Martes, 28 de Marzo de 2017

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Teoría anticorrosiva

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Por: Mario Rodríguez Guerras

Lourdes Carcedo, Arantxa Boyero

La crítica ha aceptado siempre las ideas expresadas por algunos grandes artistas como si se tratara de verdades absolutas. Las razones por las que los sabios establecen estas conclusiones eran las constantes referencias por parte de los artistas al espíritu y la naturaleza. Esos hombres sensibles no se conformaban con el conocimiento del mundo material y entendían que debía haber otra verdad que quedaba oculta a la simple percepción sensorial.

Pero que barruntaran ese mundo e hicieran constantes referencias a él no demuestra que le hayan encontrado. Muy al contrario, nos parece que la afirmación que hicieron del valor de las vanguardias demuestra otra cosa.

En este mundo falsificado, toda manifestación conforme al pensamiento de su tiempo logra implantarse en la colectividad. En un principio, esa forma resultó ser la fuerza física pero más tarde solo se admitían las razones. Pero la existencia de razones no implica ni una verdad ni una necesidad, pues bien sabemos todos que las razones son fáciles de encontrar, solo hay que asistir a un juicio para comprobarlo y, también, sabemos que, la mayoría de las veces, quien busca razones es quien carece de razón.

Así, vemos cómo hasta la religión debe buscar, como medio para justificar su implantación, no alguna idea superior sino algún valor práctico, como la caridad y la compasión; y que, mediante la idea romántica de la libertad, se han justificado las posturas políticas más extremistas. Según ese mismo principio actúan otros hombres en el mundo social para justificar sus actos y sus ideas, es decir, mediante la presentación de un ideal que acompaña a sus intereses de tal forma que los ingenuos atribuyan las cualidades de la idea al acto interesado.

Y lo más sorprendente es que todos ellos creen actuar de forma honesta pues, dada una posición, es posible elaborar un mundo artificial sobre ella. La cuestión es poner en evidencia la artificialidad de una posición generada a partir de unos intereses.

Si los artistas encontraron sus razones para explicar sus actos y esos actos eran contrarios al orden establecido y si la oposición política deseaba hechos y razones para justificar su superioridad moral por encima de la moralidad del poder establecido, tanto la crítica como la teoría comprometida abrazaron las nuevas formas artísticas y los argumentos de sus creadores y los defendieron y difundieron, pero nunca como defensa de una verdad sino como referencia a un ideal que pudiera acompañar, como carta de presentación, a sus pretensiones, es decir, a sus aspiraciones de dominio.

Los autores no comprometidos quedaron nublados por las razones presentadas y no supieron contraatacar. Además, las corrientes generales del pensamiento iban en esa misma línea y ninguna razón es admitida cuando se opone a un sentimiento personal o general.

Si los pensadores que se aferran a ideales del pasado no son capaces de encontrar en las formas que presenta el pensamiento en los nuevos tiempos el modo de justificar sus valores, quedan sus posturas desacreditadas y los ideales perdidos. La astucia de los defensores de lo nuevo consiste en resaltar ciertos valores que se negaban en el pasado sin advertir qué se procede a negar con su postura y qué valor tenía lo que se defendía en el pasado.

Gran parte de la sociedad se deja convencer por bellas palabras y elevados ideales sin plantearse qué hay detrás de esos argumentos. Otra gran parte de la sociedad se deja engañar por las personas que respaldan sus mismas ideas y las inconsistencias de la argumentación no les interesan.

Daniel Romano, S/T

Puesto que los sabios pertenecen al mundo social que se ha logrado imponer, es fácil entender porqué las condiciones de su teoría contienen una cláusula de defensa del mundo social. Si su interés principal no es el conocimiento verdadero sino aquellos aspectos parciales de la verdad que contribuyan a la justificación de esa forma de entender la existencia y se esforzarán por cumplir aquella condición que no haga sino justificar su propio valor y la necesidad de su existencia aunque sea dentro de esa falsificación de la vida que es el mundo social.
Como sabemos, el arte del siglo XX fue una expresión de la nueva forma de pensamiento y los teóricos de ese tiempo debían hacer cuanto estuviera en su mano por defenderlo. Y lo que estaba en su mano era ofrecer argumentos presentados en forma de razones. Esa defensa del arte no era tanto la defensa de una verdad como la defensa de una nueva forma de entender la sociedad. Es decir, la forma con la que se buscaba una justificación del arte resultaba conveniente a la defensa y credibilidad de las nuevas ideas por lo que podemos decir que la defensa del arte era una bella y dulce forma de lucha de intereses. Los hombres comprometidos pronto comprendieron la necesidad de convertirse, sino en pensadores, si en portadores de unos pensamientos cuyos argumentos quedaban respaldados socialmente. El arte quedaba al servicio de la política y la teoría conformada a sus necesidades.

Las razones a favor de las vanguardias debían hacer referencia a los criterios que entonces gozaban de credibilidad. Con el tiempo, esos criterios han ido cambiando y, hoy en día, cuanto más racionales y fríos resulten más válidos parecen pero, hace cien años, era todavía necesario hacer referencia a las ideas del mundo, no como concepto, eso es interpretación posterior, era obligatorio tratar del sentir para dirigirse al mundo.

La música y la poesía, así como el espíritu y la naturaleza, son ideas que pueden quedar conceptualizadas, liberadas de su valor real, para adquirir un valor social. Eran referencias al pasado que podían ser empleadas en aquel momento. Y eso lo entendieron los sabios, pero lo entendieron a partir de las referencias que a esos términos hacían los artistas. Los artistas fueron los primeros en hacer propaganda del valor de su labor. Las ideas se conceptualizaron y se vendían como ideas lo que eran conceptos, es decir, contenedores de cualquier contenido.

El arte de las vanguardias era todo ciencia, un aspecto que los defensores de los nuevos tiempos habían ocultado y que los viejos pensadores no comprendieron. Los artistas acabaron por creerse sus propias interpretaciones pero tampoco tenían que hacer otra cosa, en su labor creativa fueron honestos, en lo que erraron fue en la interpretación de lo que hacían.

Estos hombres estaban educados en un mundo racional y solo podían expresar lo que conocían acerca del mundo del espíritu y de la naturaleza a través de conceptos. Sus referencias al mundo superior eran más teóricas que sensibles y, si bien barruntaban una realidad superior a la experiencia, lastrados por la razón se acercaban a ese mundo de una forma romántica. El arte de las vanguardias es un arte lógico, un ser espiritual hubiera advertido esa distancia entre la búsqueda de la verdad y la conquista realizada. Los hechos y las palabras no coincidían.

Quien dedicó menos esfuerzo a justificarse fue Picasso, y ese espíritu libre fue quien cumplió su voluntad y abandonó la tendencia de su tiempo. El hombre natural, que ha comprendido que el mundo social es una prisión para el alma, busca las referencias del mundo y de la verdad dentro de sí.