Viernes, 20 de Octubre de 2017

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Los Hombres que Hacen los Pueblos: Las Lecciones de Ramón J. Velásquez

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Como siempre nos da gusto recibirlos en esta nueva sesión de nuestra tertulia “Al pie de la página”, precisamente para referirnos de nuevo a quien hemos llamado, aquí en esta casa, nuestro padre y maestro, el doctor Ramón J.Velásquez(1916), quien en nuestra más reciente conversación nos recibió con estas palabras, “aquí caminando hacia los 96 años”.

Al hablar de él, figura central de nuestra vida contemporánea, no podemos dejar de pensar que los pueblos los hacen sus hombres y sus mujeres, sobre todo los que como Velásquez han marcado nuestro sendero como nación. De allí que no podamos comenzar sin citar las ideas-ejes que vamos a citar. En el tomo de su archivo, relativo a la Revolución Francesa, puso nuestro Francisco de Miranda(1750-1816) este epígrafe de Alceo(s.VII-VI aC):“¡No las piedras duras, robustos leños, ni artificiosos muros forman las ciudades; más donde quiera que hay hombres que sepan defenderse por sí mismos, allí están las fortificaciones, allí están las ínclitas ciudades”. En los días del Renacimiento, en su célebre libro Utopía, Tomás Moro(1479-1535), patrono de los políticos para la Iglesia católica, escribió esto sobre los hombres egregios: “Por esto colocan en la plaza del mercado las imágenes de los hombres famosos y de los que han sido grandes y generosos benefactores de la república, para perpetua memoria de sus buenas acciones y también para que la gloria y renombre de los antepasados promueva y provoque su descendencia a la virtud”(Utopia. Barcelona: Orbis,1984,p.167); en El Príncipe de Nicolás Maquiavelo(1469-1527) se lee: “Debe el hombre prudente entrar siempre por las vías trazadas por los grandes hombres y por aquellos que son excelentísimos de imitar, para que, si no se llegasen a igualar sus virtudes, al menos le dejase su aroma”(El Príncipe. Caracas: Los Libros de El Nacional,1999,p.35); Tomás Carlyle(1795-1881), un hombre del siglo XIX escribió: “A mi entender, la Historia Universal, la historia de lo que los hombres han realizado en este mundo es, en lo esencial, la historia de los grandes hombres que han actuado en él…el alma de toda la historia del mundo, podemos decirlo con toda razón, ha sido la historia de estos hombres”(Los héroes. Barcelona: Orbis,1985,p.31). Don Simón Rodríguez(1769-1854) entre nosotros expresó:“Yo estudio a los hombres públicos, meditó sus corazones y sus últimos sentimientos”(Obras completas. Caracas: Universidad Simón Rodríguez, 1975,t.II,p.234). Todos estos pensamientos nos hacen ver al doctor Velásquez y nos hacen ver que con tal cosecha de los hombres y mujeres que ha producido Venezuela nuestro futuro está bien trazado, sobre todo cuando superemos el hiato en que ha estado sumida nuestra vida colectiva durante estos años trágicos.

Al hablar hoy del doctor Velásquez no podemos dejar de delinear todo lo hecho por él para lograr el entrelace logrado por él, para en su acción pública, la historia, siempre cultivada por él, y la política no sufrieran en sus fueros propios y que la historia, como debe ser, iluminara la acción pública, que sus lecciones empararan al país visto por el gran memoralista que don Ramón Jota ha sido siempre.

Otro detalle que nuestros destacados ponentes de esta tarde, recalcarán será, además de lo asomado antes, que consideramos esencial para comprender una personalidad tan vigorosa como la del doctor Velásquez, como él salvó nuestra memoria colectiva al recopilar los papeles que nos dan cuenta de ella.

La razón que nos reunido esta tarde ha sido repasar las líneas de su último libro, escrito después de sus noventa años, síntesis y balance de lo que ha sido el tema el mayor tema de su especialidad: los días del liberalismo amarillo. De allí el nuevo asedio en sus asuntos que nos ofrece en su Joaquín Crespo, el último caudillo militar del liberalismo venezolano(San Cristóbal: Fondo Editorial de la UNET, 2011. 520 p.). Se trata de un libro de gran riqueza, que permite volver a mirar los días en que el centro de nuestra escena política estuvo encabezado por aquel caudillo.

Es este un análisis detallado y preciso de aquellas décadas. Pero queremos fijarnos especialmente hoy en algunos pasajes en los cuales, a trazar los ires y venires de Joaquín Crespo(1841-1898) en el poder, nos ofrece una serie de reflexiones sobre aquellos que pasaron por la Presidencia del país, aquellos que para tener logros debían actuar, como lo sugiere una jugosa cita que hace de un juicio del doctor José Ramón Núñez, un político de aquellos días sobre el hecho de que para poder dejar huella firme el país todo Presidente debía que tener “el secreto de enfrentar la anarquía, de crear progreso, de resucitar el crédito y disipar, a fuerza de luz propia, las tinieblas de la ignorancia”(p.65). Pese a este programa a quien aquello escribió no se pasó por alto que ser Presidente entre nosotros es “atormentadora pesadilla”(p.65), porque, como leemos en otro pasaje del propio doctor Velásquez, sabio zahorí siempre, “el político cometía un solo error y que los demás que lo envolvían como una red y lo hacían fracasar, eran siempre consecuencia del primero”(p.345), aquí refiere que el gran error del presidente Juan Pablo Rojas Paúl(1826-1905), el primero que le trajo todos los demás, fue el haber confiado en Raimundo Andueza Palacio(1846-1900), su sucesor, en quien no debió hacerlo. Todo lo demás vino a partir de allí. Tal la lección porque no se olvide que la historia siempre se escribe desde el presente, quien la escribe, como el doctor Velásquez en este precioso libro, mira hacia atrás es para aclarar el presente.

Y dicho esto encontramos los rasgos, observados por Velásquez, de lo que debe ser un buen presidente había que tener mucha “paciencia, hábil comportamiento, buena estrella e incesante trabajo”(p.39), para lo cual se requiere un largo aprendizaje, tiempo en que cual debe descubrir que no se puede gobernar sin prudencia, no encarnar a lo que aquí mismo hemos denominado el anti-maquiavelo criollo, es decir gobernar sin previsión, sin saber preveer para proveer. Y desde luego entender, sin duda a través de los libros, cuál es la esencia ese cuero seco, que dijo Guzmán Blanco, era el país, “la Venezuela soterrada, con unas raíces que nunca mueren”(p.225), allí está la clave de todo. Tal la mil meditaciones que se pueden extraer leyendo el libro del doctor Velásquez, el cual nos permite de nuevo, como antes en La caída del liberalismo amarillo o sus Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, entrar en ese gran laberinto que es Venezuela, se necesita un práctico que nos guíe, como lo hace aquí Velásquez con mano maestra, atrapando en su vejez las mil lecciones aprendidas en las doble vertiente de su vida, por medio de los meandros de nuestra memoria, que no otra cosa es la historia de Venezuela, y por medio del saber entender la comedia de la política.

Y sobre todo así encaminarnos hacia un buen ciudadano que nos guíe, porque ello es posible, porque un buen presidente existe, tal como se delinea en un documento que hemos leído en el archivo de Miranda, que a él le llegó en 1787 y conservó entre sus papeles, según aquello este hombre, o esta mujer, deberá ser persona “prudente, colocado a la cabeza de una sociedad, cuidadoso de velar sobre las acciones de los hombres, como también sobre la educación de sus hijos y preocupado de buscar los medios apropiados de alimentar a los pobres, aliviar a los débiles y ayudar a la gente competente a ser útil al Estado, [así] gana fácilmente la confianza de su sociedad”(Colombeia. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1981,t.IV,p.535). Tal la lección que hemos querido convocar esta tarde.

(Leído en la sesión de la tertulia “Al pie de la página”, en la sede de la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del martes 14 de Agosto de 2012).