Jueves, 09 de Febrero de 2012

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Mirando a Marcel Duchamp

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por Gloria María Zapata Marín

La mirada más agresiva, crítica y, si se quiere, descarnada que se ha hecho a la obra de arte, la ha realizado Marcel Duchamp.
Sus inicios están en la escuela fauvista, donde, junto con otros artistas, comenzó sus estudios y su propuesta investigativa.

En la segunda mitad del siglo XIX, el centro cultural del mundo se ha desplazado de París hacia Nueva York, debido a la II Guerra Mundial. Marcel también llega a esta ciudad que ha tomado la posición hegemónica frente a toda la actividad cultural y artística que se hace en el mundo.

Al principio, Duchamp trata de experimentar desde la exigencias expresionistas, pero luego sus figuras se vuelven más leves, tratando de apartarse de la materia para alcanzar una concreción mental. Es por eso que emprende una segunda etapa de experimentación: el cubismo, y allí intenta separar aún más sus formas por medio de un “aligeramiento físico”1
Para 1911 ha empezado la experimentación con el movimiento, es decir, a partir de sucesivos momentos cinemáticos, donde el cuerpo es reflejado en fases o poses continuas tratando de imitar el movimiento físico. Este procedimiento es reconocible en Desnudo descendiendo un escalera (1911 y 1912), pero será pronto abandonado ya que lo considera un error, una sujeción a leyes aplicables en fenómenos naturales; Duchamp está buscando otras formas de expresión. El camino lo lleva a nuevas dimensiones cada vez más lejanas de la pura visualidad.

Aquí empieza el quiebre fundamental con todas las formas y escuelas artísticas que se habían instaurado hasta ese momento. Duchamp no compite con los objetos (que ya están hechos), lo que busca es indagar si de ellos puede hacerse un uso estético; es allí donde toma objetos encontrados de la realidad, del mundo cotidiano y natural pero que puedan, indiscutiblemente, crear en nosotros, los espectadores, una reacción. Sobre esto, Barilli dirá

“Duchamp destruye todo residuo de confianza en las cualidades objetivas del valor artístico-estético y quiere en cambio demostrar que éste es el fruto de una convención, o casi de una autodeclaración; basta quererlo, emanar una “intención” en tal sentido y todo puede convertirse en “obra de arte”, lo que, una vez más, es un modo para reforzar la dimensión noética. Lo que cuenta es el coeficiente mental que anteponemos a cualquier experiencia, que puede seguir su normal decurso práctico-utilitario, pero también puede ser desviada, “desplazada” por otros carriles, y entonces, aun sin que nada cambie en su aspecto físico, entra en la esfera del valor estético” 2.

L.H.O.O.QDuchamp ha cambiado los fines prácticos del arte, tratando de mostrar una nueva poética artística. Ha puesto en tela de juicio el objeto artístico en sí y lo utiliza ahora como un concepto, logrando que el espectador realice esta operación, o sea, comprender el sentido conceptual, ya sea apoyándose en, por ejemplo, la inversión normal del objeto (La Fountain) o creando una interrogación desde el objeto presentando un cuestionamiento problemático mediado por la ironía y el humor.

Dentro de ese ámbito, Duchamp realizó marcas irrepetibles de un profundo sentido. Es famoso su L.H.O.O.Q, donde asistimos al trabajo realizado sobre una reproducción de la famosa Gioconda de DaVinci; el artista dibuja un bigote sobre la figura y luego la firma con las cinco letras antes mencionadas, que en la fonética francesa, y sin que tengan ninguna traducción, equivalen a “Ella tiene calor en el culo”. No estamos solo ante una profanación sin sentido, asistimos a la denuncia del objeto artístico como mercancía, como producto de consumo popular. Es en este sentido que Duchamp marca un hito dentro de los estudios e investigaciones sobre arte.

Es inevitable pensar que esta nueva mirada está atravesada, necesariamente, por el discurso*. Tenemos un artista que construye, desde su intervención con la obra de arte, un nuevo espectador. Sin embargo, su arte tiene una característica especial. Este espectador no estaba preparado para comprender esta nueva significación que se ha dado al objeto artístico. En el caso de L.H.O.O.Q es evidente la polémica que por la obra se dio en su momento, y será igual en la presentación de La Fountain, obra que Duchamp firmó con un seudónimo.

No es Duchamp quien desconoce el nuevo contexto en el cual se inserta, es el espectador quien no encuentra una explicación lógica a este desatino. Allí, propongo, la obra de arte sufre una naturalización, es decir, se hace natural entre los espectadores lo que la obra porta como significación. Cada escuela o movimiento artístico propuso y proponía lo que la obra debía ser o era para su contexto: para los fauves, la obra es color lacerante; para los expresionistas, la figura concentrada; para los futuristas, el objeto llevado al límite; pero Duchamp rompe todo estereotipo, está dispuesto a llevar al extremo su proceso y procedimiento; es más, apela a la causalidad para encontrar que los efectos aleatorios construyen también su obra de arte.

Pero ¿qué pasa con el espectador que no está inserto en esta misma situación de comunicación?, ¿cómo comprende eso que está allí sugerido, en la obra misma?. El objeto artístico no puede construirse sin otro que medie su interpretación; pienso que Duchamp recurrió a los “lugares comunes” para seducir a su espectador… lo anormal, lo irónico, el sexo, el rompimiento de la norma – ya sea social o de otro tipo – es lo que le dio la clave de lectura para integrar y convocar a su espectador a reconocer su significación. Duchamp apeló al sujeto que buscaba un reafirmación profunda en un momento fundamental en el desarrollo de la historia, convoca un espectador con criterio de disenso.

Pasarán generaciones y algunas volverán a Duchamp para reencontrar allí la fuerza necesaria que valide su búsqueda frenética.

1BARILLI, Renato. El arte contemporáneo: de Cezanne a las últimas tendencias. Bogotá : Norma, 1998. p 248
2Ibid., p 250
*Entendiendo aquí por discurso los estudios realizados en la perspectiva de Van Dijk, Charaudeau, Martínez, y otros.

Acerca de la autora:
Gloria María Zapata Marín
(1971)
Licenciada en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia (Medellín – Colombia). Candidata a Magister en Lingüística de la Universidad del Valle (Cali - Colombia).
Actualmente se desempeña como docente en el área de Lenguaje en una institución de educación básica secundaria con énfasis en desarrollo de proyectos de investigación.
Su tesis de grado para optar al título de magister profundiza sobre los problemas de arte contemporáneo en Colombia y su relación con la construcción de los sujetos discursivos dentro del discurso político, propuesta que pertenece a la linea de investigación de Análisis del Discurso. Pertenece al grupo de investigación en textualidad y cognición – GITECLE – de la Universidad del Valle.
Email: ilyadama(arroba)gmail.com