Domingo, 12 de Febrero de 2012

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Los Penetrables de Soto: el espectador como epicentro de la obra

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Por: Jessica Bridoux Salmasi

En el Libro X de La República, Sócrates expresa contundentemente su pensar respecto al arte. El filósofo lo repudia y lo degrada, ya que no concibe cuál es el aporte ni el bien que a la sociedad producen las creaciones de los artistas, meras imitaciones de la realidad. Sócrates sobretodo se pregunta: ¿para qué sirve una imitación si se puede disponer del objeto original?, interrogante que parece que no dejó de preocupar al hombre nunca más y que encaja con los orígenes de los movimientos vanguardistas de finales del siglo XIX y durante el siglo XX.

Los movimientos de vanguardia buscaron quebrar los criterios culturales y estéticos establecidos, así como la función tradicional (decorativa) que se le era adjudicada al arte. Es decir, la idea era rehacer completamente lo que estaba planteado hasta los momentos, porque el arte, como establece el Dadá, es una creación persistente e ininterrumpida. El arte moderno, con sus reflexiones sobre el concepto de realidad, da respuesta a la pregunta de Sócrates planteada en el párrafo anterior: “[el arte] no se trata ya de reproducir aquello que recogemos a partir de los sentidos y la percepción sino de producir realidad a partir de las actividades, técnicas y lenguajes artísticos”1.

El impulso de cambiar los patrones invadió a muchos artistas, había una necesidad de dar una nueva óptica, una nueva percepción, una nueva conciencia y un nuevo lenguaje que acabara con la forma de percepción establecida2; y esto dio origen a la gran cantidad de movimientos artísticos como el Cubismo, el Futurismo, el Expresionismo, el Dadaísmo, entre otros. Un aspecto resaltante es que, si se lee cuál fue el surgimiento de las inquietudes por ofrecer un nuevo arte, así como del nacimiento y de la evolución de los diversos movimientos de vanguardia aterrizamos siempre en Europa y los Estados Unidos.

Por ello es realmente valioso —y a la vez sorprendente— que un personaje como Jesús Soto, proveniente de Venezuela (América del Sur), donde “[había] cincuenta años de atraso con respecto a lo que se hacía en la plástica universal”3 y donde había una única escuela de artes plásticas (Escuela de Bellas Artes, Caracas) expresara que no estaba interesado en hacer pintura nacional y que no reconocía el genio de los artistas que eran célebres para la época en el país, ya que se dedicaban a la copia del modelo, del paisaje. El arte, según el propio Soto, se trata de inventar cosas, de crear cosas y de agregar algo a la cultura plástica. En su caso, su aporte fue el desarrollo del arte cinético, conjuntamente con Yaacov Agam, Jean Tinguely, Víctor Vasarely, Pol Bury, Alexander Calder, Marcel Duchamp y otros tantos.

Soto deja a un lado la bidimensionalidad y la estática que ha caracterizado a la obra de arte y se empeña en crear su propio lenguaje del movimiento. En sus primeros trabajos introduce el movimiento óptico dentro de la composición por medio de la repetición de estructuras y del juego de la concepción de figura y fondo. Luego comienza a realizar composiciones seriales de puntos, líneas y cuadrados —a partir de sus conocimientos de música dodecafónica— que de cierta forma obligan al espectador a desplazar constantemente su campo visual. Luego decide avanzar hacia la tridimensionalidad y lo logra por medio de la superposición de placas de plexiglás, que producen un efecto óptico de movimiento a medida que el espectador se desplaza para apreciar la obra. Poco a poco la materia sólida que constituye a la obra de arte parece desintegrarse y dejar de ser tan “compacta”.

Los Penetrables: reducción de la distancia entre el arte y la vida
Pero tal vez una de sus mayores aportaciones fueron sus penetrables, por medio de los cuales logró integrar al hombre a la obra de arte y redujo la distancia entre el arte y la vida, si utilizamos una expresión de Arthur Danto. Y ésto no lo hizo a la forma del Pop Art, el Fluxus o el Minimalismo, por ejemplo, sino que lo logró otorgándole una posición activa al espectador.

El sujeto ya no sostiene una posición de contemplación frente a la creación artística, sino que puede introducirse y formar parte de ella: penetrarla. La experiencia estética se amplía y abarca a todos los sentidos además de la vista: la obra de arte permite ser tocada, olida, escuchada y recorrida. Con esto Soto, en palabras de Alfred Boulton (1973), “traspasó la función del objeto plástico” y “convirtió en nuevos valores plásticos a quienes anteriormente no lo eran”; es decir, la obra de arte pasa a ser una experiencia palpable que se transforma en una nueva realidad, en un nuevo medio ambiente dibujado y creado no por el artista, sino por el espectador.

Esta afirmación recuerda a Harold Rosemberg (1971) en su texto The De-definiton of Art, cuando cita a un artista que dice “yo escojo no hacer objetos. (…) En cambio, me he puesto a crear una calidad de experiencia que se sitúe por ella misma en el mundo”4 (traducción libre). La conexión que se produce entre un penetrable con el espectador (o mal llamado espectador en este caso) es muy poderosa porque, si se piensa un poco más allá, nos damos cuenta que la creación artística puede únicamente ser captada, interpretada y entendida de forma acertada en la medida en que es vivida. Porque, a diferencia de una pintura, a la cual tenemos acceso en los libros, Internet y fotografías; o en el caso de la música, a la que se puede acceder por grabaciones, los penetrables de Soto no se prestan para reproducciones ni en papel ni en digital ya que estos medios no permiten que el hombre habite la obra, que es precisamente su razón de ser.

La relevancia de los penetrables de Jesús Soto, dentro de lo que se entiende como los movimientos de vanguardia en el arte, se aprecia, primero, porque colaboraron con la ampliación de lo que se entendía como obra de arte (no es una clásica pieza bidimensional, sino que se inserta en el marco de lo que se entiende como instalación). Y además, debido a sus grandes dimensiones, el penetrable no tiene un espacio en el museo a la manera tradicional, sino que crea ambientes a modo de obra o se relaciona con la arquitectura y la calle —se puede pensar en el Penetrable Rojo creado para el Centro Cultural del Conde Duque de Madrid o en el Penetrable para la fábrica Renault de Boulogne-Billancourt.

Segundo, están elaborados con materiales no pensados para una obra de arte (están constituidos por una cuadrícula metálica que cuelga de un techo, y de esa cuadrícula caen una gran cantidad de largos hilos de nylon). Tercero, rompen definitivamente con la relación que existe entre el arte y los espectadores, en la medida en que éste deja de contemplarla (supera la visión) y se introduce y se relaciona con ella. Cuarto, se traspasan las fronteras del formalismo pictórico por medio de la descomposición de la materia rígida e impenetrable que caracteriza a una obra de arte en materia elástica y penetrable5.

Si se aprecia a cabalidad la trayectoria de Jesús Soto, parece que el artista logró su objetivo: agregar algo a la cultura plástica y dejar de lado la imitación. Básicamente, ser vanguardista.

Referencias
1. Calderón, J. (2005). Las vanguardias históricas en perspectiva. Artículo publicado en la revista Redalyc (Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal).
2. Marcuse, H. (1968). El futuro del arte. Extraído de la página de Internet: http://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/view/76339/98938
3. Muci, P. y Pacanins, F. (s/f). Mateo Manaure: recuerdos. Extraído de la revista digital Arte en la red: http://www.enter-art.com/libros/recuentos.htm
4. Rosemberg, H. (1971). The De-definiton of Art.
5. Soto, J. (1982). Soto. Conversación transcrita en París.


Jessica Bridoux Salmasi (1986)
Licenciada en Comunicación Social, mención Comunicaciones Publicitarias de la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela).
Actualmente cursando el máster “Pensar el arte de hoy” de la Universitat Autònoma de Barcelona (Barcelona, España).
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