Martes, 19 de Septiembre de 2017

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Puntos de Sutura – Oscar Marcano

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Nos reunimos esta tarde para celebrar la obra narrativa de Oscar Marcano(1958), tarea inicia en el campo de la narrativa con su colección de cuentos Cuartel del invierno(Caracas: Fundarte,1994;2ª.ed.Caracas: Alfaguara,2009.156 p.) labor acrecentada, después de su triunfo cuentístico internacional con Sólo quiero que amanezca(Caracas: Seix Barral,2002.183 p.; 2ª.ed.Caracas: Seix Barral, 2006. 183 p.) con el que obtuvo el premio “Jorge Luis Borges” en Buenos Aires(1999) a los que se sumaron dos galardones dentro del país(1999 y 2003), y con su primera novela Puntos de sutura.(Caracas: Seix Barral, 2007. 265 p.).En ella vuelve, como otros tres creadores venezolanos de estos días, a tratar sobre la figura del padre que está tan presente en la vida de todo ser humano porque todos podemos carecer de muchas cosas pero nunca de un padre, todos venimos de uno, toda la humanidad desde Adán. Y el asunto está en la literatura universal desde las páginas de la Odisea de Homero(s.IX-VIII aC). Y en la lengua castellana desde los metros que todo el mundo se sabe de memoria de las Coplas a la muerte de su padre(1476) de Jorge Manrique(1440-1479) en el siglo XIV,”Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es morir”, de su lamentación por la muerte de su amado progenitor. Y este es el asunto crucial del vivir que ha interesado mucho en estos últimos tiempos en nuestra literatura a Alberto Barrera(La enfermedad. Barcelona: Anagrama/Alfa,2006.168 p.) y a Héctor Bujanda(La última vez. Caracas: Norma,2007. 152 p.) en la ficción y había sido tratado poéticamente también, en los más bellos y altos tonos de su voz, por Yolanda Pantín(La épica del padre.Caracas: La nave va,2002. 151 p.). Claro está que el padre es ser siempre presente en nuestras letras, especialmente en nuestro decir poético desde tiempo muy atrás, incluso antes de que Vicente Gerbasi(1913-1992) publicara, en 1945, su soberbio poema Mi padre, el inmigrante(Caracas: Suma,1945. 45 p.) o que después Caupolican Ovalles(1935-2001) nos hiciera conocer su Elegía en rojo a la muerte de Guatimocin, mi padre, alias el globo(Caracas: El Techo de la Ballena,1967. 36 p.) o que Enrique Hernández de D’Jesús(1947) haya evocado al otro padre en Mi abuelo primaveral y sudoroso(Mérida: Colegio de Abogados, 1974. 107 p.), los tres poemas se cuentan entre las grandes elegías de nuestra letras. El asunto ha estado tan presente que el poeta José Barroeta(1942-2006), a quien el tema tanto lo tentó a lo largo de su creación, escribió su sugerente estudio El padre, imagen y retorno(Caracas: Monte Ávila Editores,1992). En su pagina inicial el inolvidable Pepe, que se nos fue en los pasados meses, dice algo que ahora podemos aplicar también a las novelas que hemos citado sobre esta temática:”Mi afecto a aquellos que han contribuido de manera solidaria a la realización de este trabajo en el que mi padre revela y sostiene enigmas, sombra y fábula de un origen que protege y se perpetua”(p.7, Subrayado nuestro). Así es. Según Barroeta el asunto aparece en nuestra literatura contemporánea por vez primera en el “Canto a rebeldía” de Antonio Arraiz(1903-1962), que está en su libro Parsimonia(Buenos Aires: Talleres Gráfica H.J.Rosso,1932), trece años antes que el de Gerbasi. Nos hemos referido tanto a este tema en la poesía porque en el fondo ella es la raíz, el fundamento, la esencia, el cimiento de la literatura, no hay palabra escrita cabal sin la poesía. Ella es como dijo Susan Sontag(1933-2004), en uno de los ensayos del fin de su vida, siempre llenos, como todos los suyos, de genialidad,”la poesía es una forma del lenguaje y del ser: un ideal de intensidad, de candor absoluto, de nobleza, de heroísmo”(Cuestión de énfasis. Madrid: Alfaguara, 2007,p.16). Pero, claro está, hoy también la poesía aparece en la prosa, la hallamos en la novela y nos vamos a topar con ella ahora en varios momentos de la novela que vamos a escrutar.

Y ello nos servirá para entrar en el laberinto de la novela de Oscar Marcano, libro también entrañable como lo son el amor total por el progenitor que encontramos en La enfermedad, lo que explica su sobrecogedora escena final, que vale por todo el tomo o la angustia, el desconcierto, el desasosiego con el que se mueve el protagonista de La última vez en busca del padre huido durante los tristes, dolorosos y violentos días del “Caracazo”, sucedidos casi al rayar 1989.

En la novela de Oscar Marcano el padre abandona al hijo. En la de Héctor Bujanda a toda la familia, la cual no sabe a donde ha ido a parar ni a donde dirigirse a buscarlo. En ambos casos sólo quedan las madres. ¿Es por ello, nos preguntamos, si la nuestra es una sociedad matricentrista?. Es por ello que en Puntos de sutura encontramos este bello perfil de la madre quien siempre estuvo con el muchacho protagonista: ”Era una madre en serio. No como esas mujeres que se ven obligadas a serlo pero en el fondo no dejan de comportarse como niñas. Era un centro real donde quiera que anduviese”(p.259) como él dice.

Por ello los asuntos focales de Puntos de sutura tienen que ver con esto, los hallamos cuando leemos pasajes, algunos durísimos por parte del hijo, del abandonado, sobre todo cuando apostrofa al padre en la p.21, del progenitor ido que sólo tiene recuerdos y quien por fin un día regresa fracasado pero sólo por los días que le faltan para suicidarse, sin darse cuenta de que todo retorna, que todo da vuelta, “Si uno supiese al principio lo que domina el final, la vida sería diferente”(p.14) conversa. Pero ello es así: tenemos lo que construimos. E, incluso, a aquello a lo que más tememos en algún momento se hace verdad, tanto como nos lo mostró el novelista mexicano Sealtiel Alatriste en El daño(Madrid: Espasa Calpe, 2000) con la vida del siempre torturado Franz Kafka(1883-1924). En ese momento el progenitor ha abandonado a sus hijos, el que da carnadura al relato que encontramos en Puntos de sutura y a uno más pequeño al que deja, podemos concluirlo, esperándolo en la puerta del colegio. Y lo hace aunque se confiese a su conciencia “pero ahora me sobresalta la imagen de mi pequeño hijo que crece sin destino. Luego la del otro, el grande, que me odia”(p.234). Y ello sucede, como supone, y se pregunta Marcano, por ser Caracas “Una ciudad que copula perdidamente, sin amar”(p.17), ¿será así?, esta es una de los interrogantes que esta rica obra nos plantea, porque esta es en el fondo la ficción del país de las madres, de la nación que no tiene padres. Incluso, la república donde los padres están en la medida que las mujeres los desean sino se van y lo dejan todo, incluso a los hijos.¿Esta es una pregunta que cualquier lector puede hacerse, la cual, incluso, nuestra realidad y muchas vivencias cercanas nos hace. Una sociedad donde parecen repetirse a cada hora las primeras líneas de la celebérrima novela de Juan Rulfo(1918-1986): ”Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” que Marcano cita con razón(p.21).

Y es por ello que para Antenore, el hijo, pese a que “Los recuerdos son difusos, sentenció, pero éste es nítido. Te lo voy a referir. Es una historia redonda aunque yo la cuente mal”(p.126), pese a que “La polvareda del recuerdo le consumió un buen rato”(p.134). Pero había un hecho cierto: un día su papá, Alfonso Gabbani, se había ido, había desaparecido y dejado al hijo huérfano de lo que significan los roces del afecto para un hijo varón, robándose el propio padre, por su irresponsabilidad, todo lo de mágico que hay en ver crecer a un hijo o a una hija que es una experiencia tan única que no son iguales, pensamos, los hombres o mujeres que tienen hijos y los que no los tienen. Tal la singularidad de esta vivencia de ser padre, “experiencia particular” la llamó un querido amigo nuestro ya ido.

Y en Puntos de sutura el papá no sólo dejó al vástago sino que lo llenó de preguntas sin respuestas a una edad en que eran muchas pero que eran muy difíciles de responder. Dice “Muy pronto dejé de verlo. No se cuanto tiempo pasó en aquel lugar tan acogedor, ni en qué momento lo dejó. Lo cierto es que no volvió a recogerme y supe por mi madre que había viajado repentinamente. Fue entonces cuando acusé los efectos de la separación. De buenas a primeras no entendí lo que había pasado. Sólo sé que me sentí responsable por su ida y me aparté de la gente. Me acostumbré a vagar a solas por los patios del colegio preguntándome qué cosa terrible había hecho, cómo pude haberlo causado...Por las noches no dormía. Y cuando lo hacía despertaba antes de romper el alba y demoraba unos minutos en comprender que todo había cambiado y que su ausencia era real”(p.27). Dejó de aparecer por diez años y “Cuando se dejó ver nuevamente pasaba de los cuarenta y ya vivía de los recuerdos”(p.40). Y en esos instantes “Lo escuchaba con atención...Vivía atrapado en el ovillo de sus ochos recuerdos y es sabido que los recuerdos sólo sirven para edulcorar el pasado”(p.47), había estado tan lejos de su hijo que ni siquiera se acordaba de las cartas que le había enviado desde Nueva York(p.192).

Puntos de sutura es todo un logro en casi toda su extensión. Pero toda novela se construye como las aguas del mar que suben y bajan, que en algunas horas están serenas, casi quietas. Esas páginas tranquilas aparecen, casi siempre en el centro de toda novela, son los momentos más difíciles para un narrador, son este caso la parte menos perfecta de Puntos de sutura un libro que pasados esos trozos siempre nos resulta, de principio a fin, una creación afortunada, bien conseguida. Y hay aquí también hojas memorables como aquella rememoración de un amor perdido que seguimos con emoción(p.234-239).

Puntos de sutura es la historia de un papá que abandona a su hijo para irse a Nueva York tras la quimera de ser escultor, cosa que no logra, se convence que se nacía con el don de crear y él no lo poseía(p.201). Para este insensato no había el trabajo, el convocar a las Musas a su taller de escultor, la labor constante, diaria, con la cual se hacen crecer lo recibido, aquellos talentos de los cual nos habló Jesús en la parábola del grano de mostaza en el Evangelio(Mateo:XIII,31-32). También olvido nuestro hombre que “La vida es obra”, según nuestro Cecilio Acosta(1818-1881), que “Lo esencial no es la calidad de la obra sino dejarla cumplida” que dijo el maestro Rómulo Gallegos(1884-1969).

Pero este padre tampoco asume el don que tener un hijo le ofrecía, le exigía. Pese a ello llega a sentir nostalgia por el vástago en el momento culminante de su vida, “Antes de suicidarse, mi padre me trajo a esta playa”(p.13) leemos en la primera línea de Puntos de sutura; es capaz hasta reclamarle al hijo “Hace tiempo no me cuentas nada...Nunca me llamas. Jamás me buscas”(p.20) y quiere explicarse cuando ya es tarde: “Si uno supiese al principio lo que domina al final, la vida sería diferente”(p.14). Pero en el abandono el hijo sufre, no entiende, con extremo dolor expresa en una gran imprecación acusatoria: “Un día viejo cabrón, un día, cuando te estés muriendo, te buscaré para contarte la vida a la que me sometiste. Las noches que pasé preguntándome por qué me abandonaste, los días que transcurrí lamentando que no me hubiese estrangulado el cordón umbilical”(p.21). Y esto porque siempre será verdad para aquel muchacho: “Yo tenía un papá. Pero hacía mucho lo había perdido. Aunque cada dos o tres años apareciese dando un vuelo rasante, hiciese un par de piruetas y fingiese que todo estaba bien”(p.138). Este es el inmenso drama que Oscar Marcano nos cuenta en Puntos de sutura.

En verdad, y volvemos a nuestro punto de inicio, no necesitamos sino padres que estén con nosotros, que nos entiendan, apoyen, comprendan nuestra rebeldía como sucede al progenitor que aparece en el poema de Antonio Arraiz que hemos citado al inicio, aquel que dice “Hijo mío,¡Sigue¡ ¡Sigue¡ ¡Sigue¡”(Suma poética. Caracas: Inciba,1966,p.129). Es el empuje que necesita para la aventura del vivir para la cual el padre debe ser el gran motor, el gran catalizador, el gran compañero.

Pero hay también en este novela toda una reflexión literaria sobre el cuerpo novelístico y numerosas referencias intertextuales, algunas tácitas, otras claramente explícitas, como la apelación a Ayax con la que se inicia el volumen, tan veraz para lo que veremos desenrollarse al leer Puntos de sutura, allí está el castigo del que hiere al hijo, de quien le causa fracturas anímicas para siempre, tantas que hay que buscar quien le ponga ”los puntos de sutura”, si es que ello es posible en un asunto emocional de la envergadura y magnitud del tratado aquí, grande, dramático. Allí está gracias a las páginas eternas de los clásicos la explicación del suicidio y la condena, “a morir sufriendo la máxima degradación: no recibir sepultura y ser pasto de los perros y las aves carroñeras”(p.9).

Pero con todo ello Oscar Marcano nos ofrece también una honda y larga meditación sobre el contacto con la literatura, sobre el arte de escribir novelas. Y así completa ante el lector lo hecho, lo practicado en las entrañas de su ficción. Deben ser consideradas también como su crítica, en el sentido de interpretación de lo fabulado, de lo concebido. Crítica de practicante, de creador, como aquella que pidió T.S.Eliot(1888-1965) naciera y él practicó.

Es por ello que es imposible cerrar esta glosa a la novela de Oscar Marcano sin citar, pese a su extensión, su larga cogitación, su discurrir, su cavilación, sobre la creación artística. Leamos el tan precioso fragmento:”El diálogo con la obra entraña períodos de gran concentración en los que el escritor, el músico, el pintor, se cuece en sí mismo en un torrencial monólogo interior, se acrisola y avanza hacia el punto desconocido, pero en unidad. En esa medida y el si el quehaceres sostenido, puede llegar el salto. No suele ocurrirle a muchos, pero si sucede, el universo cobra sentido, los materiales se acoplan, las piezas encajan y la belleza te comienza a sonreír. Es la fase de las endorfinas. El trabajo te hace segregarlas. El placer se vuelve un estado y la concentración un vicio. A la postre sobreviene la adicción a la obra, la euforia por sus pormenores, y ni un cataclismo logrará desprenderte de la piedra, del piano, de la página en blanco. Si por error sigo, cualquier cosa, consigue apartarte de tu labor, te asaltará el síndrome de abstinencia y lo pagarás con sangre...El artista nace, es cierto, pero sólo al trasponer ese umbral. Yo, querido hijo, no he logrado siquiera vencer el miedo. Mucho menos conquistar el oficio. Temo que lo mío ha sido sólo delicuescencia. En lo personal apenas he rozado, con demasiada precariedad, las aristas de la concentración(ese acuerdo interno de cabos sueltos) y tengo la noción demasiado remota de lo que son las endorfinas en el arte. Por eso sé que no soy escultor. Nueva York me lo ha confirmado”(p.207).

Pero en verdad, para comprobarlo, no tenía porque abandonar al hijo, engendrar irresponsablemente al segundo, ni dejar a Caracas, esa ciudad que Marcano nos pinta tan bellamente:”Delante, el Caribe....De espaldas, el Ávila. El uno agitado, embravecido. El otro echado y silencioso. Dormido, podría decirse”(p.14).

Lo que deseamos, al poner el punto final, es que la recreación de un asunto tan dramático como el que le dio materia para escribir a Oscar Marcano esta novela logre ser aquello que escribió Yolanda Pantin en el poemario suyo que hemos citado al comienzo, cuyos versos nos han acompañado en la aventura de escribir estos renglones,”Tal pensé que fuera/la poesía siempre./¡Comprendes¡/Sí, compasión, consuelo”(La épica de padre,p.85),”para juntos celebrar este encuentro/que al final recordaremos/por encima del llanto/y la lección amarga”(La épica del padre,p.39). Que así sea porque los caminos de la literatura son muy extensos, llevan a muchos lugares y lagares.

Febrero 25, 2011