Miércoles, 22 de Mayo de 2013

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Secuelas del Arte Contemporáneo

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Por: Estefanía Bautista Brocal

Aún a día de hoy se siguen cuestionando a aquellos atrevidos artistas de las Vanguardias que decidieron plantar una pala, un urinario o un secador de botellas en pleno museo, como haría Marcel Duchamp. Contemplando el auge de este nuevo concepto artístico con las cajas de detergente Brillo, de Warhol, en 1964. Ante esta nueva imposición conceptual del arte, las preguntas se multiplicaban y el público entraba en la disyuntiva: ¿Qué diferencia hay entre los objetos que nos encontramos por la calle o en el supermercado y lo que presentan los artistas como object trouvé o ready made? Así pues, el espectador se encontraba ante un cambio conceptual, estético y formal.

Como respuesta tenemos a lo largo de los años todo tipo de reacciones, creación de movimientos que reflejan el momento artístico actual, etc. Así pues, encontramos al grupo de artistas pintores gallegos (Mariano Casas, Carmen Martín y Miguel-Anxo Varela) que se rebelan contra el arte oficial, el conceptualismo y el anti-arte. Con su eslogan `Arte es de todos´, declaran estar hartos del arte oficial, que parece ser, tiene que cambiar de forma cada seis meses para seguir vendiéndose. Hartos del `todo vale´ so pena de ser considerado subcultura o, peor aún, arte popular.

El arte queda expuesto, pero tanto el asumir cualquier cosa como arte, así como el que todo sea cuestionado va dejando efectos secundarios en el arte. Quizá, escarmentados del todo vale en el arte, existe una rebeldía ante la idea de que aunque el Estado lo haga artista por decreto no significa que los objetos sean arte por decreto. En el MOMA (Nueva York), en la sala de los `Samurai Trees´ el público permanecía minutos y el comentario general es que era sólo decoración. Los extremos nunca serán buenos, y la aceptación por inercia, mecánica o intereses no debe darse en el mundo del arte. Se debe evitar caer en las modas, la repetición, los discursos sin sentido o un arte indescifrable e imposible de separar del entretenimiento, el escándalo o el ocio, incapaz de subsistir sin ellos.

Pero a su vez el artista paga el precio por cada nueva expresión, al alcanzar tal punto de ausencia de reglas, pautas o bases, tal surrealismo y experimentación artística –hasta por parte del espectador- que ya no se puede evitar el acto de palpar una escultura o una instalación, llevando a que los galeristas tomen la medida de poner folios blancos con una leyenda en letras mayúsculas: `¡No tocar!´. Así ocurrió en la galería barcelonesa Estrany-De la Mota, tras notar que en la instalación `La revolución de los cómics´ de Francecs Ruiz faltaban cinco cómics. El espectador no encuentra su ubicación ante la obra, ni el límite de la participación de la experiencia. Algo similar sucedió en la galería italiana Fabio París, que en la sección de nuevos medios `Expanded Box´ donde exhiben cuatro videos en tres pantallas. Pero el problema es evitar que la gente no intervenga en ellos. Habían visitantes que lo intentaban y cogían los ratones que estaban al lado de las pantallas pensando que podían intervenir en los vídeos hasta que se encuentran a su lado al galerista que les dice amigablemente: ¡no, no, no!

El peligro al que se enfrenta el arte actual es el de acabar siendo víctima del espectador, peligrando su integridad y por el camino perdiendo su razón de ser. La galería mallorquina Sala Pelaires con una obra de arte sonoro del valenciano José Antonio Orts valorada en 32.500 euros, también sufrió de la `excesiva participación´ por parte del público. La instalación sonora consta de ocho micrófonos que registran el movimiento de las personas reproduciéndolas en notas de xilofón a través de ocho tubos de fibra de carbono. El caos se produce cuando niños de corta edad cogen los micrófonos o se meten entre los tubos mientras los miembros de la galería tratan de salvaguardar el estado integral de la obra.

O peor aún cuando las obras de arte quedan solapadas por la polémica que suscitan, por su excesivo carácter lúdico u ocioso, por una errónea interpretación o una pésima exposición espacial. No se puede permitir que el arte ya no importe por sí mismo sino por el hecho de tratarse de un objeto recogido en un museo. Y que aún así, sea poco valorado, despreciado o incomprendido por el público ¿Cuántas personas salen a día de hoy por las puertas de un museo de arte contemporáneos convencidos y maravillados por la exposición artística recién visionada? ¿Capaces de asegurar de que lo que han visto es arte?

Con todo ello, el arte se encuentra increíblemente a caballo entre lo banal y lo elitista, un hecho necesario de evitar, haciendo comprender y asimilar al espectador qué está ocurriendo artísticamente en nuestra sociedad actual, comprendiendo y valorando todas aquellas maravillosas obras creadas posteriormente a Miguel Angel, Leonardo Da Vinci o Monet, e incluso a las Vanguardias, ya que podemos afirmar –aunque parezca mentira-, parece ser que después de todos aquellos artistas aún ha habido vida y aún se ha creado arte. Y con ello, poder conseguir borrar la pregunta popular, tan trillada, que parece escucharse en boca de cualquiera cuando observa una obra, ¿Pero, esto es `arte´?...