por Rigoberto Rodríguez
“A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan sólo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás”
Jorungando entre las mesas de libros con descuento de la librería Suma, en el boulevard de Sabana Grande, me reencuentro, no sin sorpresa y regocijo, con una nueva edición de la novela “Buenos días, tristeza” de Françoise Sagan (Tusquets, 2003). Desde hace un buen tiempo la buscaba. Tenía la idea de prepararme para un análisis comparativo con la versión cinematográfica que realizara el norteamericano Otto Preminger en el año 1957 (la cual tampoco pude ver sino hasta hace poco tiempo gracias a la gentileza de un canal de TV por suscripción). Esta novela, escrita con un lenguaje sencillo, pero elegante y emotivo, significó para su autora, una jovencita de 19 años, no sólo fama y prestigio, sino la entrada triunfal en la historia de la literatura. Corría para ese entonces el año 1954.
Moviéndose quizás en territorios muy bien conocidos para ella (Sagan provenía de una familia acomodada de la burguesía francesa) la autora nos habla en este libro de una pareja de personajes frívolos y egoístas, cuya vida está gobernada por el ocio, los excesos y un marcado comportamiento amoral.
Cécile, una jovencita de 17 años (seguramente la misma edad que tenía la autora al momento de escribir el libro), en pleno despertar de su sexualidad, pasa las vacaciones en una mansión a orillas del mediterráneo en compañía de su padre, un viudo cuarentón y seductor que dedica casi la totalidad de su tiempo a conquistar mujeres de todo tipo. Ambos comparten, dentro de un ambiente de mutuo respeto y complicidad, una existencia despreocupada y placentera en la que abundan las fiestas frívolas y las relaciones amorosas breves y sin consecuencias.
Este placentero desorden se mantiene sin prisas ni sobresaltos hasta que la visita inesperada de Anne, una antigua amante del padre de Cécile, pone la situación en peligro. Inteligente y culta, Anne ha convencido al don Juan para que se case con ella. Conciente del peligro que esto representa para su estilo de vida, Cécile preparará una jugada perversa que tendrá trágicas consecuencias, y que terminará por conducirla a un encuentro con la madurez y con un sentimiento hasta entonces desconocido para ella: la tristeza.
Es un libro realmente encantador y cautivante. Está escrito con la prosa fluida y perfecta de un verdadero genio de las letras. Cuesta creer que una jovencita de esa edad fuera capaz de las reflexiones que se exhiben en varios pasajes del texto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la película. Aunque sean de destacar las actuaciones de los personajes principales y algunos momentos del filme, el guión no está a la altura de la obra. Preminger y su equipo no tuvieron éxito en plasmar en la pantalla toda la profundidad del personaje de Cécile. Pero esto no le resta todo el mérito a la cinta. Aunque haya envejecido un poco sigue siendo una alternativa agradable para contemplar en una apacible tarde de domingo.
Françoise Sagan murió en 2004 a los 69 años de edad. Dejó una obra compuesta por novelas, piezas teatrales, guiones cinematográficos y hasta algunas letras de canciones. Llevó una vida similar a la de sus más representativos personajes: espíritus cultos e irónicos dados al placer, los excesos y la ociosidad. La aparición de ésta, su primera novela, estuvo marcada por el escándalo, no sólo a causa de la temática y la edad de la autora, sino por la manera tan precisa como retrató a un segmento de la sociedad de su tiempo, y quienes no dudaron en calificarla, con sobradas razones, de “encantador pequeño monstruo”. Fueron muchos los adolescentes en pleno despertar de su sexualidad que se sintieron identificados con el personaje de Cécile, convirtiendo a Sagan en una autora de culto.
El drama que nos presenta “Buenos días, tristeza”, en apariencia poco trascendente para algunos lectores despistados, es una reflexión profunda y certera acerca de los conflictos que se crean cuando buscamos el placer a toda costa y los remordimientos que ocasiona este tipo de conducta moral irresponsable.
Rigoberto Rodríguez
| < Ant | Sig > |
|---|




