Martes, 19 de Septiembre de 2017

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Un Hombre de Aceite - José Balza

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Después de años de silencio José Balza nos sorprende con tres espléndidos y sólidos libros: uno de relatos, El doble arte de morir (Bogotá: Bruguera,2008.194 p.) un hondo ensayo sobre el país, Pensar a Venezuela(Caracas: Bid &Co.editor, 2008.227 p. y esta bella novela corta Un hombre de aceite.(Caracas: Bid & Co. Editor,2008. 125 p.) en donde se entralazan, como en algunos de los cuentos del libro antes citado, como en su interpretación de la nación, la meditación sobre el país, sobre esta nación en estos días trágicos.

Interesa Un hombre de aceite dentro de la obra de Balza porque es la primera vez que no nos ofrece lo que él ha denominado un “ejercicio” sino que, llamando a su libro “fábula”, se aventura hacia la nouvelle, ofreciéndonos un texto terso y bello, una novela corta muy bien construida. No hay que olvidar que la novela corta es modo peculiar dentro de la ficción, requiere no solo destreza sino verdadero arte para saberla vertebrar primero para llenarla vida, de literatura, en su instancia más suprema.

Pero es también fascinante Un hombre de aceite porque ha logrado Balza fundir, como debe ser, la experiencias exteriores y las interiores de sus criaturas, que es lo que nos daría lo que se denomina una novela total. Y esto porque aquí al unísono está el transcurrir de la vida de sus criaturas a la vez con cuanto sucede en el país y la meditación sobre esos sucesos. Todo esto da una carnadura especial a Un hombre de aceite.

En Un hombre de aceite se hacen presentes al menos cuatro tópicos: el petróleo, la política, el Poseso que manda hoy y la meditación sobre el país.

Se ha hablado entre nosotros, por la pluma de Domingo Alberto Rangel, del “rey petróleo” como conformador de nuestra vida contemporánea. Somos el país de aceite, el del oro negro, el del petróleo, este el verdadero protagonista de nuestro vivir al menos desde 1914, todo lo domina, todo lo trasmuta y manda en las vidas de los venezolanos. Antes del petróleo lo fueron el cacao y el café, las tres palabras con las que se puede escribir la historia de nuestra economía. Pero el petróleo es más porque nosotros somos una “menecracia” y existe además el “petróleo existencial” del que habló con agudeza Alicia Freilich alguna vez(Triálogo. Caracas: Editorial Tiempo Nuevo,1973,p.21-23). Y es a esa situación, dentro de su peculiaridad actual a la que desea referirse Balza con su invención. En ese medio es que se sucede el acaecer de esta sorprendente ficción junto con el suceder del país. Es allí donde está sembrada la historia de amor de Luis Samán con la bellísima Isaka. El apellido del protagonista nos lo dice todo: Samán, el cobijo que necesite el país herido al cual se refieren muchas de las meditaciones y angustiosos diálogos, en los que se desea un país mejor, a los que vamos asistiendo mientras recorremos las páginas de esta nivola, muchos de cuyos fragmentos están llenos de alucinadas escenas de erotismo de las más buena lid que se pueda desear: aquella que es producto del amor pero en las cuales se cumple aquello, es una convicción muy entrañable de este crítico, según la cual del sexo prende al amor, que los que acarician sus cuerpos terminan enamorados.

Es imposible pensar a la Venezuela que vivimos sin reflexionar o tocar el petróleo, ya que este es nuestra es “nuestra energía….su sangre oscura”(p.51). Todo lo ha trasmutado: “Una historia preciosa…que ha formado el corazón del país…No hay casa elegante…teatro, universidad, autopista, televisora, hipódromo y línea aérea que no tenga sus raíces y su explicación en la producción petrolera…El petróleo es lo obvio entre nosotros, no como Dios, pero casi”(p.15-16). Tanto que si miramos las Compañía petroleras nos encontramos, como se lee aquí, con “una historia ajena, indescifrable y determinante, terrible, oculta y pública”(p.12). El petróleo “con su esterilidad de siempre arrasó al país”(p.16) como se lee en Un hombre de aceite. O el petróleo nos trajo “tanto don como daño” según la gráfica expresión de Anibal R.Martínez(Cronología del petróleo venezolano. Caracas: Foninves,1976,p.11). Fue una inundación, “el petróleo invadió todo, lo físico y el alma, hasta convertirse en la esencia misma del país”(p.71), así “El país se durmió en el petróleo”(p.71).

Y es obvio que tiene sus caracteres políticos el “estiércol del diablo”, como se llamó al mene en el siglo XVI. Terminó el bitumen empapando nuestra vida política. Y por ello se hace necesario pensar más en los políticos de carne y hueso, los que han puesto en acción los mecanismos. Porque fueron los políticos los que trajeron o revivieron la corrupción, que es tan vieja como el país, de cinco siglos. De allí la interrogante que aquí encontramos:“Todo político, para serlo, debe estar previamente desesquilibrado.¿Es posible la excepción”(p.69). Observación esta tan parecida a aquella del sabio doctor Gregorio Marañón(1887-1960), en una de sus grandes libros de historia española, según la cual son los peores seres de cada país los que entran en la actividad política, ¿es ello posible?, puede preguntarse el lector de Un hombre de aceite, sobre todo a la vista de la forma como se ha deteriorado Venezuela desde fines de los años setenta, desde 1977 en particular. El deterioro es tal, tan evidente: es la variable a utilizar para examinar el suceder del país que nos ha llevado al caos, al desorden, a la anarquía que vivimos en estos días.

Y la lógica pregunta que se hace uno de los personajes de Un hombre de aceite: “¿Pudiera estar ocurriendo…lo del gobernador Ponte y Hoyo otra vez?¿Qué estemos gobernados por alguien que vive sin equilibrio lógico?¿Alguien que puede representar a lo más profundo del país, a nosotros, a su gente humilde, a sus carencias, pero solo para despertar la sordidez, lo primario, las incapacidades, la sospecha, lo tortuoso, lo instintivo, depredador y destructor?...pero parecen cruelmente inocuos ante lo que el petróleo concede a éste. Este cuyo lenguaje es apenas la señal coprofágica de una individualidad desquiciada, que está terminando de contagiar al país.¿Alguien que nos engaña porque nunca reconoce en si mismo esos escondrijos de la podredumbre…¿Cómo responderle?...Empecemos por algo elemental: el mandatario miente”(p.113). Se va del pasado y al del presente. En los días coloniales al Capitán General(1699-1705) Nicolás Eugenio Ponte y Hoyo(1667-1705), el “bello Eugenio” de la leyenda, quien gobernando se volvió loco(1703). “La lógica de la locura condujo a aquella sociedad durante un tiempo”(p.112). Pero es obvio que también se refiere a quien por allí llaman hoy el dictador cuya patología está contagiando a todos porque los enfermos mentales enloquecen a los sanos. La historia nos ayuda a comprender, no porque se repita, sino por sus paralelismos que son siempre luminosos como en este caso.

Y es allí donde aparece en esta novela, que es ensayo y meditación por largos pasajes, la figura de quien gobierna hoy, aquello que nos llevó a elevarlo a la silla presidencial. Y eso es un pecado colectivo, cometido incluso por aquellos que nunca han votado por él.

Este hombre llegó porque en medio de la erosión ética de los partidos en el poder surgió el apoyo a la militarada en 1992, todos escogieron otra vez al hombre de presa, al gamonal, al neo caudillo, la trocha del militarismo y no el lógico y lento proceso de corrección pública por los canales de la democracia que siempre son pacíficos, constitucionales y electorales. La gente perdió la ponderación en las elecciones de 1998 como lo observamos en Un Hombre de aceite. Las fantasías locas de un país analfabeto político, que optó y empujo al insurgente, lo indujo a ir por el camino de la violencia y no el de la lenta construcción democrática, sintió que el “por ahora” era valiente cuando lo fue una acción solo teatral que confundió a todos, incluso al lúcido José Ignacio Cabrujas(1937-1995). El Ministro de la Defensa, metido en la conspiración como todos los testimonios parecen indicarlo, dejó aquel día hablar al insurgente vencido con las armas en la mano, no debieron dejar que lo hiciera, lo que hizo fue convocar a un nuevo golpe. Los que le pusieron el micrófono ante la boca desconocieron hasta un principio de Nicolás Maquiavelo: “quien procura que otro devenga poderoso se arruina”(El Príncipe,ed.1999,p.29), es decir le entregaron el poder.

La gente votó por el oficial pero rápido ese país de perdedores que es Venezuela, una nación que siempre se equivoca, cuyas horas de luz siempre le duran poco, pese a la riqueza que le dio el oro negro, comprendió el error, pero ya era tarde. El Poseso había venido a destruirlo todo para sobre los escombros del país democrático construir un régimen comunista. En ello está. Y todo por la falsa apreciación, por la mala comprensión de la realidad que llevó a muchos en 1998 a creer, como se lee en este novelín, “si ganara el opositor, es tan joven y tan poco preparado, que pudiera intentar un cambio drástico”(p.28). Y el deterioro se hizo más presente en el país. Deterioro y destrucción. Deterioro es la variable que hay que usar para examinar el país, a menos desde fines de los años setenta, desde que en 1977 no hubo superavit fiscal por vez primera desde la muerte del general Gómez, algo sucedido en el momento en que el Estado estaba en su momento de mayor auge económico de su historia. ¿Paradójico no? Hemos también escrito la palabra destrucción para mostrar la Venezuela de estos días. Destrucción es el sinónimo del apellido del presidente que gobierna ahora, el que nos lleva hacia lo estéril, hacia la tierra yerma.

Pero también, era imposible que no fuera así, que en Un hombre de aceite su autor no nos ofreciera una meditación sobre el país. Por ello leemos “la más terrible y duradera cara del país, la de la pobreza, la violencia y la estupidez ha sido creada y agrandada por el líquido demonio”(p.16), “Tanto los planificadores y dirigentes de la nación, como el pueblo mismo, han sido idénticamente responsables. Responsable…por impotente ¿o indiferente?. Todo se dejaron envolver por la picaresca, la comedia de aquella vida ambiguamente cómoda”(p.16).

Estamos, hemos estado, desde muy atrás, en un país disgregado, “una categoría sugerida sobre todo por Vallenilla Lanz en 1919: la idea de disgregación, cómo hemos vivido políticamente siempre una separación: entre los modelos políticamente siempre una separación: entre los modelos sociales europeos y nuestra vida real, entre las Constituciones y su falsa aplicación. Hay una fragmentación y un dualismo”(p.19). Ello no solo encuentra este hecho uno de los personajes en el pensamiento venezolano sino en nuestra literatura, especialmente en dos de nuestros grandes creadores: Julio Garmendia(1898-1977) y José Antonio Ramos Sucre(1890-1930). Garmendia “escribe cosas de permanente desdoblamiento”(p.20); Ramos Sucre “habla desde un ‘yo’ múltiple, enmascarado”(p.20). Así somos un país desdoblado y enmascarado. Una nación en la cual el Estado, gracias al petróleo, toma todas las decisiones, siempre sin consultar a la gente. Así la esencia de nuestro siglo XX es la intervención del poder central, “En todo interviene el Estado, es decir, el petróleo, sus bajas y subidas”(p.20). Así vivimos en “Sevidumbre al azar, a la contigencia, ¿no? Eso es… nuestro desorden”(p.21). E impera la voracidad(p.51) y, desde luego la corrupción.

Julio 5,2010