Martes, 19 de Septiembre de 2017

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Miranda Conservacionista de los Bienes Culturales

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Todos los amigos de la libertad,
la filantropía, las ciencias, las artes, claman por Miranda”.
Antoine Quatremere de Quincy
Cartas a Miranda. Caracas:
Instituto de Patrimonio Cultural,1998,p.139.

La lectura de los papeles de Francisco de Miranda(1750-1816) también nos lleva al examen de lo que significa para una nación el cuidado de su patrimonio cultural cuyos testimonios son la esencia de su memoria como pueblo. Siempre que este sea vulnerado o espoliado hay que levantar una voz de protesta alertando a todos. El lo hizo en su tiempo.

Que la preservación del patrimonio cultural ha sido preocupación de los aquí nacidos nos los dicen las acciones del primer conservacionista de la tradición aquí nacido, el general Miranda. A Miranda siempre lo hemos visto como el militar y como el protagonista político que fue. Pero no lo hemos visto en sus otras facetas: lector, crítico, erudito, escritor de un diario, helenista consumado. Entre esas caras suyas está la del que tuvo una grande preocupación por la conservación de las grandes obras artísticas de la antigüedad: lo hizo al referirse en su Diario a los daños causados en el Partenón de Atenas por los invasores Turcos. También lo hizo más tarde, sin miedo a un político cuya estrella crecía en aquel momento, Napoleón Bonaparte(1769-1821), quien robó y llevó a París numerosas obras artísticas de Italia. De esta preocupación surgieron las misivas que se cruzó con el arquitecto galo Antonio Quatremere de Quincy(1755-1849) impresas en francés en 1796, documentación en parte salvada por aquel en sus Cartas a Miranda sobre el desplazamiento de los monumentos de arte de Italia(Edición: Edouard Pommier. Presentación: Juan Pedro Posani. Traducción: Julieta Fombona. Caracas: Instituto de Patrimonio Cultural, 1998. 148 p.) por vez primera impresas en castellano en la edición que hemos citado. A ellas se había referido con mucha antelación nuestro bibliógrafo Manuel Segundo Sánchez(1868-1945) en un estudio, publicado en 1920, al que nos referimos más adelante. Este trabajo del erudito Sánchez fue el primer análisis que nuestra bibliografía se consagró al examen de Miranda como hombre de letras, como persona sensible a todas las manifestaciones creativas, como bibliófilo, como pensador.

Nos referimos aquí a sus afanes como conservacionista. Por ello nos parece casi obligatorio hacer mención a don Francisco y sus preocupaciones en estos temas. El fue “el ideólogo de las conservación de los bienes culturales” entre nosotros, como lo escribió Juan Pedro Posani. Fue pues nuestro primer conservacionista de las obras de arte.

Conservacionista: Entradas de su Diario
Miranda fue precursor y adelantado en muchos campos. No sólo en lo político. En el área a la cual nos vamos a referir: en la conservación de las obras artísticas de la humanidad, en este caso, las de la antigüedad, también fue pionero. Y fue el primer venezolano en ocuparse de estos asuntos.

En Roma, el 30 de Enero de 1786, escribió en su Diario: “No se puede retener la indignación contra aquellos que han contribuido a destruir este insigne monumento del poder romano ...que los bárbaros mismos respetaron”1. Se referiría Miranda a El Coliseo romano, mandado a construir por Vespasiano (9-79 dC); en Atenas fue constante su interés por conocer lo que él llamó “antigüedades” (t. IV, p. 380); en Moscú se duele por el estado en el cual encontró los documentos históricos del pasado ruso. Por ello dice: “Se conoce que han estado abandonados y muy mal conservados como aún se ven muchos que lo que están actualmente” (t. V, p. 227); en San Petersburgo hace esta anotación: “observé que habían muchos legajos mal conservados y por el suelo también, y me dijeron que era el Archivo. ¡Oh Dios!” (t. V, p. 387); en otra entrada del Diario se refiere a los “Mármoles de Paros” (t. VI, p. 198), traídos por Thomas Howar(1585-1646),Conde de Arundel, a Londres desde la isla de Paros en 1624. Quizá fueron las primeras reliquias de la historia antigua que fueron robadas por los ingleses a sus verdaderos poseedores: la nación Griega. Más tarde ven¬drían los llamados Mármoles de Thomas Bruce(1766-1841), Lord Elgin, los cuales, sacados del Partenón de Atenas, también fueron llevados a Londres y vendidos por Elgin al gobierno británico, están aun en el Museo Británico, en espera que se sean devueltas a Grecia, nación a la que pertenecen. La preocupación de Miranda por los vestigios del pasado era tal que en una conversación tenida en Londres anotó: “Hablamos mucho de la España y luego de la Grecia y sus inmortales arruinados monumentos” (t. II, p. 241).

El Diálogo con de Quincy
Estas preocupaciones volvieron a hacerse presentes en él en el año 1796 cuando por orden de Napoleón Bonaparte se comenzaron a dispersar los monumentos históricos de Italia. Al observar cómo se dividían “los monumentos de Italia, el desmembramiento de sus escuelas y la expoliación de sus colecciones, galerías y museos que Napoleón comenzaba a poner en obra”, nuestro compatriota escribió, como lo subrayó Manuel Segundo Sánchez, una serie de cartas sobre estos tópicos al historiador francés Antonio Crisóstomo Quatremere de Quincy (1755-1849) que este recogió en una obra que fue por mucho tiempo de extrema rareza2, hace poco ha sido traducidas y editadas en castellano como Cartas a Miranda sobre el desplazamiento de los monumentos de arte de Italia. En ella volvió a patentizar Miranda cómo todo lo que tenía que ver con el proceso cultural le interesaba tanto como el logro de la independencia política hispanoamericana, por la cual también laborada en aquellos días en Francia. Estas misivas de Miranda al erudito galo fueron impresas, por gestión del propio Miranda, en el periódico parisino Le Redacteur, antes de que Quincy las recogiera, en 1796, en el volumen Lettres sur l’enlevemnt des ouvrages de l’art anticue a Athenes et a Roma escrites les unes au celebre Canova, les autres au General Miranda(3ra.ed.París: Imprimerie d’Adrien Le Clerc ey Cie.,1836. XVI,283 p.) la cual, desconocida por los biógrafos del General, logró leer don Manuel Segundo Sánchez, gracias a un ejemplar, de la edición que acabamos de citar, comprado en una librería de obras segunda mano por el escritor venezolano don Pepe Austria(1867-1931), constante book lover, quien se le facilitó. Al oponerse a lo realizado por Napoleón en Italia, al pedir se respetara aquello que era el tesoro máximo de la nación italiana, Miranda actuaba otra vez con valentía pues al hacerlo se oponía a acciones de un político cuya estrella crecía día a día. Un político que lo consideró a él como un nuevo Don Quijote, sólo que sin locura3.

Hasta ahora no han aparecido la cartas que Miranda mandó a De Quincy. Solo tenemos las respuestas que el arquitecto galo dio al caraqueño, de ellas se deducen las ideas que compartieron.

Originalmente surgieron en una conversación entre dos amigos, entre dos altos humanistas. Un palique que De Quincy quiso conservar como propio de ambos. Pero a poco, al darse cuenta de su valor, Miranda las hizo publicar. Y con el tiempo De Quincy la recogió en un libro sobre sus tópicos, el recoge todo un ideario sobre las artes. De alguna forma son complementarios con todo lo que sobre las obras de arte de la humanidad consignó don Francisco en su Diario.

El francés, que había conocido a Miranda en la prisión que les impuso el régimen del Terror(1793-1795) durante la Revolución Francesa, consignó “resulta, amigo mío” que no escribo esto para el público, sino para usted”(p.87), pese a ello Miranda hizo imprimir esos escritos en la prensa, De Quincy conservó los recortes de cada una de aquellas piezas. Por ello le expresó: “Ya no me asombra la profundidad con la que usted trata este tema…lo que no son más que fragmentos de un tratado que tiene pensado publicar sobre esta materia”(p.87), cosa que Miranda no llegó a hacer, el sucederse de la política en aquellos días se lo impidió. En tal trabajo sin duda se hubiera demostrado, lo que era el tema de aquel coloquio, que “el desplazamiento de los principales monumentos del arte, sacados de su patria, sería un golpe funesto para la instrucción de las demás naciones, sin resultar útil a la nación que se les haya apropiado”(p.116).

En las Cartas a Miranda sobre el desplazamiento de los monumentos de arte de Italia se expresan una serie de principios que se concluyen de la lectura de las misivas de Quincy. Sus puntos de partida no son otros el hecho de que la obras artísticas deben estar en el sitio en donde fueron hechas y edificadas, o conservadas dentro de los países en donde las concibieron los artistas que las concibieron, lo que sería el caso de las pinturas y las esculturas.

Uno de los puntos de partida de esta obra es la necesaria formación en el conocimiento de las artes que deben tener aquellos que se ocupen de ellas. Así dice el parisiense: “Poca gente conoce realmente las artes, sus secretos, sus relaciones, las causas de su placer y de su influencia sobre el gusto”(p.90). E insistió: “las artes y las ciencias, desde hace mucho tiempo, forman en Europa una república cuyos miembros, ligados entre sí por el amor y la búsqueda de la belleza y la verdad que son su pacto social”(p.65-66). Y continuó: “La propagación de las Luces prestó a Europa el gran servicio de que no haya ya nación alguna que pueda recibir de otra la humillación del nombre de bárbaro”(p.60), “las artes y las ciencias pertenecen a Europa toda, y no son ya propiedad exclusiva de una nación”(p.66), “La conjunción de miles de causas, como usted bien lo sabe, amigo, contribuyó a convertir a Italia es una especie de museo general, en un depósito completo de todos los objetos propios al estudio de las artes”(p.71). Por ello recalcó: “No hay ninguna época que no pueda ufanarse de algún monumento digno de la admiración de todas las edades, aun las más ilustradas”(p.71).

De allí la importancia que le da De Quincy a un verdadero conocimiento de sus fundamentos, sobre todo lo desarrollado en aquellos tiempos en las obras del crítico alemán Johann Joachim Wilnckelman(1717-1768), el fundador de la historia del arte. A este Miranda, gran estudioso de Grecia, de hecho alto helenista, lo había estudiado con atención y devoción, en su Diario consigna sus opiniones sobre su lectura de aquel gran analista a quien tuvo en tan alta estima.

De Quincy por su parte anota en una de sus cartas: “El sabio Winckelman es el primero en ejercer un verdadero espíritu de observación en este tipo de estudio; es el primero al que se le ocurre descomponer la Antigüedad, analizar las épocas, los pueblos, las escuelas, los estilos, los matices de estilo; es el primero en abrir caminos y en marcar hitos en esta tierra desconocida; es el primero que, al clasificar los períodos hace el paralelismo entre la historia y los monumentos, y compara los monumentos entre sí; el primero que descubre características seguras, principios críticos y un método que, al rectificar una multitud de errores, prepara el advenimiento de una gran cantidad de verdades…Por más estimable que sea su historia del arte, parece mucho más una cronología que una historia; es un vasto panorama en el que el dejó un gran número de compartimientos vacíos para que los llenaran sus sucesores…Pero cree Ud. que Winchelmann hubiese podido hacer lo que hizo sino el conjunto de materiales que Roma le ofrecía”(p.81-82).

Fue precisamente Winckelmann quien inculcó en sus trabajos la necesidad de hacer un cuidoso estudio de las artes en la antigüedad. Es por ello que De Quincy apunta: “Es lamentable el que los Antiguos no hayan conocido la imprenta…Pero si hay un estudio capaz de reparar nuestras pérdidas en ese sentido, es el estudio de la Antigüedad”(p.81), “la recuperación de la Antigüedad es una verdadera resurrección”(p.82), con razón habla de la “ciencia de la antigüedad”(p.84), fundarla fue el trabajo de Winckelmann.

Además, y este uno de los principios manejados en las Cartas a Miranda sobre el desplazamiento de los monumentos de arte de Italia, “Yo debería destacar que en la Europa civilizada, todo lo que pertenece al cultivo de las artes y de las ciencias queda fuera de los derechos de la guerra y de la victoria”(p.87). Ya que el espolio de los grandes monumentos del pasado por los ejércitos invasores fue lo que inclinó a aquel dúo de humanistas a su diálogo.

Los espolios hechos en Grecia y Roma les angustiaron. En el momento del encuentro de ambos ya Miranda se había referido al punto tanto en su paso por Venecia como durante su travesía por Grecia.

De lo sucedido en Grecia expresó De Quincy a su interlocutor: “¿No le parece a usted ver el bárbaro Morosini, el aficionado al arte, quitándole el frontón al Partenón de Atenas para transportarlo a Venecia? Dígame usted ¿qué significado podría tener ese fragmento separado de su masa y de su conjunto? Y usted sabe bien lo que ocurrió luego: esa obra sublime se partió, y la codicia del general veneciano privó al mundo de una obra de Fidias(s.V aC)”(p.90). Francesco Morosini(1619-1694) fue quien comandó, en nombre de Venecia, las tropas cuando ocurrió el bombardeo del Partenón(noviembre 17,1687). Fue a Fidias a quien encomendó(450 aC) Pericles(495-429 aC) la decoración del Partenón, tal la conjunción de aquellos dos genios, uno de las artes, otro de la politica.

Pero fue lo sucedido entonces en Italia lo que movió más la pluma de Miranda y de Quincy. En ese momento Napoleón Bonaparte se esta llevando los grades tesoros artísticos de Italia trasladándolos a París como consecuencia de la invasión de sus tropas a la península itálica.

De allí que De Quincy expresara: “¿Qué artista no ha sentido en Italia esa virtud armónica entre todos los objetos del arte y el cielo que los ilumina; y el país que parece servirles de telón de fondo”(p.93), “El museo de Roma perdería con las figuras que forman la culminación de sus colecciones ese complemento valiosísimo de las lecciones y de los paralelismos del que se desprende la teoría completa de lo bello”(p.90). E insiste sobre el “el daño irreparable que causaría a la ciencia y al arte una imprudente codicia de los tesoros de la Antigüedad que se hallan en Italia y sobre todo en Roma”(p.79), “asimismo el arrancar imprudentemente los modelos de la Antigüedad de su tallo natural haría que se seque esa savia que la cultura moderna de Roma envía a todas las ramas de la Europa culta”(p.85), lo cual es el gran principio de sus reflexiones sobre Italia consignadas en sus cartas. De allí que repreguntara en aquel sabio palique “si se pueden desmembrar y expoliar las galerías de Roma y de Italia”(p.76), ya “que Roma ha multiplicado en este siglo y reunido para la instrucción de Europa”(p.74).

De allí que indique que el gran criterio contra las espoliaciones de las obras de arte no puede ser otro que “que el espíritu de conquista en una república subvierte enteramente el espíritu de libertad”(p.65).

Cerramos con una larga cita de De Quincy, producto de su largo trato con Miranda, relación de la cual sólo han llegado hasta nosotros algunas misivas del galo y ninguna del venezolano. Sin embargo, su apreciación del caraqueño la escribió en un documento, publicado tras los días del Terror, de hecho se inicia el escrito con la frase: “Robespierre ya no existe”(p.139). Allí se lee, entre otras consideraciones referentes al asunto que dio lugar a las Cartas a Miranda sobre el desplazamiento de los monumentos de arte de Italia: “Miranda quiso visitar él mismo y leer con sus propios ojos los caracteres clásicos de la libertad en las propias ruinas de los pueblos libres de la Antigüedad. Por tanto, sus viajes debían ser un curso completo de historia antigua y moderna…Allí se convenció de que la ignorancia ha sido siempre la madre de la tiranía, que los más vastos imperios pueden desaparecer de la faz de la tierra por la simple carencia de las ciencias y las artes; que ni la población ni la extensión del territorio constituyen la fuerza de los Estados, y que por el contrario se convierten en su perdición cuando están en proporción inversa a las Luces y la instrucción”(p.141-142).

Agosto 28,2012.

1 Francisco de Miranda: Colombeia. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1979-2006. 20 vols. La cita procede del t. IV, p. 266. En adelante solo citaremos el tomo y el página de donde procede la cita que hacemos
2 Manuel Segundo Sánchez: “Miranda como filósofo y erudito” en sus Obras. Caracas: Banco Central de Venezuela, 1964, t.II,p.23-33
3 Caracciolo Parra Pérez: Miranda et Madame de Custine. París: Grasset,1950. 366 p. La cita procede de la p.240. Es insólito que aun esta deliciosa obra que tanto nos dice de Miranda, de su modo de amar y del lugar que dentro de sus afectos ocupó la fascinante Delfina, no haya sido traducida al castellano.