Sábado, 19 de Agosto de 2017

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Cuenteros de los Noventa

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Rasgos:
Vamos a tratar de atrapar en estas páginas, de echar una mirada, a lo hecho en nuestra narrativa, cuento y novela en la década de los noventa.

Nos ocuparemos ahora de aquellos nuevos narradores cuyas primeras obras se publicaron a partir de 1990, miraremos así la atmósfera de nuestra literatura en estos últimos diez años, comentando incluso algunas obras que acaban de aparecer. Esto nos permitirá ver como es de constante, de intenso, es el trabajo creador venezolano, como no podemos calificarlo de tiempo perdido ni sus obras como insustanciales, pese a las dificultades que tienen nuestros libros para circular dentro y fuera del país y a sus escasos lectores. Este que ahora tocamos es otro problema, más bien para o ex literario, el cual no le quita ningún valor a lo creado a través de la palabra escrita. Así nuestra literatura, nuestra narrativa, tiene un eco cercano, corto, raras veces posee lectores lejanos. Y los nombres que se mencionan o estudian fuera de nuestras fronteras son escasos. Pero dos de las novelas que mencionaremos, Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres y La casa de las virtudes de Cristina Policastro han sido vertidas a otras lenguas y una de ellas, Azul petróleo de Boris Izaguirre, ha causado hondo interés en España en donde fue publicada.

Percibiremos al examinar las obras en los cuales nos vamos a detener, diez y siete libros de cuentos, diez y seis novelas, como en la labor de escribirlos no se detiene el escritor venezolano frente a las dificultades que se le presentan, ante ellas, contra ellas, nuestros escritores prosiguen su trabajo a veces sin saber con certeza cómo harán para publicar las obras que conciben, sin conocer cuáles entre ellas tendrán la suerte de verse impresas.

Nos daremos cuenta al leer estos libros como estos por su calidad exigen un trabajo laborioso de lectura e interpretación para así llegar a explorar sus contornos y penetrar en su esencia.

Constantemente se dice que nuestra literatura no es todo lo buena que debería ser, que esta no puede competir con su hermana mayor la latinoamericana y a veces ni siquiera con la española. Tal juicio es una apreciación equivocada. Sólo que para poder hacerla quien emita semejante opinión tiene que exhibir ante su interlocutor un conocimiento vasto y preciso de la producción objeto de su análisis. Es decir tiene quien esa crítica haga que haber examinado con cuidado cada una de las obras publicadas durante el tiempo aludido sino su apreciación no tendrá valor alguno por no basarse en la lectura de las obras objeto de su examen. Y la lectura es el primer acto crítico, como también lo es la relectura. Por ello no es bueno poner mucha atención en las periódicas palabras agoreras sobre el valor de nuestra literatura. Y a lo cual podemos oponer su cultivo constante y sus resultados más lúcidos, algunos de los cuales, aparecidos en los noventa veremos ahora.

Antes de asomarnos a la producción que deseamos glosar queremos decir algunas palabras acerca de las constantes del trabajo que hallamos en los libros que hemos elegido para nuestras observaciones: en varios de los que vamos mencionar surge como una evidencia la presencia de lo íntimo, el cultivo de la memoria a través de la historia, las hondas connotaciones sexuales de esa literatura que por momentos llega al tratamiento de lo erótico con frescura y pasión, la vista libérrima a lo femenino especialmente en las obras escritas por mujeres, que son la gran mayoría de las que mencionaremos y como consecuencia encontramos en estos volúmenes la presencia evidente, decisiva de la voz de la mujer en el quehacer literario. Ya la mujer, lo hemos escrito otras veces, no aparece al final, como en un apéndice de la historia literaria, sino en el centro de la creación literaria, construyendo obras dignas de largo análisis. Es por ello que deberíamos decir que lo más interesante que está sucediendo hoy en nuestra literatura es la presencia del trabajo mujeril: tanto en el campo poético como en la ficción.

Cuentistas:
Al final de su hondo trabajo poético, antes de poner fin a sus días por voluntad propia, nos dejó Miyó Vestrini sus Órdenes al corazón uno de los libros más dolorosos, a ras de la piel, que alguna mujer entre nosotros haya concebido. Bordea en algunos el poema en prosa para luego entrar de lleno en lo propiamente narrativo; un descubrimiento curioso fue el que hicimos al leer El arcángel de Oscar Sambrano Urdaneta. Al fin de la primavera de su vida este nos mostró su trabajo secreto, su cultivo del cuento a través de unas historias bellas y cuidadosamente escritas en la cuales brilla “El hombre que digo” mientras que en otros textos nos muestra algunos de los absurdos de la vida; Antonio García Ponce en sus Cuentos de amores que no fueron penetra en aquello que siempre se queda en la mera fantasía, en aquello que no se logra vivir, que queda perfecto en nuestro corazón y en nuestra memoria; Alberto Barrera nos dio en Edición de lujo una serie de fragmentos narrativos preciosos, cercanos al poema en prosa, insertos en la ficción poemática; Mary Ferrero en La mirada de Eva lo que sucede a las mujeres de nuestro contorno, a sus desencuentros vitales y amorosos en unos cuentos casi siempre breves; Milagros Socorro, una de las mejores cuentistas de la década, nos hizo mirar en Una atmósfera de viaje una serie de relatos en los cuales predomina la presencia y las vivencias de las mujeres, sus amores con los hombres, lo difícil de sus relaciones con ellos, lo que las mujeres pueden hacer solas, sólo acompañadas de otras féminas; Sergio Jablon apareció con un narrador a tener en cuenta por el sesgo de suave humor que concedió a los textos de sus Celos y tenedores; Dinapiera Di Donato por las atmósferas homoeróticas de su Noche con nieve y amantes, el primer libro lésbico de nuestras letras; Silda Cordoliani por la certeza de sus narraciones cortas de envolvente belleza, por la forma certera en la cual escribe, cosa que encontramos en Babilonia; por la forma rauda y segura en la que concibió las narraciones de La mujer en la ventana, un libro que no hay que dejar de lado tanto por su concepción como por sus hondas anécdotas, por el hecho de mirar lo que sucede a las mujeres que no logran concebir un hijo, allí el cuento “La mujer que llora” es una destacada pieza como lo fue en su primer libro el relato que da título al volumen; Federico Vegas nos sorprendió con El borrador, especialmente en aquellas invenciones en las cuales mira la vejez con amor. En su segundo libro Amores y castigos se repite al volver a sus temas obsesivos; Juan Carlos Méndez Guedez indaga en aquello que puede suceder en la célula de la ciudad: el apartamento. Es un narrador hondamente citadino muy cercano en sus fábulas a las que ha escrito en sus noveletas Ricardo Azuaje; Luis Felipe Castillo en Luna roja se asoma a un asunto apenas rozado entre nosotros: el cuento policial, que en sus manos fluye con seguridad; Lupe Gehrenbeck en Soy hueco,luego existo indaga en la soledad de la mujer en unos relatos muy cercanos al bolero; Eva Feld observa en su Mujeres y escritores mas un crimen la forma dificultosa como hoy se relacionan hombres y mujeres y Blanca Strepponi en El médico chino nos asoma a los muchos rostros de la urbe, a la ciudad de todos los días y a veces a los caminos de la memoria, su mirada a lo urbano es digna de destacarse.

Novelistas:
Con Ana Teresa Torres no sólo se inicia la década del noventa en la novela venezolana. Ella lo hizo a través de una novela de formación El exilio del tiempo. Con Doña Inés contra el olvido nos ofreció una suerte de historia fabulada del país, escrita con tal belleza, con honda comprensión del fenómeno venezolano que atrapó numerosos lectores dentro y fuera del país. Este libro ha sido vertido al inglés. Pero no se ha detenido en sus logros primero sino que ha insistido tanto en el cultivo de la novela erótica en Eco de goce ajeno, todavía inédita(cuando se publicó se tituló La favorita del señor,2001), como en dar una mirada desesperanzada en los senderos de ciertos momentos del pasado venezolano en su reciente obra Los últimos espectadores del acorazado de Potemkin, en donde trata sobre la insurgencia armada de los años sesenta. Es la escritora de la década porque además de las novelas nombradas a escrito dos más. Una de ellas centrada en protagonistas masculinos como lo es también Los últimos espectadores del acorazado de Potemkin.

Stefania Mosca atrapó en La última cena los quehaceres de la vida caraqueña, y de la inmigración, en los alrededores del Chacao de los años cincuenta, se trata de otra inmersión en rostros de la urbe. Y sus cuentos son también destacados dentro del conjunto de la literatura de estos días; Boris Izaguirre se superó en su segunda novela Azul petróleo y volvió otra vez a mirar los rostros de la diversidad sexual, como antes lo hizo en bella prosa Francisco Rivera en sus Voces del atardecer. Sin embargo el logro de Izaguirre, además de su espléndida manera de escribir, es la visión del misterio de la metrópolis. Es esta la novela de un caraqueño que sabe mirar y querer a Madrid también.
Cristina Policastro obtuvo su mayor logro con sus Mujeres de un solo zarcillo. Aquí mira las caras de las mujeres caraqueñas de estos días en un libro rudo, acre, que se lee como un reportaje dado el hondo ritmo en el cual fue redactado; Israel Centeno miró mundos oscuros, los rostros de la delincuencia incluso, en su Calletania; Antonio García Ponce un suceso de principios de siglo, una mujer bien que dejó al famoso marido por un torero, en La insolencia de un olvido, hecho que antes había recreado Rufino Blanco Fombona(1874-1944) en El hombre de oro(1914). Así La insolencia de un olvido es una novela que recrea otra novela, observa con otra mirada viejos hechos; Mercedes Franco en La capa roja miró el pasado como Herry Casalta ambientó su magnifica Un espejo en la mano de Fedra en días de Castro y Gómez para allí colocar el drama clásico realizándose en el trópico. Es un libro que debería tenérsele en cuenta, que no debería quedarse en los estantes de las librerías o de las bibliotecas. Hay imágenes eróticas en él las cuales atrapan nuestra sensibilidad. Esa atmósfera erótica, en un libro de iniciación sexual, que también tocó con destreza quien firmó Horno sapiens con el seudónimo de Maurice Lambert, para seguir una tradición de la literatura erótica, en muchísimos casos firmada con seudónimos que no siempre ha sido posible descubrir.
Tanto Ricardo Azuaje en Juana la roja y Octavio el sabrio como Christian Dimitriades en Sabath se fueron por los caminos de la memoria, a través de aquello que recibieron en el lugar donde nacieron. En Sabath es un peregrinar a través de los orígenes y las vivencias familiares; en la de Azuaje es la visión del hijo de una guerrillera de los sesenta que se queda solo, sin madre, porque esta debe actuar para lograr una liberación que nunca llega. Juana la roja y Octavio el sabrio es la novela de los hijos de los guerrilleros abandonos por su padre que se fueron a realizar su quimera, utopía que nunca llegó. También Boris Izaguirre alude a ello en pasajes de Azul petróleo.
En cambio Sergio Jablon En su propio beneficio incursiona en el mundo de las finanzas: novela la crisis bancaria del noventa y cuatro y los rostros de la corrupción en una novela de personajes tan bien trazada que se puede leer de un tirón. Puede ser considerada también una pieza del “new journalism”.
Iliana Gómez por su parte nos ofrece en Alto, no respire otra novela dolorosa, el rostro de la enfermedad, hecho a través de una novela de formación: aquella muchacha protagonista crece en un hospital para enfermos pulmonares, allá no sólo sufre sino que estar allí le impide vivir su juventud. Libro bien trazado este.

 

¿Es Buena la Literatura Venezolana?
Hay unas observaciones que debemos añadir, han pendido a lo largo de esta exploración. Se trata de los siguiente: en dos oportunidades recientes el maestro Arturo Uslar Pietri(1906-2001) ha aludido a la actual literatura venezolana. En la primera de sus observaciones dijo a Milagros Santana y Doris Barrios: “si vamos a comparar lo que se logró crear literaria y artísticamente de la Venezuela de 1890 a 1950, y lo que se ha creado de 1950 hasta ahora, tendríamos que observar con preocupación que en la misma medida que la presencia del Estado se ha hecho sentir en el mundo cultural artístico, así mismo este mundo se ha empobrecido”(Venezuela es el país que más gasta en cultura, El Globo: mayo 20,1998); en su segunda intervención, en palique con Pablo Villamizar, expresó: “la literatura venezolana está en un momento en que no es de las mejores. No se puede hablar de promover una literatura que no tiene un valor en sí. En los últimos años nuestras letras no han sido importantes para América Latina, más bien se han empobrecido, carecen de interés porque fuera de lo local no van más allá…Yo considero…que, ante todo, los editores no creen en los autores venezolanos porque ellos publican a los escritores que tienen demanda”(La literatura venezolana también tiene su problema fronterizo, El Nacional: noviembre 7,1999). Terribles, demoledoras e injustas palabras son estas. Estos juicios merecen toda atención por venir de quien vienen, por proceder de una figura central, el modelo principal, de nuestro hacer literario en el siglo XX. Su vasta obra de polígrafo, quien ha tocado con su escribir todos los géneros, dejando en cada uno de ellos su hondo palpitar, merecen especial atención.

Creemos que lo que expresa la voz de Uslar, al enjuiciar nuestro hondo trabajo literario del último medio siglo, parte de un punto equívoco: el problema no es que nuestra literatura sea mala, de hecho no lo es, sino que esta no ha logrado ser editada, distribuida, promocionada correctamente para que sea bien conocida fuera de nuestras fronteras. En cambio cuando ello ha sido hecho los juicios sobre su valor que nos han llegado del exterior son siempre positivos. Piénsese por ejemplo, de 1948 a hoy, sobre la repercusión de la obra de Ramos Sucre, de Rafael Cadenas, de Eugenio Montejo, de Juan Liscano, de Lucila Velásquez, quien ha escuchado en su decir poético último un intenso palpitar universal, de Salvador Garmendia, de Adriano González León, de Guillermo Sucre, de Eugenio Montejo, de Denzil Romero, de Cristina Policastro, de Yolanda Pantin, de Miguel James, de Ana Teresa Torres. Y estos son ejemplos significativos, creadores nuestros cuyas obras se han publicado o traducido fuera de nuestras fronteras, invenciones que forman una parte de lo más nutrido de lo hecho entre nosotros desde 1948 acá.

Creemos que para comprender lo que Uslar apunta debemos examinar la cuestión con toda atención: debemos partir, sino es imposible todo juicio, de la lectura, y de la relectura, de las obras publicadas. Y si el juicio es general debe partir quien lo haga del conocimiento de todas las obras y no sólo de las más significativas. Como segunda cosa deberá ese estudioso no confundir lo literario, las obras en sí mismas, con lo para literario.

Es en lo para literario donde tenemos problemas, conflictos que no le quitan un ápice al valor de lo literario que hemos creado en estos años. Esos problemas extra literarios son la escasez de lectores, la poca critica que hacemos de nuestras obras literarias, la mala distribución de nuestros libros dentro y fuera del país, las pocas ediciones de nuestras obras que se imprimen en el exterior a través de buenas editoriales, las contadas traducciones. Pero pese a todo ello nuestra literatura es buena, tiene buenos resultados creativos, escribirla nunca ha sido tiempo perdido desde 1948, fecha que es un buen punto para examinarla, momento en que se inicia la gran mutación narrativa, hasta acá. Es más el nuevo escritor tiene una tradición literaria en la cual basarse para hacer sus elecciones creativas. Tradición que se espiga, como dice muy bien Uslar, de los días del Modernismo(Diaz Rodríguez, Pedro Emilio Coll, Luis Manuel Urbaneja Alchelpohl, Rufino Blanco Fombona), la generación de 1909(Gallegos y Julio Rosales), 1918(Ramos Sucre o Paz Castillo), Teresa de la Parra, la vanguardia(Uslar Pietri), Enrique Bernardo Nuñez, “Viernes”(Vicente Gerbasi), los de 1942(Juan Beroes, Ida Gramko), la universalización de los tópicos de la ficción que aparecen a fines de los años cuarenta(Gustavo Diaz Solis, Antonio Márquez Salas, Humberto Rivas Mijares) y el neo regionalismo que funda Alfredo Armas Alfonzo. El diseño de la novela urbana que nos ofreció Andrés Mariño Palacio en Los alegres desahuciados.

Como hemos visto no ha habido ningún empobrecimiento literario a partir de 1948 acá. Todo lo contrario. Además de las obras citadas antes podemos añadir Ana Isabel, una niña decente de Antonia Palacios y todo su cultivo del poema en prosa, El falso cuaderno de Narciso Espejo y La mano junto al muro de Guillermo Meneses, La leyenda del Conde Luna de Pedro Berroeta, los Poemas de Ida Gramcko, Elena y los elementos de Juan Sanchez Pelaez, los versos de Ana Enriqueta Terán, las obras, en los ámbitos de la poesía, del ensayo y de la crítica literaria, de Juan Liscano, los decires de Alfredo Silva Estrada, Alacranes de Rodolfo Izaguirre, los ejercicios de José Balza, No es tiempo para rosas rojas de Antonieta Madrid, la poesía de Ramón Palomares, de Miyó Vestrini, de Luis Alberto Crespo, los ensayos de Ludovico Silva y Elisa Lerner, las narraciones de Laura Antillano, la tersa prosa de José Napoleón Oropeza, la saga nacional de Herrera Luque, los universos de Eduardo Casanova y Stefania Mosca, la poesía de María Auxiliadora Alvarez. Todos nombres de excepción en nuestra creación literaria en las últimas cinco décadas.

26 de noviembre de 2010