Por: R.J.Lovera De-Sola
La muerte de Isaac Chocrón Serfaty, acaecida en Caracas, hace pocas semanas(Noviembre 6,2011) a la edad de ochenta y un años, pues había nacido en Maracay, Aragua, en el seno de una familia de judíos sefarditas, el 25 de Septiembre de 1930, nos obliga a repasar su vida y el sentido de su obra creadora. Lo hacemos a partir de una confidencia que nos hizo en una entrevista, hace tres décadas, “Mi pasión fundamental no ha sido el teatro, ha sido escribir”(El Universal, Caracas: Febrero 18,1973, Cuerpo 1,p.28). Es ello lo que da sentido a las reflexiones que aquí consignamos.
No se debe tener a Chocrón sólo como el mayor dramaturgo venezolano del siglo XX sino como uno de los mayores escritores del país, alguien que, sin embargo, consignó sus mayores palabras a través de sus nutridos diálogos teatrales también lo hizo en el espacio de la novela y en el ejercicio crítico, siempre en su caso dedicado al teatro, vertiendo siempre en sus libros jugosas exploraciones. Siempre hemos considerado que sus novelas deben ser consideradas para comprender a este creador pues en ellas consignó visiones que consideró más íntimas, que quiso expresar a través de lo que llamó, en confesión a Miyó Vastrini(1938-1991), “el viaje largo, solitario, pero no desolado, de la novela”. Las escribió para estar solo, con sus fantasmas, comprendiendo, así nos lo dijo, que el teatro siempre era un hecho colectivo, sobre todo desde que salía de las manos del dramaturgo y se ponía en manos de los directores y actores. Además, no tomar en cuenta las obras no teatrales de nuestros dramaturgos ha sido grave error. Tanto como ha sido no considerar el sentido que tienen las obras teatrales de creadores quienes se han expresado preferentemente a través de otros géneros.
La Vida
Seguramente, la mejor manera de repasar la vida de Isaac Chocrón la hallamos en las páginas del libro de Miyó Vestrini: Isaac Chocrón ante el espejo(Caracas: Editorial Ateneo de Caracas,1980.224 p.), por ello lo seguimos aquí.
Isaac Chocrón ante el espejo es una obra que se lee de un tirón, que no se puede dejar cuando se ha iniciado su lectura. Miyó Vestrini nos ofrece allí el perfil de uno de los autores centrales de nuestra literatura contemporánea. El volumen recoge una larga conversación entre la periodista y el dramaturgo. Pero no es sólo Chocrón el protagonista sino que lo son también aquellos que siempre han estado cerca de él, su padre, su hermano Mauricio, Esther Bustamante, Francois Moanak, Elías Pérez Borjas(1932-1993), Román Chalbaud(1931), José Ignacio Cabrujas(1937-1996), Eva Ivanyi, la dulce Sara Delgadillo. Volúmenes como este deberían multiplicarse porque permiten un conocimiento hondo de los senderos de la creación literaria entre nosotros, porque despiertan lectores, porque nos muestran los por qués de quienes se expresan a través de la palabra escrita. Se trata en este caso de un coloquio vivencial. Ni la periodista ni su interlocutor han temido meterse en los vericuetos de la vida interior. Ambos saben que sólo la verdad tiene sentido, que ésta no hace daño sino que nos esclarece, nos ilumina. Por ello temen a su contrario: recelan, sospechan, de lo fingido, de lo enmascarado, del disfraz que confunde. Ambos hablan abiertamente frente a nosotros, como el propio Chocrón lo reconoce al decir: ”Escojo la manera como quiero decir las cosas, pero puedo decir las que se me ocurran. Podemos estar en este sofá, decirnos cosas íntimas y decirlas con la nobleza de la amistad”(p.14). Y este es el tono que reina a todo lo largo de este inmenso palabreo frente a la grabadora. Conversación hecha a lo largo de muchas semanas, que hoy, desaparecido Chocrón cobran un valor inusitado. Constituyen de las pocas obras en que un escritor venezolano expresa su universo personal, sus verdades más íntimas, sus vivencias más esenciales. Hay unas pocas obras más, tal otra de la propia Miyó Vestrini: Salvador Garmendia pasillo de por medio(Caracas: Grijalbo,1994.167 p.) o el largo palique de Rafael Arraiz Lucca con Arturo Uslar Pietri(Ajuste de cuentas. Caracas: Los Libros de El Nacional,2001.101 p.), sus páginas finales resultaron siendo el testamento y el legado del creador escritor y pensador.
Afirmamos que en el caso del diálogo con Chocrón se trata de un cofidenciario intenso en el cual el creador Chocrón se descubre así mismo, no teme dejar que sangren sus heridas, pues sabe que exponiéndolas las podrá curar, exorcisar. Sin embargo, no descubrimos aquí un “inesperado y apasionante”(p.7) Chocrón sino que confirmamos lo que siempre habíamos pensado, intuido, sentido, sobre él. Hay varias formas para comprender este palique. La más superficial de estas lecturas sería tratar de fundamentar el modo de ser de este creador en las vivencias, recuerdos y menciones que nos ofrece Chocrón en sus piezas y narraciones. Sería un error, ya que el hombre de letras contemporáneo no es omnisciente. Una vía más honda, la que a nosotros interesa, sería seguir el periplo del hombre de letras e inquirir sobre los por qués de su vocación, sobre por qué se llega a escribir, por qué sólo son algunos los que lo hacen, qué forma, o conforma, a un creador. Y esto es importante cuando se trata de un hombre como Chocrón, cuya pasión fundamental ha sido escribir. Y no sólo teatro. Por la vía que señalamos se llega a la incitante reflexión que surge de la lectura de este libro, singularísimo sin duda. De allí el interés de lo que nos ofrecen en su platicar Vestrini y Chocrón. Podemos así observar al futuro hombre de teatro dentro de las tensiones de la infancia, desde aquel niño triste sin la madre presente, esta había abandonado al marido e hijos, en una época en que tal figura, como la del padre, es insustituible. Veremos la formación de aquel adolescente solitario en tierra extranjera, el significado de algunas presencias singulares, sobre todo aquella luz tutelar, la hermana Mercedes Chocrón, que se fue sin quererlo, una día aciago del sesenta y siete. Dentro de la perspectiva anotada habría que reparar en el dolor como fuente para la invención artística. De allí que uno de los amigos de Isaac Chocrón pueda decirle a la entrevistadora: “El dolor es creación. Isaac, sin deleitarse en el dolor, lo ha interpretado, lo ha analizado y ha hecho su obra”(p.35). Hombre consciente del sufrimiento, quien siempre ha buscado el amor(p.40), siendo casi siempre protagonista de esta vivencia central del ser humano, amante y no amado, como él mismo precisa(p.52), recordando el célebre pasaje de Carson McCullers(1917-1967) en La balada del café triste.Vida y obra se entrelazan en este inventor de situaciones dramáticas. De allí que la obra pueda sustituir a la paternidad.
Chocrón ha sido un escritor de oficio desde que comprendió, una tarde en París, cual era su camino, su destino, su vocación. Chocrón ha sido también un escritor profesional, sobre todo a partir de 1969, cuando abandonó su profesión de economista, quien, desde entonces, en la soledad, “porque no hay nada más solitario que escribir”(p.60-61), labró su obra. La suya ha sido una producción en cuatro frentes: el teatro, la novela, la crónica, el estudio de crítica teatral. Sus piezas surgen cuando encuentra una “situación dramática, de algo visto o sentido o vivido o de algo que nos han contado. Y son los personajes los que crean la situación dramática porque si es lo contrario se convierte en una telenovela”(p.55).
En cambio sus novelas surgen cuando Chocrón tiene la necesidad de “retornar de nuevo al viaje largo, solitario, pero no desolado, de la novela”(p.47). Fue ese cultivo lo que le llevó a concebir libros tan singulares como Pájaro de mar por tierra(Caracas: Editorial Tiempo Nuevo, 1972. 185 p.) sobre la identidad sexual, nuestra primera novela gay; la vasta meditación, profética se llegó a pensar, sobre la crisis venezolana que se acercaba, evidente en 50 vacas gordas(Caracas: Monte Ávila Editores,1982.256 p.) o el recuento autobiográfico que subyace en El vergel(Caracas: Mondadori,2005. 149 p.), la que tiene un sitio de excepción, a nuestro entender, dentro de nuevas novelas de formación.
Chocrón confesó que siempre trató de escribir bien “Tan perfecto, tan apretadito que no le sobre ni le falte una palabra”(p.54). Antes había expresado: ”Me encantaría no morir antes de haber escrito una oración perfecta. O casi perfecta. Con predicado, sujeto, bien redondita”(p.19). Creemos que esa oración insuperable está en El acompañante(1978). Es esta: “Estela: Le puedo pedir un favor? No vuelva a llamarme puta. José: ¿Por qué? Estela: Me crispa. La palabra. No el concepto. Por favor…”(Teatro. Caracas: Monte Ávila Editores,1981,t.I,p.202).
Al concebir sus escritos Chocrón entregó todo hasta quedarse sin nada, desnudo. Por eso su gran miedo no fue otro que la imposibilidad de escribir.
He aquí algunas de las reflexiones más singulares, las que más hondo han tocado nuestro interior desde que las leímos por vez primera, esta silueta de este dramaturgo, quien no ha hecho otra cosa que pensar, escribir y tratar de interpretar, mediante la escritura literaria, las tensiones que existen entre los seres humanos. Y ello desde Mónica y el Florentino(1959) hasta Los navegaos(2006). Y siempre hay que hacer una observación, no anotada por nuestra crítica, que Chocrón inició su escribir no con una pieza sino con una novela, Pasaje(Caracas:Edime,1956.187 p.).
Siempre Escritor
En el último fascinante diálogo que sostuvo en vida, con la periodista Milagros Socorro consignó varias observaciones sobre el hecho de ser escritor y sus modos de trabajar frente a la página en blanco, hoy ante la ventana del computador(“La última entrevista con Isaac Chocron Serfaty”, en El Nacional, Caracas: Noviembre 12,2011).
Siempre se sintió hombre de letras y vivió como tal. Tanto que su amigo el director Ugo Ulive llegó a decir que siempre “flota… con un impulso creativo enorme”.
Tanto que contestó a la periodista cuando ella le dijo que lo veía mejor, pese a la enfermedad que padecía, que había pedido, “que no me enviaran la muerte, que me dejaran hacer cinco o seis cosas que me faltan. Después de eso, me entrego tranquilo a la muerte. Recuerda que yo tengo una ventaja: soy judío. Tengo, por tanto, una gran seguridad frente a la muerte”.
Era lo mismo como lo había hecho, más de vez, Alfonso Reyes(1889-1959), enfermo cardíaco, al hacer un convenio con Dios pidiéndole le diera tiempo para terminar la obra que entonces escribía. Similiar pedido había formulado don Pedro Grases(1909-2004) el día que cumplió los noventa años, así nos lo dijo.
Fue ante este pedido que Milagros Socorro preguntó a Isaac que era lo que le faltaba por hacer: “Los párpados se le caen, sacude la cabeza pesadamente.
“Quiero seguir escribiendo. Cualquier cosa. Lo que sea. Tal vez, una historia de amor”. La periodista exclamó: “Me parece una idea extraordinaria. Todos queremos escribir una historia de amor.
¿Entre quiénes?, quiero saber. Quiénes serían los protagonistas de esa historia de amor.
Unos amigos. Me encantaría escribir la historia de mi amistad con Victoria De Stéfano”.
En ese momento Milagros le inquirió por el fracaso: ”Esa noción que descarta sin mayores aspavientos. Creo que nunca fracasé. No podía fracasar, porque a mí me encanta escribir. Y tomarme mi vodka”. Mezclado con Amargo de Angostura, como sus amigos sabían que le gustaba. El Amargo de Angostura es una bebida creada en esa ciudad(1817), por el médico militar Johann Siegert(1796-1870).
E insistió otra vez en su disciplina:
“Mi horario de escribir siempre fue de 9 de la mañana a 12 del mediodía. Si no me hubiera impuesto ese horario, nunca hubiera escrito nada". Sara cuidó siempre el silencio, que nadie lo molestara en aquellas horas en que se dedicaba a la escritura.
Le pide entonces Milagros un consejo para los jóvenes escritores: “Les diría, me contesta sin titubear: olvídate de ti mismo y ponte a escribir dos horas”. Esto nos recuerda aquel decir del artista nortemariocano Chuck Close(1940), citado por Philip Roth(1933), “los aficionados buscan inspiración; los demás nos levantamos y nos ponemos a trabajar” (Elegía.Caracas:Mondadori,2007,p.73).
Las Piezas Intimas
Dentro del escribir de Chocrón hay tres obras que debemos considerar como las íntimas, las más afectivas, las entrañables. Son Animales feroces(1963), Clipper(1987) y Tap dance(1999), las tres reunidas en Tap dance y otras piezas. (Prólogo: Victoria De Stefano. Caracas: Monte Ávila Editores, 2000. XIII, 246 p.). Ahora bien, estas tienen que ver con la familia y con el amor.
Desde luego, ello no quiere decir que el amor no aparezca siempre en el escribir de Chocrón, de hecho La máxima felicidad(Caracas: Monte Ávila Editores,1974.96 p.), sin pertenecer a este ciclo, es aquella en la que la meditación del amor aparece de la manera más amplia y sabia. Del amor dice allí, a través de Pablo, “¡Ah, el amor. Lo único que vale la pena”. Tan como allí dice Perla, “La felicidad es…sentirse bien con alguien”. A lo que Pablo añade, “la felicidad es…no sentirse seguro sino estar seguro…no tener a alguien…sino ser alguien…ser porque uno escogió comprometerse”(Teatro. Caracas: Monte Ávila Editores,1984,t.II,p.55,57). En La máxima felicidad aparece también un tema que es central en Chocrón: la familia elegida, los amores y amistades que toda persona escoge en la madurez. La familia elegida es distinta a la que él denominó automática: aquella en la que nacemos.
También el afecto, sobre todo por los discípulos, se hizo presente en dos singulares piezas: en Simón(Caracas: Alfadil,1983.72 p.) y en Escrito y sellado(1993). En la primera miró la historia de un alumno, Simón Bolívar(1783-1830), y de su maestro, Simón Rodríguez(1769-1854). En Simón dio carnadura en ella al hecho humano del encuentro de ambos en el París de 1804 y amplió el registro de las obras de ficción que miran a estos dos caraqueños singulares. Fue puesta en escena en un momento en que tema bolivariano tocó a nuestros hombres de teatro: José Antonio Rial(1912-2009) concibió su Bolívar(Bolivar/Arcadio. Caracas: Monte Ávila Editores,1986.167 p.) mientras que José Manuel Pelaez nos ofreció su S.Robinson(Caracas: Solistas de Venezuela,1983. 21 p. ). En Escrito y sellado aparece la gran tragedia de nuestros días, el Sida, y aquel profesor que se dedica a enseñar la obra de William Shakespeare(1564-1616).
La vida y la escritura de Chocron se nos ofrece no solamente como la propia de uno de nuestros más hondos dramaturgos sino que todo el conjunto de su obra, vaciada en textos teatrales(lo más sólido), novelas(en donde resalta como tema la búsqueda de la identidad sexual), crónicas, tal su sabroso tomo Señales de tráfico(Caracas: Monte Ávila Editores,1972. 354 p.), trabajos académicos, traducciones. Todos ellos nos lo presentan como uno de los más agudos ingenios de nuestra literatura contemporánea. Y no sólo como un dramaturgo sino como la figura de un creador.
Y de Tap dance y otras piezas se extraen numerosas reflexiones. Y afirmamos esto porque los tres textos recogidos ahora nos ofrecen las piezas más personales de su trabajo como dramaturgo. Obras en las cuales la vida, lo vivido, lo autobiográfico, le ofreció materiales para la recreación literaria para el escenario.
Si seguimos aquello que encontramos en este tomo, Clipper, es la segunda de ellas, puede ser observada desde varias aristas ya que en ella están contenidas varias de las instancias de su dramaturgia. Y para ello bastaría decir que su obsesión en torno a la familia heredada y a la familia elegida vuelve a aparecer aquí. Pero Clipper constituye otra manera de entrar en un ámbito que su autor ha explorado varias veces. Y lo decimos porque no se puede leer Clipper, una de las mejores obras de todo su escribir, sin reparar en Animales feroces, la primera pieza de esta trilogía, ya que de alguna manera en Clipper Chocrón ha reescrito Animales feroces con la sola diferencia que lo que allí era acritud, veneno que nos acaba, en Clipper es ternura y en Tap dance perdón, comprensión. La infancia y los recuerdos tanto de Ismael en Animales feroces como los de Jacobo en Clipper o de Elías en Tap dance siguen siendo tristes, pero el punto de vista es distinto en las tres piezas. En Animales feroces es lo destructivo; Clipper es la pieza del afecto, la obra del que ha madurado y observa a sus seres queridos con ternura. Y es más, como quiere que no se le pierdan, que no se mueran con él, los mete en los parlamentos de su obra y más tarde en las páginas de su edición. Hizo lo que Teresa de la Parra(1889-1936) escribió, “Me dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir conmigo que se me ocurrió la idea de encerrarlos aquí. Este es el retrato de mi memoria”(Las memorias de mamá Blanca. Caracas: Alfaguara,2011,p.28).
Clipper es por ello una rememoración; en Clipper su protagonista evoca a su gente; Clipper se refiere a algo que sucede en cada familia: el momento en el cual los hijos deciden su propio destino vital, instante durante el cual siempre se producen roces con los mayores. Estos al querer lo mejor para cada muchacho no se dan cuenta que la experiencia sólo se adquiere viviendo. No hay otra manera. De allí la controversia que encontramos en Clipper. En cambio en Tap dance es la memoria de lo vivido.
La discusión que encontramos en Clipper hay que entenderla para penetrarla, allí observamos a un peculiar grupo formado por dos padres, quienes son tocayos, a quienes sus esposas abandonaron, quienes habitan en la misma casa con los cinco hijos de ambos. En el momento en que se inicia casi todos están eligiendo su camino vital. Por ello Titonga llama a la casa “serpentario”. Tales son las tensiones que todos están viviendo. Pero, a pesar de todo, el cariño está presente. Así todo lo que en Animales feroces es acrimonia en Clipper es cariño, humana comprensión, tolerancia que les permite a los mayores comprender la senda que tomaron los hijos. Todo ello en Tap dance es comprensión, perdón, la epifanía del amor que vuelve, que resurge. Hemos dicho que esta no es la pieza de la “reconciliación” sino del “perdón” como él mismo Chocrón nos lo confesó, tras su puesta en escena, en presencia de Miriam Dembo, al toparnos una mañana frente a la plaza de Altamira.
Y es por estas razones que Animales feroces es tan ácida, Clipper es una obra sobre jóvenes. Para aquellos que buscan, o toman, su destino vital. A todos ellos les pasa lo que a Mercha cuando expresa “con gusto me montaría en el avión mañana y ¡zazz¡. Que de mil y mil vueltas por todo el mundo, con tal de no volver aquí jamás”. Y esto dice porque ellas, Mercha y Titonga, no hacen lo que desean como dice Jacobo a Tío Elías; lo que quieren es buscar no sólo aquello que les de de vivir sino algo para lo cual vivir. Por ello Clipper es la dolorosa historia del crecer, “Ya no tenemos hijos, sino hombres y mujeres” reconoce el afable Tío Elías. Todos ellos tienen sus propios derechos. Tal este diálogo:”Don Elías: ¿Piensas que debía consultarte?. ¿Debe un padre?...Jacobo:¡ es mi vida...Don Elías: que vida ni que ocho cuentos¡. Tú no has vivido¡....Jacobo: mayor razón para preguntarme”. Así si Animales feroces es la pieza de las tensiones, Clipper es el recuento de las decisiones, en ambas sus protagonistas deciden su sendero. En Tap dance recuerdan.
Clipper es también interesante desde el punto de vista de su escritura. Al concebirla Chocrón utilizó un lenguaje escueto, preciso, bien resuelto a través de diálogos chispeantes, llenos de humor, especialmente los del Tío Elías. En alguno de sus pasajes vuelve Chocrón a su pasión por las palabras. Tal cuanto Tío Elías dice: “En el Clipper. ¿Qué querrá decir esa palabra?. Suena estupenda...Prefiero saborearla sin saber lo que quiere decir”, lo cual recuerda el exacto diálogo suyo en El Acompañante que antes hemos citado. Ideas que nos vuelven a recordar el más íntimo deseo del escritor Chocrón fue llegar a expresarse con maestría, concebir una oración perfecta, su talento le permitió llegar a ello.
La Novela más Personal
Lo reiteramos: poco se ha reparado en la parte no teatral de la obra de nuestros dramaturgos, así un espacio de nuestra literatura ha quedado a oscuras, sin análisis, de lado, incomprendida. Tal es el caso de las novelas de Isaac Chocrón, a quien se ha considerado también, con toda razón, como nuestro primer autor dramático, tal la densidad y universalidad de sus temas.
Desde luego, no olvidamos, que junto a sus compañeros Román Chalbaud, a quien consideró siempre su primer amigo, y José Ignacio Cabrujas fueron considerados la “Santísima Trinidad del Teatro venezolano”, con sus obras, siempre básicas para nuestra escena, fundamentales en la madurez de nuestro teatro, el de antes y el de su tiempo, con repercusiones en el presente.
Pero Chocrón ha dado su contribución a nuestra novela, no hay que olvidar que su obra literaria se inicio con una de ellas, Pasaje, y tiene libros que no pueden ser soslayados, y ello desde Se ruega no tocar la carne por razones de higiene(Caracas: Editorial Tiempo Nuevo,1970.274 p.), la cual, como creyeron algunos erróneamente, no era una extensa acotación teatral sino una novela basada en el diálogo, lo cual es distinto. Igual dramatismo tiene la historia que encontramos en Rómpase en caso de incendio (Caracas: Monte Ávila Editores,1975. 352 p.). El país asomándose a la gran crisis que aun vivimos está en la celebrada 50 vacas gordas. Un momento de perturbación cataclísmica aparece en la sobrecogedora Pronombres personales(Caracas: los Libros de El Nacional 2002.141 p.).
Pero creemos que la búsqueda de la identidad personal y sexual ha dominado el mundo narrativo de Chocrón desde Pájaro de mar por tierra, la primera novela homosexual de nuestras letras, eso mismo está otra vez, sin mucha suerte, tras sus tres primeras páginas ejemplares, en Toda un dama(Caracas: Alfadil, 1988. 271 p.) y se desarrolla dentro de un intenso clima de saudade en El vergel, una novela breve escrita con frescura inigualable, la cual posee capítulos insuperables como “Minián”, una ceremonia judía, “Anything goes” o “Titonga”. Hay en ella, además de muchas otras gracias como la bella rememoración de nuestros amados años cuarenta(p.91-92) y un sabroso elogio de la comodidad.
Novela sin duda autobiográfica es El vergel, a la cual han venido a parar las memorias de otros días, de los felices de la niñez en el cual el protagonista fue protegido por el amoroso padre, los hermanos, el tío, los queridos primos, que lo salvaron del dolor del abandono materno.
En El vergel está el recuerdo pero todo mirado a través de la reconstrucción que hace el narrador en la cual incluso se reinventan pasajes para poder contar una historia que seduzca el lector, tal como Chocrón lo logra aquí convocando en sus páginas los recuerdos del protagonista o las voces de otras presencias de su vivir(p.95). Así El vergel se une a ese grupo, muy soslayado, de novelas venezolanos hechas sobre el arte del recuerdo como Las memorias de mamá Blanca de Teresa de la Parra, Viaje al amanecer de Mariano Picón Salas(1901-1965), Ana Isabel, una niña decente de Antonia Palacios(1904-2001), Cumboto de Ramón Díaz Sánchez(1903-1968), También los hombres son ciudades de Oswaldo Trejo(1924-1997) o Campañero de viaje de Orlando Araujo(1928-1987) porque en El vergel se hace verdad “Quedaste de último para que, siendo escritor, contaras nuestras vidas”(p.141). De allí que subraya todo lo que le quedó “en la memoria, en la nostalgia, para el resto de nuestras vidas”(p.11)
Recuerdos, el vivir en casa con los amados, la familia elegida, el judaísmo, el amor(p.82), la honda rebeldía(p.121) y la búsqueda de identidad sexual situada en la diferencia(p.40 y 41), presiden esta bella novela. El amor como esencia del vivir, sin el cual no se puede existir, y la amistan también lo es, otra forma del amor. Ambos constituyen el fundamento de El vergel.
Es dulcísima la evocación de Maracay con la cual se inicia El vergel, son esenciales aquí las últimas diez líneas de la p.11. Son estas: “Estar yo en Maracay es como ver eso que en pintura se llama ‘pentimento’: a medida que el óleo en una tela envejece, se vuelve transparente. Cuando eso pasa, es posible ver, en algunos cuadros, las líneas primerizas que el pintor trazó y de las que luego se arrepintió, ‘pentimento’, para dibujar otras encima. Así, se puede ver lo que quedó del inicio por debajo de lo actual. ¡Maracay, mi pentimento!”.
La Hora Final
En su último palique con Milagros Socorro nuestro hombre le confesó: “estoy mejor, porque ya no tengo miedo. Ni de morir ni de vivir”. Había superado aquel gran terror a desaparecer que había confesado a Miyó Vestrini en el dintel de los años ochenta.
La parca se le presentó el domingo 6 de Noviembre de 2011. Sara, su siempre presente compañera y confidente, pese a ser su ama de llaves y que siempre lo llamó el doctor, le contó el final a Milagros Socorro:
“El domingo 6, Sara me cuenta que a la una de la madrugada lo oyó quejarse. Se acercó a él. Isaac cogió la mano de Sara, se la llevó al corazón y la presionó sobre él. Ella le preguntó: ¿es allí donde le duele, doctor? Y entonces él exhaló un largo suspiro y se quedó, dice Sara, "como un niño, tranquilito. Sin dolor y ni molestias”.
Marzo 22,2012.
(La primera versión de este artículo apareció bajo el título de “En recuerdo de Isaac Chocrón”, en www.analitica.com: Caracas: Marzo 22,2011).











‘Junto a Arturo Herrera y José Antonio Hernández-Diez, Meyer Vaisman es el artista venezolano más importante de su generación, y la ineludible presencia de su singular, poderosa y provocadora obra creadora marcó el arte nacional de finales de siglo de manera contundente..'