Lunes, 23 de Octubre de 2017

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La teoría corrosiva

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Por: Mario Rodríguez Guerras

Lourdes Carcedo, Where was she?

El contenido del arte
La obra más impactante del arte del siglo XX y la que se tiene por más influyente en el cambio del concepto del arte es el urinario de Duchamp. Sin embargo, la famosa lata de Manzoni resulta, por su naturaleza, mucho más corrosiva que la obra anterior. Esta corrosión es del gusto de los críticos del arte del siglo XX, hombres que ya solo aceptan que el arte consista en la corrosión. Pero la valoración de la corrosión es producto de la miopía de nuestros sabios que solo ven, como los sordos, aquello que desean ver.

Cuando unos ven en esa lata su valor corrosivo, otros ven diversas cuestiones. La primera, la información que trasmite la obra de Manzoni. Entiéndase que lo que se trasmite como información no es la materia, la cual es el medio, es decir, el mensaje, sino el significado que el receptor debe encontrar en ese mensaje. La tercera cuestión, después del mensaje, que se debe apreciar es esa que aprecian los sabios, el valor corrosivo, esto es, la intención del artista al elegir ese contenido en concreto para incluirle en su obra. Ahora bien, lo más importante de la obra es la creación material. Manzoni ha podido realizar un dibujo o una pintura, incluso, una escultura pero ha rechazado esos medios artísticos para presentar otra manera de hacer arte, la presentación de la materia real.

La intención es lo menos apreciable en una obra artística. Solo habla de los intereses del artista. Este interés puede ser muy noble, como descubrir una verdad, pero puede ser muy vulgar, como intentar convencernos de su verdad. El artista, en su fuero interno, sabe distinguir cuándo nos vende su verdad y cuándo nos presenta la verdad.

La información que posee la obra es, para este fin de defender su postura, solo un medio. En cambio, desde el punto de vista del mensaje, es decir, de la construcción material, es el fin, es decir, el mensaje se crea como cuerpo de la información, como forma de convertirla en objeto susceptible de ser percibido por los sentidos. Cuando la obra se encuentre a disposición del receptor, este tendrá que trasformar la percepción sensible del mensaje en información. El mensaje es el medio por el cual el emisor trasmite una información a un receptor. Pero es la intención el origen de la comunicación.

Por eso, para que el emisor alcance su objetivo de convencer al receptor de su verdad, debe presentar la información de forma convincente.

La manipulación racional
Ya desde el comienzo de la cultura occidental se ha actuado de esa forma y, durante su desarrollo, cualquier postura que pretendiera destronar las antiguas tradiciones ha encontrado justificación en esos loados orígenes y nadie ha sabido negarles derecho a la manipulación. En definitiva, los argumentos nunca fueron realmente determinantes, los argumentos eran la forma que tenían unos hombres que habían violentado la verdad de parecer honestos para que las leyes que impusieran, pues siempre se ha discutido sobre el poder, parecieran estar justificadas.

Grecia construyó la polis a la vez que el teatro. Los asuntos que se abordaban en sus obras eran los asuntos que preocupaban a los hombres de aquel tiempo, según se dice, el mundo de las ideas. Pero los autores eran hombres comprometidos con la creación de la polis y enfocaban todas las cuestiones desde el punto de vista del interés de la defensa del valor de la creación de Atenas, mejor dicho, pretendían justificar las leyes que permitieran la creación de su ciudad.

El problema con el que se encontraban los gobernantes y los autores era que, al igual que ocurre en todo tiempo, las leyes sociales implican una lesión de los derechos individuales. La forma que tienen los gobernantes de todo tiempo y los autores comprometidos para lograr sus objetivos es demostrar que la acción individual implica un abuso y todo el mundo acaba convencido de la necesidad de imponer leyes para lograr un orden. El fin de las leyes no es la búsqueda de la verdad, es el reforzamiento del estado.

La forma utilizada por los griegos para convencer al pueblo no fue el empleo de argumentos. Los argumentos demuestran algo pero no convencen de ello. Lo que convence es la evidencia y la evidencia implica el empleo de un ejemplo concreto. Los autores teatrales presentaban casos que se acomodaran a sus intereses. La verdad queda acusada sin derecho de defensa y condenada sin derecho de apelación. En román paladino, eso es lo que se llama un cuento chino.

Hoy en día, los autores comprometidos han mejorado la forma de contar cuentos. Nadie debiera ver una película, una obra de teatro o leer un libro sin ser consciente de la labor que emprende el autor. En la trama ocurre el referido enfrentamiento entre la voluntad del individuo y la fuerza de la sociedad, y todo autor, bien por ideología o condicionado por la tradición, es decir, engañado o forzado, defenderá la necesidad de las leyes sociales. Como esa postura no siempre resulta convincente, se obliga al individuo de la obra a realizar otros actos de naturaleza indudablemente delictiva, con lo que el lector o el espectador exigen la acción de la justicia. No ha quedado resuelta la cuestión central, si la voluntad individual sigue teniendo algún valor en el mundo social, pues se ha ocultado esa cuestión detrás de otra en la que el delito es evidente. Solo cuando el lector tiene la capacidad de razonar se plantea la cuestión de la falta de esa demostración. En los demás casos, basta la creencia de haber recibido una demostración para ponerse de parte de las ideas del autor. Los libros (y el cine) son trampas para gente ingenua. Quien lea libros en busca de la verdad, a poca inteligencia que posea, acabará por percatarse de que la lectura le ha conducido, mediante engaños, al error.

La manipulación del arte
Esta misma labor de tergiversación de la verdad que emprenden los escritores de novelas la imitan los hombres en los que la sociedad ha delegado la búsqueda de la verdad. Por eso, estos sabios, engañados o forzados, se empeñan en defender ideas sociales y no ideas universales. Aquella infame sumisión del hombre al grupo justificada por Atenas lleva dos mil quinientos años ejerciendo presión sobre los individuos y pocos hombres saben ver la verdad por encima de una tergiversación tan generalizada.

Toda la teoría del arte predominante desde el siglo XX es una teoría politizada y sus interpretaciones poco o nada dicen sobre la creación artística y está centrada en cuestiones ideológicas. Se pretende, a través del arte, que se sigue suponiendo que dice verdades universales aún cuando es evidente que los artistas nos trasladan su ideología personal, influir en las posturas políticas de los espectadores. Hoy en día, la única verdad del arte está en el mensaje no en la información que contiene, ni mucho menos en el objetivo que busca el autor, aunque este haya sido el origen de la comunicación y de la creación de la obra. Y eso es lo que la historia del arte ha estudiado siempre, la forma, no el contenido. El contenido es un complemento para conocer la obra y su tiempo, y determinar si al hombre de ese período le interesaban los valores universales, los acontecimientos generales o las consideraciones personales. El sentido ha quedado desvirtuado por las interpretaciones inexactas que se han hecho acerca del arte y ya no podemos dar a ese sentido el valor que merece.

Los sabios no saben cómo explicar mediante una teoría coherente porqué creaciones tan sorprendentes como las del siglo XX son obras de arte o si realmente son obras de arte pero, puesto que coinciden ideológicamente con los artistas y, dado que desconocen el origen de la creación del mensaje, solo tienen como base para una teoría del arte el interés del artista el cual, casualmente, coincide con el propio. Así, la teoría artística solo es teoría política.