Sábado, 24 de Junio de 2017

Usted está aquí: Artículos y Reseñas Artículos Ramos Sucre Iluminado desde la Ficción

Ramos Sucre Iluminado desde la Ficción

Correo electrónico Imprimir

Por: R.J.Lovera De-Sola

Dos libros sobre nuestro gran poeta José Antonio Ramos Sucre(1890-1930) nos reúnen esta tarde. La pieza Mi reino por un sueño(Caracas: Casa Nacional de las letras Andrés Bello, 2010. 57 p.) del dramaturgo y actor José Antonio Barrios, cuya lectura dramatizada vamos a realizar ahora y la espléndida noveleta de Rubi Guerra(1958) La tarea del testigo(Caracas: Fundación Editorial El Perro y La Rana, 2007. 92 p.).

Reiteración del sentido hondo del escribir de Rubi Guerra(1958) es La tarea del testigo. Es relativa, ya lo indicamos a nuestro poeta Ramos Sucre, considerado con razón como el mayor poeta venezolano del siglo XX. Pero cuya vida fue en verdad una gran tragedia. Es ello lo que ha inspirado a Rubi Guerra.

Razon de la Ficción
El novelín de Rubí Guerra tiene un enfoque biográfico pero es una obra de ficción. Por ello leemos: “escribimos desde el recuerdo de cosas que nunca hemos vivido”(p.81);“tanto usted como yo nos dedicamos a inventar historias, vidas que quisiéramos más verdaderas o más significativas que las de nuestros contemporáneos”(p.33) y como siempre todo escritor es un inquiridor leemos: “todo me produce curiosidad, un ansia inmoderada de conocer la vida y los destinos de quienes me rodean, que es una forma pervertida del deseo de conocer”(p.35). Sin embargo, nos llama la atención el uso de la palabra perversión, que el protagonista se sienta pervertido ¿por qué?. Leemos: “Debí nacer en Europa porque soy profundamente corrompido, o sea humano”(p.30). También Francisco de Miranda(1750-1816) en una página de su protentoso Diario(Agosto 29,1785) alude a lo mismo: “Cierta atención y aparente interés en nuestros asuntos han aparecido en varias personalidades femeninas y eleva, si fuera posible, la favorable opinión que siempre he tenido respecto al sexo, bueno, y ahora estoy más que nunca dispuesto a creer en la rectitud original y la bondad de sus corazones y que no se desvían nunca de esa línea si no es por la influencia de nuestro sexo, más vicioso”(Colombeia. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1980,t.III,p.469) ¿por qué esa consideración?. Queda la pregunta en pie.

Qué nos Ofrece
La tarea del testigo ha sido escrita con especial delicadeza, sustentada en una prosa de grande belleza en todos sus trazos.

Creemos que la mejor lectura de este texto es la biográfica pues siguiéndole los pasos al personaje, al “Cónsul”, se estructura La tarea del testigo. En su desarrollo las cartas forman su parte sustancial, en general creadas por el novelista, pero desde aquellas diez y nueve que el poeta redactó en aquellos últimos agónicos meses de su vivir.
La enfermedad, el tema de la dolencia, traspasa estas páginas, es su tema esencial.

Al poeta en Caracas se le había diagnosticado una amibiasis, una enfermedad tropical, le dijeron en Caracas que era aquella lo que le producía la falta de sueño, su grave padecimiento y le dijeron que solo se curaría de ello en Europa, insólito sin duda,¡curar en el Viejo Mundo una enfermedad tropical!. Nadie se dio cuenta en Caracas que lo que necesitaba el poeta era ser tratada su alma, necesitaba un psiquiatra, esta practica ni sus conocimientos existían en la Caracas de entonces donde solo habían loqueros, los médicos del Manicomio.

La amibiasis cedió ya en Alemania pero los insomnios continuaron(p.17) como era lógico, aquello era un padecer psicosomático, como todas las enfermedades. Había que buscar las causas de aquel padecimiento. Este estaba en la angustiosa infancia del escritor, allí está la clave de su tragedia vital. Había perdido al padre muy pronto de quien se sentía querido, pasaron tiempos malos después, la madre los incitaba a resistir todo, incluso el hambre, ¡por ser sobrinos del Mariscal Sucre!. No pudo querer a la madre, en su epistolario la única vez que la menciona la llama Rita Sucre no mamá(Obra poética. México: Fondo de Cultura Económica,1999,p.463). Sintió que su hogar era un presidio(Obra poética,p.462). Y temprano, ya sufriendo el insomnio, en 1924, diagnosticó él su propia dolencia: “La vida es como uno la piensa; luego si uno la piensa mala, se vuelve loco de desesperación”(Obra poética,p.457).

Pero antes de venir a Caracas, niño aun su drama prosiguió en Carúpano. Allí el tío sacerdote ni siquiera lo dejaba jugar con los niños en la plaza de Santa Rosa, situada a pasos de la casa cural, solo tuvo allí “largas horas de estudio, ninguna distracción inocente, encierro cotidiano”(p.27), “el miedo y el horror que para entonces eran mi compañía permanente”(p.29), escribe Rubi Guerra. Por cierto, cada vez que hemos estado en Carúpano hemos ido a esa plaza y hemos evocado al niño poeta viendo desde la ventana a los otros niños jugar. Lo volvimos a hacer hace pocas semanas. La iglesia de Santa Rosa es llamada ahora catedral pues hay un Obispo allá. Pero para la literatura venezolana es el sitio del suplicio de uno de sus más altas figuras.

Y sin duda por ello huyó de Cumaná una vez obtenido el título de Bachiller, eso fue en 1910. Entre sus compañeros estaba el poeta Cruz Salmerón Acosta(1892-1929), muerto precisamente el año anterior a él, torturado el mal de Lázaro, fallecido en Manicuare.

A poco de haber llegado a Caracas publicó Ramos Sucre, en 1912, su primer poema “El Paria” en donde ya su drama vital aparece, desde luego sin la perfección máxima de los textos que publicará a partir de 1925, pero que es imposible soslayar. En él escribió el bardo:

El Paria
“A Caracas, reducido casi a la mendicidad vergonzante, viene desde muy lejos. La separación de los suyos lo agobia de pena no expresada, porque la expresión ordinaria del dolor es indigna de las almas severas. Lo espanta del regreso el recuerdo del hogar fulminado por el destino. Lo retiene el afecto a una idea generosa: el bien de la humanidad, el de la patria, tal vez la justicia a que se prometió esposo, como a la pobreza el santo de Asís.
Lo subleva y mantiene constante en sus propósitos el espectáculo de la brutalidad victoriosa, el de la belleza reducida a estropajo, el del mérito oculto o negado; sufre y piensa puesta el alma en la reparación que ha de llegar y denostando el triunfo de la fuerza que no justifica ni en la naturaleza.
Como el filósofo griego, encuentra al hombre que solicita entre los humildes, y nunca desengaño lo torturó más que cuando vio manchar de negro y difundir claridad mezquina y traidora cuanto creyó fuego de ingenio.
Desoye a quienes aconsejan la abdicación con la palabra y el ejemplo; más sabios son los sueños de juventud que le mantienen enferma el alma. Un momento que consagrarles sabrá de la realidad brutal con más ahínco que una bandera del ultraje o una vida de las fauces de una fiesta.
Incurable soñador, la realidad le da en vano rudos alertas. Su espíritu responde muy poco a la impresión de la vida exterior, como un mar muerto de frío que deja de acompañar con sus rumores los del aire estremecido por ráfagas de hielo y de duelo. Sufre la pobreza con decoro cuando en su interior deseos incontenibles y nunca satisfechos se yerguen torcidos y violentos y nunca satisfechos se yerguen torcidos y violentos como áspides, y se acerca al porvenir muy hondo y muy negro como a un peligro”(“Obra completa. Caracas: Biblioteca Ayacucho,1980,p.446).


El insomnio trastornó su vida. Según su propia confesión ya lo padecía en 1922, cuando tenía treinta y dos años. “Dormir no es una necesidad fisiológica, sino un estado del alma, una virtud”(p.42) leemos en La tarea del testigo, y ello porque cuando se duerme se sueña. Los sueños, nos recuerda un personaje de la mexicana Elena Poniatowska(1932), “son una forma de autoconocimiento”(Leonora. Caracas: Seix Barral,2011,p.408). Ramos Sucre, sabio en el conocimiento de si mismo, lo sabía bien.

Y que en momento de la gran crisis nadie le recomendó que lo que necesitaba para curarse del insomnio: un tratamiento psiquiátrico: ¿Por qué fue a Merano y no en Viena, a buscar al doctor Sigmund Freud(1856-1939) y recibir psicoterapia de aquel, él que hablaba tan bien alemán lo que hubiera facilitado la comunicación?
Siempre escribió sus perfectos poemas en prosa, aquella forma “que realiza efectivamente la aspiración romántica de mezclar la prosa y la poesía” como lo indica Octavio Paz(Los hijos del limo. Barcelona: Seix Barral,1974,p.98).

En 1925 publicó La torre de timón(Caracas: Lit. y Tip.Vargas,1925.221 p.), que incluye sus dos primeros breves libros. En 1929 imprimió sus dos obras mayores Las formas del fuego(Caracas: Tip. Americacam1929. 159 p.) y El cielo de esmalte(Caracas: Tipografía Americana,1929.159 p.), que se cierra con el clarividente poema “Omega”, en el que llama a la muerte, es el cierre del terrible periplo iniciado en el sobrecogedor “Preludio” con el que se abre La torre de timón, el “Preludio” y “Omega” son el Alfa y Omega de su escribir y, desde luego, de su vivir.

Preludio
“Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imponible amor”(La torre de timón, en Obra poética,p.41).

Omega
“Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo, y un solaz infinito reposará mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el olvido solemne”(El cielo de esmalte, en Obra completa,p.265).


También otra poeta suicida nuestra, Miyó Vestrini(1938-1991), pidió al Altísimo tener “una dulce muerte” en su “Dame,Señor”(Todos los poemas. Caracas: Monte Ávila Editores,1994,p.117-119).

Se atraviesa a través de La tarea del testigo el desolado periplo final del poeta, desde su salida de Caracas el 1 de Diciembre de 1929 hasta que puso final a su vida en Ginebra el 13 de Junio de 1930. Salió de Caracas vía Génova, pasó, primero, desde el 4 de Enero, al Instituto Tropical de Hamburgo y desde comienzos de Febrero en el Sanatorio Stephanie de Merano, el cual dejó al mes siguiente. El 12 de Marzo estaba ya en Ginebra: le quedaban noventa y tres días de vida. Ese mismo mes escribió su último poema, “Residuo”.

Salió enfermo de Caracas, el insomnio se había presentado, según su propia confesión siete años antes(Obra poética,p.466) y ello lo había perturbado, puso fin a su vida cuando sitió que podía perder la razón, igual que le sucedió a Virginia Woolf(1882-1941), gran creadora, apenas doce años mayor que él, a la que un suceso incurable que nunca pudo superar, una violación por parte de su hermanastro, la descoyuntó. Y ello pese al gran amor de su esposo Leonard Woolf, como pudimos ver en la película “Las horas”, hace poco tiempo(ver Jane Dunn: Vanessa Bell/Vrginia Woolf. Barcelona: Circe,1993.404 p.). Cuando el cuerpo sufre el alma se enferma, lo vemos claramente en esta vida sobresaliente que fue la de Ramos Sucre, siempre perturbada por el dolor.

Para entender a Ramos Sucre, y en La tarea del testigo esto se desarrolla con profundidad, no hay que desconocer nunca aquella sensibilidad más que exquisita, aquella hiperestesia, esa sensibilidad excesiva y dolorosa, que como a todos los creadores de belleza le hizo tocar lo más hondo y fino del psiquismo humano y bajar más de una vez a los infiernos, sobre todo a él que consideraba al mundo “esa fábrica de tormentos”(p.42).Tan sensible era que ”detrás de la apariencia de normalidad aguardaba muchas veces el miedo y la desesperación”(p.31).

Ello fue complejísimo porque ni siquiera la mujer que amó, Carmen Elena de Las Casas(1900-1976), pudo aceptar sus requerimientos pues estaba enamorada de su tío, hombre casado, con quien se unió años más tarde, cuando su tía falleció. La tía siempre conoció los amores de ambos y les dijo “ustedes no me van a humillar con un divorcio ante Caracas”, agonizando pidió a Carmen Elena cuidara de sus suyos, el marido y los hijos. Carmen Elena fue considerada la mujer más bella de Caracas y fue además el modelo usado por Teresa de la Parra(1889-1936) para crear a María Eugenia Alonso, la protagonista de Ifigenia. Carmen Elena fue cercana amiga de Teresa, era una muchacha ventiañera cuando la escritora escribió su obra, y fue una de las tres personas que asistió a la primera lectura que la novelista hizo de su libro impar ante sus tres grandes amigos: Emilia Barrios, su pareja, Rafael Carías y Carmen Elena. A esta mujer, como si fuera su musa dedicó el poeta su libro Las formas del fuego. Es por ello también que Rubí Guerra, comprendiendo todo esto, nos ofrece un precioso capítulo, el VI, sobre el amor en el poeta(p.43-51).

Ramos Sucre protestó ser considerado misógino(Obras poética,p.467) en unas de sus cartas, tenía razón. Lo que era es lo que nos muestra aquí tan bien Rubi Guerra: solitario, tímido, huraño, “dedicado más al estudio y a la escritura que a fraternizar con sus semejantes”(p.47), fue incluso una persona quien ”nunca había pensado que pudiera gustar a una mujer”(p.46).

Dentro de la Nouvelle
La tarea del testigo es siempre la labor del escritor, que es la propia de quien todo lo observa y absorbe. Desde niño Ramos Sucre, se vio sometido a la amarga disciplina de la madre sin que la presencia del padre, indulgente y bondadoso, lograra apaciguarla, este murió muy pronto, cuando el poeta tenía doce años. “De alguna manera, su mundo, lo que consideraba su mundo, ha sido destruido y sabe que nunca podrá armar los pedazos de nuevo”(p.57).

Llegó a sentirse un pusilánime(p.47), apenas “una sombra, una figura perdida en las tinieblas y con menos sustancia que el humo fugitivo”(p.52-53). Tanto que en 1930, el de su derrumbe, “Hace dos años que no escribe nada que sean informes y cartas a familiares y amigos. Desde que los insomnios se han agudizado, su mente se deslizaba poco a poco hacia una especie de crepúsculo en el que se borraban las aristas de su pensamiento”(p.54). Estaba fuera de si. “había recorrido los últimos metros con la sensación de estar soñando”(p.65), se sentía expulsado de su ámbito, solo había añorado “Vivir en el perenne fulgor de la propia mente, ¿qué más podía desear?¿Era posible esa felicidad?¿O el precio era demasiado alto?”(p.72), no se sentía bien con su cuerpo como Franz Kafka(1883-1924) que no amaba el suyo según Milena Jensenská(1896-1944), su novia. El checo estaba también, como Ramos Sucre, exhausto de tanta introspección. Desde Kafka ha trazado el autor de La tarea del testigo el personaje de Konrad Reisz. Quizá por ello leemos “que odie su cuerpo y su vida, sobre todo si ha perdido la capacidad de dormir, si ha sido derrotado una y otra vez por el insomnio y sus frías pesadillas”(p.83)

Fue nuestro Ramos Sucre silencioso, apartado, una persona a quien el ruido aturdía, como lo recordaban quienes fueron sus alumnos en Caracas, tal nuestro propio papá, fue “distante y hostil”(p.13), a un compañero de trabajo en la Cancillería le dijo “le he pedido que no me trate”, según recordaba Luis Beltrán Guerrero(1914-1997). Por ello pudo decir: “La enfermedad me ha hecho susceptible, irritable”(p.13), ”todo… para mí, ha sido un tiempo de angustia y penuria”(p.20), “mi deteriorado espíritu”(p.21), “tal como un espectro salido de mis propios cuentos”(p.21).

Supo mirar su tragedia y supo, mejor que nadie diagnosticar sus propio sufrimiento, “Nací en la casa donde todo estaba prohibido”(Junio 7,1930) confesó a su prima Dolores Emilia Madriz(Obra poética,p.486), ella fue en su vida lo que Matilde Alvarado fue en la Pío Gil(1865-1918), una de aquellas mujeres que esperaron por aquellos hombres por los que sentían predilección. Tan mal se sentía el poeta que por momentos, en Merano, evoca su triste infancia, la “presión dolorosa”(p.19) de la madre.

Y hay que cerrar diciendo que la felicidad o infelicidad de un ser humano reside en la infancia. Allí está todo. Por ello la niñez, sus memorias, presiden las recreaciones más altas, más felices de la literatura.

(Leído en su sesión de “Los Tertulieros se reúnen” en la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del martes 26 de Julio de 2011).

Apéndice

Carmen Elena de las Casas fue la Mujer Más Bella de Caracas.
Por: Miguel Otero Silva

Acaba de morir rodeada de árboles y recuerdos. En este seco septiembre caraqueño acaba de morir Carmen Elena de las Casas, quien fuera en otro tiempo la más bella mujer de la capital venezolana. Nadie habría discutido esa afirmación en 1918, en 1920, en 1922. Para ese entonces había concluido la Primera Guerra Mundial con el triunfo de los aliados.

Carmen Elena de las Casas era bisnieta del general Manuel Vicente de las Casas, patriota que figuró en episodios intrincados de la Independencia. Era nieta del general Manuel Vicente de las Casas, el más brillante militar que enfrentaron los conservadores a la insurgencia federalista. Dice Gil Fortoul: "La cabeza del Ejército era de las Casas, que unía a su bravura serena e impasible, conocimientos técnicos adquiridos de mozo en los últimos años de Colombia y en la academia del maestro Cajigal".

Lo que aconteció en Santa Inés fue que del otro lado estaba Ezequiel Zamora y por ese motivo ni la valentía ni el talento militar del coronel de las Casas lograron evitar la derrota de los ejércitos godos.

Pero el general de las Casas amaba, igual que las artes bélicas, las artes plásticas. A su hijo Jesús María no le enseño a guerrear sino a pintar. Jesús María, o don Chucho como lo llamaban en la aracas finisecular, montó un negocio de víveres de Gradillas a Sociedad, del cual se escapaba los omingos a pintar los paisajes del valle de Caracas y de la costa guaireña. El no le daba mayor mportancia a esos apuntes, a esas acuarelas, a esas manchitas. Los críticos han descubierto ahora ue era él un pintor venezolano avanzado y que, junto con Emilio Boggio, había avizorado la evolución impresionista. Ese fue el padre de Carmen Elena de las Casas.

Carmen Elena también nació (y murió) apasionadamente inclinada a la pintura y a todas las artes. De muy joven se hizo amiga de los poetas de la generación del 18 y de los pintores del Círculo de Bellas Artes. Muchos se enamoraron de ella ¿quién no se enamoraba de ella? José Antonio Ramos Sucre el intrépido iniciador de nuestra moderna poesía, atormentado y solitario como era, fue uno de esos pretendientes de Carmen Elena. Le rendía culto a su hermosura, esperaba conmovido que volviera de sus viajes. “Enamorarse es una falta de amor propio”, escribió en una ocasión, tal vez pensando en ella, Carmen Elena nunca le hizo caso.

Tampoco le hizo caso al pintor Antonio Edmundo Monsanto, que equivalía un poco a Ramos Sucre en las artes plásticas, no por su obra de creación sino por la universalidad de sus conocimientos. Carmen Elena iba con frecuencia a París y volvía cada vez más bella, cada vez más deslumbrante, cada vez más inaccesible.

En París estudio pintura con Andrés Lhote, artista y crítico muy importante ligado al cezannismo y al cubismo. Ella traería más tarde a Caracas una exposición de Andrés Lhote y la montaría en la esquina de Cruz Verde en 1937, acontecimiento artístico inusitado para ese tiempo. También donó al Museo de Bellas Artes de Caracas algunas obras de Andrés Lohte, su maestro, que la quería y la estimaba entrañablemente.

Pero retornemos a los años veinte, Carmen Elena de las Casas, aparte de la pintura, se dedicó en París a la decoración, oficio que desempeñaba con un genio especial. Trabajó con la acreditada casa Lahalle y Lerard, y se asoció a ella más tarde bajo la sigla de las tres eles: Lahalle, Lerard, Las Casas.

Así participaron en la famosa Exposición de Barcelona de 1929, en representación de la Villa de París, y allí los diseños de Carmen Elena fueron objeto de una crítica bastante elogiosa.

Carmen Elena amaba a Francia por encima de todas las cosas. La amaba por sus tradiciones, por sus creaciones artísticas, por sus paisajes, por su cocina, por sus vinos. En un pequeño Citroen que ella misma conducía recorrió todos los caminos de Francia y, de cuando en cuando, franqueaba la frontera para ir a extasiarse ante los canales de Venecia o ante los mármoles de Atenas. Durante la última guerra mundial se hallaba en Venezuela y jamás se resignó a la derrota de Francia, ni creyó en la victoria del nazismo. Sufría intensamente pensando en París ocupado, pero la protegía la certeza de que muy pronto habría de liberarse.

Así como viajaba mucho, leía incesantemente. Experimentaba una curiosidad sin límites por enterarse de cuanto habían logrado edificar la inteligencia y el espíritu del hombre, por conocer las raíces de las viejas culturas y las antiguas religiones.

Su libro predilecto, aparte de la literatura francesa, era "Las mil y una noches". Y pintaba, pintaba siempre, recatadamente como su padre, con ese sobrecogido respeto a la pintura que heredó de su padre y, que tanto a él como a ella, les impedía exponer sus obras ante el público.

Carmen Elena de las Casas nació en 1900, con el siglo. Vino a casarse en 1948, con Gustavo Nevett.

Tenía ya casi cincuenta años pero nunca había dejado de ser una bella mujer. Gustavo Nevett era un hombre de sobresaliente cultura, de exquisito don de gentes, de acendrada sensibilidad. Integraron una pareja excepcional, desde que se unieron hasta que la muerte de él los separó.

La casa de los Nevett se llamaba "El Taller" y estaba situada en una barrosa esquina de Los Rosales.

Lo sorpresivo, lo portentoso era el jardín. El jardín quedaba más abajo del nivel de la calle, y de su hondura ascendían cuatro inmensos chaguaramos como obeliscos vegetales. A Carmen Elena le complacía vivir rodeada de palmas reales, de caujaros y casuarinas, de aguas con pececillos rosados, de plantas mágicas que daban sombra amable y flores talladas, angelitos de mármol, dioses chinos de metal. Carmen Elena pintaba cien veces el jardín desde el antepecho de su ventana. Por las tardes leía versos de Paul Valery o historias picarescas del siglo XVI. Su compañero Gustavo Nevett la llamaba "La Gata" y eran felices. Ahora han vuelto a encontrarse bajo la tierra caraqueña que los vio nacer(Miguel Otero Silva: “Carmen Elena de Las Casas fue la mujer más bella de Caracas”, en El Nacional, Caracas: Septiembre 29,1976).