Viernes, 20 de Octubre de 2017

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Las Mujeres de Houdini

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Por: Roberto Lovera De-Sola

Sonia Chocrón, a quien recibimos esta tarde con alegría, no es un nombre ni nuevo ni desconocido en los predios de la cultura venezolana. Con sus estudios universitarios en Comunicación Social(UCAB,1982), en el campo de la escritura de cine es discípula directa de Gabriel García Márquez, fue una de las fundadoras, junto al Nóbel, de su Escritorio cinematográfico en Ciudad de México. Destacada guionista de televisión, es autora de obras centrales de su ese medio como el libreto de Los inmigrantes de Rómulo Gallegos(RCTV,1985) y es además uno de los pocos cineastas venezolanos una de cuyas películas, Garimpeiros(2001), fue prenominada al Oscar de la Academia como mejor película extranjera. Hasta ahora, lo sabemos, el único venezolano en ganar esa presea(2008) ha sido Marianela Maldonado(1972).

No se presenta hoy ante nosotros Sonia Chocrón(1961) con las manos vacías ni solo con un primer manojo de páginas. Su obra literaria tiene características y particular relieve, tanto en el cultivo de la poesía como en el de la narrativa. Los tres volúmenes de sus versos se han juntado en su Poesía re-unida(Caracas: Bid and Co.,editor,2010. 125 p.), bellos sus metros, entre los cuales siempre es difícil escoger el mejor, nuestra preferencia ha estado siempre en su poesía amorosa, sobre todo su recreación de lo medieval hispano cultivada en el volumen Toledana, aunque un sentido mujeril profundo hallamos también en otro de ellos, en el bello poema, del volumen La buena hora, como lo es “Fiesta”, en él se lee: “Para hacerme mujer nueva he aprendido/a amar sin lacerarme/la mustia castidad de mis temores/a orar con las nubes en el pecho lleno de calma/encendida de fervores/y a esperar que el libro de la vida me disponga/un final como una fiesta”(Poesía re-unida, p.123).

Nos encontramos hoy ante su tercer libro de narrativa. Le anteceden primero sus dos libros de cuentos Falsas apariencias (Caracas: Alfaguara,2004. 100 p.) y La virgen del baño turco y otros cuentos falaces(Caracas: Ediciones B,2008.142 p.), en ambos hay narraciones celebradas con entusiasmo por la crítica y por los lectores, tal “La señora Hayde” del primero y el que bautiza su segundo volumen. Ahora nos ofrece, en Las mujeres de Houdini(Caracas: Ediciones B,2012.215 p.) su primera novela, un libro lleno de riqueza y que concita hondas reflexiones sobre la condición humana. Es esta una novela de personajes, sobre todo de uno, de Sara, su protagonista, alrededor de la cual se espiga la acción que este libro devela ante nosotros. Y es, aunque ello Sara lo observa desde lejos, desde estos días, esta una novela cuya esencial memoria se desarrolla desde un grave momento: el París de 1939, apenas iniciada la Segunda Guerra Mundial, en la inminencia de la invasión nazi a Francia. Y especialmente centrada en las persecución de los judíos llevada a cabo entonces por el fascismo alemán(p.41).

Pero es esta también una novela que sucede en esta Caracas nuestra, sobre todo a través de las calles de Los Palos Grandes por donde deambula, una y otra vez su protagonista. Desde este Village caraqueño, como ha sido llamada esta zona, ella vislumbra la urbe, “divisa a través de los ventanales su ciudad majestuosa y miserable cercada por El Ávila, verde e imperioso, como un guardián fiel”(p.28), metrópolis siempre dominada por el calor del trópico(p.62), en la que una tarde su abuelo, Isaac Bradao, y su nieta Sara ”conversaron sobre las novedades del país. Isaac conocía bien las señales del fascismo y sabía que el mal se había cimentado en su casa elegida, para desgracia de sus últimos días”(p.66), tanto sufrimiento que a Isaac “Recordó tantas cosas que le hicieron daño a su corazón anciano antes de tiempo, que prefirió entonces abandonar la nostalgia”(p.14). Era aquella una ciudad deteriorada, tan parecida a aquella que pinta Luis Buñuel(1900-1983) en su cinta Los olvidados(1950). Tal el ámbito en que trascurre el libro que tiene también pasajes sucedidos en la vieja ciudad de los años veinte o sus momentos en el París de los treintas.

Con Las mujeres de Houdini en la mano ha vuelto a nuestra mente aquel pensamiento según el cual si algo cruza como el principal interés a la novela latinoamericana es la búsqueda de identidad, en este caso aquello que nos define y nos elige psicológicamente, la búsqueda del donde venimos, del qué somos, hecho siempre evidente en los hijos y nietos de los inmigrantes. Suceso más que importante en una historia judía, como lo es esta. Para entenderlo no hay que olvidar si algunos hombres y mujeres son cultivadores de la memoria esos son los descendientes de Abraham, de Jacob, de Moisés, muchos de los cuales escriben en las páginas finales de sus Biblias las fechas de nacimiento y muerte de aquellos que forman parte de su estirpe. Eso es una suerte: los judíos siempre saben de donde vienen, quienes los antecedieron, hacia donde van.

Hemos anotado antes que Las mujeres de Houdini es principalmente la novela de un personaje, de Sara, la compleja y bien pintada protagonista.

Por ello nos detenemos especialmente en Sara. Demasiados dolorosos hechos se dan cita en su vida, la novelista la denomina equilibrista, quizá por ello su referencia a Harry Houdini(1874-1926), el famoso escapista húngaro, de religión judía. Sara debió mecerse en la vida como en un trapecio desde la adolescencia(p.166).

Pero lo que la domina es más bien el sentido acongojado de su vivir, el sentido agónico de aquella niña tempranamente violada por su papá(p.151). De allí su continuo desasosiego, quien desde muy jovencita vivió en un hogar donde lo que era más evidente era la desazón(p.53). Sara siempre estaba llena de preguntas, sabiendo que “Según sus lecturas predilectas, éramos cuerpo y espíritu, animal y ángel. Poseíamos ambos, el ‘yetser hatov”, la buena inclinación y el ‘yetser ha rá’, la inclinación maligna. La vida era un campo de batalla donde las malas corrientes luchaban siempre contra las buenas”(p.67). Ella siempre estaba cerca del abismo, tratándose de apartarse de él, buscando que lo sano predominara en ella, cosa nada fácil después de aquella terrible temprana experiencia tan lacerante como lo es una violación. De ella se dice en los libros de psiquiatría que es una experiencia que no se supera, que para poder vivir tras ella aquel dolor debe ser extirpado como un cáncer. Quizá por ello, Sonia Chocrón nos lo hace ver muy bien aquel desasosiego, mostrándonos a Sara pasar de una experiencia a otra, la vemos “Casarse, divorciarse, mudarse, estudiar los mapas siderales, no concebir, tener amantes, fumar yerba y una cosas más, sembrar cebollas en el balcón de su apartamento, adorar a dioses fértiles y criar un perro prestado y latoso”(p.81). Ella siempre se nos aparece en el relato como una “mujer extraña y terca, que se empeñaba en la soledad”(p.84), “no quería poseer a nadie: no quería que nadie la poseyera”(p.85), no quería compromisos. Su turbación e impaciencia siempre era constante. Por ello en un momento ”se echó a llorar sin límites sobre el sofá de la pequeña sala. No lloraba por las cosas perdidas. Lloraba por la gravedad de su mamá, por la muerte prematura de Lía, por el olvido de su abuelo, por la inutilidad de las Pompas Fúnebres, por la soledad, por su infancia dividida, por el amor incondicional de Xavier, por haber perdido el rumbo a los veinte años”(p.165).

¿Fue por esa búsqueda tan angustiosa que se hizo astróloga? Se puede preguntar el lector. Por ello “se convierte en mera locutora de palabras precisas de los mundos, de la ciencia que ha aprendido a descifrar. Cuando les lee la baraja es un chamán; cuando se viste de astróloga, es un matemático de laboratorio”(p.29), “Por eso recordó lo de su naturaleza y el destino inobjetables. Recordó sus naipes y los mandamientos infalibles y se conformó”(p.50).

Y quizá fue ello, en esa búsqueda incesante de saber quien era, que fue a buscar y hurgar en su memoria familiar, ”Reconstruir todos estos episodios nunca fue una meta para Sara Soler. Sus antepasados, su familia materna y sus enigmas, le importaban lo mismo que un nabo. Estaba sobre todo concentrada en resolver su presente y vislumbrar el futuro, más que develar su pasado”(p.23). Pero pese a que parezca una paradoja, “He aquí al hombre, he ahí su contradicción” escribió en uno de sus versos el gran Miguel Hernández(1910-1942), ”No por eso Sara obviaba que tenía su Nodo Sur en piscis; en otras palabras, que no podía marginarse del pasado por completo, que traía como karma un perfil emocional que le dificultaba acertar al tomar decisiones, cierta indolencia y una dosis excesiva de permisividad”(p.23).

Pero los días ya idos le pesaban, sobre todo cierta historia de su abuela Lía, quien un día había desaparecido en París; o de su mamá quien la había dejado durante cinco años sin aparentes explicaciones, fue cuando la abuela Lía se convirtió en verdadera mamá. Ante ambas parecía ser cierta la afirmación que habían dejado a sus parejas para irse tras otros hombres.¿Era eso cierto?

Es por ello que se va tras las preguntas centrales de su existir, trata de restablecer la verdad, cosa no siempre posible. El ¿qué somos, de dónde venimos, cuáles son nuestras raíces? se vuelve esencial para ella.

Por ello trata de reconstruir su memoria familiar. Fue como lanzar una botella al mar. “Sara se acababa de asomar al pasado como si tuviera una claraboya propia desde donde podía ver eventos, rastros, cuerpos y emociones de una forma absolutamente impúdica”(p.111)

”Ahora Sara estaba sola para escudriñar eso que le latía en el corazón desde hacía horas. Tenía que encontrar un centro de gravedad permanente que no la hiciera mudar de ideas ni pareceres. Su propio centro de gravedad. Quizás descifrar una historia”(p.52)

“Se cuestionaba a sí misma su repentina atracción por el pasado; su apetito por develar una historia que no afectaba su vida presente y que no modificaba en nada su amor por la que fue su abuela materna, Lía Brandao”(p.56).

En esa búsqueda presencias centrales fueron su abuelo Isaac Brandao, ya viudo que vivía en un ancianato hebreo en San Bernardino(p.61), su abuela Lía, el personaje más importante de su vida, su madre Helena, cuya relación estaba en crisis desde muy atrás(p.177), quien ante el horror de ver a la hija violada prefirió evadirse a través de un larga crisis mental. Sara siempre desconoció los motivos de la madre, al igual que Helena desconocía por qué Lía se había desaparecido un día.

En sus búsquedas la desaparición de la abuela en el París de 1939 constituye el suceso clave de la novela. Pero lo que ella supuso no había sucedido, un suceso de otra índole, lejano a la infidelidad matrimonial, lo explicaba(p.90). Pero ella lo ignoraba. Y es allí donde la novelista nos plantea un grave interrogante: ”¿existía la verdad?”(p.78,203), ¿o más bien “los hechos terminaban siendo falacias de la memoria, entramados imperfectos urdidos por el pulso del tiempo”(p.129)?. Es aquí en donde Sonia Chocrón nos pone ante una grave pregunta humana: ¿podemos conocerlo todo? Es el planteamiento de aquella vieja y sabia película de Michelangello Antonioni(1912-2007): Blowup(1966), basada en el cuento “Las babas del diablo” de Julio Cortpazar(1914-1984), de Las armas secretas(Buenos Aires: Sudamericana,1959.222 p.), que niega todo la posibilidad del conocer plenamente un hecho. Vivimos, según Arnold Hausser, “bajo el signo del cine”(Historia social de la literaria y el arte. Madrid: Guadarrama, 1962,t.II,p.393), lo que es otra forma de conocimiento de los hechos de nuestro tiempo, como también llegó a plantearlo Guido Aristarco(1918-1996) en La disolución de la razón(Caracas: Universidad Central de Venezuela,1969. 603 p.). Aquella pregunta de la memorable cinta es tan honda como esta que se hace Sonia Chocrón, de hecho es la misma. Solo que al fin la vida, siempre sabia, se ríe de Sara: no sucedió lo que imaginó. Los seres son más reales, Lía no engañó a su esposo Isaac, este siempre la amó y en aquellas horas mientras ella salvada niños judíos de las manos nazis lo que hizo fue esperarla. La fantasía de Sara quedó en mera ilusión. Y la realidad, siempre más parlante, no de dejó de ser real, tanto como el hecho de que estamos sobre la dura tierra.

Tal lo que Sonia Chocrón nos plantea en Las mujeres de Houdini, obra con la cual entra por la puerta ancha de nuestra novela. Lo celebramos.

(Leído en la sesión de “Los tertulieros se reúnen” de la Fundación Francisco Herrera Luque, en su sesión de la tarde del martes 26 de Junio de 2012. Y en el Círculo de Lectores de la Asoación de Vecinos de La Lagunita, en su sesión de la tarde del miércoles 5 de junio de 2013).