Domingo, 25 de Junio de 2017

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María Antonia Bolívar: La Goda, Enamorada y Despechada Caraqueña

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Comencemos por el principio: que María Antonia Bolívar Palacios(1777-1842) fue persona de intensa vida íntima, de intensos impetus sexuales era asunto conocido, al menos uno de sus romances, a través del Diario de Robert Ker Porter(1777-1842). Sin tratar estos asuntos el perfil humano de María Antonia no estaría completo. Si tales conductas podían ser escandalosos en su tiempo hoy en día las comprendemos perfectamente. Las conocemos hoy con mayor precisión en día gracias a los libros que a la realista caraqueña ha dedicado la historiadora Inés Quintero. Nos referimos a La criolla principal. (Caracas: Fundación Bigott,2003. 164 p.) y a El fabricante de peinetas(Caracas: Alfa,2011. 223 p.).

Perfil de una Criolla
Siempre nos ha parecido un tanto exagerado llamar a María Antonia Bolívar la “criolla principal” por ser mantuana, rica y hermana del Libertador. Es imposible que sea una mujer principal quien le dio las espaldas al proceso central vivido por su patria en los días de su vida. Principal no podía ser nunca quien “jamás se sintió cómoda en la República” como dice la misma Inés Quintero(El fabricante de peinetas,p.159). Principales fueron las madres, esposas, hermanas, novias que empujaron a sus hombres en la acción por la libertad. Principales fueron seres como Juana Antonia Díaz Padrón, madre de los próceres Montilla, quien no solo fue la única mujer que actuó el 19 de Abril de 1810 sino que dos años después dejó sentado un principio político de hondo significado cuando dijo a uno de los Oidores del capitán Domingo Monteverde(1773-1832): “para que quiere gobierno sino escucha”, según papel que halló el historiador Augusto Mijares(1897-1979) en el Archivo General de la Nación, Sección Capitanía General(Lo afirmativo venezolano. Caracas: Dimensiones, 1980,p.98). O, entre otras, doña Dominga Ortiz(1892-1875) heroína quien actuó en la guerra, mujer con nombre y personalidad propia más allá de haber sido esposa del general José Antonio Páez(1790-1873), personalidad tan bien estudiada por la propia Inés Quintero en La palabra ignorada(Caracas: Fundación Polar,2008, p.134-197), para dar fe de lo que decimos. Y no son las únicas entre aquellas que hicieron “oculta y feliz”, como dijo Teresa de la Parra(1889-1936), la presencia de la mujer en nuestra historia(Influencia de las mujeres en la formación del alma americana. Caracas: Fundarte, 1991, p.59). Creemos que a María Antonia debe llamársela más bien, son también palabras de Inés Quintero, “criolla y principal”(p.106), le calza mejor.

Gracias a Inés Quintero, quien nos lo cuenta en sabroso estilo, conocemos la historia personal de la hermana mayor del Libertador, la caraqueña María Antonia Bolívar Palacios, considerada por otra mujer, ser amado de nuestro corazón, “La heroína civil de las mil batallas cotidianas”, pero en cuya biografía aparecen numerosas lagunas, quizá por haber sido mujer difícil y por haber sido constante en su fidelidad a la corona de Madrid en hora de divisiones, una Realista leal al rey, una Mantuana fiel al mundo en que nació y creció. Por ello para la autora de La criolla principal María Antonia fue monárquica hasta 1821, mantuana y conservadora a partir de ese año hasta su deceso. Esas tres actitudes definen su vida, son las tres estancias de su existir.

La criolla principal nos llega en buen momento porque mucho requiere nuestro conocimiento del pasado venezolano del estudio de la llamada “ideología realista” de la Independencia, del “partido realista de Caracas” contar la historia del “realismo venezolano”, soslayado por la historia oficial y básico para comprender la otra cara de la emancipación, tan interesante como nos lo han mostrado Tomás Starka(1972) en La voz de los vencidos(Prólogo: Inés Quintero. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 2000. XIII,262 p.), Ángel Lombardi Boscán en Banderas del rey(Maracaibo: Universidad Cecilio Acosta,2006.348 p.) y Álvaro Caballero Fonseca (1947), en la ficción, en su novela Las razones del Indiano(Caracas: Comala, 2001.364 p.).

Parte Inés Quintero de un doble hecho: la carencia de documentos sobre María Antonia y los hechos de partido realista caraqueño. Sobre lo primero anota que la “contradictoria percepción sobre María Antonia, así como la ausencia casi absoluta de información sobre su biografía”(p.7) la llenaron de perplejidad. Y luego añade “y uno de los aspectos que más me ha llamado la atención es la enorme contradicción que representó para la elite criolla, promotora de la Independencia, romper de manera tan drástica con los valores y principios que había sostenido y defendido en los años precedentes”(p.8).

Los Mantuanos, los que Inés Quintero llama en otro magnífico trabajo los “nobles de Caracas”, fueron fieles así mismos: “Así lo hicieron cuando se negaron a admitir la Real Cédula de 1789 que regulaba el trato de los esclavos; cuando se opusieron a la aplicación de la Real Cédula de Gracias al Sacar en 1795; en ocasión de rechazar la Conspiración de Gual y España en 1797; cuando condenaron la Expedición de Francisco de Miranda en 1806 y dos años más tarde, en 1808, cuando se apresuraron a constituir una junta para defender la integridad de la Monarquía española en respuesta a la ocupación napoleónica de España”(p.8).

Por ello fue idea original de Inés Quintero “elaborar un trabajo breve sobre esta singular relación entre una mantuana, enemiga de la Independencia, y su hermano, el Libertador, figura emblemática de la ruptura con España”(p.9). Quiso hacer eso brevemente pero los viejos papeles que encontró la llevaron a escribir una biografía de María Antonia. Así “el material documental que sostiene la investigación es, fundamentalmente, el escrito por María Antonia Bolívar”(p.9).

Son esos documentos los que le permiten trazar los rasgos de María Antonia: nació rica y Mantuana, fue de fuerte y terrible carácter, temeraria la llamó alguna vez su hermano Simón(p.78), intemperante, terca, de arraigadas convicciones conservadoras. Le molestaban mucho “El ambiente de disolución social, el desorden, la ‘altanería de las clases inferiores’, la insufrible ‘arrogancia de los advenedizos’, la desfachatez e ‘impertinencias de los negros”(p.92).

Sin embargo, esto no le impidió dejar dos hijas naturales nacidas durante su matrimonio(p.151) y tener un romance cuando tenía cerca de sesenta años con un amante mucho más joven que ella, de veinte y dos años, llamado José Ignacio Padrón, cuando ya era una mujer de edad. Cuando la historiadora escribió La criolla principal tenía solo suposiciones sobre aquella relación(p.146), ahora en El vendedor de peinetas eso ha quedado establecido.

Fue María Antonia poco comprensiva con la política de su época, con el cambio decisivo que cumplió en Venezuela en los días en que vivió. Tan opuesta era que un día pensó que Venezuela era apenas “un fadango de locos”(p.117).

Hija de “una de las más sólidas y poderosas familias de la provincia”(p.17), casó en 1792 con Pablo de Clemente y Palacios(1773-1821), tuvo cuatro hijos. En 1795 su hermano menor Simón, de doce años, se escapó de la casa de su tutor, el hosco tío Carlos Palacios(1762-1805), en donde vivía y se fue a la casa de su hermana mayor. Allí esperaba encontrar los roces del afecto que no tenía donde residía.

Dice Inés Quintero que María Antonia “muy probablemente, fue la única criolla principal que dejó testimonio escrito sobre el difícil y contradictorio proceso que se inició con el desmantelamiento del orden monárquico y finalizó con la disolución de Colombia y la creación de la República de Venezuela”(p.13).

Ella “fue una enemiga ferviente de la república y una entusiasta defensora de los principios monárquicos... En ninguna ocasión manifestó simpatía por la causa emancipadora...mucho menos secundó a su hermano en sus ‘alucinaciones’, ‘imprudencias’ e ‘incautas obstinaciones’...Se mantuvo impertérrita y firme como leal vasalla del Rey de España”(p.15).

Cuando “ocurrieron los hechos del 19 de abril de 1810...María Antonia no dudó ni por un momento en manifestar su rechazo a la iniciativa independentista... no podía ver con buenos ojos un movimiento que desestimaba y echaba por tierra todos los privilegios y beneficios que durante siglos les había deparado el vínculo con España”(p.25). Su hijo Anacleto Clemente, su hermana Juana Bolívar Palacios(1779-1847), patriota como su marido Dionisio Palacios y su hijo Guillermo Palacios, sus hermanos varones Simón y Juan Vicente, todos se unieron al pronunciamiento, que fue el signo de su generación. Ellos amaron a su época. María Antonia no, estuvo contra el signo del progreso que no era otro que la emancipación. Por ello estuvo siempre mucho más cerca de José Domingo Díaz(1772-c1834) que de su hermano Simón. No amar su época es el peor pecado que puede cometer ser humano alguno. Y María Antonia lo cometió.

La brecha con Simón se amplió tras su arenga en la plaza de San Jacinto durante el terremoto del año doce, “Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que no obedezca”(Marzo 26,1812).

Entre 1812-1814 María Antonia permaneció en Caracas. Este último año su hermano Simón, ante el avance de las tropas de José Tomás Boves(1782-1814) hacia Caracas, la obligó a pasar a Curazao. María Antonia quien se sentía realista pensaba que nada le sucedería aunque Boves tomara la ciudad, ella era fiel al Rey. Otra cosa pensó Simón. Y la obligó a viajar junto a Juana y varios de sus hijos. En Curazao las protegió un amigo de Bolívar, el judío Mordechay Ricardo(1771-1842).

En 1813 los patriotas retornaron a Caracas y al poder. María Antonia se mantuvo al margen.

Entre 1814-1821 fueron sus días de exilio en Curazao y La Habana. En ellos dejó claro que era una realista, fue evidente “su visible y tajante repudio a la causa republicana”(p.15); fue posible observarla como una racista que criticaba duramente haber puesto “en manos de los originarios de África el cuchillo con que han de ser sacrificados los españoles de uno y otro lado del hemisferio” como escribió en su primer memorial(Curazao: Agosto 28,1816).

Siempre estuvo en contra de la “furiosa saña del insolente populacho” que fue como llamó al ejército que lideraba su hermano menor, decía que aquellos luchaban por una “libertad imaginaria”(p.42), le dolía “La desgracia...de tener un hermano a la Cabeza de la facción revolucionaria”(p.42), el Rey, que era Fernando VII(1784-1833), le concedió una pensión, la cual fue ampliada en 1820.

Apunta Inés Quintero que María Antonia siempre estuvo en el bando real y sus “representaciones escritas...a las autoridades españolas[eran] para dejarles saber su rechazo a la Independencia y su condena a la dirección política del movimiento por parte de su hermano”(p.9).

El 28 de agosto de 1816, desde la isla de Curazao, le dirigió una larga representación a la Real Audiencia de Caracas...perseguía dos propósitos: uno, que se le restituyeran sus bienes...y dos, que se la diese autorización para regresar a Caracas”(p.15). Su suplica no fue escuchada en ese momento sino un año mas tarde(1817), escribe Inés Quintero. Pero antes, el mismo año 1816, pasó a La Habana. Allá fue escuchada, incluso por el Rey, quien la nombró “Heroína de la lealtad”, se le devolvieron sus bienes y se la autorizó regresar a Caracas.

No retornó en ese momento sino una vez que tuvo noticia de la victoria patriota sobre la armas del monarca en Carabobo(Junio 24,1821). En ese momento, anota Inés Quintero, “La asaltaban las más diversas emociones. Sus sentimientos eran contradictorios. Todos sus padecimientos, los recuerdos infelices, el desasosiego del exilio, las infinitas noches de insomnio, las pérdidas materiales, el fracaso, la remitían de manera directa al nefasto suceso de la Independencia y al jefe de la insurgencia: Simón Bolívar, responsable directo de su infortunio”(p.53). Ya era viuda, “la pensión que recibía del Rey había sido suspendida desde el mismo momento en que los llamados patriotas recuperaron el control del gobierno”(p.53). Su hermana Juana Bolívar Palacios siempre había sido patriota, esposa y madre de oficiales de la república caídos en la lucha, siguió a su hermano Simón al exilio en Haití y luego vivió junto a él en Angostura. No regresó a Caracas, desde Guayana, hasta después del triunfo patriota(1821), quizá en 1822. Y cuando el Libertador vino por última vez a Venezuela en 1826 Juanica, como él la llamaba, estaba esperándolo en Puerto Cabello, el 31 de Diciembre de ese año. Juana al igual que su marido e hijo eran patriotas, su esposo Dionisio Palacios, cuñado de María Antonia y su sobrino, hijo de Juana, habían muerto en el campo de batalla, el primero en Maturín(1814), Guillermo, el vástago, en la batalla de La Hogaza(1817). Uno de los hijos de María Antonia era Anacleto Clemente, este se había unido, hacía tiempo, al ejército de su tío Simón, quien criticaba a María Antonia, en carta a Anacleto, por vivir entre Españoles deshonrando su nombre. “Nada parecía auspicioso para el regreso”(p.53) dice Inés Quintero. Podría quedarse en La Habana bajo las banderas del Rey, Cuba sería española hasta 1898. También pensaba, y ello se impuso: debía volver, reconstituir su patrimonio y reunirse con los suyos.

En aquellos años el díscolo Anacleto fue encargado de administrar los bienes de su tío Simón en Venezuela, Ese “patrimonio...era la parte más rentable y apetecible de todo cuanto habían tenido los Bolívar”(p.55).

Pese a lo difícil que podría imaginarse su encuentro con el Libertador primero por escrito y presente en 1827, Bolívar llegó a Caracas el 12 de enero de aquel año, debieron encontrarse el mismo día, hacía trece años que no se veían, pese a todo, la trató bien, con respeto, le encargó diversas gestiones relacionadas con la venta de las Minas de Aroa. María Antonia, o Antonia como la llamada Bolívar, lo enredó todo hasta el colmo que el Libertador quitó de sus manos las gestiones que le había encomendado. María Antonia, esto hay que saberlo bien, era una Mantuana y una mujer acostumbrada al poder de la familia, poder que ahora llevaba en sus manos su hermano menor quien era el Presidente de la República. Y quiso servirse de él, incluso aprovecharlo. Simón Bolívar se lo prohibió, él era un convencido, como el hombre justiciero que siempre fue, que si tenía razón los tribunales decidirían a su favor, que él no iba a interponer su poder, como se lo pedía María Antonia, para que le dieran la razón porque sí. Bella lección esta del Libertador para los gobernantes que le habrían de seguir. Muy pocos siguieron su ejemplo.

Ya hemos señalado que María Antonia, ya en Caracas, volvió a recomponer su fortuna. De hecho el mantuanaje había sido abolido por la guerra, pocos entre ellos tenían las fortunas que habían poseído antes de la guerra, su hermana Juana “Vivía arrimada en una casa ajena con su hija Benigna, ya que su casa en la esquina de los Traposos todavía estaba en ruinas como consecuencia del terremoto de 1812”(p.57). Suponemos que aquí se refiere Inés Quintero a otra casa en la esquina de Traposos pues ya entonces la hoy llamada “Casa natal” no era de los hermanos Bolívar Palacios, la habían vendido el 19 de Junio de 1806 a Juan de la Madrid o Madriz.

María Antonia se instaló en su casa de la esquina de Sociedad. Allí vivía su cuñada María Josefa Tinoco(c1783-1853), mujer aunque no esposa de su hermano Juan Vicente, muerto en una naufragio en 1811, madre de sus tres hijos naturales. María Josefa tenía diversos cuartos alquilados para poder sobrevivir, ya que la guerra había agotado todos los recursos y las haciendas no producían nada o sus inquilinos no pagaban sus rentas, incluso el tío Chano, Feliciano Palacios(1763-1838), debía mucho al propio Libertador por los arriendos de unas tierras en Chirgua en la región de Valencia.

María Antonia sacó a María Josefa de su casa(p.81), logró reorganizar sus bienes y volverlos a administrar pese a que tuviera que enfrentarse con quien fuera, incluso con su hermana Juana, al tío Chano, a sus primos o con su cuñada. Ella embrolló y enredó(p.79) los asuntos de Simón, a quien quería sin duda pero a quien miraba con los ojos políticos de una reaccionaria, para nada lo entendía ni entendía la obra de la emancipación, pese al elogio suyo de un documento del Libertador de 1814 en Carúpano. Y comprendía menos el sentido profundo de justicia que el Libertador poseía.

Otros de los momentos de la terrible mantuana se presentó tras la muerte del Libertador cuando se hubo de repartir su fortuna. Ella era una de las herederas del hermano muerto viudo. Este, añadimos, tenía tantos años de haber enviudado que sentimos que lo más correcto sería considerarlo soltero como él mismo lo dijo al general Francisco de Paula Santander(1792-1840) cuando estaba asediando en amores a Bernardina Ibáñez(1803-1864) en Bogotá y competía en el corazón de aquella muchacha, considerada la mujer más bella de Bogotá, con el venezolano coronel Ambrosio Plaza(1791-1821). No lo logró. Pero esa es otra historia que no tiene que ver con lo que escribimos aquí.

Pero la admiración de María Antonia por su hermano, si es que la podemos llamar así dado todo el dolor que le causó, terminó imponiéndose. Pidió al Presidente de la República la repatriación de sus restos cosa que se logró el 17 de Diciembre de 1842, aunque ella no pudo verlo por haber fallecido(Octubre 7) ciento un días antes. Debió ser enterrada en la cripta de la familia Bolívar en la Catedral de Caracas en donde semanas más tarde fue también fueron llevadas las cenizas de de su hermano Simón.

La Vida Intima de la Goda
Es bien conocido, gracias a la biografía La criolla principal que sobre María Antonia escribió Inés Quintero que ella fue persona de intensa vida íntima, extramatrimoniales desde luego los dos primeros, el tercero siendo ya viuda. Al investigar sobre su vida Inés Quintero se encontró con los testimonios de su vivir sexual. Tales hechos nos muestran un rostro más humano en María Antonia, que esta historiadora, como estudiosa de la vida cotidiana que es, supo pesquisar bien.

De hecho en sus romances María Antonia tuvo dos hijas naturales estando casada, de las dos tenemos noticias ciertas. La primera de estas hijas expósitas, adulterinas y bastardas, como se decía entonces, al igual que una segunda, a las que nos referiremos, las sostuvo económicamente. La primera la tuvo con don Felipe Martínez, Oidor de la Real Audiencia de Caracas, en 1806. A la muerte de María Antonia una persona llamada Trinidad Soto reclamó en los tribunales la herencia por ser hija de María Antonia y de Felipe Martínez le correspondía. La petición hecha ante la autoridad fue pagada. La segunda de estas hijas fue Josefa Cabrera, de quien también se ocupó la insigne goda.

Más escandaloso, pues hubo un juicio público, fue el romance que María Antonia tuvo, cuando se acercaba a los sesenta años, con José Ignacio Padrón(1814), lo cual nos indica que fue mujer de intensa vida sexual. Al joven amante María Antonia lo llegó a acusar ante los tribunales de haberle robado 10.000 pesos, este para defenderse, hizo públicas las cartas de amor que María Antonia le había remitido. Sir Robert Ker Porter dio noticias del hecho(Diario de diplomático británico en Venezuela. Caracas: Fundación Polar,1997,p.775-776).

Cuando leímos en La criolla principal las noticias que hemos consignado, interesado como siempre hemos estado de la historia de la mujer en Venezuela, creímos que podíamos dejar tranquila a María Antonia en su cama y en su alcoba.
Sin embargo, resulta que Inés Quintero, con su acucia singular, siguió tras su pesquisa y ha logrado hallar la documentación necesaria sobre el romance de la mantuana con el joven José Ignacio Padrón, cosa que trata en su libro El fabricante de peinetas a donde podemos seguir la peripecia del romance y hallar a María Antonia en medio de su despecho cuando José Ignacio Padrón la dejó, momento en que ella, en el extremo de la aflicción amorosa y sexual, inventó acusarlo de haberle robado 10.000 pesos, cantidad muy grande en aquella época, una verdadera fortuna, con esa cantidad se podía comprar una hacienda entonces. Hurto que María Antonia no logró probar, pese al escándalo armado en los tribunales, rapiña que seguramente nunca cometió José Ignacio y que a la vista de las pruebas que hallamos en El fabricante de peinetas comprendemos que fue un invento de la propia María Antonia, deprimida por el abandono y llena de celos por perder a aquel hombre de su lecho. Le sucedió a nuestra dama lo que les sucede a las muchas mujeres que por tratar de conservar a un hombre como sea pierden la dignidad y pierden al hombre, según la magnífica frase de nuestra escritora Ángela Zago. Y eso ha sido desde que el hombre y la mujer están en la tierra. Y ello porque como decía un gran conocedor del amor, el gran Stendhal(1783-1842), “las pasiones son caprichosas” y porque en el fondo la sexualidad manda en nuestras vidas y en nuestras pieles. De hecho la influencia del sexo en la historia es fundamental, piénsese sino, por ejemplo, en Enrique VIII(1491-1547), el monarca inglés del siglo XVI, quien por el inmenso atractivo y sensualidad de Ana Bolena(c1507-1536), quien, por cierto, tenía cinco dedos en una de sus manos, alteró la vida de la cristiandad, para obtener el divorcio, a como diera lugar, porque la jovencita le puso como una condición: no haría el amor con él hasta que no se separara de su esposa. Pero este, años más tarde, fascinado por Jane Seymour(1509-1537), acusó a Ana Bolena de adulterio y la mandó al tajo para poder estar con la Seymour:¡y,sin embargo, hay quien duda del poder de la sexualidad en la vida humana.

Parte más que interesante en El fabricante de peinetas es mostrarnos un hecho, un suceso de la vida cotidiana caraqueña de los años treinta del siglo XIX, días de la República Liberal, protagonizado por María Antonia Bolívar. Ahora sabemos que en su registro el cónsul Ker Porter fue veraz, aquello no era aquel un chisme callejero. Además el inglés lo consignó en un recuento íntimo, personal, como lo es todo diario, escrito en inglés, y que pasó más de un siglo para ser editado, desde que hizo la última anotación en tierra venezolana, en Puerto Cabello, el domingo 7 de Febrero de 1841. El Diario no fue impreso, todavía en inglés, por Walter Dupouy(1906-1978), sino ciento veinte y cinco años después(Caracas diary,1825-1842, a british diplomat in the newborn nation. Prologue: Augusto Mijares. Caracas: Editorial Arte,1966.CXII,1055 p.), y solo traducido al castellano ciento cincuenta y seis años después de haber sido cerrado, en la versión de Teodosio Leal que antes hemos citado. El Diario de sir Robert siempre será, esto se comprueba ahora en el punto que trata Inés Quintero, fiel documento de la vida venezolana durante los diez y seis años en que el diplomático lo redactó.

Y todo el conjunto de lo que leemos en El fabricante de peinetas cobra especial valor si lo apreciamos en su justo sentido, no en el escándalo de aquella mujer de la alta sociedad caraqueña, de cincuenta y nueve años quien tuvo intenso romance con un joven de veinte y dos, sino más allá, como un suceder de la historia de la vida cotidiana. Y lo decimos porque, así no se hayan hecho públicos, sin duda hubo otras relaciones en la Caracas de la época entre mujeres mayores, seres de sexualidad viviente, con hombres más jóvenes que ellas.

Todos los detalles del intenso romance entre la hermana de Bolívar y José Ignacio Padrón que aparece tratado en El fabricante de peinetas ha sido estudiado, en base a la documentación, a los expedientes judiciales que guarda el Archivo General de la Nación por Inés Quintero, asunto que ya había advertido el documentalista don Manuel Landaeta Rosales(1847-1920), en papeles aun conservados en su archivo, rica mina de datos históricos, que custodia la Academia Nacional de la Historia. Las cartas íntimas de ella a Padrón se reproducen en El fabricante de peinetas, pueden leerse además en el libro en sus originales manuscritos en los cuales se puede ver los fuertes trazos de la escritura de María Antonia, asunto que podría tentar a un buen grafólogo, sería la revelación de la psicología de aquella dama, que sentimos tan compleja(p.177-216). El estudio, repetimos, corrobora la exactitud de las observaciones que sir Robert Ker Porter consignó en su Diario. Los papelitos enviados por María Antonia a José Ignacio era lo que se llamaba en la época “billetes amorosos”, se escribían en pequeños papeles no por la carencia de papel entonces sino por su brevedad era su condición. Así son varios de los mensajes de Bolívar a Manuelita.

La Historia Sexual de lo Venezolanos
Si asuntos personales, como este de María Antonia Bolívar, llaman aun hoy tanto la atención ello se debe que aun no se ha hecho, cosa que urge, la historia sexual de los venezolanos y las venezolanas. Desde luego tenemos el Diario(1771-1792) de don Francisco de Miranda(1750-1816), el primer venezolano en consignar por escrito todos los detalles de su rica vida sexual. Existen algunas otras historias pesquisadas por los estudiosos de la historia de nuestra vida cotidiana, como uno fielmente reconstruido por Dora Dávila sobre Josefa Lovera Otañez y Bolívar, una ascendiente de quien esto escribe, como todos los Lovera Otañez(“Se tiraban fuertemente al honor” en Varios Autores: Quimeras de amor, honor y pecado en el siglo XVIII venezolano. Caracas: Planeta, 1994 ,p.65-100). Fue aquella Josefa mujer de activa vida sexual, se escapaba por los muros de su casa para irse a encontrar con su amante. Y, pese a su pasión, llegó a embarazarse de su secreto enamorado, no se usaban en la Caracas del siglo XVIII los condones que ya existían, como nos lo indican testimonios europeos de la misma época que hemos podido leer. Tal fue el vivir de Josefa que fue demandada en divorcio por su esposo Martín Xerez de Aristiguieta. Por cierto que el divorcio existía, hubo varias mujeres divorciadas ya en aquellos años. Desde luego no existía el divorcio civil, establecido en nuestro país en 1904, sino el eclesiástico. Otra historia que conocemos, con bastante nitidez, es la de Belén Jerez de Aristiguieta Blanco(1765-1850), una de las Nueve Musas, a quien se atribuye la maternidad de dos próceres, Manuel Piar(1774-1817) y José Felix Blanco(1782-1872). También conocemos bien hoy en día las ordalías sexuales de don Juan Vicente Bolívar y Ponte(1726-1783) en San Mateo, acciones que corresponden a lo que hoy conocemos como actos de acoso sexual. Don Juan Vicente fue el padre de los hermanos Bolívar Palacios, del Libertador entre ellos.

Son estas, algunas de las noticias sobre la vida íntima que habrá que anotar en la futura historia de la vida sexual venezolana. Que Caracas fue ciudad de mucha actividad en este campo, lo sabemos, al menos desde los escándalos de los días del obispo fray Mauro de Tovar, en el siglo XVII. Además, nuestra literatura, no es casual, está cargada de sexualidad.

En el caso de El fabricante de peinetas Inés Quintero ofrece un nuevo jalón de ese recuento. Pero dados los testimonios que recabó en la documentación que tuvo a la vista nos lo hace ver en su lado más humano, gracias a sus registros personales que se han salvado de la destrucción de tiempo. Podemos observar lo que sintió una mujer cuando aquel amor apasionado se le terminó, podemos comprender en este libro como siempre la sexualidad se sitúa más allá de las normas, así sean estas muy fuertes, pues siempre los amantes rompen con todo, pasan por encima de todo, “pisotean las leyes sociales” como Octavio Paz(1914-1998) escribió(Corriente alterna.2ª.ed.México: Siglo XXI Editores,1968,p.150) porque el amor siempre es un acto de rebeldía. Así El fabricante de peinetas nos permite comprender lo que es el amor, de lo que se siente mientras se vive y el dolor que implica su final, sobre todo si se mezcla en aquello celos, emoción natural en aquel, hombre o mujer, que ama al otro.

Así con El fabricante de peinetas en la mano comprendemos que estamos ante una historia “referida a la vida afectiva, las emociones, necesidades, expectativas y carencias de estos dos venezolanos tan distintos”(p.170) como lo fueron María Antonia Bolívar y José Ignacio Padrón.

Para presentar aquel romance la autora traza al panorama de la época, al menos desde 1814, nos muestra quien fue José Ignacio Padrón Higuera y la vida de María Antonia Bolívar en el período, sobre todo desde que ella denunció el robo hasta la sentencia, en la cual él fue absuelto de la acusación y luego hasta 1842, fecha de la muerte de ella. Hasta qué año vivió José Ignacio no logró averiguarlo la historiadora. Sus rastros se pierden tras el juicio.

José Ignacio era un hijo de familia, su madre había recibido educación, sabía leer y escribir, aprendizaje que también hizo también el hijo, pese a haber crecido este en los años terribles de la guerra, nació el año en que Boves entró en Caracas, el de la Emigración a Oriente, tenía siete años el día de la batalla de Carabobo, nueve el día de la toma de Puerto Cabello, final del período bélico en nuestro país, diez el año de la batalla de Ayacucho. Fue siempre un trabajador. Primero fue empleado de la Renta del Tabaco, a donde laboró hasta su abolición en 1833, y más tarde se abrió camino por si mismo trabajando en la fabricación de peinetas.

José Ignacio era persona de buena presencia, “alto, delgado, de nariz chata, color amarillento, pelo crespo y sin barba”(p.37), según se le describió en las actas del juicio que le hizo seguir María Antonia. O más bien, “peinetero, joven, educado, fuerte, bien dispuesto”(p.169) como anota Inés Quintero.

Es posible, conjetura la autora, que fue trabajando como peinetero donde conoció a María Antonia. O que se hallan topado en El Empedrado, en La Vega, en donde él vivía y ella tenía una casa de descanso.

Entre Febrero y Marzo de 1835 José Ignacio comenzó a trabajar para María Antonia. Eso lo hizo durante cuatro meses, después surgió un “convenio privado” entre los dos, eufemismo que arropaba la relación íntima que comenzaron a tener. Entonces también el dinero de ella comenzó a andar entre los dos. Y fue por los peculios, pero no solo por aquello como veremos, ya que solo llegó a deberle 300 pesos, que la pareja entró en crisis, las cartas que él le envió, correctamente redactadas, dan fue de ello(p.32 y 33). Y mas bien cuando él la abandonó por otra mujer, se precipitó todo.

Por mucho tiempo se llegó a pensar que la historia de aquella relación parecía un chisme callejero de la Caracas de 1836. Ahora se transforma en las manos de Inés Quintero, y gracias a las pistas de la historiadora Arlene Díaz, primera en examinar el expediente, en una historia sólidamente documentada gracias a los documentos del juicio conservados en nuestro principal repositorio documental.

Quizá habría que comenzar por donde no se comenzaba en aquella época: por el vivir de la sexualidad, lo más natural en todo hombre y en toda mujer, es allí en donde está la entraña de este suceso, en la atracción entre ambos, en el amor que surgió, inclinación muy fuerte en María Antonia, mujer de potente sexualidad.

Todo comenzó con el encuentro entre una mujer, ya de edad, pero quien para nada había renunciado a llevar vida sexual activa, como por lo demás siempre había sido en su vida, y un joven de 22 años llamado José Ignacio Padrón Higuera de quien tras el juicio, en 1838, se pierden sus pistas.

El conflicto comenzó cuando se dijo que el 19 de Abril de 1836 José Ignacio había efectuado un robo en la casa de María Antonia, situada en el número 19 de la esquina de Sociedad.

El 30 de Julio de 1836 en la Gaceta de Venezuela María Antonia Bolívar ofreció 2000 pesos a la persona que la ayudara a descubrir el ladrón que le había robado 10.000 pesos de su casa caraqueña situada la esquina de Sociedad.

Así el 8 de Septiembre de 1836 ella denunció el robo ante los tribunales(p.39), acusó a José Ignacio de haberlo hecho y pidió se iniciara el juicio contra él.

Al día siguiente, el 9 de Septiembre, José Ignacio fue detenido como consecuencia de la denuncia hecha por María Antonia de haberle robado 10.000 pesos. Comenzó entonces el juicio.

La experticia realizada demostró que él era un hombre de recursos bastante modestos, dueño de una pequeña posada, con pocas pertenencias, “con algunas prendas de vestir, muchas de ellas gastadas. No hay ni siquiera calzado en el inventario, salvo que el que debía llevar consigo. Los objetos de mayor lujo son dos relojes de plata, las piecitas de oro, la espuelas de plata, la guitarra, la mula y los dos criados”(p.37).

Pese a ello cuando el 11 de Septiembre se preguntó a María Antonia si se constituía en acusadora, “Su respuesta fue negativa; debía el tribunal, con los datos suministrados por ella, dar seguimiento a la causa”(p.40). Fue entonces forzada a hacer la denuncia, ella no podía pretender manipular al tribunal, “Si lograba su cometido, José Ignacio Padrón recibiría 100 latigazos, sería sometido a escarnio público amarrado a una argolla con un letrero que decía “Por ladrón”, lo encerrarían ocho años en la cárcel y, como si esto no fuera suficiente, quedaría endeudado con ella por 10.000 pesos, los cuales tendría que pagarle hasta el último centavo”(p.46-47).

Inés Quintero analizó todos las denuncias por robos coetáneos, sus expedientes están en los archivos, y ninguna de las que pudo ver llegaban a los 4000 pesos, menos una de 5445 pesos, hurto en el cual habían también algunas alhajas de la propia María Antonia Bolívar(p.57). De allí no pasaron las cantidades sustraídas en aquellos días. Otro robo era la sustracción de tres tomos de la Enciclopedia Británica hurtada al doctor Cristóbal Mendoza, que no es ex presidente, como dice la autora(p.47), ya que al prócer había muerto en 1829, sino su hijo del mismo nombre y apellido. La denuncia de Mendoza fue muy propia del hombre de libros, del profesor universitario que fue Mendoza.
En medio de esto el viernes 21 de Octubre el cónsul Ker Porter anotó el suceso en su Diario.

Fue aquel mismo día que María Antonia Bolívar denunció que le habían robado 10.000 pesos. Fueron citados numerosos testigos a favor de María Antonia, todos personas de su servicio o trabajadores, gente sencilla, un pulpero, un tendero, un dependiente de una panadería. Ninguna persona de su familia, ni su hermana Juana, ni su cuñada Josefa María Tinoco, ni sus hijos, ni sus sobrinas, ni su sobrino político el general José Laurencio Silva(1791-1873), el otro Pedro Briceño Méndez(c1792-1835) había muerto, exilado en Curazao, el año anterior. Tampoco sus amistades estuvieron presentes en el juicio para responder en favor de ella(p.77). Ni siquiera alegó en su favor su amiga Belén Aristiguieta, la mujer caraqueña más liberada sexualmente de la época.

Ante el fuerte asedio de María Antonia no le quedó a José Ignacio otro recurso que presentar en el tribunal, para defenderse, las cartas de amor que María Antonia le había remitido(p.108-114). Pueden leerse en el libro que comentamos.

Las cartas de María Antonia constituyen una fehaciente prueba de aquella relación, no queda duda del amor que tuvo por José Ignacio al repasar sus renglones. Sus declaraciones son las propias de una enamorada: “soy feliz para siempre y no tema usted nada de mi…Soy siempre de usted servidora y muy feliz”(p.108), se lee en la primera; en la segunda, aunque le dice preferir que no viva en su casa(p.108) le dice: “Yo soy siempre su amiga y le protegeré siempre que lo crea en necesidad, pero no juegue que me desconsuela mucho”(p.109). Pero al parecer pronto aparecen los celos, naturales en quien ama, al saber que hay otra en la vida de José Ignacio. Por ello lo llama “calavera” en la treceava carta(p.113).

María Antonia, desde luego, fue llamada a declarar en el juicio el 4 de Octubre: lo negó todo, hasta el haber escrito las misivas. Quedó muy mal, no se dio cuenta aquel día que ella misma no podía seguir siendo la “poderosa y arrogante”(p.157) que siempre había sido, los tiempos había cambiado. Vivíamos en una sociedad democrática en la que todos tenían derechos. El mantuanaje había desaparecido con la guerra. Soplaban otros aires. De hecho ella no pudo probar que el robo había sido efectuado.

Y volviendo al juicio hay que tener en cuenta que “Un robo como el denunciado por María Antonia Bolívar no era un delito común para la época; se trataba de un episodio excepcional, ya que constituía una cantidad de dinero enorme, con la cual podía comprarse hasta un trapiche”(p.47).

Al día siguiente de la denuncia, “Juan Bautista Carreño inicia la causa por injuria contra María Antonia Bolívar. Su propósito es demostrar que José Ignacio Padrón es un hombre honrado, que ha vivido honestamente de su trabajo como peinetero, que ha dispuesto de recursos suficientes para atender sus gastos y sus negocios mucho antes de que ocurriera el hurto y que numerosas personas pueden dar cuenta de que lo conocen como un hombre de bien”(p.81). El “recurso de mayor contundencia con el que cuenta la defensa para comprobar la inocencia de Padrón es demostrar que existía un vinculo afectivo entre María Antonia Bolívar y el acusado. Para ello cuenta con la palabra de José Ignacio Padrón y con las cartas que le escribió María Antonia, guardadas celosamente por él y entregadas al abogado para que fuesen exhibidas en el tribunal, como parte de la defensa a la hora de confirmar su inocencia”(p.97).

Al declarar José Ignacio dejó claro “tres puntos: primero, que él no se robó los 10.000 pesos; segundo, que si conocía la casa y la señora Bolívar porque había sido su dependiente; y tercero, que entre la señora Bolívar y él había un “convenio privado”, lo cual explicaba sus entradas y salidas de la casa donde ocurrió el hurto”(p.99). Aquí, ya los hemos indicado, “convenio privado”(p.99) quiere decir romance, relación afectiva; y por si faltara poco hay también la información que había roto la ventana de la casa de ella para entrar por ella mientras vivían apasionadamente su romance, así no llamaba la atención de quienes estuvieran en la casa y pasaba directamente a la habitación en donde María Antonia lo esperaba.

Por ello apunta Inés Quintero que “La pieza fuerte del interrogatorio, el dato fundamental de la causa, la clave esencial del episodio, es la confesión de José Ignacio Padrón sobre la existencia de un “convenio privado” entre la señora María Antonia Bolívar y su persona. El joven Padrón, peinetero y posadero, de 22 años, había mantenido una relación personal, íntima, privada y secreta durante varios meses con la señora Bolívar, de 57 años, dueña de la casa de la esquina de Sociedad, viuda, blanca, criolla y principal, propietaria de una considerable fortuna y, además, hermana mayor de Simón Bolívar, el Libertador”(p.106-107).

Al ser presentadas las cartas íntimas en el juicio, como única forma de alegar a su favor, estas “dejaron de ser parte de un intercambio epistolar personal para convertirse en documentos públicos al servicio de la historia”(p.114).

Pero los alegatos a favor de José Ignacio fueron claros: “La defensa no está con rodeos. Juan Bautista Carreño va directo al grano: María Antonia Bolívar mintió cuando dijo que le habían robado 10.000 pesos; María Antonia Bolívar tenía una relación íntima con José Ignacio Padrón; María Antonia Bolívar inventó el robo para perjudicar a José Ignacio Padrón por celos y porque este ya no respondía a sus requerimientos amorosos. Ni más ni menos”(p.120).

En medio de ello “María Antonia se mantiene imperturbable”(p.121. Subrayado de la autora).

Y cuando la acusadora es interrogada, llama “poderosamente la atención su reacción frente a las preguntas del abogado. La situación es visible y ostensiblemente comprometedora. Allí estaban las cartas, los testigos; todo la dejaba en evidencia. Sin embargo, lo niega…no podía hacer otra cosa; tenía que decir que todo aquello era mentira; negarlo todo desde el principio hasta el fin”(p.132).

Desarrollado el juicio, José Ignacio fue declarado inocente y quedó en libertad el 17 de Octubre. La sentencia fue ratificada, escuchada las apelaciones, por la Corte Superior de Justicia dos años mas tarde(Julio 27,1838).

María Antonia, desde luego, perdió el juicio, se demostró que había mentido en su desesperación por haber perdido a José Ignacio. Hasta se hizo verdad algo que se lee en una de las cartas que le envió a su amante: “Mire que el diablo le arranca la lengua a los embusteros””(p.112): ello terminó sucediéndole a ella.

Pese a todo, después de haber perdido el juicio, después de haber sido proclamado inocente José Ignacio la dama de marras todavía se atrevió a enviarle una carta(Noviembre 6) cobrándole 300 pesos que le debía.

Pero aun más, el 20 de Diciembre, le vuelve a escribir, esta vez lo envió un poema donde le declara su amor, una composición que de hecho no desentona dentro de la poesía venezolana de aquella época, bien escrito, rabiosamente sentido(p.152-154). Es un poema lleno de despecho, con él se podría componer un buen bolero. Entre sus versos se lee: “Ignacio, no me es posible/aunque me siento agraviada/verte un instante borrado de mi corazón sensible”; en otro verso leemos: “Tu conducta ingrata viera” y en otra línea “A mi amistad fina y leal,/Pues yo no encuentro qué mal/te haya hecho en mi conciencia” y sigue: “No quiero, no, recordar/Cuánto me has hecho sufrir”. Es decir, que María Antonia ama plenamente a José Ignacio, por ese amor ha armado este revuelo, lo que llamamos un zaperoco, lo ha acusado de un delito que no cometió pero pese a todo lo desea, no sabe como vivir sin su presencia. Es la confesión propia de todo enamorado, hombre o mujer, que no desea perder el ser que ama, que teme con miedo su desaparición de su vida, el adiós. Y María Antonia con su pasión y deseo pleno lo confiesa sin pena, su autenticidad en el poema es conmovedora, leyéndolo tocamos su alma, sentimos que proclama su deseo sexual pleno. El poema lo conocemos porque fue a dar al expediente judicial en donde lo encontró la historiadora. Por ello anota: “En estos versos no hay arrogancia, no hay petulancia, tampoco soberbia; sí tristeza, nostalgia, recuerdos, deseos de contar con su amistad y también reclamos; se siente herida por su abandono, por su traición, por su ingratitud, por su maltrato, pero no puede olvidarlo ni prescindir de su amistad”(p.154).

En esto de escribir poemas no se debe olvidar que María Antonia los hacía desde tiempo atrás. Existe una carta a su famoso hermano en que se lo dice. En ella se lee: “Te remito esos versos para que veas que ya soy poeta”, según misiva hallada por Vicente Lecuna(“Cartas dirigidas a Bolívar” en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, n/ 62,1933,p.267). Estos poemas se perdieron pero quedó su testimonio que ahora se corrobora en el poema descubierto por Inés Quintero. Podemos titularlo con su primer verso: “Ignacio, no me es posible”.

Hay una observación más, que atañe a nuestra historia literaria. Cuando María Antonia Bolívar escribió su poema corría el año 1836. En ese momento no se había impreso aun ningún artículo, poema, cuento o novela, concebido por una mujer venezolana. Nuestro primer cuento apareció en 1837 y la primera novela en 1842, ambas obras de don Fermín Toro(1806-1865). El primer texto de una mujer venezolana, rescatado por María Eugenia Díaz, fue un artículo publicado tres años más tarde, todavía bajo seudónimo, muestra de que nuestra mujer aun no tenía voz propia. Es este todo un alegato a favor de la mujer, de la necesidad de que recibiera mejor educación. Lo que firmó A.M.O.R. apareció nada menos en la revista La Guirnalda(Agosto 18,1839) que dirigía el humanista José Luis Ramos(c1790-1849), fundador de nuestro periodismo literario. El artículo, “Educación del bello sexo”, además de su exposición en prosa contiene dos poemas, llamado, el primero a la mujer para que escriba y el segundo es una loa a la mujer. Un segundo poema escrito por una dama, Juana Zárraga de Pilón(1806-1880), apareció cuatro meses más tarde en la misma gaceta. El siguiente poema de una mujer, hallado en la pesquisa de María Eugenia Díaz apareció cuarenta y tres años más tarde. El primer poema amoroso impreso, “¿La has visto?”, de quien firmó Zoraida fue editado 1885 en Coro, la ciudad en donde surgió el primer grupo literario femenino en nuestro país(Escritoras venezolana del siglo XIX. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana,2009,p.89-94,97-99,105-106).

Nos hemos detenido en todo esto porque con los datos que tenemos el poema de María Antonia Bolívar tiene prioridad cronológica, fue redactado y se hizo público, seguramente sin saberlo ni consentirlo su autora, tres años antes del primer escrito impreso de una mujer en nuestro país. Tiene pues un valor cronológico. Y desde el punto de vista literario, con los desasosegados sentimientos que muestra, valdría la pena compararlo con los poemas amorosos que entonces escribían nuestros poetas hombres, todos impresos en periódicos y revistas ya que el primer libro de poesía no se publicó en Venezuela hasta 1844, fue el de Rafael Agostini(c1808-1881): Cítara de Apure, Impreso en Caracas, en dos tomos, en la Imprenta Boliviana.

Y volviendo al dúo María Antonia-José Ignacio, tras el poema ella le envió una última carta, escrita después del poema. En ella lo vuelve a insultar, como lo hacen los enamorados desesperados, “Al fin se acabará lo que no tiene remedio, en verso y en prosa me he quejado y nada he sacado…Bien puede Ud. emplear su tiempo en otra parte, que hoy nada quiero por fuerza y mucho menos que la Santísima Trinidad tenga que traerlo por los cabellos…vaya a cortejar a quien quiera…siga usted con su sistema calavera”(p.154). Y, en su agonía, hasta invoca a la Santísima Trinidad, la devoción familiar de los Bolívar, no se olvide que así se llama la capilla catedralicia que por privilegio canónico sostenían los Bolívar Palacios.

La Condicion de la Mujer Entonces
En verdad, María Antonia, como en su día Josefa Lovera Otañez y Bolívar, o la propia Belén Aristiguieta, pusieron por encima de las normas, tan represivas entonces con las mujeres, los goces de la sexualidad y del erotismo.

Por ello Inés Quintero repasa esas normas. Escribe: “La condición jurídica de la mujer, para ese entonces, no le otorgaba ningún tipo de derechos ni consideraciones…establecían la sujeción de la mujer a los hombres, a la autoridad masculina…los derechos civiles de las mujeres eran bastantes limitados, por no decir casi nulos…Los derechos políticos de las mujeres, sencillamente, ni siquiera estaban contemplados: los asuntos públicos y de Estado no eran materia de su incumbencia”(p.133). Y sigue: “De acuerdo a los cánones morales de la época, resultaba absolutamente condenable, impropio, inaceptable que una dama de su edad, estado civil y condición social estuviese en tratos amorosos con un hombre de inferior calidad y ostensiblemente menor que ella”(p.134).

Cuatro años después, a los sesenta y cinco años, murió María Antonia en Caracas, en su casa de la esquina de Sociedad(Octubre 7,1842). Vivió aquellos años finales de su vida, como dice Inés Quintero, “sola, triste y desamparada”(p.159).

Noviembre 17,2011.