajos, por recelo de los temblores, algunos de ladrillo y lo común de tapias, pero bien dispuestos y repartidos en su fábrica: las casas son tan dilatadas en los sitios, que casi todas tienen espaciosos patios, jardines y huertas, que regadas con diferentes acequias, que cruzan la ciudad, saliendo encañadas del río Catuche, producen tanta variedad de flores, que admira su abundancia todo el año, hermoseándola cuatro plazas, las tres medianas, y la principal bien grande y en proporción cuadrada”(Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1992,p.232)

La tercera, la de la Caracas de todos los tiempos, es también aquella a la cual se refirió Arturo Uslar Pietri(1906-2001), otro caraqueño de vieja estirpe, en 1969, al anotar: ”Pero lo que sigue siendo la maravilla fundamental de Caracas es la misma que gozó y admiró el conquistador español y todos los que han venido a ella a lo largo de sus cuatrocientos años de existencia: el clima y la luminosidad del valle. Acaso no haya clima comparable en el mundo. Protegida por sus montañas, levantada a mil metros sobre el nivel del mar, nunca hace frío ni calor excesivo, conservada como en un milagro de primavera perpetua...La calidad y pureza de la luz labra y destaca las formas y los colores y juega con los matices. El cielo parece más amplio, más alto y más abierto. Todo es transparente y preciso. El Ávila es la gran tela de fondo donde juegan los prodigios de la luz de Caracas. Como una inmensa catedral de bosques, vista por el más audaz de los maestros impresionistas, cambia su mole de colores y hasta de formas, desde el alba hasta el anochecer. Es un espectáculo tan único, tan inagotable y tan magnífico como el del mar”(“Visión de Caracas” en su En busca del Nuevo Mundo. México: Fondo de Cultura Económica, 1969,p.220-221).

A esa misma urbe se refirió también otro de sus grandes espíritus, Guillermo Meneses(1911-1978), al anotar: “el caraqueño es la difícil síntesis de montañés y costeño...Hubo siempre ese sueño del mar, tan cercano, aunque oculto por el cerro eterno: el Guraira-Repano de los indios, el Ávila del mestizo que se forjó a su sombra... Por eso tal vez anudamos el sentido de la travesura y la fanfarronería con esa otra discreta actitud de la vida corriente. Hay, sin duda, la ansiedad de hacer sitio a los verdes fantasmas que vienen del mar y eso se logra de muy diversas maneras equivalentes a la desnudez de lo que puede ser más entrañable: el mar de los instintos, de la borrachera, de la payasada por la cual se dice una verdad sonriente, acaso marcada de sarcasmos...En este sentido el caraqueño, como buen montañés, ha gustado de cierto recato, de cierta reserva que se diría buen tono, respeto por las formas elegantes y corteses, pero al mismo tiempo desdeña cualquier forma de impertinentes pretensiones. A los cambiantes tonos de la montaña que absorbe y refleja las llamas del día, añade el recuerdo continuo del mar que bate olas adentro de su pensamiento. Hombre de excepción el caraqueño por esa doble capacidad de vivir en la altura de la montaña y en la intensidad de la costa. La montaña enseña todo el valor de la serenidad que se puede ser imagen de máxima inquietud. Cambia en los juegos de la luz la recia contextura del cerro como si fuera espejo de un mar que hubiese detenido su agua brava y el mar se hace monte en su constante ola, rota y crecida de nuevo hasta que se rompe en la playa como risa violenta...Podemos terminar esta crónica conforme las iniciamos: los indios llamaban al monte Guaraira-Repano. A su sombra creció la ciudad que abrió ventanas sobre el mar...Digamos, para afirmar nuestro compromiso eterno con su amor, las palabras de los antiguos representantes del pueblo: Si juro y amén. Será como si nos casáramos con ella ante la autoridad del cerro con ese sueño de mar en la cabeza y en el corazón”(El Libro de Caracas.2ª.ed.Caracas: Concejo Municipal del Distrito Federal, 1972, p.339)