Miércoles, 18 de Octubre de 2017

Usted está aquí: Latinoamerica México Esculturas de Hersúa, Alejandro Almanza y Diego Pérez protagonizan exposiciones en el Museo Experimental el Eco

Esculturas de Hersúa, Alejandro Almanza y Diego Pérez protagonizan exposiciones en el Museo Experimental el Eco

Correo electrónico Imprimir

Del 24 de agosto al 20 de octubre el Museo Experimental el Eco presentará una exposición colectiva integrada por proyectos escultóricos creados por Hersúa, Alejandro Almanza y Diego Pérez.


Ambiente II
Hacia finales de 1960, las investigaciones plásticas del escultor mexicano Hersúa se centraron fuertemente en provocar y exaltar las reacciones perceptuales en el público. Realizó esculturas transitables a las que llamó ambientes, que apelaban a la visión, al tacto y la interacción física. En 1970 expuso en Bellas Artes el Ambiente de comportamiento sicológico o Ambiente II, mismo que se presentará en el Eco.

Su escultura transitó hacia la concientización de un “espacio negativo” –del espacio ocupado y del espacio necesario para recorrerla– pasando de la simple interpretación visual/virtual y contemplativa de los volúmenes escultóricos tradicionales a una espacial e integral que evoca al cuerpo y la acción. Sus ambientes de finales de los sesenta surgen como una postura ante la manipulación mediática, tecnológica y política que se vivía en el momento y aluden a la interpretación personal y al encuentro con un lenguaje individual.

Antes, comenta Hersúa,” tú veías una pintura y te decían ‘mire esta figura representa esto y esto’, y ya, tú te ibas creyendo que sabías de arte ¿no?, digo, tú no habías significado nada, pero sentías que sabías… En realidad, no importa si tu significación no concuerda con la del otro, lo importante es tu significación. En la medida en que vas significando, la obra o experiencia adquiere sentido y llega un momento en que tienes toda una forma de significar. Un lenguaje personal de apropiación. Cada persona tiene una lectura o interpretación que dar a las cosas. Cuando estás en el ambiente, estás viviendo un espacio en el que sus elementos te permiten la experiencia con algún sentido propio y esto te despierta, aunque sea por un instante”.

La obra de Hersúa pone de manifiesto en los años sesenta una actitud antiobjetualista que hace énfasis en la interacción del público, el movimiento, el espacio y lo efímero. La escultura se expandía del objeto hacia un dispositivo que involucra otras acciones.

“El arte es lo que nos acerca más a las sensaciones, a lo que es el sentimiento. El sentimiento es el lugar más cercano a nosotros mismos, es mucho más cercano que la palabra o que las ideas o que los conceptos. El sentir es la síntesis de lo que nos sucede, en este sentido hay un acercamiento a lo que Mathias Goeritz un día planteó acerca de lo emocional. En este contexto, vamos a fijarnos en el sentimiento, no sólo como la parte más cercana, sino como la que une. Los hilos son para unir, nosotros somos en esencia un sentir que va cambiando y que tiene la necesidad de compartir,” agrega el artista.

Hacia la década de los setenta Hersúa experimenta y continúa con su lenguaje sensorial en los ambientes, en los que el espacio es el protagonista –desplazando completamente al objeto–. En las obras de esa época se acentúa la iluminación, el sonido y las proyecciones de diapositivas y fotografías. Hacia mediados de la década, presentó en Bellas Artes dos Ambientes urbanos, en los cuales sucedieron diversas acciones de danza y música, también actividades con niños, que por un lado señalaban a la acción como una característica vital del hombre y por el otro las posibilidades espaciales y escenográficas de estas obras. “Las cosas que suceden ‘afuera’, señala, suceden ‘adentro’, pero el dispositivo que está ‘afuera’ es sólo un medio para que algo me suceda en el interior, nada más un medio –lo enfatizo para tampoco caer en la adoración de aquel supuesto objeto–. Así que el ambiente es un medio, el meollo o el centro de la pieza está en nosotros como espectadores activos. Por ejemplo, si yo atravieso la obra transitable que –para ser más preciso– tienen un grado de designación de belleza, al pasar y captar esa belleza la hago mía, me ‘hago’ bello por el sentimiento, por un instante.”

Las obras ambientalistas de Hersúa, más allá de tener fines socializantes, subrayan el proceso de su propia naturaleza: una obra viva y cambiante a partir del efecto del hombre en los espacios, la manera en que los condiciona, modifica y apropia. Sus ambientes son espacios habitables inacabados, dotados de vida propia o de una dinámica incierta y cambiante.

“Al estar en constante proceso de cambio, podríamos pensar que cada día se inaugura esta pieza, otra pieza. Los hindúes dicen que detrás de esta vida hay muchas vidas, hay un proceso, somos un continuo proceso como lo es el universo, el universo siempre se está expandiendo, está generando tiempo porque al moverse el espacio genera tiempo. Yo veo las cosas así. Nunca sabes la manera en que las personas recibirán algo y qué les generará, por eso hay que considerar la obra siempre en proceso. El hilo se va tejiendo y a la par va presentando una problemática: la problemática de la libertad. El recorrido del hilo nunca va a ser igual”, concluye Hersúa.

Las quince letras
En la actualidad, buena parte de los artistas que asumen su expresión desde la práctica de la escultura deambulan entre los vestigios de la historia del arte para hacer de su lenguaje una práctica autosustentable. Buscan contener en un mismo gesto la herencia y el disentimiento que les precede, haciendo de su práctica una tautología que brinda a todos los elementos que se desprendan de ella un valor de verdad y no sólo de representación.

En ese concepto de acumulación por medio del cual se sustentan diversas estructuras del conocimiento, emerge el trabajo artístico de Alejandro Almanza Pereda, quien ha construido su lenguaje escultórico reconfigurando continuamente sus puntos de partida. Su obra tiene un sustento metodológico que no proviene de la eficiencia técnica del material con el que trabaja, sino de su inestabilidad. Ésta adquiere un valor de ejecución formal que resulta en equilibrio y multiplicidad de materiales, como mobiliario doméstico e industrial puestos en situación de riesgo dentro del lugar donde se presentan. La obra de Almanza es un proceso escultórico que amplía su inserción en el campo mediante los contenidos formales, conceptuales e históricos a los que alude.

Para el Museo Experimental el Eco ha propuesto dos ejercicios de expansión de estructuras llevadas a cabo en la sala principal. Éstas se presentan a primera vista como silogismos incongruentes ligadas al uso de los materiales que emplea, pero que develan su lógica en el espacio de exposición en función a su significación y posibilidades espaciales dentro del lugar.

El primero consta de estantes metálicos negros que se expanden en la sala y sirven de contenedor de otros objetos; figuras que evocan a una sustancia histórica, desde la modernidad (a partir de sus formas más simples) hasta los ornamentos clásicos. Sin perder su función de contenedor, los estantes generan un dispositivo que separa al objeto de su configuración original. El segundo ejercicio es una estructura hecha con cuerdas de henequén, trabajadas con resina, que forman la volumetría de un cuerpo aparentemente monolítico y macizo. Esta escultura se erige y se comporta en el espacio como una presencia velada, un señalamiento lineal de una estructura de dimensiones arquitectónicas. La pieza se conforma a partir de un elemento mínimo, de un recurso que ha sido utilizado ancestralmente para realizar la herramienta mecánica más básica, la cuerda.

Ambos ejercicios hacen del acto escultórico una suerte de ensayo estructural que amplía la percepción del objeto utilitario sin intentar alterar sus cualidades físicas o funcionales, por el contrario, ambas piezas afirman en todas sus partes las propiedades a las cuales están adscritas. Los elementos que se verán en la sala del museo son lo que son, no intentan ser otra cosa más, simplemente sus cualidades de uso se expanden a un campo más amplio de significación, en un diálogo dentro de la arquitectura emocional de Mathias Goeritz, acto que sólo puede ser propuesto por otro escultor.

La construcción de una chimenea
Tras sendos viajes a la barra de Coyuca, en Guerrero, Diego Pérez resolvió mover dos toneladas de barro y arena hasta el patio del Museo Experimental el Eco en la ciudad de México para crear una cocina común y un hogar temporal. La mesa-cocina sirve a varios fines que el museo procura –además de la exhibición de objetos–. El Eco es un dispositivo que presupone acciones y las faculta. La mesa es, a su vez, lo mismo. Está hecha para usarse; que por ella corran el placer y la inteligencia.

Descripción de las transformaciones
Un lado de la barra de Coyuca es golpeado incesantemente por el abierto mar, el otro es suavizado por las ondas del agua de la laguna. En medio de las dos aguas vive Reynold, pescador, cocinero, padre de familia. Reynold hace aparecer a su primo José Luis quien se encarga de sacar el barro del fondo de la laguna. A medio metro debajo del agua la tierra es barro en perfecto estado para modelar. Ese mismo barro es el que los propios habitantes de Coyuca (y de la costa de Guerrero en general) utilizan para crear sus chimeneas y cocinar ahí los alimentos. Esta técnica constructiva de los fogones se ha transmitido de generación en generación, con variaciones, y continúa bien vigente. Diego Pérez la aprendió de estas personas para replicarla en la ciudad de México.

Una chimenea elíptica
Para la construcción de la mesa, además de la técnica nativa de Coyuca, Pérez aludió la estética de Mathias Goeritz. Como soporte para un comal, las torres de Satélite. La obra de Pérez supone una estética ética; es objeto de conocimiento y de uso. Contrario a pensar que es útil porque es hermosa, podría decirse de su mesa que es hermosa porque es útil. Lo que alrededor de ella sucederá, no se sabe. Es previsible un pescado a la talla, son previsibles las tortillas en los comales y los comensales. Para esta ciudad “que es un páramo”, Pérez construye algo similar a un jardín o un refugio, un lugar habitable y público. Puede traer carbón o leña, o un libro, cocinar, cuidar el lugar y pensar la propuesta de Montaigne: Nuestra más eximia y gloriosa obra maestra es vivir como se debe.

La inauguración de los tres proyectos es el 24 de agosto a las 19:30 horas. La entrada es libre y gratuita.

Ambiente II, Las Quince Letras y Nuestra Casa Sería un Campamento
Del 24 de agosto al 20 de octubre

Museo Experimental El Eco
Sullivan 43 (Frente al Parque del Monumento a la Madre).
Col. San Rafael, México DF
Abierto de martes a domingo de 10:00 a 17:00 hrs. Entrada Libre. 
Tel; 55-35-51-86
www.eleco.unam.mx

Difusión MuAC