Domingo, 25 de Junio de 2017

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La Formación de un Caraqueño

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Siguiendo la sugestión de Benvenuto Cellini(1500-1571) según la cual todo hombre que llega a edad madura debe consignar el testimonio de su vida, Enrique Tejera París(1919) nos ha ofrecido en los últimos años sus memorias. Las inició con el volumen La formación de un caraqueño(Caracas: Planeta, 1994.510 p.) que en su orden original iba de 1929 a 1951. Ahora el proyecto ha crecido y se ha ordenado de forma distinta lo relacionado con el primer y el segundo volumen, el primero se cierra ahora en 1945, el segundo recoge los siguientes trece años, hasta 1958. Así ahora se impreso el conjunto de forma siguiente: La formación de un caraqueño,1929-1945(Caracas: Editorial Libros Marcados,2010.317 p.), Dos golpes y una transición,1945-1958(Caracas: Editorial Libros Marcados,2009.363 p.) y Gobierno en mano,1958-1963(Caracas: Editorial Libros Marcados,2009.366 p.). Se trata, en los tres volúmenes que se nos ha dado leer hasta ahora, esperamos el cuarto, Memorias de la diplomacia venezolana, en el cual trabaja su autor. Es esta una de las obras más interesantes sobre nuestro pasado cercano.

En el caso del primer volumen, La formación de un caraqueño, que es ante el que deseamos detenernos, acerca de tres décadas decisivas del vivir venezolano. En La formación de un caraqueño el cual, además de contar un periplo del acontecer venezolano, a partir del momento en que su autor tenía diez años, su recuento parte del día del “Asalto a Curazao”(Junio 8,1929) cuando un grupo de venezolanos anti-gomecistas, entre los cuales se contaba un tío suyo, Gustavo Tejera, tomó el Fuerte de aquella isla y detuvo al Gobernador. Desde allí se espiga el sabroso texto que Tejera nos ofrece, el cual sólo se detiene en los acontecimientos del 18 de Octubre de 1945, donde se cierra este volumen de tan grata obra, la cual es, por el modo en que fue construida y por el estilo en el cual está redactada, uno de los mejores libros de memorias con los que contamos, género al cual no hemos sido muy adeptos los que escribimos y pensamos en castellano. De allí que con estemos ante un volumen muy instructivo. La formación de un caraqueño como ahora lo veremos, es a la vez grato de leer, el cual nos atrapa desde su primera página.

Tejera en este libro historia, desde un ángulo personalísimo de expectación y vivencias, un largo tramo de nuestro pasado cercano(1929-1945). Y ello lo hace este ser totalmente formado en Caracas(p.53), hombre de una constante vocación intelectual(p.96, 119-120), quien ha sido en su acción pública, muy dilatada en su caso, la muestra de la conjunción dentro de las tareas de gobierno, o en la diplomacia que él también ha ejercido, del político-intelectual(p.172, 175, 278), del hombre que personifica la acción pública como un hecho de carácter intelectual. Es una lástima que esto que han encarnado en nuestro tiempo Arturo Uslar Pietri(1906-2001), Ramón J. Velásquez(1916), Rafael Caldera(1916-2009), Ramón Escovar Salom(1926-2008), Gonzalo Barrios(1902-1993) o Luis Beltrán Prieto Figueroa(1902-1993) no lo hayan comprendido nuestros activistas de estos días, casi todos tan incultos, de palabra tan vacua, lo cual no los conduce a una acción política creadora. Basta observar como han moldeado el país donde actúan estos últimos para comprobarlo.

Parte Tejera de una afirmación: “Los venezolanos nacidos en el primer cuarto de siglo constituyen sin duda la cohorte que mejor influencia ha tenido en la evolución de nuestro país, descartando a los Próceres. Mal que bien, con lagunas y tropiezos, nuestra generación supo aprovechar la súbita herencia del petróleo para lograr cambios que ni siquiera podían vislumbrarse en 1940...Durante la predominancia política de estos hombres y mujeres, Venezuela enraizó la convivencia que parecía negarle el pasado siglo de guerras...Debemos recordar los éxitos de esos actores y analizar los errores que cometieron todos, con el objeto de restablecer el culto a la templanza, el gusto de la austeridad, la satisfacción de la honradez, todo lo cual nosotros creíamos haber alcanzado, pero que hoy parece ahogarse en el espejismo de la riqueza fácil”(p.11). El juicio es certero pero habría que matizarlo: no sólo los Héroes de la Emancipación y los nacidos en las primeras décadas del siglo XX sino también primero la generación de nuestros Ilustrados del siglo XVIII y los pensadores y hombres de acción que produjo el positivismo entre nosotros, cosa que señaló en su momento el maestro Santiago Key Ayala(1874-1959) en uno de sus ensayos(“A una encuesta” en sus Obras selectas. Caracas: Edime,1955,p.733-734), asunto que demuestra también un reciente estudio de Ángel Cappelletti(1927-1995): Positivismo y evolucionismo en Venezuela. (Caracas: Monte Ávila Editores,1994.507 p.).

Si este es el punto de partida no deja de llamar la atención del lector la forma como Tejera fundamentó su obra. Por ello indica que se ha limitado a relatar solamente su experiencia y percepción personal de cada hecho. Y esto lo hace documentadamente. Por ello La formación de un caraqueño puede ser utilizada como protocolo para trazar nuestra historia contemporánea. Y ello se basa en búsquedas, sin duda meticulosas, del propio Tejera para trazar sus recuerdos: consulta de la documentación y de la prensa de la época. Y a la vez de sus propios apuntes hechos sobre la marcha. Por ello confiesa que siempre guardó sus agendas y diarios, que es lo que da sólido fundamento a la mayor parte de sus observaciones. Y estas pueden ser hechas indicándole al lector la fecha precisa en que sucedieron. Tejera sabe que el primer deben de un memorialista, o de un historiador, es fechar. Es el momento en que sucedieron las cosas lo que mejor nos las explica. Y lo ha hecho además por estar convencido, como lo señalado el tratadista francés Jacques Le Goff(p.12), que un pueblo que no tenga conciencia y memoria de su pasado, perderá su identidad y desaparecerá como nación.

Son numerosos los ángulos desde los cuales puede ser examinada La formación de un caraqueño. A nosotros nos parece que sus más interesantes tópicos, y en los cuales un examen moroso del libro debería detenerse, son los siguientes: aquellos pasajes en los cuales Tejera nos muestra los contrastes, abismales muchas veces, entre la Venezuela en la que vio la luz(Abril 29,1909) y la actual; otros aspectos en los cuales deberemos detenernos es el conjunto de figuras positivas que se produjeron entre nosotros desde fines del siglo XIX las cuales fueron las que iniciaron el gran cambio, el padre del autor de este libro, el doctor Enrique Tejera Guevara(1888-1980) incluido, desde el momento en que el general Eleazar López Contreras(1883-1973) tomó las riendas del Estado; de allí que otro tópico sea la gran mutación que se produjo a partir del 17 de diciembre de 1935, pero especialmente tras la manifestación multitudinaria del 14 de febrero de 1936 y el anuncio, siete días mas tarde, del Programa de Febrero(Febrero 21,1936); singulares son las muchas observaciones que sobre el proceso educativo traza Tejera, su visión del subdesarrollo o en fin sus muchas reflexiones sobre la nación venezolana.

Hemos anotado antes que encontramos en las páginas del libro que comentamos una serie de sugerentes tópicos en los cuales consideramos que una lectura detallada de esta grata obra debe detenerse.

El primero de estos asuntos es el contraste entre las dos Venezuelas: aquella en la que nació Tejera, en la primera década del siglo XX, y aquella en la cual vivimos en la actualidad. Eran tan profundamente distintos estos dos países, el viejo y el actual, que por ejemplo se necesitaban, al comienzo de los años veinte, cinco horas para ir de Caracas a Valencia(p.21); el terror gomecista todo lo dominaba, mandaba en las conciencias de la mayoría, daba especial vida al miedo, uno de los mounstruos del espíritu, según Emilio Mirá y López(Los cuatro gigantes del alma. Buenos Aires: Lidium,1986.244 p.). La situación era tal que para una familia como los Tejera y los París, ambas con gente disidente entre su clan, “Cualquier indiscreción, no sólo podía empeorar la suerte de mi tío Enrique París y de mi tío abuelo, Felix Ambard, ambos presos en La Rotunda...cualquier indiscreción hubiera podido además hacer encarcelar a mi padre...prácticamente dos generaciones de parientes y amigos, estaban presos y huyendo”(p.22); en aquella nación, en la cual dominaba Gómez, “un país con islotes de cultura, donde lo único eficaz era el espionaje y la cárcel, el miedo”(p.88). Por ello era lógico que cualquier no dejara de interrogarse en torno a la “Extraña vocación política: la de Venezuela que ha encarcelado a sus mejores hombres”(p.168). Tal era aquel país que ahora Tejera evoca, una nación “casi sin escuelas, sin oportunidades”(p.26), un país que no permitía a sus habitantes ver aquello que acontecía lejos de sus fronteras. Dentro de estos parámetros el autor de La formación de un caraqueño fue una excepción porque si bien fue un caraqueño raigal, nacido en La Pastora, quien creció cerca de la esquina de Veroes y en Valle Abajo, tuvo la suerte, desde muy niño, de viajar al exterior, periplos que cumplió junto a su madre Valentina París, para acompañar a su padre, el célebre doctor Tejera, en sus viajes para mejor formarse científicamente, recorridos de los cuales trajo lo mejor de la ciencia de su época, para mejor servir a su país. Cumplió así el viejo Tejera con el apotegma de Juan Germán Roscio(1763-1821) a Andrés Bello(1781-1865): “Ilústrese para que ilustre”(Escritos representativos. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República,1971,p.24).

Pese a ello no se le escapan a este agudo memorialista ciertos rasgos positivos que tuvo el régimen gomero. Por ello anota “De su catastrófica destrucción de un siglo... Venezuela empezó a reponerse con la paz ferozmente impuesta desde 1908 por...Gómez. Ingredientes esenciales de esa paz fueron la cárcel, el destierro, el entreguismo al extranjero; y también el orden fiscal, la organización de la fuerza armada y el efecto centralista de un verdadero partido político armado, con su jefe único, cuyos miembros a todos los niveles, pasan indistintamente de mandos militares a cargos civiles”(p.89). En las manos de esa paz férrea y terrible brotó la Venezuela contemporánea, la cual no se inició en 1936, como lo dijo Mariano Picón Salas(Regreso de tres mundos. México: Fondo de Cultura Económica,1959,p.112), sino bajo el gomezalato cuando se creó el Estado Moderno entre nosotros, en los días de las grandes decisiones nació la Venezuela que en 1936, y en eso si coincidimos con Picón Salas, pudo aspirar y vivir en el régimen de libertades y respeto que trajeron López Contreras e Isaías Medina Angarita(1898-1953), sobre cuya acción de pudo construir nuestra modernidad.

Otro tópico que el lector del libro de Tejera debería tener en cuenta lo constituye el tremendo cambio que se operó a partir de la muerte de Gómez y especialmente tras el anuncio del Plan de Febrero. Todo ello ocurrió en las manos constructoras y constructivas del presidente López Contreras. De allí que tenga razón Tejera al considerarlo como “uno de los fenómenos más positivos de la historia venezolana”(p.182). De igual importancia nos parece su silueta del presidente Medina Angarita(p.306-310): sus conversaciones con el entonces joven Tejera París, trascritas en este libro, añaden un dato documental de mucha importancia para la comprensión de su figura, la cual tantas veces enaltece el autor de la obra que glosamos. Sobre la Revolución de Octubre(Octubre 18,1945) que es el hecho que cierra las administraciones lopecista y medinista, apunta “Es de lamentar que en el hito histórico de 1945, una virtud cardinal como es la prudencia haya predominado sobre el arrojo que exigía otra virtud cardinal: la fortaleza...Desde el 18 de octubre de 1945 tocó a su vez a Venezuela caer en otra palabra muy nuestra, una actitud que ha intervenido en nuestra historia como en la de ningún otro país, el ‘resteo’, dimensión hiperbólica de la decisión y que ha mezclado tantas veces la tragedia con la gloria”(ed.1994,p.358-359) fundamental pasaje a nuestro entender, desaparecido de la nueva edición de La formación de un caraqueño que reseñamos, por ello nuestra cita, que deseamos conversar viene de la primera edición. De la misma forma las citas que en adelante tomados del volumen dos de estas memorias, Dos golpes y una transición, estaban también en la edición de 1994, ahora dividida en los dos primeros volúmenes de las Memorias de Tejera, hemos decidido conservarlos pues al estudiar y comparar ambas ediciones del libro nos parecieron necesarias.

Otros asuntos de la llamada década postgomecista(1935-1945) que Tejera tiene en cuenta son las relacionadas con lo que él denomina una “época de pioneros”(Dos golpes y una transición,p.65). Y en este sentido es fascinante el conjunto de hombres que hallamos en nuestra escena pública a partir del fin de 1935. Bastaría para ello con fijarse los nombres de algunos de los que cita: Alberto Adriani(1898-1936), quien puso las bases de lo que sería la vida hacendística de la nación, ya que para servirla se había preparado con constancia bajo Gómez, hombre que sabía cuales eran los objetivos que debía poner en práctica(p.153); Arnoldo Gabaldón(1905-1989), quien encabezó la lucha contra la malaria; José Ignacio Baldó(1898-1976), quien nos libró de la tuberculosis; Pastor Oropeza(1901-1991), quien mostró lo que había que hacer con la salud del niño; Rafael Vegas(1908-1973), quien planeó la política infantil y juvenil; Gustavo Herrera(1890-1953), un verdadero estadista, como Adriani, quien dejó huella en cada uno de los ministerios que ejerció. Los que le conocieron, Tejera entre ellos, están obligados a ofrecernos un estudio biográfico de este gran civilizador, para que la gente de hoy descubra como se puede servir al país, como es el heroísmo en los tiempos de paz. No podría dejar de lado en esta lista a hombres como Arturo Uslar Pietri, quien realizó constructiva labor en aquellos días, a quien los avatares de la política sacaron de la acción pública pero quien hasta los noventa y cinco años, edad en la que falleció, fue el oráculo, padre y voz principal del país o a Luis Beltrán Prieto Figueroa(1902-1993), quien diseñó en aquellas horas lo que debía ser la educación para el país. O figuras constructivas como Rómulo Betancourt(1907-1981), quien en esos días produjo un denso análisis de la realidad venezolana en las páginas de su libro Problemas venezolanos(Santiago de Chile: Editorial Futuro,1940.443 p., reeditados en La segunda independencia de Venezuela. Caracas: Fundación Rómulo Betancourt,1992.3 vols) o Rafael Caldera(1916-2009), quien antes de haber cumplido los veinte años, en las páginas de El Universal había llamado la atención sobre la necesidad de proceder a poner las bases para la política social, por ello, pese a ser tan joven, lo llamó el presidente López Contreras para que participara(1936) en la redacción de nuestra primera Ley del Trabajo(ver sus “Los grandes problemas nacionales” y “Preparando el futuro”, en Varios Autores: El debate político de 1936. Caracas: Congreso de la República,1983,t.I,p.139-141,143-146).

No podría estar fuera de este bosquejo el padre del autor de este libro el doctor Tejera Guevara. Su propio hijo nos lo pinta bien. Actuó el sabio Tejera, como fue conocido, con un programa muy claro: “El primer principio de mi padre, aparte de tener objetivos muy precisos, era que sin el hombre apropiado es inútil gastar dinero en un programa...Un segundo principio era utilizar lo existente”(p.136-137); otro principio suyo fue la “concentración del esfuerzo en un mínimo de objetivos”(ed.1994,p.321). Con estas ideas cuando fue Ministro de Sanidad lo que más le interesó fue “extender la sanidad lo más posible”(p.137). Ello significaba una revolución en aquellos días, poner las bases para que el país eliminara la malaria, la tuberculosis y tuviera una política sanitaria seria fue lo que Tejera hizo durante los cinco meses que estuvo al frente de la cartera(Febrero 25-Julio 8,1936), que el fue el primero en ejercer, ya que fue creada a poco de haber sido nombrado él para aquel cargo. Fue también vasto el programa que logró poner en práctica cuando dos años más tarde le tocó ejercer el Ministerio de Educación(Agosto 1, 1938-Julio 20,1939).

Fueron estos hombres, que apenas hemos enumerado, los que pusieron a Venezuela en el camino adecuado para curar todas sus viejas dolencias y encaminarnos hacia otro destino. Suerte que labraron aquellos que actuaron a partir del año treinta y cinco. Su lección, el ejemplo de sus vidas, sigue vivo y reclama estudio y especial consideración.

Hemos señalado antes también que no se puede dejar de tomar en cuenta las reflexiones que nos ofrece Tejera París sobre lo sucedido en nuestro país tras la muerte de Gómez, sus observaciones sobre la educación, el subdesarrollo, el país y su oposición a los adulantes, que tanto daño nos han hecho, ya que él mismo ha comprobado que “nada se hace mas notorio que tener templanza en un concierto de adulantes”(p.293).

En sus notas sobre el país Tejera París expresa estas convicciones: “Los venezolanos debemos recordar e insistir en que Venezuela ni es nueva ni es un invento del petróleo. Antes del petróleo, ya en el siglo XVIII, era una parte rica e influyente del imperio español. Produjo hombres de renombre universal que contribuyeron a cambiar la geografía de América. Los viajeros de siglos pasados atestiguaron la cultura, la moda, la inteligencia de los venezolanos. No obstante estos elementos de progreso, devastada por las guerras, víctima de aventureros que se tornaron en políticos y generales de rapiña, sobrecargada con deudas usurarias, Venezuela flaqueaba, sostenida sólo por el orgullo de su historia. Apenas sobrevivía, enferma, cabizbaja, abrumada por una dictadura primitiva”(p.87); de allí que critique el “síndrome de país rico”(p.199) que hemos padecido en las últimas tres décadas; el azote de los malos gobiernos que anulan “el efecto de sus escasos buenos gobiernos”(p.253); la presencia de los “Barrabases”(p.254) en nuestro presente, cuyos nombres hoy sabemos todos de memoria, es decir aquellos que son incapaces de crear normas de vida y modo de vivir dignos para todos; la pregunta en torno a porque si fuimos durante tantos años “un país de gente honrada”(Dos golpes y una transición,p.17) que pasó a partir del setenta y cuatro, cómo, cuándo, por qué y de que modo la conducta limpia, que resplandeció incluso entre los servidores de nuestras dictaduras, desapareció y vimos en medio de la escena nacional a los corruptos y sus testaferros. De allí que estemos obligados otra vez a “inventar y mantener nuestras propias instituciones, a nuestra escala”(Dos golpes y transición,p.38), desechando la tentación de los llamados macroproyectos, todos dañinos, los cuales somos incapaces de poner a andar. Y reconocer los límites de nuestra competencia, en vez de practicar el Principio de Peter: llegar a la suma de nuestra incompetencia. Es una necesidad, quizá será esta, aconsejada por Tejera París, la única forma de encontrar la trocha para abandonar un arte en el cual somos constantes los aquí nacidos: la denigración nacional(Dos golpes y una transición, p.29).

Y es por ello que Tejera le inquieta tanto el hecho educativo y la crisis que la enseñanza que vive hoy en el país a quien en el pasado enseñaron a vivir sus maestros, que fueron los únicos que lograron salvarlo en los días, horas del siglo XIX, entonces pareció que podiamos desaparecer, tiempos de la “guerra larga”(1859-1863), también durante la crisis de los últimos años de la década del sesenta(1868-1870) o bajo la crisis del “liberalismo amarillo”(1890-1899), incluso hasta 1908.

Por ello indica con sabiduría “si se va a mejorar el sistema educativo habrá que empezar por la televisión”(p.83). Y añade “Triste suerte la de la educación pública actual, que menosprecia a la vieja instrucción pública y le quitó sentido y objetivos, tratando a cada quien como si tuviera cinco años menos. ‘Los libros no deben tener mensaje’, llegan a decir los culpables de la idiotización de los textos. La neutralidad bobalicona que hoy tienen los libros de lectura, no ‘forma’ a los niños, pero sí los entrega como pizarras limpias a la vulgaridad televisada, para que las borroneen con violencia, sexo y mal humor”(p.101); de allí que haya desaparecido en la actualidad la educación familiar, que tanta influencia tuvo sobre nuestro destino; fue dentro de sus hogares que adquirieron seria cultura la mayor parte de las mujeres destacadas de nuestra contemporaneidad, a las que en las primeras décadas de este siglo no se les dejaba estudiar Bachillerato ni ir a la Universidad. Y basta mirar sus libros, sus acciones, sus vidas, para comprobar los perfiles de gente formadas puertas adentro. Nunca hemos podido entender como este hecho se soslaya tanto.

Así el contraste, anotado por Tejera París, entre los profesores de hoy, casi siempre muy poco cultos, y los que en los años treinta estaban en acción en Caracas es monumental. Citemos solamente a aquellos que él nombra: el maestro Prieto Figueroa, Luis Padrino, María May(1882-1971), Eloy Lares Martínez, Ismael Puerta Flores(1910), Humberto(1912-1995) y Mario García Arocha(1901-1967). Y podríamos nombrar a otros como Belén San Juan, Augusto Mijares(1897-1979) o Rafael Vegas(1908-1973).

Claro está que hay una excepción en cuanto a la televisión: y es la gran tarea educadora y divulgadora de cultura que emprendió el maestroUslar Pietri a partir del 25 de noviembre de 1953 con sus Valores humanos, de los cuales produjo, según el censo de Astrid Avendaño, 1063 programas hasta 1986. Se trató del proyecto de aprendizaje y divulgación mejor dotado que haya producido la televisión venezolana en toda su historia.

De allí que Tejera París recalque la importancia de la lectura constante porque “Lo que no se refresca o no se mantiene, física o mentalmente, se esfuma...particularmente en lo que respecta a la civilización”(p.118). Y por ello insiste en el valor del autodidactismo que tanta influencia tuvo entre los hombres y mujeres de su generación. El recuerda que Raúl Leoni(1905-1972) les indicó: hay “que estudiar bien. Un día vamos a mandar nosotros y hay que estar preparados”(p.175). Y muchos tuvieron que estudiar solos, por sí mismos, con la sola ayuda de los libros. Y se formaron muchos singular preparación. Y esto, pese a que hoy no se considere que tiene valor alguno, el autodidactismo forma hondamente. La mayor parte de los hombres y mujeres de nuestro mundo cultural se han formado así. Y sus obras hablan por su pasión por el estudio metódico, constante, diario. Y son bien distintos, saben más, conocen mucho mejor el medio, que aquellos que son sus conductores en la actualidad, casi todos escasamente formados pese a los títulos universitarios que poseen. Y estos son los que han lanzado al país al atolladero. Y tuvo la nación que llamar entonces a dos de sus más cultos ancianos, a Ramón José Velásquez y a Rafael Caldera, para que comenzaran a poner orden, pero el analfabetismo político terminó imponiéndose en 1998. El autodidactismo es tan hondo que nuestras universidades deberían abrir cursos de “aprendizaje por experiencia” para graduar a los que mucho saben, porque mucho han estudiado, cada día, pero no poseen títulos y los que los poseen los tratan como gente de escaso valor, cuando son hombres mejor formados que los que han asistido a nuestras desarticuladas universidades de hoy, las cuales, como indica Tejera París, “producen alumnos, pero no dan tiempo para producir discípulos”(Dos golpes y una transición,p.74). Casas de estudio por las cuales han pasado nuestros mejores autodidactas de hoy alguna vez. Pero ellos entre poder y saber optaron por lo segundo.

Sólo a través de la educación un país puede superar el subdesarrollo “que olvida las experiencias y reemplaza o adormece las buenas decisiones”(p.171), ya que jamás “han producido adelantos los mediocres, los irresolutos o los ignaros”(p.176). Para superar eso, para evitar la mentira política y social, la gran plaga de las sociedades latinoamericanas, como lo indicó Octavio Paz(1914-1998) más de una vez(Tiempo nublado. Barcelona: Seix Barral,1984,p.155), hay que preparase: es la única forma de evitar “vivir de mitos y panaceas...actuar por el ‘para qué’ de las cosas, que por el ‘por qué’...Esto último es el que produce las decisiones por imitación, es decir las menos recomendables”(p.208), ya que se sabe que no basta adoptar sino se sabe adaptar con imaginación, como también nos lo han indicado el maestro Paz(El ogro filantrópico. Barcelona: Seix Barral,1979,p.55; y en Tiempo nublado,p.107). Y nos los quiso enseñar mucho antes don Simón Rodríguez(1769-1854).

Ponemos aquí punto final. Tal los numerosos pensamientos que el libro que hemos reseñado suscita en la mente de quien lo lea, apuntado en una hoja aparte, o en un cuaderno de lecturas, cuanto estimulante encuentra en sus páginas.

Junio 1,2011