Domingo, 25 de Junio de 2017

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El Libro de Esther - Juan Carlos Méndez Guédez

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Entre nuestros nuevos novelistas se encuentra Juan Carlos Méndez Guédez (1967), cuya segunda novela es El libro de Esther. (1999,2ª.ed.Caracas: Relectura, 2011. 122 p.). Méndez Guédez pertenece a la diáspora literaria venezolana actual, vive en Madrid. Méndez Guédez es otro escritor en formación, con vocación literaria legítima, que si persiste, fantasea y corrige mucho un día nos dará una nítida cosecha creadora. Es miembro de la cuarta generación literaria nuestra que esta columna recibe, analiza con gusto, estimula sin disimulo.

Pero vayamos a su primera novela, El libro de Esther, ficción de formación, historia de una adolescencia: “Quizá toda la energía de mi existencia reposa en ese pasado. En el verdadero: Esther, el liceo, esas tardes soleadas. En el que configuraron mis manos, mis rumores”(p.179). Pero a la vez historia del primer amor vivido un día, perdido en otra un jornada, el deseo sentido ahora de recuperado mediante la escritura, que aquí es rememoración, casi elegía.

Es esta la crónica de amores de liceísta(p.169). La presencia de Esther, con quien desea volver para vivir, para con ella pasar horas “deliciosas, magníficas, tiernas e intensas”(p.120).

Es esta también la historia también de un joven quien desea ser escritor, el cual recreando su propia adolescencia escribe su libro inicial, de allí sus reflexiones sobre la escritura. Sobre ella anota: “Quizá ocurre que hay actos que se impregnan de desmemoria y al volver sobre ellos creemos descubrir algo que siempre ha estado allí, esperando”(p.96). Por ello hay que escribir, como dice en San Juan (Capítulo I,versículo1): “en el principio existía la palabra” como lo traduce la Biblia de Jerusalén(Bilbao: Desclée de Brouwer, 1992,p.2431).

Y por ello también que aquí hay numerosas referencias a Piedra de mar(1968), la novela de la adolescencia por excelencia de nuestras letras, escrita por Francisco Massiani(1944). Así Corcho, su protagonista, es Dédalo que lo conduce por el laberinto. Pero el creador está también fascinando por La última mudanza de Felipe Carrillo(1988) del peruano Alfredo Bryce Echenique(1939), formando también el entretejido intertextual de esta obra.

Y la novela sucede en la urbe: “una ciudad que ha hecho de la desmemoria su principal atributo”(p.65), la cual, como dice en otro de sus libros, tiene “El Ávila…como una señal inmóvil, como un talismán” como se lee en su Árbol de luna. (Madrid: Lengua de Trapo,2000,p.35).

Cuando pasamos página tras página de esta novela nos encontramos con una obra fresca, bien contada, de suave humor, en donde aparece un personaje absorto por el trópico, el calor, el “sol caribeño”(p.29). Este volumen encanta a quien lo repase como todas las historias de la primera juventud: el lector recrea sus propios días juveniles al repasar sus hojas, “creo reaccionar y descubrirme montado en un viaje demencial”(p.22). Viaje a la locura o más bien, sencillamente, a los recuerdos más caros de alguien que hace poco ha salido de la adolescencia y que se cree adulto, aunque está lejos de serlo, que piensa que lo vivido es delirante. Por ello escribe en la primera línea del cuarto párrafo: “A la gente le fascinan las emociones fuertes, la angustia, el delirio. Supongo que en medio del aburrimiento de sus vidas les gusta tener algo miserable en que pensar, algo terrible a lo cual enfrentarse”(p.13). Sin embargo hay en la adolescencia siempre algo dramático, dolorosamente recordable, difícil de revivir. Por ello son también angustiados los testimonios adolescentes como los de J.D. Salinger(El guardián entre el centeno,1951), Alain Fournier(El gran Meaulnes,1913),James Joyce(Retrato del artista adolescente,1916), Robert Musil(Las tribulaciones del joven Törles,1906), Denton Welch(El viaje que fue,1943) porque recordarla es doloroso. Y hay que hacerlo como única forma de entender, comprender, la adolescencia de nuestros hijos e hijas.

Por ello el narrador escribe: “decidí caminar de nuevo por los alrededores del liceo y deslizar mis ojos por la geografía que recubrió nuestra adolescencia”(p.65) o “Teníamos veinticinco años. Ése es un momento en que te encuentras demasiado obsesionado con abandonar de una definitiva vez todo resabio de adolescente. Eres un adulto torpe, desprovisto de malicia”(p.88).

Abril 2,2011