Miércoles, 23 de Agosto de 2017

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Diario de un Crítico. Una Llamada en la Noche

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Algo entre amargo y ácido”.
Andrea Maturana:
El Daño,ed.1997,p.223

Existe la persona a lo que esto se refiere, este fragmento quedará con un capítulo para nuestras memorias. Todo se engendró así: después de treinta y siete años sin vernos, y yo siempre recordando la bella amistad que había tenido con ella en los años setenta, días de mi primer matrimonio, me propuse buscarla en la ciudad provinciana en que vive y la encontré. De allí en adelante, fui a visitarla en compañía de otra de mis amigas, que ahora vive allá, conversamos mucho, siempre en presencia del marido con el que lleva casada más de tres décadas, tienen dos hijos. Desde ese día en verdad hablamos mucho, habían muchos recuerdos entre nosotros, entre ellos los de mi primera esposa, que había sido compañera suya de estudios. Y las memorias del tiempo en que vivió con nosotros. Así.

Desde ese momento apenas volví a verlos en cinco momentos. El esposo, un día que vino solo a Caracas para ayudarme en una gestión; una tarde a los pocos días en que estuvimos conversando largo, aquello se alargó pues estuvimos casa de mi hermano y cuñada; volvieron el día de navidad, ella, ella, me hizo cambiar todos mis rituales del día de navidad que nos volviéramos a encontrar otra vez casa de mi hermano, cosa que así fue, llegaron, siempre con el marido, esa noche con el hijo varón. La última vez fue este jueves en donde sin darme cuenta, tal los inmensos reclamos de ella todo estalló. No soy culpable de nada de lo que de forma airosa, casi gritando, me reclamó anoche. Yo soy de una manera y no puedo ser de otra, fui a ese encuentro, en donde estaban dos amigas de ella, porque ella había venido desde el interior, me estaba invitando a conversar.

No sé si no hubiera ido habría logrado salvar aquella amistad, ya había una persona en guardia contra mi, sin saberlo yo, desde luego.

Al llegar, no conocía a los dos señoras, ni siquiera sabía de donde habían salido, si eran amigas y si solamente eran personas que se había encontrado en esa cafetería.

Al entrar, cometí, según ella, mi gran pecado: al ver al esposo le dije “¡Ah, te estás aquí!”. No eran más que esas palabras y no creo, siendo como soy, que se podían interpretar de otra manera sino como un saludo, nada más, pero le dio una vuelta que no tenían. Pero él, con su miedo a perderla, sin conocerme para nada, le dio temor aquel saludo, pensó que yo lo estaba diciendo pues había venido a encontrarme con su mujer para enamorarla, aprovechar el momento: ¡eso solo estaba en su timorata mente!.

Según ella, imagínate lo retorcida que está hoy en día, después de los mil dolores padecidos, lo mal que está. No puedo afirmar que aquellas palabras, sinceras, fueran mi error, ni que no debí decir eso, siempre, me dijo ella anoche en aquella borrachera de insultos, anda con su marido a todas partes, cosa que yo no podía saber porque no me lo había dicho y porque las veces que nos habíamos encontrado juntos habían sido apenas cinco veces, contando la que me refiero. Y ello no quería decir que siempre anduvieran juntos. Al menos yo no lo podía saber sino me lo comunicaba, no soy adivino.

Conversé con ellos, las dos señoras incluidas con las cuales tuve una sabrosa conversa mientras ella me llenaba de elogios ante ellas que no me conocían. Y todo ello sin saber lo que a mi lado estaba sucediendo por mis palabras de entrada. Me acusó a la vez de haber comido demasiados de los pasapalos que estaban allí, aunque las señoras me los habían ofrecido, me acusó que yo debía haberles ofrecido algún obsequio: en verdad no lo pensé, no me pasó por la mente en ningún momento. Pese a eso ella les regaló a sus amigas uno de los libros míos que le había traído, de hecho me levanté de mi mesa de trabajo esa tarde, en donde lo estaba pasando tan bien, de la cual no me gusta apartarme, hasta pongo la contestadota para que nadie me perturbe en mi labor, porque venían de su pueblo, porque le había ofrecido los libros y porque a fin de cuentas es una amiga con la que me gusta encontrarme. Eso fue.

Tengo la costumbre de reflexionar sobre todo lo que vivo, sobre todo lo que escuchó: me ayuda a vivir, me da lecciones de vida. Ahora viene mi reflexión. La hago a partir de lo que dice Gabriel García Márquez(1927), con razón, en su única pieza teatral (Diatriba de amor contra un hombre sentado. Bogotá: Arango,1994. 69), obra aquí montada, con infinito esplendor por Marina Baura. Lo dice el Gabo sobre estas uniones largas, como la de mi amiga, “¿Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz”(p.11). Así es.

Veamos: la llamada de anoche fue heridora porque se me acusaba de haber hecho cosas que no hice, de ser de una forma que no soy. Soy un hombre libre, bastante ácrata, me gusta estar solo, soy un hombre diáfano, en el sentido que dijo Bolívar de si mismo a un amigo, “Mi sinceridad es tal que me conceptúo criminal en lo que reservo. Yo soy un hombre diáfano”(Marzo 11,1825). No hice nada, solo saludé, me senté, conversé, solo compré una taza de café con leche, que también me fue criticado porque según ella debí ofrecerles a sus amigas algo, aunque fueron ellas las que me ofrecieron lo que estaba en la mesa y yo, según mi amiga, no las debí comer eso tampoco. No sé. Claro, que mientras escuchaba los mil insultos, desmedidos todos, sin sentido alguno, siempre casi gritando, yo callaba, nunca hablo cuando alguien me grita de esa manera, guardo silencio porque este es siempre sabio ante gente destemplada. Y si llego a hablar, lo hice en un momento, lo hago en tan baja voz que el interlocutor insultante tiene que detener el improperio y escuchar. Pero en general no hablo en esos casos, no tiene sentido alguno. Es verdad, dejo que el gritón quede mal, sobre todo ante si mismo: algún día recordara sus palabras y hará el examen de conciencia de su tropelía y se dará cuenta de lo que hizo. Sino lo hace es un irresponsable psíquico.
Tras oírla, mientras ella gritaba e insultaba, lo único que me venía a la mente es ¡qué mal está!.

Veamos: fundamentalmente está presa en un larguísimo matrimonio, lo que no puede ser peor. Esos matrimonios así, por suerte, ya no existen, prácticamente todo hombre y todo mujer tiene una unión cada década de su vida, son los cuatro matrimonios de los que habló Francisco Herrera Luque(1927-1991), el psiquiatra no el novelista en este caso, en unos papeles que encontré en su archivo después de su muerte. Aquello que una persona cambia en cada década de su vida lo estudió muy bien la norteamericana Gail Sheehy en Las crisis de la edad adulta(Barcelona: Grijalbo,1984. 618 p.), para ella crisis no es negativo, es un paso vital, un “pasaje”, es pasar un puente entre un momento vivencial y otro. Todo lo que hizo mi amiga anoche fue para complacer al marido, todo por haber dicho aquel saludo que tan molestó al esposo, él estaba al lado mientras ella me hablaba y a veces se escuchaban sus comentarios, él, sin duda, tiene mucho miedo por el amigo soltero de su mujer, que este se la pueda quitar, lo que es una fantasía catastrófica de él. No hay nada peor que un hombre como él, después de esos largos matrimonios, en donde se pierde todo, sobre todo la libertad, casado con una bella mujer que es superior intelectualmente a él, incluso emocionalmente, no hay nada peor que un marido con miedo a perderla porque tiene su vida organizada alrededor de ella y nada mas y teme todo, un poco lo que sucede en el novelín Primavera en Berlín(Caracas: Ex Libris, 2010. 98 p.) de Gisela Cappellin. Y el esposo apenas conoce a este amigo: con una vida de mas tiempo soltero que casado, ¡por suerte! Pero quien nunca ha tenido relación amorosa, ni erótica, alguna con una mujer casada ni con la novia de nadie. Y en este viejo, viejísimo, afecto por su mujer solo deseaba ser amigo, que ya es mucho, muchísimo. Y ella, no se da cuenta, en la jaula de oro construida por el marido en donde la tiene metida. Pobrecita. ¡Perder un amigo!

Otra observación: si alguien es la prueba plena de que la amistad entre un hombre y una mujer es posible es quien esto escribe, las he tenido muchas, desde la adolescencia, y son esenciales en mi vida. Amistades con bellas y apasionantes mujeres, que no han sido ni mis novias ni mis amantes, solo mis amigas. Claro que hay amor en esas relaciones porque la amistad es la más alta forma de amor y desde luego, me he convencido, que siempre hay un elemento sexual en ellas, un atractivo que hace posible la amistad, la empatía además. Los amores, en mi caso, han sido distintos. Tanto que todas mis ex son mis amigas, todas han dejado huella en mí vivir, hondo, incluso aquella que me dio la más grande que tengo: mi hija bienamada. La única que me prohibió llamarla es una que dejé, la única que vez que he sido infiel en mi vida, por otra, porque me enamoré de aquella flaca. Pero a ella, yo que soy un ser auténtico, hijo de la filosofía existencialista, le hablé de lo que me sucedía con toda sinceridad, de ninguna manera iba a engañarla, nada más lejos de mi que no me gusta ni cultivo la mentira. Se cumplió con ella un diálogo que tuvimos un día en que íbamos a Nueva York en un avión: “Amor: si un día te enamoras de otra, vívelo pero no me lo cuentes”. Y yo le contesté: “si un día me enamoro de otra claro que te lo voy a contar”. Y así fue. Y ella, con esa generosidad que siempre tuvo me dijo cuando le conté lo que sentí por la actruz: “Bueno, amor, vete y vive tu pasión”. Pasó el tiempo, tuvimos un apasionado reencuentro, pero todo había concluido. Una madrugada la dejé en su casa y ya no volví nunca. Un día me la encontré en el cine y me dijo “Amor, tu y yo lejito”. En verdad en ese tramo de mi vida terminé perdiendolas a las dos, me quedé solo. Para ambas están en mí, me dejaron huellas.

Por cierto que entre los reclamos de anoche, sugerido sin duda por el marido, está el hecho de que él me ayudó a abrir una cuenta en el exterior, lo agradezco, pero nunca de haberlo hecho yo se lo hubiera sacado en cara: lo que se hace con sinceridad queda así, no se lo pedí, solo que como es un hombre de negocios le pedí un consejo e hizo eso, sentí, por ser el viejo amigo de su esposa que había vuelto a aparecer ante ambos.

Y cuando escribí que pensé ¡Qué mal está! esto tiene su fundamento. Ella viene de pasar por una terrible experiencia familiar, de hecho flaqueó, estuvo mentalmente muy enferma, no era para menos, como se verá, pero no ha logrado superar aquel trauma, quizá de difícil solución si la persona no está dispuesta a sacar fuerzas para ser feliz. Me recuerda todo esto un poema de Jorge Luis Borges(1899-1986): “He cometido un gran error: no he sido feliz”. Y ello porque solo somos felices si lo deseamos, si lo construimos. Es posible, no es utópico, yo, que también he tenido muchos momentos muy difíciles, sobre todo siempre por los amores que he vivido y perdido, aquí estoy, sonriente.

A mi amiga le pasó esto. Y no es pequeño. Ella amó a su papá por encima de todo, por ello es una mujer tan plena en muchos sentidos,¡no sé si el marido lo ha percibido!. Cuando enfermó el padre lo cuidó día a día hasta su muerte. Mientras la madre y sus hermanas morochas fueron vendiendo todo el patrimonio familiar con lo cual la desposeyeron completamente de todo aquello a lo que tenía derecho por ser hija de su papá. Mientras ella vigilaba la salud de su papá, la mamá y las morochas para nada se preocuparon de él. Y cuando falleció descubrió mi amiga lo que le habían hecho: no había testamento alguno y los bienes, lo que había producido su venta, estaban a nombre de la madre y hermanas como propio, fue imposible hacer reclamación alguna. Hubo, sin duda un enfrentamiento, pero ella se enfermó, la madre y hermanas propalaron por el pueblo que estaba loca cuando estaba padeciendo una enfermedad grave pero curable, como terminó sucediendo. Pero ello ha sido tan grave para ella que ante lo que vio suceder ha llegado a la conclusión que ella no es hija de su mamá, por ello para ella actuó así la madre, ha llegado a la conclusión que fue una niña tenida por su papá con otra mujer y a la cual bebé su papá llevó a su casa y la esposa, la que ella consideró su mamá por largo tiempo, la crió. Ya no la considera su madre. Ella no es su hija, piensa. Y como ahora, no sé lo que pensara su psiquiatra actual, piensa y siente que no es hija de su mamá y vive el viaje alucinante, no se puede llamar de otra forma, de descubrir eso, tan terrible, por ello visita a los psíquicos tratando de descubrir aquello que siente es la verdad: no es hija de su mamá sino de otra mujer.

Esto me recuerda a la protagonista de la estremecedora novela El daño(Santiago: Alfaguara, 1997.230 p.) de la chilena Andrea Maturana(1969), quien violada por el padre emprende un largo viaje para interrogar a todos los miembros de la familia vivos para lograr comprobar que si su papá tuvo relaciones sexuales con ella fue porque ella no era su hija, es “La mujer que sufre”(p.34), “Por eso recalca en sus relatos los hitos dolorosos de su vida, dejando fuera los gozosos, porque los primeros le parecen más dignos de admiración. Una persona viva y feliz tiene, para ella, menos méritos que una viva y desgraciada o que ha sufrido; para que la vida valga la pena tiene que costar, y si no, no tiene gracia. Que estoy llena de marcas como alguien puede estar lleno de cicatrices luego de un accidente, con el agravante de que estas marcas duelen, reaparecen una y otra vez, van tomando formas distintas y trasladándose de un espacio a otro”(p.34-35). Y sigue: “Porque, aparte de haber transformado su amor por Marcelo(y no el propio Marcelo, sino “su” amor por él) en una suerte de idolatría, es algo que puede hacerla sentirse profundamente infeliz”(p.36). Otro viaje a la confusión, al desvarío, hacia el horror, una pesadilla.

Parecido a lo que se lee en aquella novela homónima El daño(Madrid: Espasa Calpe,2000.180 p.) del mexicano Sealtiel Alatriste(1949): el recorrido vital del torturado Franz Kafka(1883-1924). Es esta también bella novela, una especie de Carta a la madre que el checo no escribió, le bastó con su terrible Carta al padre. En esa narración se habla de ”la oración de un alma solitaria rodeada por abismos”(p.27) como sucede a mi amiga sin darse cuenta.

Son aquellos, los de las dos novelas, sucesos de “nuestro atormentado y extraño siglo” que dijo Borges, del tiempo en que hemos estado en el “corazón de las tinieblas” que escribió Joseph Conrard(1875-1924) en su célebre nouvelle. Vivimos en el caos, que definió tan bien, aunque es terrible, la francesa Valentine Penrose(1898-1972) en La condesa sangrienta (Madrid: Siruela,1987.266 p.), “ese torbellino primitivo y prohibido...esto es precisamente lo que recibe el nombre de caos, ese abismo lleno de tinieblas y de luces abortadas, de retumbos de truenos y de esbozos del primer sonido"(p. 127-128).

En fin, lo que también dice el Gabo en su obra, “hay que desconfiar, por principio, de las cosas que nos hacen felices. Hay que aprender a reírse de ellas; si no, ellas terminan riéndose de nosotros”(Diatriba de amor contra un hombre sentado,p.51). ¿Será así también? Aunque quien esto escribió nunca ha perdido la esperanza de la venida del amor, porque días felices los vive cada día, sobre todo cuando está leyendo y escribiendo, cuando sus bellas amigas, casi todas escritoras o artistas, están cerca conversando.

Como es lógico todo es literatura, como escribió Borges, por cierto en francés, en la dedicatoria de sus Obras completas(Buenos Aires: Emecé,1974,p.9). Porque lo que no es literatura es silencio. Pero siempre la literatura y la psiquiatría se entrelazan, como en lo que aquí escribimos, psicología en nuestro caso venida de los libros leídos ante los que nos ponemos como ante un espejo, para hacer verdad aquello que dice Alatriste: “La literatura es un mundo donde habitan fantasmas vestidos de palabras”(El daño,p.141).

Enero 29, 2011