Sábado, 24 de Junio de 2017

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Los Dones de Francisco Massiani

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Por: Roberto Lovera De-Sola

Escribió Tomás Eloy Martínez(1932-2010) que “La verdadera identidad de las personas son los recuerdos”(Purgatorio. Bogotá: Alfaguara,2008, p.17). Y es para recordar, cerca de la constante sonrisa y de la fresca escritura de Francisco Massiani, que nos hemos reunido esta tarde, cercanos al hecho del otorgamiento, hace décadas merecido, del Premio Nacional de Literatura que premia sus dones creadores en el campo de la creación literaria, del dibujo y de la pintura. Y sobre todo su permanente constancia sobre la página en blanco.

Es esta una reunión de aquello que Karl Popper(1902-1994) ha llamado “el mundo tercero”, es decir, “el de la cultura y de la invención” según la versión que de tal pensamiento hace Mario Vargas Llosa(La cultura del espectáculo. Caracas: Alfaguara,2012,p.110). Es decir el de los escritores y de los artistas.

Francois Massiani Antonietti, su verdadero nombre, apareció en nuestras letras en un momento singular de la aventura creadora venezolana, a fines de los años sesenta cuando se presentó el gran cambio, producto del mayo francés y de la primavera de Praga, en el momento, el primero fue un revolución libertaria, el segundo el intento de encontrarle un rostro humano al socialismo.

En aquellos años él comenzó su camino creador al publicar su primer escrito, el cuento “Día domingo”, que nuestro gran maestro Guillermo Meneses(1911-1978) imprimió, el 18 de diciembre en 1965, cuando él tenía 21 años, en las páginas de su revista Cal. Allí nació el escritor Francisco Massiani, cuya completa revelación sucedió tres años más tarde, cuando el 23 de noviembre de 1968 se imprimió su siempre celebrada novela Piedra de mar(Caracas: Monte Ávila Editores,1968. 129 p.), en las ediciones de una editorial hacía muy poco fundada por el editor uruguayo Benito Milla(1918-1987). Con el tiempo él sería el principal escritor lanzado por esta casa impresora, hoy con veinte y dos ediciones de su novela, que ya pasa del millón de ejemplares impresos.

Obra que acompañaron al poco tiempo su segunda novela Los tres mandamientos de Mistedoc Fonegal(Caracas: Monte Ávila Editores,1976.156 p.) y sus vasta creación en el cuento, que lo han hecho uno de sus maestros en la últimas décadas, narraciones cortas aparecidas en Las primeras hojas de la noche(Caracas: Monte Ávila Editores, 1970.131 p.), El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo del dientes(Caracas: Monte Ávila Editores, 1975.179 p.), Con el agua en la piel(Caracas: Monte Ávila Editores,1998. 195 p.), Florencio y los pajaritos de Angelina su mujer(Caracas: Fundación para la Cultura Urbana,2005. IX,99 p.) y el relato infantil, que pueden leer y gozar los adultos, La iguanita y el azulejo(Caracas: Rayuela Taller de Ediciones,2006. Páginas sin numerar). Sus dos primeros volúmenes de narraciones cortas han tenido dos ediciones de conjunto en sus Relatos(Caracas: Monte Ávila Editores,1991. 214 p.) y Un regalo para Julia y otros relatos(Caracas: Monte Ávila Editores, 2004. XXVII ,202 p.), esta última titulada con el mejor de todos los suyos. Franco y seguro ha sido también el cultivo de la nouvelle en Fiesta de Campo/Renate o la vida siempre en un comienzo(Caracas: Otero Ediciones, 2008, 137 p.), noveletas en las cuales se dan cita su habitual frescura, nacida en Piedra de mar su sentido poético, el narrar con suavidad y tersa sensualidad. Una de ellas, la primera que escribió, el bosquejo previo de Piedra de mar, es El veraneante, que nosotros trascribimos y digitalizamos desde sus originales escritos a mano, concebida en 1965, el mismo año de la publicación de su primer cuento y de sus otras dos novelas cortas, las tres marcan el inicio de su actividad literaria. El Veraneante, se está imprimiendo ahora en la editorial de Rodrigo Blanco. En todos los libros de ficción de Pancho Massiani aparece el este de Caracas, Sábana Grande, La Florida y el mar cercano, allí está la arcadia de su escribir.

También en los últimos años nos ha mostrado su viejo cultivo de la poesía, el que tuvo tan escondido, siempre en poemas amor, como lo que hallamos en su Señor de la ternura(Caracas: Monte Ávila Editores,2007. 170 p. ) y Corsarios(Caracas: Monte Ávila Editores, 2011. 93 p.), volúmenes formados con su poesía narrativa, en donde aparecen bellos textos que parecen cuentos y algunos que son poemas en prosa.

1968 fue el año de la insurgencia de una nueva promoción de escritores en la literatura venezolana. Todos ellos hoy con obra bien cernida. Pero meses antes de que la gente que la formaba comenzará a reunirse en las tardes en las cafeterías de Sábana Grande, había sucedido otro hecho literario que no debemos soslayar hoy: en 1967 le fue otorgado a Mario Vargas Llosa(1936) el “Premio Rómulo Gallegos” y aparecido Cien años de soledad de Gabriel García Márquez(1927). En ese momento ambos estuvieron en Caracas y comenzaron a distribuirse no sólo sus obras sino todas las esenciales de lo que denominaba ya “el boom de la novela latinoamericana”. Fue entonces cuando nuestra gente se volcó en la obra de Borges, Rulfo, Onetti, Fuentes, Cortazar, los grandes maestros de la prosa hispanoamericana, en esto fue fundamental la tarea cumplida entre nosotros por el primer crítico de aquella promoción, el uruguayo Emir Rodríguez Moinegal(1921-1985). Estoy dio un sesgo a lo que sucedía entre los nuevos escritores que componían sus obras entre nosotros.

Hemos señalado que esta tarde nos hemos reunido para recordar porque Francisco Massiani apareció en nuestras letras, precisamente, con Piedra de mar, en un momento singular. Eso fue en 1968, el año de la Revolución de Mayo cuando entre nosotros fue el año del esplendor de Salvador Garmendia(1928-2001) a través de La mala vida, de Adriano González León(1931-2008), de Rodolfo Izaguirre(1931) con sus Alacranes, los tres libros que dejaron sentadas nuestra prosa urbana en la novela. Y apareció una nueva generación en nuestra literatura.

Ese año 1968, como en todos los años que terminan en “8” en cada década, apareció una nueva generación literaria, como había sucedido en 1928, en 1948 y en 1958. Fue aquella una nueva generación que nos ofreció nuevos valores: en la poesía a Hanni Ossott(1946-2002), cuyo poema “Del país de la pena” es uno de los ocho grandes poemas de la lírica venezolana; también vieron la luz los primeros poemarios de Enrique Hernández de Jesús(1947), Muerto de risa, y de Luis Alberto Crespo(1941), Si el verano es dilatado; en el campo de la novela a Pancho Massiani con Piedra de mar; en el del cuento a Laura Antillano, quien publicó su primer libro, La bella época, a los pocos meses, pero quien dos años después inscribió a la ciudad de Maracaibo dentro del tejido de nuestra novela urbana; en el campo del teatro comenzó a mirarse con atención la obra de Rodolfo Santana(1944), a quien hoy podemos considerar el quinto gran autor de nuestro teatro contemporáneo. Tuvo esta generación, como todas, su crítico.

He aquí lo que explica la presencia de Pancho Massiani cuyos dones creadores celebramos esta tarde.

(Leído en el Círculo de Lectura de la Fundación Francisco Herrera Luque, en su sesión de la tarde del martes 2 de octubre de 2012).