La temporada de conciertos y conferencias de la Fundación Juan March 2011-2012 (www.march.es, también en Facebook y Twitter: @fundaciónmarch) concluye en la última semana de mayo con una semana dedicada a Gustav Mahler (1860-1911), al haber hecho coincidir la programación de dos conferencias, Mahler: su vida, su obra, su tiempo, que da, el martes 29 y el jueves 31, a las 19,30 horas, el profesor y crítico musical José Luis Pérez de Arteaga, con la conclusión del ciclo de tres conciertos Obras inacabadas, y así el miércoles 30 de mayo, a las 19,30 horas, y transmitido por Radio Clásica, de RNE, el pianista Christopher White ofrece la Sinfonía nº 10, de Mahler, en versión de Deryck Cooke y arreglo para piano de Ronald Stevenson y el propio White.
A Gustav Mahler (1860-1911), quien hizo de la sinfonía la forma reina de la música occidental, y a su inventario creador, le dedica, pues, dos conferencias el profesor y crítico musical José Luis Pérez de Arteaga, autor de una biografía y estudio de la obra musical y discografía completa del músico y para quien “la audacia de su lenguaje musical, su riqueza expresiva, sus estallidos de fatalismo, de angustia agónica y también de alegría desatada, sitúan a Mahler como testigo de excepción de una época especialmente conflictiva”.

Pérez de Arteaga considera a Mahler es un artista bisagra, y no solo porque su producción esté entre los siglos XIX y XX, sino por su asunción del pasado, tanto cercano –Wagner, Bruckner, Brahms– como remoto –sobre todo Beethoven– y por su proyección hacia el futuro. Y es que Mahler fue sublimador y depredador (ambas opciones) de la forma sinfónica que él de-construyó y reconstruyó en apenas tres décadas de trabajo. La sinfonía, como forma reina de la música occidental desde Haydn y Mozart en el terreno instrumental, llegó a su posición de máxima expansión y grandeza -entendida como grandiosidad y grandilocuencia- a través de las creaciones de Mahler. A la inversa, si la sinfonía conoció un aniquilador o ángel exterminador, éste sería también él. De otra parte, fue el inspirador, en gran medida, de los “ismos” centroeuropeos de la centuria recién nacida (empezando por el atonalismo o el expresionismo). Pero, por ende, a lo largo del “novecento”, fueron pocos, aunque la mayor parte no le conociera o tratara, los músicos que se libraron de su influencia.
El sinfonismo clásico-romántico conoció las últimas exacerbaciones posibles de forma y sintaxis en los conglomerados y tractati de Mahler, que no son sino pronunciamientos filosóficos y expresiones de su propia existencia. Para este planteamiento, la forma tradicional le resultaba insuficiente: se vio, pues, obligado a crear la suya propia.
La segunda conferencia, señala Pérez de Arteaga, nos acercará al final del inventario creador de Mahler, que culmina con tres obras escritas a partir de 1907. Estas composiciones, que según la tradición expresan los lóbregos sentimientos de un autor “in articulo mortis”, son las Sinfonías Novena y Décima, y una Lied-Symphonie, “La Canción de la Tierra”, obra esta que expresa a través de sus “Ewig” (“Eternamente”) conclusivos una aspiración insondable de permanencia.
Es éste un viaje que se hace especialmente dramático en el primer tiempo de la Novena Sinfonía, en el que Berg veía la presencia de la muerte como una constante. Pero como “triunfo del espíritu” se refería Carlo Maria Giulini a esta obra y a su Finale, clausura en la que Karajan veía dolor y rabia, pero no pesimismo. Deryck Cooke denominó a este conjunto de piezas “Trilogía del adiós”. Pero, ¿adiós a la vida? ¿Es eso lo que refleja la inconclusa Décima? Su primer tiempo, el único completado por el autor, arranca del Finale de la Sinfonía precedente, pero, hondos –terribles– lamentos de amor al margen, ¿es resignación cristiana, pesimismo mortuorio, aceptación oriental de la venida de la guadaña, lo que apunta el amplísimo esquema dejado por el compositor en sus postreros días de vida? No está tan claro, porque acaso el perennemente inquieto Mahler atisbaba nuevos caminos, humanos y musicales, dignos de ser transitados. Casi a su lado, Schönberg escribía citando a Stefan George, Ich fühle die Luft von anderen Planeten, “Presiento el aire de otros planetas”. No es improbable que Mahler también hubiera empezado a percibirlos.
José Luis Pérez de Arteaga (Madrid, 1950), licenciado en Derecho y en Ciencias Empresariales, es profesor de Universidad. Se formó musicalmente en España y en el extranjero, y estudió piano con Rosa María Kucharski. Desde hace más de veinte años es una de las principales personalidades de la crítica musical española. Ha sido redactor de las revistas Ritmo, Reseña y Scherzo, y ha colaborado en los diarios El País, El Independiente y ABC, además de RNE desde 1984. Fue Premio Nacional de crítica discográfica en prensa en 1980 y 1981. Es co-autor de las ediciones (1976 a 1981 y 1983 a 1988) de Cine para leer; y de François Truffaut (1988). Entre 1981 y 1985 fue director de la Enciclopedia Salvat de la Música. Es autor de Gustav Mahler (1986) y de La música de cámara de Shostakovich (1991). Asimismo realizó la traducción y las notas de Testimonio: las memorias de Dmitri Shostakovich (primera edición crítica, 1991) y de Mahler (2007).
El miércoles 30 mayo, Christopher White, al piano, ofrece la Sinfonía nº 10 (versión de Deryck Cooke y arreglo para piano de Ronald Stevenson y Christopher White), de Gustav Mahler, que dejó inconclusa al morir este en mayo de 1911.
Christopher White (Londres 1984) estudió piano y dirección de orquesta en la Royal Academy of Music en Londres. Su amistad con el compositor y pianista Ronald Stevenson le llevó a completar la transcripción de la Décima Sinfonía de Mahler, en la que Stevenson ya había comenzado a trabajar. Desde 2012 está dedicado de forma permanente a la English National Opera.
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Fuente: Gabinete de Prensa Fundación Juan March










