Lunes, 13 de Febrero de 2012

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‘Hasta la Fecha’ de Eduardo Gil en el Museo de Arte Carrillo Gil

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Curadora: Ruth Estévez

Sergei Bruyukhonenko creó, a principios de siglo, una máquina con nombre futurista: Autojektor. El artilugio imitaba las funciones de los pulmones y bombeaba sangre como lo haría un corazón real. En 1928 mostró ante la audiencia estupefacta, una cabeza de perro amputada quirúrgicamente; pero la gracia del miembro fragmentado no recaía en su disección o maltrecho aspecto, sino en su voluntad de reaccionar a estímulos externos, gracias al traqueteo del Autojektor.

Aunque la historia es verídica, el infeliz de Bruyukhonenko parece más un personaje de ficción que un pionero de la medicina moderna. Como el Dr. Bill Cortner —protagonista de la delirante película de los sesenta El Cerebro que no quería morir1— el médico ruso fue desterrado del campo de la medicina para reinar en el Olimpo del youtube. A diferencia de la inconsciente cabeza perruna, el ficticio Dr.Cortner nos presenta una mollera femenina, con completo conocimiento de su apariencia maltrecha. Ese cuerpo fragmentado fruto de la ficción de serie B, súmun tecnológico de un Autoyecktor futuro, sería solo una de las tantas metáforas de la época para describir los fenómenos culturales donde el cuerpo devenía en objeto de fabricación, de manipulación o de consumo; Un cuerpo abatido como espacio de experimentación y metamorfosis, conejillo de indias para la maquina social desarrollada por las estructuras de poder.

En el proyecto de Eduardo Gil, el cuerpo fragmentado y reconstituido con la máquina se presenta como el resultado de una práctica productiva llevada al extremo, una consecuencia lógica de la estructura social capitalista. En este nuevo mundo que plantea Gil, el efecto Pigmalión, aquel que se nutre de las expectativas ajenas, nace de una desconfianza sistemática. Una carencia que se ha acrecentado con el paso del tiempo, siguiendo una irreverente génesis darwiniana. Las expectativas hacia el “otro” se han reducido al cumplimiento de un servicio, como si de un programa operativo se tratase.

Lo que en un momento fue un cuerpo íntegro, se ha reducido a la mínima expresión; un mamotreto rodante que se desliza por el pavimento cual aspiradora. La cabeza es lo único que sigue intacto, consciente de su insalvable necesidad de existencia. Este robot futurista ha aprendido a hacer algo indigno, repugnante pero que, al mismo tiempo, proporciona una función operativa: abrillantar los pisos de la institución, cualquiera que ésta sea. Esta lengua salivosa se desliza como un felpudo, cola transgénica de un intelecto vacío que no tiene capacidad de habla. En este enlace simbiótico, las facultades de la máquina habrían sobrepasado las del humano, heredándole por defecto un incansable sentido de la limpieza y un sistema de estímulo respuesta con la misma estructura de un softweare.

El advenimiento de esta máquina humana nos permite situar el lugar que ocupa el cuerpo hoy en día: La ruptura apolínea de las formas corporales se encuentra racionalizada por el espíritu de la máquina mercantilista. A este punto futuro, se habrá demostrado lo ya sabido: la tecnología es esencial al sistema de explotación capitalista. Marx vaticinó que llegaría el momento en que la clase obrera no tendría nada que perder, habría tocado fondo, habría perdido todo territorio y todo código y estaría en la nada… pero entonces daría el todo por el todo y la revolución sería posible. Sin embargo, este obrero chupóptero ha encontrado otro tipo de felicidad. En este nuevo campo social los individuos solo responden a un deseo de de producción represiva en lugar de un deseo revolucionario por cambiar su estatus.

El subconsciente de estas cabezas rodantes, si es que todavía lo tienen, ha aniquilado la posibilidad de producir deseos que no estén vinculados a un sistema económico de producción. Y aunque sigue siendo una máquina deseante que produce y anhela sin parar, el deseo y su satisfacción está basado exclusivamente en succionar la inmundicia como única posibilidad. La posibilidad de mirar solo hacia el suelo para recoger la partícula desechada. Esta manufactura tecnológica del cuerpo y la desterritorialización del deseo como tal, parecen complementarse de manera bastante interesante en el experimento de Gil, cuestionando el dualismo cartesiano mente-cuerpo; proponiendo una suerte de indisolubilidad entre los dos términos al interior de la inmanencia del deseo y de sus conexiones maquínicas.

En el mismo escenario donde transitan las cabezas, varios monitores muestran una serie de personas con problemas de sordera, tratando de traducir, no sin esfuerzo, a un grupo de trabajadores mexicanos entrevistados por el artista. Como si fuera un espejo, ambos bandos están reproducidos en pantallas enfrentadas, dejando al espectador en medio, testigo invisible del supuesto diálogo.

La mayoría de los entrevistados desempeñan sus actividades en la calle, bien como empleados o con un negocio autónomo. Durante la entrevista, el artista les hace un test genérico: pregunta sobre su infancia, cuándo empezaron a trabajar, cómo han desempeñado su profesión y, para finalizar, cuáles son las expectativas laborales que tienen. Las preguntas de Eduardo han sido omitidas de la edición al más puro estilo Godardiano2. El artista dirige las conversaciones “secretamente”, aunque la espontaneidad sea constante en las respuestas. Los entrevistados parecen inmóviles, tomados desde muy cerca, casi sin fondo. Pero lejos de funcionar como si fueran retratos pictóricos, las imágenes recogen en una toma fija la trayectoria de una vida, en pocos minutos. El recuerdo de la infancia está cargado de penosas secuelas laborales. La frase “hasta la fecha” se repite sin parar. Su condición laboral les remite exclusivamente al presente, con pocas expectativas de futuro. Cada día, sus esfuerzos y ganancias solventan las necesidades básicas. Hasta la fecha se convierte en una sentencia que señala la resignación, pero también funciona como una frase heroica: El haber encontrado los caminos para subsistir a pesar de las penurias que bloquean el presente.

El sonido de las entrevistas ha sido cancelado. El grupo de sordos realiza la traducción leyendo los labios de estos individuos. Sin embargo, solo pueden rescatar algunas frases, nunca la totalidad del discurso. El acto de concentración es prodigioso, inclusive si los resultados son limitados. A la par que el grupo de sordos emplea su mejor voluntad y talento para traducir al oyente lo inaudible, éstos actúan también como metáfora de un filtro que distorsiona la transmisión. El tamiz que se crea funciona para representar la invisibilidad que los sujetos entrevistados tienen dentro del proyecto social gubernamental. Personas que, por su estatus social, han sido relegadas a una posición de silencio. Ni siquiera en pleno estado de concentración uno puede descifrar sus mensajes, contaminados con décadas de incomunicación endémica.

Mientras uno escucha con atención los monólogos descompuestos, las cabezas cercenadas, a unos metros de distancia, continúan limpiando el piso, al ritmo del ronroneo de la máquina que las sostiene y da vida al mismo tiempo. Con la cara volteada hacia el piso, el anodino espectáculo de sus nucas es la única evidencia. Privadas del habla y con la lengua “fuera”, la comunicación es, ahora, imposible.

1 El cerebro que no quería morir (The Brain That Wouldn't Die). Director: Joseph Green. Actores: Jason Evers, Leslie Daniels, Virginia Leith. 1962, Estados Unidos. 82 minutos.
2 Godard, Jean-Luc (1930-), director de cine franco suizo, miembro de la nouvelle vague. En algunas de sus películas rodadas con sonido directo, Godard hacía que los actores se insertasen pequeños auriculares para poder hablar en privado con cada uno de ellos mientras estaban ante la cámara: de esta manera, les dictaba parlamentos o les formula preguntas que debían contestar, pero que el espectador de la película no podía oir, (entrevistas directas en cámara). Nota del autor.

Eduardo Gil
Caracas, Venezuela, 1974. Trabaja en Nueva York
Estudió Ingeniera Civil en la Universidad Metropolitana de Caracas, Venezuela. Es tenista profesional.

Entre sus exposiciones colectivas destacan: Lisa Sette Gallery, Arizona, USA, 2009; S Files, Museo del Barrio y Arte Agora, Instituto Cervantes, Nueva York, 2007; Destino: Video Caribeño, Centro Cultural San Martin, Buenos Aires, Argentina y en la Fundación de Arte Contemporáneo, Montevideo, Uruguay, 2005; AIM Program Exhibition, Bronx Museum of the Arts, Bronx, Nueva York, 2004; Queens International, Queens Museum of Art, Queens, Nueva York, 2002. Bibliografía: “Art Review; “A Latino Biennial That Bucks a Global Trend,” Martha Schwendener , Nueva York, 2007; “Times”, 31 de agosto, 2007, p.E28; “Art Review; The Studio Visit,” Roberta Smith, New York Times, Febrero 24, 2006, p. 40.


Hasta la Fecha
Eduardo Gil
Del 1º de septiembre al 28 de noviembre de 2010

Museo de Arte Carrillo Gil
www.museodeartecarrillogil.com
55 50 62 60
55 50 39 83 ext. 108 y 109
Av. Revolución 1608
San Ángel
01000, México, D.F.

Fuente: Prensa Museo de Arte Carrillo Gil