Miércoles, 23 de Agosto de 2017

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Miranda Helenista

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Ninguna persona culta puede dejar de estudiar a Francisco de Miranda(1750-1816), nos referimos aquí al intelectual que fue, además del Precursor, del hombre quien inventó la independencia, del oficial y del maestro de libertadores que fue. Miranda, lo veremos ahora otra vez, fue el venezolano más prominente de su tiempo. Sin él, sin el luminoso encuentro de Simón Bolívar(1783-1830) con él en Londres en 1810, tampoco aquel hubiera sido lo que fue, todo en Venezuela y en América Latina viene de él, fue el primero en todo. Igual hay que afirmar de la relación con Andrés Bello(1781-1865) surgida entonces, fue ella, por las sugestiones que don Francisco le dio, lo que le hizo el libertador cultural de América Latina. Igual, en el campo militar, en el caso de don Luis López Méndez(1758-1841). Con ellos Miranda, como antes lo había sido también en Londres, con el chileno Bernardo O’Hiiggins (1778-1842), fue quien les abrió el sendero.

Veremos ahora una de las facetas del erudito que fue Miranda sin la cual es imposible explicarlo a cabalidad.

Francisco de Miranda, hay que decirlo de una vez, fue el más grande helenista latinoamericano del siglo XVIII. Para demostrarlo no hay examen más serio y hondo que el que leemos en el libro del también helenista chileno Miguel Castillo Didier: Grecia y Francisco de Miranda1, originalmente aparecido en la nación austral en 1995, quien es, ¡qué duda cabe!, el mayor estudioso hispanoamericano actual de la cultura y literatura griega, las del pasado y la del presente. Fue en su exilio venezolano, bajo la pasada dictadura chilena, que Castillo Didier descubrió a Miranda durante sus años aquí. El tiempo en que también, él es musicólogo destacado, nos entregó sus magníficos estudios sobre nuestro pasado musical, tal su biografía del maestro Juan Bautista Plaza(1898-1965) y muy especialmente sus estudios sobre los órganos de nuestras iglesias, instrumento del cual es Castillo Didier también destacado interprete.

Grecia y Francisco de Miranda es obra especialmente interesante por tratar un asunto apenas tratado: el Miranda hombre de letras, el helenista en particular, tema al cual antes este autor se había asomado en su monografía Miranda y Grecia2, estudio ahora triplicado en el volumen que reseñamos.

El mismo Castillo Didier nos indica: “Este estudio está dedicado a los ‘libros griegos’ del Precursor, es decir, en un sentido estricto a los textos griegos que él poseía, tanto en ediciones originales como de traducciones. En un sentido más amplio, los ‘libros griegos’ serían todos aquellos que se refieren a Grecia y a su cultura. Su estudio requiere muchos años de trabajo”(p.195).

Sobre el helenismo mirandino indica:“En cuanto a las obras acerca de Grecia y su cultura, nombraremos aquí los rubros en que pueden clasificarse: a) estudios sobre literatura, filosofía y arte griegos; b)Historias de Grecia(hasta la época contemporánea a Miranda) y estudios sobre la historia helénica; c)Geografía de Grecia; d)Descripciones de la lengua griega y estudios sobre ella, hasta la época de la ‘koiné neotestamentaria’;e) libros de viajeros, entre los cuales puede incluirse, en manuscrito en vida del Precursor, su propio Diario de viaje por Grecia, en 1786; f) libros de referencia: así llamaríamos hoy las enciclopedias e historias generales, en las cuales se incluían estudios, artículos y en general materiales relativos a Grecia, su historia y su cultura”(p.196). “El total de autores griegos…en la colección del Precursor, es de 172”(p.201). Miranda “llegó a tener en su biblioteca 160 autores griegos en ediciones autónomas”(p.201).

La Biblioteca y el Archivo Mirandino
Para estudiar a Miranda es necesario saber, es fundamental, que el Archivo de Miranda está formado por 63 tomos manuscritos, aunque hay textos impresos también(p.166). Estaba formado “por 15.000 folios, de los cuales 5832 corresponden a los Viajes, 3736 a la Revolución Francesa y 5171 a las Negociaciones en pro de la Independencia hispanoamericana”(p.165), así denomino Miranda a las tres secciones que formaban su Archivo, cuando lo organizó y empastó, con sus propias manos, en 1805.

Anota Castillo Didier: “Al recordar la biblioteca mirandina, se impone echar una mirada al Archivo, pues este era el complemento de aquella. Es más, en cuanto colección, Colombeia es en si misma una biblioteca, una vasta recopilación de impresos y manuscritos….dentro de este Archivo, hay preciosos elementos para el estudio de la relación de Miranda con los libros, de la formación de su biblioteca, del destino de algunos de sus volúmenes”(p.165). Recuérdese aquí que el Archivo del general Miranda3 ha sido reeditado, aun está en proceso de publicación, solo llega hasta 1805, bajo el título de Colombeia4, así que cuando decimos hoy en día Colombeia nos estamos refiriendo al Archivo del General Miranda, el cual es obligatorio seguir consultando pues la edición completa de Colombeia no ha sido terminada de imprimirse, falta la última década del vivir del Precursor. La palabra Colombeia fue la utilizada por Miranda cuando ordenó su Archivo en Londres. Colombeia quiere decir colección de papeles relativos a Colombia, que era la república que él deseó formar.

La Lectura
Miranda llegó a escribir: “Le confieso sinceramente que la elevación de su alma, el amor profundo que manifestaba por la literatura, acompañado del más puro Patriotismo, su instrucción y su probidad, conquistaron de tal modo mi estimación y mi respeto”(p.49), cosa que si bien dice de Cabinet es en el fondo es un retrato de si mismo. Y ello porque “la lectura de una constante de su vida”(p.42), “A veces, la lectura se califica como estudio”(p.42). Especialmente porque “Los libros de Miranda poseen estrecha relación con su vida y con obra. Justamente, entre las muchísimas veces que se refiere a ellos hay una en que los llama, “¡Oh, libros de mi vida! Un recurso inagotable para el alivio del alma humana”5. Los llevaba consigo, los cuidaba, los leía, los releía, los consultaba, los amaba”(p.42), “A veces, las referencias a las lecturas muestran el gozo espiritual que ellas procuran: ‘interin, mis libros me lo ocupan gustosisímamente”6.

Los libros estuvieron tanto en su vida que “En sus peregrinaciones, Miranda no deja de visitar toda biblioteca de que tenga noticia”(p.42); “Podemos decir que los libros nutrieron la vida de Miranda y nos explican lo que él fue. También nutrieron su obra y asimismo nos la explican”(p.44). Por ello se pregunta Castillo Didier: “¿Qué otro prócer de la independencia latinoamericana dejó expresamente como herencia a su patria dos tesoros de las características de Colombeia y la colección de libros griegos?”(p.51).

Su biblioteca fue tan completa, tocaba todos los temas del saber, que Carlos Pi Sunyer(1888-1971) señaló que se trataba de un “fondo sazonado de humanidades”7.

Su biblioteca “revela una gran cantidad de autores griegos y latinos y de obras relativas a los más diversos aspectos de la cultura clásica”(p.53).

“Esa biblioteca tan querida, formada a través de tantos azares, reunida y conservada con tesón y amor, cuántas veces no se hilarían los pensamientos de Miranda, sus reflexiones, sus búsquedas de caminos para la libertad de su amada Colombia”(p.54).

La Biblioteca
La biblioteca estaba en su casa londinense del número 27 de Grafton Street. La presidían los bustos de Apolo, Homero(s.IX-VII), el padre de la literatura occidental y Sócrates(470-399 aC) quien formó la filosofía, es decir, una figura mitológica y dos figuras intelectuales del mundo griego. Ello no fue casual.

Era tan buena aquella colección que Bello, quien la conoció en 1810, se quedó deslumbrado ante ella, nunca había visto una biblioteca de aquellas características. En la Caracas de su tiempo, de donde venía, no existía ninguna biblioteca con las características de la de Miranda. Por ello don Andrés la llamó “santuario del saber”. Y lo era.

Miranda no formó su biblioteca con los libros por él leídos sino que formó, con las obras que fue adquiriendo, una biblioteca universal, una colección en donde todo el saber que se tenía para su época, tuviera cabida, estuviera representado, era un “fondo sazonado de humanidades”, de allí la definición de aquella colección que dio Pi Sunyer.

Los libros de Miranda eran obras anotadas, con subrayados hechos de su puño y letra, “huellas que permiten reconstruir su odisea espiritual”(p.55). Aquí es bueno observar que un libro subrayado, no se lo debe olvidar, vale más que un libro en donde no haya huellas de su poseedor.

Las anotaciones de Miranda hechas en los volúmenes de su biblioteca, indica Castillo Didier, son variadas: desde correcciones de tipo escolar(p.55); “interés por los datos curiosos acerca de un lugar”(p.56); “en la mayoría de las veces, el subrayado indica una coincidencia de pensamiento”, en su caso, especialmente, “ideas humanistas y morales”(p.56), “muchos son los subrayados de párrafos o frases referentes a la virtud, la libertad y la democracia, tres conceptos que apasionaron a Miranda”(p.56).En cuanto a esto último “muchos son los subrayados de párrafos o frases referentes a la virtud, la libertad y la democracia, tres conceptos que apasionaron a Miranda”(p.56).

La Relación con Grecia
La relación de Miranda con Grecia incluye estos tópicos, estudiados con atención por Castillo Didier: la pregunta sobre dónde aprendió la lengua griega; las huellas de Homero en él; la casa que Miranda compró en Atenas; su relación, en Rusia, con arzobispo griego Eugenio Vulgaris(1716-1809), destacada figura intelectual helena de su tiempo, exilado entonces en ese país; todas las anotaciones que se hayan en su Diario sobre su viaje a Grecia, las cuales se reproducen íntegras en este libro. Esto incluye el descubrimiento que hizo Miranda, sensacional entonces y aun hoy, del sitio en donde se había encontrado la ciudad de Troya, precisión ratificada por los hallazgos arqueologicos; el estudio de la presencia de Grecia en su biblioteca y, desde luego, el estudio, autor por autor, de la obra de aquellos escritores que Miranda leyó y con cuya lectura se deleitó: 153 autores, según el censo pormenorizado y anotado que aquí nos ofrece Castillo Didier. Según ello, leyó Miranda todos los autores de la Grecia clásica, esa que toda persona culta lleva en el corazón, sin cuyo conocimiento nadie puede llamarse persona culta.

Con Grecia en el Alma
“El conocimiento de Grecia es para Miranda la base de toda educación y cultura sólida”(p.67). Por ejemplo su informe “Algunos libros que pueden contribuir a la educación de una persona joven”8, incluye varios libros sobre Grecia.

“La filosofía clásica y más en general la cultura griega influyó en la formación del pensamiento libertario del Precursor. Y esta influencia llegó hasta él desde muy temprano, indirecta o directamente”(p.63).

“Pero este hombre universal, que conjugó la ciudadanía del mundo con el amor apasionado por la patria venezolana y americana, empezó a asimilar ya en su tierra natal, Caracas, y luego en la Madre Patria, España, el impulso renovador que se produjo en el siglo XVIII y más especialmente en su segunda mitad. Había un ambiente de cambios en España y en América”(p.63)

Los Libros Griegos en Caracas
Cuando Miranda hizo su testamento en Londres(agosto 1,1805), antes de salir en su expedición a Venezuela, en la que podía morir, incluyó esta donación:

“A la Universidad de Caracas se enviaran en mi nombre los libros Clásicos Griegos y Latinos de mi Biblioteca, en señal de agradecimiento y respeto por los sabios principios de literatura y moral cristiana con que alimentaron mi juventud; con cuyos sólidos fundamentos ha podido superar felizmente los graves peligros y dificultades de los presentes tiempos”9. Esta es la razón del por qué esos libros estén en Caracas. Fueron además los únicos volúmenes de su famosa biblioteca que se salvaron, el resto fue vendido en las subastas hechas en Londres, muerto su dueño, en los años 1828 y 1833 por la Casa Evans. Sin embargo, si bien se dispersaron quedaron los dos folletos con los catálogos de las subastas. Estos nos permiten darnos cuenta del contenido de la biblioteca mirandina. Se debe complementar los libros que leyó y poseyó además con las listas de obras compradas por él en sus viajes que se pueden leer en los diversos tomos de su Archivo. Los catálogos de las subastas fueron hallados en Londres, en la biblioteca de Museo Británico, por don Pedro Graseas(1909-2004), gracias al bibliotecario inglés H.G.Whitehead, quien encontró en el Museo Británico los catálogos editadas por la Casa Evans con ocasión de las dos subastas. Preparó entonces Grases la edición facsimilar de los mismos en el volumen Los libros de Miranda10, ya con dos ediciones.

Así, reiteramos, cuando se produjeron, en 1828 y 1833, la subastas de la biblioteca mirandina, cuando los libros se dispersaron, quedaron los catálogos de la venta, los cuales son los que nos permiten hoy estudiar y comprender la cultura que tuvo Miranda.
Advierte, Castillo Didier, sin embargo, “Estas listas no son completas, pues faltan los libros perdidos, vendidos o regalados antes de 1828. No figuran tampoco, títulos de obras no nombradas en los lotes y partidas y mencionados como “dos más”, “y en otros tratados”.

Pero antes de la decisión de vender los libros Sarah Andrews(1774-1847), la viuda del general Miranda, hizo varios intentos de venta de la colección en América Latina, sabía que para ello los había reunido su amado General.

El primer intento se hizo en Chile, en 1819, a los tres años de la muerte de su dueño, a través de Antonio José Irisarri(1786-1868), sin suerte; igual fue la gestión que hizo el Libertador, que la conocía, en 1826, a través del mariscal Antonio José de Sucre(1795-1830), intentando que Bolivia la adquiera; también el sabio José María Vargas(1786-1854), quien la había conocido, en compañía de Bello, intentó que la Universidad de Caracas la adquiriera, también en 1828(p.179). Con estos intentos, que de haber sido felices, se hubiera “logrado evitar la dispersión y pérdida de tal tesoro”(p.179).

Al no poderse lograr la colección fue vendida por la Casa Evans de Londres, la primera subasta fue el 22 de julio de 1828.

Sin embargo, antes de la venta, se sacaron los clásicos griegos para ser enviados a Caracas como lo había dispuesto Miranda en su testamento. Eran aquellos 142 libros. Fueron extraídos de las estanterías de Grafton Street por Tomás Molini, quien había sido su secretario, y Joaquín García Toledo, un funcionario de la legación colombiana. Desgraciadamente ninguno de los dos tenía la formación necesaria para sacar todas las obras griegas de la biblioteca, “estos 142 libros…no incluían todas las ediciones griegas y grecolatinas de Miranda”(p.181).

La Universidad de Caracas aceptó entonces el legado del Precursor el 5 de marzo de 1828. Se mandó hacer entonces “un escaparate aparente”(p.184), especial para poner los libros una vez llegaran de Londres. El escaparate fue colocado en la sala de reuniones del Consejo Universitario. Recuérdese siempre que aquellos libros habían pertenecido a un antiguo alumno de la universidad caraqueña. Los libros llegaron a Caracas el 27 de julio de 1829. Los libros, escogidos de los estantes por Molini y Garcia Toledo llegaron junto con una lista de los mismos autenticada por Bello, diplomático de nuestra legación londinense, recuérdese que en esa fecha el país formaba parte de la Gran Colombia.

Con el tiempo con los libros de la Biblioteca de la Universidad de Caracas se organizó la Biblioteca Nacional, en tiempos del presidente Antonio Guzmán Blanco(1829-1899). El sabio Adolfo Ernest(1832-1899), hizo entonces el Catálogo de la biblioteca de la Universidad de Caracas11, en la cual los libros mirandinos deben estar registrados. Este fue el primer catálogo de nuestra Biblioteca Nacional, quizá por su título Castillo Didier no lo consultó.

Pasó el tiempo, más de un siglo, hasta cuando, en los años cuarenta del siglo XX, Pedro Grases, ¡siempre Grases¡, los volvió a encontrar, en un sótano de la Biblioteca Nacional, faltaban entonces 16 volúmenes de los originalmente recibidos. Hoy todavía faltan otros 14 tomos. Así ahora sólo tenemos 126 de las obras recibidas en Caracas en 1829. También halló don Pedro en Bogotá, en el archivo de José Manuel Restrepo(1781-1863), “la lista rubricada por Andrés Bello, de las 58 ediciones, con 142 volúmenes, que se enviaron a la Universidad de Caracas, en 1829”(p.185), “Ese catálogo permitió la ubicación cierta de los libros encontrados y proporcionó algunos datos acerca de los que no aparecieron”(p.185). En 1950 un bibliotecario venezolano, Terso Tariffi, a instancias Grases, hizo el catálogo de estos libros , folleto que registra 49 obras, en 126 volúmenes, se comprobó la pérdida de 9 obras, en 16 volúmenes, “Posteriormente, se ubicaron dos volúmenes más, los cuales contienen…obras de 5 autores, y fueron integrados al catálogo con los números 50 y 51”(p.187). Pero pese a esto los libros griegos de Miranda eran más, Castillo se refiere a varias de estas obras que faltan(p.188).

Septiembre 8,2012.

1Miguel Castillo Diodie: Grecia y Francisco de Miranda. 2ª.ed.Caracas: Monte Ávila Editores,2007. XV,422 p.
2Miguel Castillo Didier: Miranda y Grecia. Caracas: Cuadernos Lagoven, 1986. 111 p.
3Francisco de Miranda: Archivo del general Miranda. Caracas: Academia Nacional de la Historia,1929-1950. 24 vols
4Francisco de Miranda: Colombeia. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1979-2006. 20 vols
5Francisco de Miranda: Colombeia,t.VII,p.67.
6Francisco de Miranda: Archivo del general Miranda, t.III,p.185.
7Carlos Pi Sunyer: Patriotas americanos en Londres. Caracas: Monte Ávila Editores,1978.364 p. La cita procede de la p.60
8Francisco de Miranda: Archivo del general Miranda, t.VII,p.172-173.
9Francisco de Miranda: América espera. Caracas: Biblioteca Ayacucho,1982,p.329.
10Los libros de miranda. Prólogo: Arturo Uslar Pietri. Advertencia bibliográfica: Pedro Grases. Caracas: Ediciones del Cuatricentenario de Caracas, 1966. LXXX,33,44 p.;2ª.ed.Caracas: La Casa de Bello,1979. LXXX, 33,44 p.
11Adolfo Ernest: Catálogo de la biblioteca de la Universidad de Caracas. Caracas: Imp. de La Opinión Nacional,1875. VIII,279 p.