Miércoles, 23 de Agosto de 2017

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Razones Para Leer a Iliana Gómez Berbesí

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Esperar que ella diga cómo es ser mujer, cómo ha llegado a serlo, qué tropiezos y ventajas ha encontrado, qué sufrimientos y qué alegrías le ha proporcionado su condición, ése es el único camino que se me ocurre”.
Ana Teresa Torres
Historias del continente oscuro
Caracas: Alfa, 2007, p.274

Presencia Generacional
Cerca, alrededor, en, durante, 1978 emergió una nueva promoción en las letras venezolanas. Una generación que ha sido fecunda en nuestras letras porque sus miembros han persistido en su oficio creador y así han logrado ser fieles a su vocación por la palabra.

A la salida por vez primera a la palestra literaria esta hornada fue bautizada por el crítico uruguayo Ángel Rama(1926-1983), entonces residente entre nosotros, como la generación de 1978, juicio que él asomó en un artículo(“Consejos para una generación nonata”, El Universal, Caracas: Mayo 7,1978), el cual produjo algunos amagos polémicos. De allí que no se pueda hablar de los creadores que publicaron por vez primera alrededor, en ese año o un poco después, sin referirnos a las observaciones de Rama. Por ello al ocuparnos en estas páginas de lo hecho por un miembro de esta pléyade, la narradora caraqueña Iliana Gómez Berbesí(Mayo 20,1951), comencemos por hundir nuestra uña en los “Consejos” de Rama. Cuando los leímos, y ahora que volvemos sobre ellos, pensamos que eran muchas, y casi todas importantes, las reflexiones que se podían tejer a partir de sus observaciones. Se trató, sin duda alguna, de una serie de acotaciones en las cuales debíamos reparar si deseamos comprender la situación de la actual literatura que se escribe, o se seguirá escribiendo, en nuestro país. Hay allí muchas sugerencias válidas.

Quizá el hecho de que Rama haya sido un estudioso de la literatura hispanoamericana cuyo proceso examinó como una totalidad sea una de las razones para reparar en sus notas porque fue precisamente esa virtud, las del observador que ve desde fuera, lo que dieron a sus anotaciones una perspectiva mayor y obligó a atender sus reflexiones.

Fue Rama quien llamó la atención sobre el “caso” que representanta la literatura venezolana dentro del contexto de la latinoamericana. Destacó el carácter especial de nuestras letras. Anotó como nuestra literatura constituye un suceso específico dentro de lo que se escribe en la América de habla hispana. De sus palabras se colige un hecho: había comprendido que pocas literaturas se han desarrollado en medio de una situación de conflicto, conflagración y batalla. Reparaba en el hecho de que en pocas literaturas se encuentra un conjunto de escritores, de obra culminada o trunca, que hayan tenido que batallar, pelear, chocar o enfrentarse a un medio tan hostil a la creación artística. Es la misma “tierra donde la atormentada vida deja poca tregua para una carrera literaria, donde la sensibilidad, la intuición y la emoción predominan sobre la razón y la voluntad” como lo expresó el maestro Arturo Uslar Pietri(Letras y hombres de Venezuela.2ª.ed.aum. Caracas: Edime,1958,p.282). Pero decir esto implicaba también que el crítico Rama había comprendido la otra cara de la moneda: el rostro seductor de la realidad y vio lo que había conspirado para arruinar vocaciones literarias auténticas, por los escollos en los cuales puede caer y ha caído nuestro creador.

Sin embargo, se le escaparon a Rama al menos tres hechos: el silencio que se hace alrededor de sus obras, asunto apuntado ya en 1861, en las páginas de El Heraldo, por Juan Vicente González(1810-1866) en una columna que siempre merece el examen como el que le dispensó, en 1925, el crítico Luis Correa(1886-1940) en su ensayo “Los inacabados”(Terra patrum.4ª.ed. Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1987,p.379). Allí está la terrible frase de Tragalibros, como llamaban a González en Caracas(de la cual nunca salió), diciendo que los escritores venezolanos no culminaban sus obras, como aquel al cual alude, Fermín Toro(1806-1865),

”embarazado por el silencio que se hace a su alrededor, y espera a que su pensamiento se transforme en gota de luz y caiga de su pluma. Nacen de esta situación obras inacabadas, fragmentos, pensamientos a que se ha comunicado su alma y que sin ocio ni disposición de espíritu para juntarlos entre sí, no forman jamás un monumento. Y el hombre llamado a la gloria de las letras, y que debió hacer florecer la admiración entre sus semejantes, viene a convertirse en un espíritu feliz que piensa, que conversa con sus amigos, que sueña en la soledad, que medita una grande obra que no acabará jamás, y que no llegará a la posteridad sino en fragmentos”.

Por ello hay muchos escritores nuestros, cosa que se escapó al noble director del colegio “El Salvador del Mundo”, aquellos que por no ser seguidos combaten el silencio dedicándose sólo a la lectura, la cual suple en muchos casos lo que quisieran haber confiado a la página en blanco pero la falta de la crítica literaria a tiempo o el poco interés de los lectores hace imposible proseguir. Esta es una de las características que hay que subrayar siempre que se estudie la literatura venezolana.

A lo subrayado por Correa habría que añadir su diagnóstico que sigue en pie, el cual forma parte de la meditación suya que hemos citado sobre los “inacabados”, la palabra está tomada de una glosa del escritor francés León Daudet(1867-1942), el mismo que llamó, equivocadamente, “estúpido” al siglo XIX. Consignó Correa:

“Entre nosotros esas causas son más visibles y desgarradoras: incompatibilidad con el medio; carencia de estímulos vivificadores; fraude o mala fe, tanto en el elogio como en la censura; invasión y fácil ascenso de los menos aptos, y un erróneo concepto de la democracia, que no es nivelación igualitaria como cree la generalidad, sino ascendente selección” (Terra patrum,p.378).

Y además para escribir se requiere de tiempo libre, el ocio creador, es labor que no puede hacerse sino en dilatadas horas. La escritura debe partir de este apotegma expresado por el maestro José Antonio Calcaño(1900-1978) al frente de unos ensayos suyos:”Fueron escritos para propia satisfacción…sin límite de tiempo”, como se dice de algunos eventos del Pancracio, en largos ratos de ocio llenos de actividad” (El Atalaya. Caracas: Monte Ávila Editores,1977,p.7) porque Calcaño era por sobre todo un humanista y conocía perfectamente las necesidades de aquel que se expresa con la palabra escrita. Tanto, que como recordó el médico y humanista Ildemaro Torres(Julio 13,2007), un día le pidieron a Calcaño que hablara en un acto cuya peroración no se le había avisado previamente y dijo a la persona que lo invitaba pasar a la tribuna: “no puedo hacerlo porque yo siempre preparó mis improvisaciones”.

Lo segundo, a lo cual tampoco alude Rama, es el hecho, del cual si se dio cuenta el zahorí argentino Tomás Eloy Martínez(1932-2010). Es esta: Venezuela estuvo de tal modo amurallada por las guerras civiles durante un siglo, como sostiene, y compartimos, Manuel Caballero(Ni Dios Ni Federación. Caracas: Planeta, 1995,p.145-163) que el trabajo literario se hizo imposible. Terminada la Guerra de Independencia(1810-1823) nuestras letras, que sólo habían tenido una imprenta desde 1808, fueron apenas incipientes en el período paecista(1830-1847) y monaguista(1847-1858), fueron pocas las producciones se hicieron conocer. En ese período, sin embrago, aparecieron el primer cuento, “La viuda de Corinto(El Liberal, Caracas: Julio 25,1837) y la primera novela, Los mártires(El Liceo venezolano, Caracas,n/ 2-7,1842), ambas escritas por don Fermín Toro(1806-1865), ambas fueron impresas en semanarios no en un volumen, de hecho, pese a su singularidad Los mártires no alcazaron el libro hasta 1957, cuando el historiador Virgilio Tosta(1922-2009) la imprimió como Tres relatos y una novela(Caracas:Universidad Central de Venezuela,1957). Vino entonces, desde 1859, la asoladora guerra y la creación se detuvo, guerra, como la Federal(1859-1863) y la que vimos sucederse en los siete años siguientes en los cuales casi pareció desapacer el país(1863-1870) como lo creímos también entre 1892-1899 Apenas en aquellas desoladas décadas hubo sólo un paréntesis de paz bajo los gobiernos de Antonio Guzmán Blanco(1870-1890) y la literatura floreció, incluso en obras angulares como la Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos(París: Jouby et Roger,1875. XIX,808 p.) compilada por José María Rojas(1828-1907), quien trabajaba en París, con la ayuda de su hermano el sabio Arístides Rojas(1826-1894) desde Caracas. Pero en 1892 aquel mediocre mandatario llamado Raimundo Andueza Palacio(1846-1900) rompió la paz al querer alargar el período presidencial y ya sólo hubo guerras hasta 1903. Es tan alta la concordia y la tregua, la armonía y el reposo, que el escribir requiere, que un pensador nuestro, Manuel Caballero(1931-2010), al secretear un ensayo dedicó dos líneas a afirmar: “Todos nuestros sueños de desarrollo intelectual...necesitan de la paz para hacerse realidad”(Contra la abolición de la historia. Caracas: Academia Nacional de la Historia, 2005,p.7). A la falta de quietud, necesaria para la tarea de concebir poemas, cuentos, novelas, piezas teatrales, crítica literaria, obras de historia, sumas filosóficas hay que sumar también las largas dictaduras que nos cerraron sobre nosotros mismos. Así, el hombre y la mujer de letras de nuestro país se acostumbraron a escribir sólo para sus compatriotas y para nada se preocuparon de difundir fuera de nuestro perigeo sus volúmenes, casi siempre impresos pagando el creador el precio de su edición porque tampoco había editoriales fuera de la del Cojo ilustrado(1892-1916) o la de Juan de Guruceaga(1897-1974), la Editorial Elite en los años veinte. Excepciones fueron por ello, durante el modernismo, Manuel Díaz Rodríguez(1871-1927) y Pedro Emilio Coll(1872-1947) y después Teresa de la Parra(1889-1936), el maestro Rómulo Gallegos(1884-1969) y Arturo Uslar Pietri(1906-2001). Dos novelas de ellos Doña Bárbara(Barcelona: Araluce,1929.351 p.) del primero y Las lanzas coloradas(Madrid: Zeus,1931.260 p.) del segundo recibieron en Madrid el premio de ”El mejor libro del mes” a semanas de su publicación. Nuestra mejor novela criollista En este país(Caracas: Editorial Victoria,1920.301 p.) no salió de nuestras fronteras a pesar de su edición original, plagada de errores tipográficos, fue hecha en Buenos Aires(1916). Y esta, lo sabemos por un trabajo de José Gil Fortoul(Obras completas. Caracas: Ministerio de Educación,1957,t.VIII,p.319), estaba ya escrita mucho antes(1903) de obtener la presea en la ciudad de Plata. La tienda de muñecos(Paris: Excelsior,1927.147 p.) de Julio Garmendia(1898-1977), pese a ser impresa en París, fue casi una desconocida hasta la edición hecha en los años cincuenta(Caracas: Ministerio de Educación,1952.149 p.), pese a ser la primera obra de literatura fantástica latinoamericana, anterior al primer libro de Jorge Luis Borges(1899-1986) que es de los años treinta: Historia universal de la infamia(Buenos Aires: Tor,1935.139 p.). El jardín de los senderos que se bifurcan(Buenos Aires: Sur,1942. 124 p.), del mismo Borges, que fue la base de Ficciones(Buenos Aires: Sur,1944.203 p.), que recoge todos los textos de El Jardín de los senderos que se bifurcan así como El Aleph(Buenos Aires: Losada,1949. 146 p.) fueron todas posteriores al flaco volumen de don Julio. Los trabajos de ficción y de ensayo de Mariano Picón Salas(1901-1965) impresos en Chile o Madrid no fueron conocidos entre nosotros sino después de su regreso del exilio(1936), Las lanzas coloradas de Uslar, uno de nuestros clásicos, sólo llegaron a ser publicadas en Venezuela en 1946, quince después de su apoteósica primera edición madrileña y luego también de haber sido antes impresa en Chile(1940) y Cubagua(País: Le livre libre,1931.128 p.) de Enrique Bernardo Nuñez(1895-1964), impresa en París en la misma editorial de Memorias de Mamá Blanca(París: Le livre libre,1929.288 p.) de Teresa de la Parra, quedó consignada casi toda en el puerto al cual llegó. Su propio autor escribió cuando se hizo la segunda edición(1959) que este maravilloso libro “Debió publicarse en 1930, porque cada libro, al menos los de esta clase, tiene su año. No lo fue hasta 1931 en la editorial “Le livre libre”, una edición de la cual apenas circularon sesenta ejemplares en Venezuela. Es posible que el resto de la edición fuese incinerada por aquel tiempo en la aduana”(Bajo el samán. Caracas: Ministerio de Educación, 1963,p.105).

La Menecracia
Lo tercero que deseamos añadir a la reflexión de Rama es que desde la aparición del petróleo en cantidades industriales la vida venezolana ha oscilado entre las altas y las bajas del oro negro. Y ello desde comienzos del siglo XX: la gran cacería petrolera fue en 1912, el estallido Barrosos 2 el 14 de diciembre de 1922, las decisivas cuentas fiscales(1927-1928) del 31 de diciembre 1928 fueron las que convirtieron a Venezuela en el primer país exportador del mundo. Desde esa fecha Venezuela es un país petrolero. Ello ha influido ciertamente,¡y de que manera¡, en nuestra vida política y social y además en nuestra expresión literaria. El país es feliz cuando los precios son altos, sufre cuando son bajos, tiene trabajo cuando suben, pierde su empleo cuando bajan. El petróleo ha distorsionado la vida venezolana, ha creado para nosotros “El festín del Baltasar” que dijo Uslar Pietri(De una a otra Venezuela. Caracas: Ediciones Mesa Redonda,1949,p.18). Ello se hizo más grande desde la gran subida lograda a partir del 26 de octubre de 1973, decisión impulsada por el presidente Rafael Caldera(1916-2009). Allí tuvimos la gran oportunidad, en el siguiente quinquenio que sería el que cobraría los nuevos recursos, de iniciar nuestro desarrollo moderno. Pero caímos en “La Gran Venezuela”, en la locura dolarista, en creernos un país rico, en una nación que todo lo podía tener con sólo recibirlo del “estiércol del diablo”, que fue como los conquistadores del siglo XVI, por la pluma de Gonzalo Fernánez de Oviedo y Valdés(1478-1557) en su Historia natural y general de las Indias, llamaron al “mene(1535)”. En 1974, sin escuchar los grandes consejos de Juan Pablo Pérez Alfonso(1903-1979) y de Manuel R. Egaña(1900-1985), este último dijo “primero cobrar, después planificar y mas tarde gastar”, entró el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez(1922-2010) a conducirnos al descalabro, en algo cercano a la demencia, se desarrolló plenamente la corrupción, el pueblo de Venezuela no tuvo lo que necesitaba para su crecimiento, la educación pública y los servicios de salud fueron abandonadas nos rodearon los planes faraónicos. Nada se pudo detener, prever para el futuro, las mejores voces del país que se levantaron ante aquella orgía de petrodólares no fueron escuchadas. Fue entonces cuando surgió “La pobre rica Venezuela”(Luis Beltrán Prieto Figueroa),”El boom de los años locos”(Domingo Alberto Rangel), “La Venezuela saudita”(Sanin) o la “era del parásito feliz”(Arturo Uslar Pietri). “La gran Venezuela” acabó cuando se terminó el dinero en el mismo primer período de Pérez, hubo que pedir créditos a los bancos internacionales y se creó una avasallante deuda externa(ver Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Polar, 1997,t.III,p.554-555). Por ello el nuevo presidente, Luis Herrera Campins(1925-2007), al juramentarse(Marzo 12,1979), dijo que recibía una Venezuela hipotecada(Diccionario de historia de Venezuela, t.II,p.687-688). Ello nos llevó a la crisis económica del sistema al hacerse las cuentas fiscales el 31 de diciembre de 1977 y comprobrase que vez primera, bajo Pérez, el país no había tenido superavit fiscal, ello era la primera vez que ello sucedía de la muerte del general Juan Vicente Gómez(1857-1935). Y lo que era peor: sucedió en el momento que la república tenía la mejor situación económica de toda su historia. De allí los negros nubarrones que aparecieron ara la nación desde 1978, esto lo reconocen algunos de nuestros mejores analistas. Ello llevó, por la imprevisión de Herrera Campins, a la desgracia política el 18 de febrero de 1983, día de la devaluación. Se hizo verdad desde aquel día que son los malestares económicos los que producen las crisis políticas.

El Rey Petróleo en los Libros
Y para entender la literatura venezolana hay que tener esto en cuenta. Tenemos una primera fase de libros: aquellos que se refieren a las novelas que tratan sobre la explotación, de la creación del campos petroleros, de lo que allí sucedió. Pero hay un segundo ámbito: estamos repletos de lo que hay que denominar mene vivencial o existencial. A Venezuela denominarla “la menecracia”(Alicia Freilich: Triálogo. Caracas: Editorial Tiempo Nuevos,1973,p.21). Tanto que el novelista Oscar Marcano(1958) ha declarado:

”Sí, el alma de los venezolanos depende de las fluctuaciones del precio del petróleo. Yo a veces veo la imagen de un venezolano que no se hunde en el mar Caribe porque está abrazado a un barril o bidón de petróleo. Es impresionante, pero eso es lo que determina y se refleja en su estado anímico. Si estamos de fiesta, es porque los precios están altos; si estamos depresivos, es porque los precios están bajos. En este momento nos permitimos hacer regalos porque estamos viviendo una borrachera petrolera, y una de las características de esas borracheras petroleras es que no nos damos cuenta de que estamos borrachos”(E.A.Moreno Uribe:”Venezuela es un país sin padres”, El mundo, Caracas: Mayo 10,2007,p.21).

Debemos decir también que la primera compañía de petróleo fundada en Venezuela fue “Petrolia”(Octubre 12,1878) en el Estado Táchira. Fue por ello que cuando le hablaron al general Gómez del petróleo el sabía de que se trataba. Y es muy posible, como lo sostiene Simón Alberto Consalvi(1927), que fuera el tirano el primero en decir “el petróleo es nuestro”(“Los ricos del petróleo”, El Nacional, Suplemento Siete días, Caracas: Junio 24,2007,p.21). En fin, el petróleo, como afirmó el experto Aníbal R. Martínez, nos ha traído tanto “don como daño”(Cronología del petróleo en Venezuela. Caracas: Foninves,1976,p.11). Es una feliz frase.

Nuestros Mejores Libros
Cerramos esta parte citando los mejores libros venezolanos según lo piensa hoy el joven escritor Juan Carlos Chirinos(1967): Diario de Francisco de Miranda(1750-1816), manuscrito redactado entre 1771-1789, impreso en 1929, bajo el cuidado del doctor Vicente Dávila(1874-1947), en los tomos I-IV del Archivo del general Miranda(Caracas: Academia Nacional de la Historia,1929-50-24 vols), y reeditado en los tomo I(1979) a IX(1988) de la nueva edición del Archivo mirandino bajo el mote de Colombeia(Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1978-2006.20 vols), título que el Precursor puso a sus papeles al empastarlos, con sus propias manos, en Londres hacia 1810, Arca de Letras y teatro universal(Caracas: Academia Nacional de la Historia,1993. 2 vols), de fray Juan Antonio Navarrete(1749-1814) manuscrito sin fecha,¿de inicios de siglo XIX?, fragmentariamente editado en 1962 con prólogo del maestro José Antonio Calcaño y completo, en dos tomos anotados por el doctor Blas Bruni Celli, en 1993, ambos trabajos, el de Miranda y el del fraile Navarrete, por cierto, ambos se conocieron porque el religioso fue capellán de sus tropas en 1812, publicados mucho después de haber sido escritos; Ifigenia(París: Editorial Franco-iberoamericana,1924.523 p.) de Teresa de la Parra, La torre de Timón(Caracas: Caracas: Lit. y Tip. Vargas,1925.227 p.) de José Antonio Ramos Sucre(1890-1930), La tienda de muñecos de Julio Garmendia, Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, Cubagua de Enrique Bernardo Nuñez, Percusión(Barcelona: Seix Barral,1982.259 p.), de José Balza(Ver Miranda, el nómada sentimental. Caracas: Norma,2006,p.108-109). Estamos con Chirinos cuyo rescate de Miranda como escritor compartimos, de hecho su Diario es el mejor libro escrito en prosa durante todo el período colonial.

Además hay otros nombres porque en la nómina no pueden faltar ni Ramón Díaz Sánchez(1903-1968), ni Guillermo Meneses(1911-1978), ni Vicente Gerbasi(1913-1992), ni Gustavo Díaz Solis(1920), ni Juan Sánchez Pelaez(1922-2003), ni Andrés Mariño Palacio(1927-1965), ni Alfredo Armas Alfonso(1921-1990), ni Salvador Garmendia(1928-2001), ni Francisco Herrera Luque(1927-1991). Pero además nuestras propias lecturas e investigaciones nos han arrojado la existencia de 113 libros de obligatoria lectura para entender el proceso literario venezolano cuyas glosas hemos redactado, allí están explorados los fundamentales de los autores que acabamos de mencionar. Pudimos escribir este libro gracias al apoyo y estímulo de Alejandro Armas, entonces presidente del Conac, un momento bajo el chavismo(1999-2000) en que gracias a su presencia no hubo censura ni persecución a los intelectuales funcionarios culturales de aquel momento.

Siempre el Sentido Critico
El artículo de Rama que hemos comentado, a veces apartándonos de él para sugerir otras consideraciones, no pudo llegar en un momento mas oportuno. Y no porque se pudiera prever, en 1978, la aparición de una nueva generación literaria sino porque era importante, esencial, fundamental, llamar la atención, como lo hizo Rama, sobre la situación de nuestra literatura. Y es verdad que mucha gente está consciente del hecho pero unos callan, pues es doloroso levantar la costra de una herida, y otros aceptan esta realidad silenciosos.

Esta situación fue diagnosticada por Rama al decir que él encontraba que “nunca ha parecido mas difícil que ahora escribir en Venezuela obras literarias”. Señaló también que el medio ha entorpecido el desarrollo de nuevos creadores. Apuntó que desde hace más de cuarenta años Venezuela no ha colocado un escritor de primera fila en la literatura latinoamericana y muchos jóvenes creadores han caído en las trampas que les ha puesto el medio. Como posibles remedios señalaba que es necesario que nuestros hombres y nuestras mujeres que escriben conozcan y acepten un sistema universal de valores estéticos como la única forma de escapar al estrecho “arcaísmo local”. Explicó que era necesario que se desarrollara un mayor espíritu crítico ante nuestra literatura. Pero a la vez llamó la atención sobre la necesidad de que quienes hacen la literatura crean en la labor que realizan y posean una real fe en el arte. Pero además se hace necesario, indica, que posean una disciplina de trabajo, perseverancia y pasión en lo que realizan. Y por fin se refirió a la necesidad que tiene el país de estudiar a fondo nuestra tradición literaria local pero haciéndolo sin ojos parroquiales.

Las proposiciones de Rama nos parecieron exactas. No exageró. Nosotros creemos que buena parte del mal que se ha hecho a la actual literatura venezolana viene de la acriticidad con la cual se han juzgado las obras primigenias de muchos de nuestros jóvenes creadores y la exaltación ha sido a veces tan ardua que, como consecuencia del elogio desmedido, muchos de estos escritores se han paralizado. La crítica no se han entendido en su exacta manera de ser, tal como la presentó Guillermo Sucre(1933) a Rafael Arraiz Lucca(1959) al decir:

”Es un caso general. Encuentro una falta de sinceridad en nuestra crítica. Curiosamente, hay el crítico que tiene una verdad que lo demuestra todo, que exalta o destruye un libro porque él tiene la verdad. Eso no corresponde a una verdadera ética de la relación con la literatura. El crítico elogia u objeta, sin tener intimidad con la obra. Esa falta de sinceridad está presente en todas nuestras relaciones sociales, políticas, etc. Somos muy acomodaticios y eso crea una relación hipócrita, poco saludable”.

Sigue el palique con otra observación de Arraiz:

“Eso parece corresponder con el espíritu hispánico porque los angloparlantes se dicen más las cosas, son menos susceptibles”.

A lo cual contesta Sucre:

”Tienen más libertad y convicción en todo lo que dicen, y esa actitud es lo que ha hecho más libre, más interesante a esa literatura. Rafael Cadenas en su ensayo “La barbarie civilizada” se pregunta si nosotros tenemos una literatura que sea, realmente, una crítica a la vida, a la vida como tal, y ya Mariano Picón Salas en Regreso de tres mundos(México: Fondo de Cultura Económica,1959.145 p.), en el capítulo IX cuando regresa a Caracas el año 1936, decía ‘hasta cuando nuestra literatura va a ser, simplemente, el redentorismo, el mesianismo histórico o y el pesimismo total, por qué no elevarnos hacia otras esferas”; era un llamado a cierta fuerza de imaginación, a nuestra capacidad para crear mitología sobre nuestra experiencia, a la búsqueda de una esfera moral, poética y metafísica más elevada”(Grabados. Caracas: Academia Nacional de la Historia,1989,p.75-76).

Ese deterioro, del cual habló Rama, se percibe en el hecho de que habiendo conciencia de todo lo que conspira contra la creación literaria han sido muy pocos los que han levantado su voz critica para señalar el daño que han hecho las “peñas etílicas”, el “mal de la taberna” que dijo Uslar Pietri en conversación con el crítico Domingo Miliani(1934-2002) con ocasión de sus siete décadas vitales(”Arturo Uslar Pietri: 70 años”, El Nacional, Caracas: Mayo 16,1976), en las cuales se han frustrado tantas posibilidades válidas de creación. Y esto hay que decirlo con claridad: los escritores de mayor edad deberían mas bien enseñar con su actitud, debían inclinar a los mas jóvenes hacia el trabajo disciplinado y no convencerlos, como sucedió con la llamada “República del Este”, que para ser escritor hay que ser bohemio.

Ahora bien no creemos, como dijo Rama, que Venezuela no haya producido ni un escritor de primera línea en los últimos cuarenta años. Allí está la obra de Julio Garmendia, de Uslar Pietri o de Guillermo Meneses o en la décadas recientes los libros de Salvador Garmendia, de José Balza, de Rafael Cadenas(1930), de Eugenio Montejo(1938-2008) para rebatir la falaz afirmación. ¿Pero que ha sucedido? Creemos que la respuesta es la siguiente: que nuestra incuria nos ha conducido a no hacer nada, o casi nada, por difundir a nivel continental esas obras y aquí es donde nos ha faltado sentido crítico y haber orquestado un esfuerzo mayor para mostrar lo que se ha hecho entre nosotros. Enseñar como nuestros únicos escritores no son Rómulo Gallegos, Teresa de la Parra, José Rafael Pocaterra(1889-1955), Miguel Otero Silva(1908-1985), Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri, magníficos claro está, quienes son los mas conocidos fuera de nuestras fronteras.

Hay que advertir con sentido que existen otros creadores cuya obra es desconocida fuera de nuestro perigeo. Y como consecuencia debemos preguntarnos quién es el verdadero culpable de esa situación: nosotros mismos es la única respuesta. Y todo ello por lo poco que hemos hecho para dar a conocer lo nuestro en el campo literario porque en cambio nuestros artistas plásticos siempre han tenido eco en el exterior. Para ello vasta pensar en los cinéticos.

Es en parte verdad lo que expresó Rama al afirmar en torno a las producciones de la Venezuela pre petrolera en la cual un Rufino Blanco Fombona(1874-1944) realizó trabajos que asombraron; José Antonio Ramos Sucre dibujó la hondura de su decir poético; un educador como Gallegos culminó el proceso de su escribir; un novelista como Enrique Bernardo Nuñez fue el adelantado en la creación de un espacio nuevo para el tiempo narrativo. En cambio, como anota Rama, en la Venezuela petrolera escritores, rodeados de recursos y muchos más estímulos, han truncado su obra por carecer de compromiso personal, por no tener conciencia plena de lo que hacen. Porque los que laboran con seriedad frente a la página en blanco, pensamos por ejemplo ahora en Salvador Garmendia, en Denzil Romero(1938-1999), en José Balza(1939), en Ana Teresa Torres(1945), en Yolanda Pantín(1954), en Oscar Marcano, en Alberto Barrera Tyszka(1960), en Juan Carlos Méndez Guedez(1967) o Juan Carlos Chirinos, han logrado desarrollar su obra y traspasar nuestras fronteras. Tales los casos también de la narrativa histórica de Francisco Herrera Luque, de la poesía Eugenio Montejo y Rafael Cadenas o en la crítica literaria o la poesía de Guillermo Sucre, todos ellos publicados por casas editoriales de otras geografías, cuyas obras han sido leídas lejos de nosotros, algunos en otras lenguas, dentro de perspectivas mas universales que los cerrados terrenos de nuestra parroquialidad literaria, grave escollo aun insuperado, o poco visto, pese a que Picón Salas llamó la atención sobre ello en su autobiografía hecho que también subrayó Guillermo Sucre.

Cuentista
Dentro del conjunto de creadores que emergieron durante el período del cual nos estamos ocupando se encuentra Iliana Gómez Berbesí. Ella ha publicado los libros de narraciones cortas Confidencias del cartabón. (Caracas: Fundarte, 1981.75 p.), Secuencias de un hilo perdido.(Cumaná: Universidad de Oriente, 1982. 85 p.), Tornillos de taller(en Voces nuevas. Narrativa. Caracas: Celarg, 1983, p.67-111) y Extraños viandantes.(Caracas: Fundarte, 1990. 135 p.). Es además autora del estudio, todavía inédito, el cual le sirvió como tesis para su licenciatura en Letras en la Universidad Central de Venezuela(1978), Las criaturas de la ciencia ficción en el cual estudia un tema que es le es caro: uno de los rostros de la literatura fantástica.

De entre sus libros Tornillos de taller tiene peculiar historia la cual no podemos dejar de contar: apareció con tal número de erratas que su editor lo sacó de circulación. Así el ejemplar en donde se imprimió Tornillos de taller se convirtió en rareza. A pesar de las muchas erratas de impresión de su primera edición nunca fue reeditado. Algunos pocos ejemplares, como el que aquí utilizamos, llegaron a manos de bibliófilos quienes lo conservan como una rara pieza de la bibliografía venezolana contemporánea. Como consecuencia de este accidente Tornillos de taller desapareció de toda circulación.

Con materiales procedentes de Tornillos de taller, que como tal no se volverá a publicar, por así haberlo decidido su autora, y con una serie de nuevos relatos Iliana Gómez formó sus Extraños viandantes, su cuarto libro de cuentos, obra la cual alcanzó dos ediciones(1990 y 1993).

Si se leen con atención las fábulas que forman Confidencias del cartabón, Secuencias de un hilo perdido, Tornillos de taller y Extraños viandantes podrá comprobar su lector que estamos ante un solo registro imaginario.

Confidencias
Así a través de los veinte y cuatro textos que conforman las Confidencias del cartabón su autora intenta atrapar lo fantástico cotidiano. Es esta una forma de asumir, de recrear cuanto nos rodea.

En el volumen que comentamos Iliana Gómez Berbesí escribe un tipo de cuento generalmente corto, a veces brevísimo, como sería el caso de “Morir en un periódico”. Pocas líneas le bastan para desarrollar aquello que nos desea contar. Y lo narra utilizando el humor, la ironía, a través de metáforas y comparaciones que tienen diversas fuentes, metiéndose dentro de los símbolos de nuestra cotidianidad.

El corazón de las ficciones con las cuales nos encontramos en Confidencias del cartabón son la expresión de los sueños no realizados, las imposibles quimeras de todos los seres humanos, las fantasías. O aquello que sólo ocurre una vez, como lo que acontece en “Una mujer sin brazos”. En otros se introduce en las evasiones, en sueños colectivos, como el del Príncipe Azul que todas las mujeres esperan como le sucede a la protagonista de “Ese yo que no soy yo” o el deseo de ser una persona distinta, de éxito; la apetencia de volver a nacer para ser otro, como sería el caso de “Si volviera a nacer”.

De tal manera que si seguimos, paso a paso, los cuerpos narrativos, siempre bien trabados, que se reúnen en Confidencias del cartabón nos daremos cuenta que uno de los temas focales de este conjunto de invenciones lo encontramos en el fragmento titulado “Problemas de alta tensión” en el cual se lee “Consciente de su lapso existencial cumplido sin grandes pormenores, o de haber perdido la oportunidad de crear una leyenda en torno a sus días, optó por conformarse con la historia de ocho horas diarias de trabajo en cualquier oficio mecánico…cumplía solemnemente con los sagrados deberes de marcar tarjeta, sonreír hacia fuera, maquillarse apropiadamente y el ritual de “¿Qué desea? Con gusto, Señor?”(p.13).

Hemos anotado que esta es una de las claves de las narraciones que glosamos. Y lo decimos porque a todo lo largo de la lectura de estos relatos, cuando el lector intenta desarmar los tornillos para explicarse aquello que su juguetona autora nos plantea, quien sabe donde es el lugar donde cabe la sonrisa, comprendemos que lo que nos ofrece no es otra cosa que aquello que está debajo, detrás de la máscara del ser humano. Más allá del maquillaje con que nos presentamos. Y afirmamos esto porque la cáscara de estas ficciones no es otra que mostrarnos lo que somos, aquello que podemos esconder a otros pero que no podemos ignorar, eso que nos acompaña cuando estamos solos “lo que vemos dentro de nuestros ojos”(p.46), “aquello que usted guarda tan celosamente que no se atreve ni a soñar”(p.49).

Y esto que está en el asiento zaguero es la quimera. La fantasía del que desea que llegue el mágico golpe de la suerte, como en “Un anillo ganado”, que nos topemos con aquello que podemos encontrar en un sitio insólito o sólo en los sortilegios del ensueño, como en “La mujer que vivía de los sueños”.

Secuencias
Por su parte en Secuencias de un hilo perdido seguimos el hilo de este mismo fantasear. Y esto podemos observarlo si nos detenemos en algunas fábulas de esto tomo. Tal podrían ser los casos de “Un día libre”, “El boxeador”, “La última batalla” y “La calle que nunca duerme” a través de los cuales la observamos mirando el sucederse de cada día con ironía.

Y esto decimos porque en cada una de estos cuatro cuentos podemos mirar el modo irónico con el cual esta fabuladora mira a al alrededor. Tal la búsqueda de un lugar propio y suyo como el que busca una de las mujeres de “Un día libre”; la melancólica descripción de un perdedor en “El boxeador”; la duda entre reír o llorar que sostiene ese agudo apólogo que es “La última batalla” o merodear el opaco ser(p.73) quien se encuentra feliz, libre, seguro de si mismo en el desamparo del anonimato de las avenidas ya que allí al menos “La calle insistió en sostener con él un diálogo pausado; le brindó asilo a su cuerpo y le entregó su alma. Así fue como un hombre distinto dio comienzo a la vida”(p.74) como leemos en “La calle que nunca duerme”.

Extraños
En el oficio de narrar Iliana Gómez Berbersí nos da siempre buenas pruebas en su libros. Extraños viandantes no solamente es la lógica continuación de sus desarrollos en la ficción breve sino que a la vez es una muestra mucho mas depurada tanto de su arte de contar como del peculiar universo narrativo dentro del cual se mueve esta autora. Y no es que las veinte y cuatro narraciones de Extraños viandantes nieguen aquello que antes hallamos, sino que a través de Extraños viandantes su autora se ha hecho mucho mas dueña del lugar en donde se desarrollan sus obsesiones, la vemos andar con mayor solidez. Miramos como al tratar todo lo que sucede a las mujeres solitarias de sus ficciones la ironía se ha instalado segura en los registros de su escritura; un modo de mirar a su alrededor del cual nunca ha estado lejos del humor, una chispa de suave risa, no de carcajada, en la cual habita la fina sonrisa de la hábil ironista que es su autora. Mirada delicada y sonriente en la cual a veces aparece una sardónica observación de aquella a quien nada escapa. Y es por ello que si bien casi siempre nos encontramos en Extraños viandantes con historias tristes nunca la alegría se apea de las páginas de estos relatos. Y es por ello que a veces nos encontramos aquí con el gozo, como podría ser el caso de “El hacedor de tornillos”, deliciosa invención, siempre sonriente, la cual es un lúcido juego con la palabra, una paráfrasis sobre el acto de escribir.

Pero no lo vamos a negar: Extraños viandantes es un libro intenso, que registra el hoy de tal forma que todos, hombres y mujeres, podemos ser sus protagonistas. Y su escritura y el modo en que está expresado es el propio de la ciudad, un registro que sugiere en rápidos trazos, trepidante, sin tiempo para detenerse en pormenores.

En los textos que conforman Extraños viandantes nos encontramos con un conjunto de historias de mujeres. De féminas solitarias por la imposibilidad que tienen de comunicarse con los hombres, especialmente cuando ellas ya han logrado su camino vital, han llegado a la madurez, saben hacia donde orientarse. Pero los hombres con los cuales se topan en su camino estas criaturas generalmente o son casados o son promiscuos, o son tipos destructivos como sucede en “El mundo bizarro”. Así en uno de los registros de Extraños viandantes nos encontramos con las dramáticas historias de mujeres íngrimas, quienes no saben elegir parejas y cuando las eligen fracasan. Así a través de estos cuentos, entre los cuales son muy buenos ejemplos “Para Andromaca con amor”, “Los sueños de Merlín”, “No todo se derrumbó dentro de mí”, con mucha ironía, que es la característica principal de Extraños viandantes, devela ante nosotros los aconteceres de algunas mujeres quienes fracasan amorosamente por la inmadurez de los hombres que se encuentran en su camino. Esto se puede ejemplificar a través de “Para Andromaca con amor”, relato a través del cual Iliana Gómez Berbesí nos sugiere como todo lo que amorosamente concluyó debe dejarse por terminado. No debe reeditarse. Así nos perturbe durante largo tiempo. Y esto a pesar de que cuando él se despide de ella le dice “Eres lo mas bello que me ha sucedido”(ed.1990,p.58). Pero eso no basta, no es ningún consuelo, nos sugiere la narradora. Otro caso es “Los sueños de Merlín” en donde una suicida deja su vida narrada en unos casettes, siguiéndolos nos encontramos como este amargo relato nos muestra el vivir solitario de su protagonista hasta su piel. Es esta una triste anécdota y de alguna forma, sardónicamente, esta narración nos muestra como nuestra felicidad no puede estar en manos de otros. Está en nosotros mismos. Igual es dramático “No todo se derrumbó dentro de mi” en el cual observamos la forma como pierden algunas mujeres cuando padecen lo que la autora denomina “complejo de Cenicienta”, quienes habitan, por su propia culpa, en asfixiantes matrimonios, en los cuales ni respirar pueden. Así solas, sin instancias, sin encontrar otros senderos las observamos en “El violinista”. Y esto acaece a los personajes de Extraños viandantes porque son únicamente soñadoras quienes no logran hacer reales aquello que desean o se proponen. Por ello estallan, por estar hartas de “pensar en función de los demás” como sucede en “Para filmar en tres D”. Casi todas, o todas, porque ninguna triunfa, existen sin existir. O porque sólo desean cambiar. No se atreven a hacerlo. A veces esta escritora no sólo mira dentro de las mujeres sino que al registrar el acaecer de la ciudad observa con vivacidad algunos de sus contornos, tal la vaciedad del mundo frívolo, sus espejismos, la vida de muchas personas sólo dedicadas al “body building” como lo podemos encontrar en “La clase media de la república de Miranda”.

Novelista
Iliana Gómez Berbesí era bien conocida por sus libros de cuentos, incluso internacionalmente, cuyas anécdotas recrean variantes de las vivencias de nuestro mundo femenino, y de nuestras mujeres de estos tiempos. Pero a mediados de los noventa nos sorprendió con su primera novela Alto, no respire.(Caracas: Contraloría General de la República,1999. 364 p.; 2ª.ed.Caracas: Monte Ávila Editores,2010.XXVIII,418 p.). Doloroso periplo constituye la lectura de un libro tan desgarrado como este; crudo, redactado como las partes de un diario(p.248) de una adolescente que estuvo recluida en un hospital público para tuberculosos cuando ya el deterioro, como todo en el país, durante la últimas décadas, tomó posesión de él. Se trata además de una “novela de formación”, de lo que en teoría literaria se denomina un “bildungseoman”, ya que su protagonista es una adolescente que sufre la enfermedad y quien está hospitalizada en el lugar en donde se dan cita las más dolorosas vivencias de aquella muchacha quien crece, en años decisivos del desarrollo de su personalidad, va camino a ser adulta en un hospital, un ámbito que como este apenas si se había asomado nuestra literatura en el epistolario de Teresa de la Parra, especialmente en sus Cartas a Lidia Cabrera(Madrid: Torremozas,1988.227 p.), en el reclusorio psiquiátrico que nos pintó Ana Teresa Torres en su novela Vagas desapariciones(Caracas: Grijalbo,1995.304 p.) o en el lugar en donde se va a morir tal como lo vemos en la ruda pieza Hospital de Blanca Strepponi(1952), inserta en su libro Birmanos(Caracas:Monte Ávila Editores,1991), en La enfermedad(Caracas: Anagrama/Alfa,2006.168 p.) de Alberto Barrera Tiszka(1960) o en el Ensayo sobre el sufrimiento(Caracas: UCV, 2005. 111 p.), la tesis de licenciatura de Carmen Luisa Plaza(1940). Por todo esto no nos debe llamar la atención que la novela que comentamos tenga un título médico: “¡alto, no respire¡” le dice un galeno a la paciente protagonista al hacerle un examen de sus maltrechos pulmones.

Con todo el dolor, el estremecimiento que produce la lectura de esta triste novela, sobre todo en aquellos que han padecido enfermedades respiratorias, como el asma, nos encontramos todo narrado en una época en ya que, gracias a la penicilina, la enfermedad era curable. Pero pese a ello encontramos una visión de lo peor, lo mas negro de la condición humana: aquellos que sufren en un hospital público, en el “calvario de los servicios públicos”(p.97), donde se vivencia lo “terrible que es vivir con gente enferma. Gente deshauciada como yo. Inválida. Gente que es un estorbo”(p.130) para la sociedad como lo son también los pobres, los marginados y los pordioseros. No se sabe qué hacer con ellos, se espera, como en este libro, que mueran.

Pero quien mira todo eso, quien vivencia tales actitudes, es una adolescente que padece la enfermedad mientras crece, quien por su dolencia debió dejar sus estudios y separarse de sus amigos y vivir recluida cerca de gente distinta a ella quienes han perdido todo esperanza de recuperarse. De allí el drama del personaje central de ¡Alto, no respire! Por ello llora defraudada, es maltratada por médicos, enfermeras, pacientes, los desperfectos que tiene la clínica donde está y por la degradación que sufre como ser humano quien todos los días no tiene la esperanza de salir curado en aquellas murallas del hospital(¿El Algodonal?). Se siente maltratada, debe renunciar a los placeres y descubrimientos de la primera juventud, a la transformación de la adolescencia en madurez, debe estar lejos del Liceo, de los estudios que tanto desea proseguir, de los jóvenes que son sus amigos, de las vivencias mas profundas como lo es el amor. De allí, que a fines de los años sesenta, alrededor de 1968, época de la ficción, sus dolores anímicos sean tan intensos, ya que casi todo, en aquellas horas, ha perdido “vigor y sentido para ella”(p.85).

Así en este libro, como en muchos otros, “se registra el resultado de la experiencia humana”(p.302), unas vivencias hondamente dolorosas, entre las cuales rasgos de alguna rara sonrisa muy de vez en cuando aparecen(p.253), en el cual la muchacha enferma no desea otra cosa que inventar un mundo nuevo, distinto, donde se sienta bien y puede ser feliz(p.304), por ello trata “de atar los cabos, en medio de la maraña de palabras grabadas y papeles, se convierte en un enredo inacabable. Aunque todo parece verosímil, siendo que la realidad permanece oculta en el algún rincón, que no logró encontrar”(p.354). En ese lugar están las esperanzas perdidas.

Y pese a ello, repetimos, este es un libro doloroso, como pocos hay en nuestra ficción: desasosegado, siempre a la espera de la hora de la muerte(p.42), buscando refugio en las creencias religiosas. Así la criatura que llena estas páginas está endeble, asustada, “la agonía no cesa”(p.87), vive “una clase de miseria que no se cura a fuerza de dinero”(p.101), sabe que “Por mucho que los biólogos y psiquiatras conozcan, nadie, sino uno mismo, puede tener verdadera noción de lo que nos pasa por dentro”(p.199). Por ello el tiempo del enfermo es un tiempo detenido.

Epílogo
Es por todas las razones expuestas es por lo que los universos imaginarios de Iliana Gómez Berbesí, en las narraciones cortas, en su fama, ya internacional, como cultora del minicuento y en la novela, son interesantes. A través de sus páginas no solamente encontramos a una creadora desarrollando su propio oficio sino que nos encontramos a un tipo de obra que podríamos denominar “mujeril”, a través de la cual se expresa desde la imaginación de una mujer que escribe el vivir, o el desvivir, de las mujeres de una ciudad a la vez real e imaginaria.

No podemos dejar de consignar lo grato que ha sido seguir a Iliana Gómez Berbesí en el proceso de alumbramiento de sus libros. Un día, durante un invierno en Londres(1979), la lectura de sus relatos fue para nosotros feliz descubrimiento. Y el trato continuo con ella, que se abrió entonces, días de 1980, gracias a nuestra inolvidable Elenita Vera(1939-1996), nos ha permitido comprender el proceso de concepción de sus cogitaciones imaginarias, conocer de cerca de los viandantes urbanos que deambulan por sus páginas. O el doloroso vivir de una adolescente enferma.

Así el diálogo con ella siempre ha sido estimulante. Y ha sido enriquecedor por la forma franca del contrapunteo entre creador y crítico. Ello nos ha permitido ver el trasfondo de su escribir.

San Berrnardino
Mayo 1, 2011

1Este trabajo es el prólogo a la segunda edición de la novela de Iliana Gómez: ¡Alto, no respire!.2ª.ed. Caracas: Monte Ávila Editores,2010,p.VII-XVIII. Fue leído en el Círculo de Lectura de la Fundación Francisco Herrera Luque en su sesión del martes 2 de Mayo de 2011.