Viernes, 20 de Octubre de 2017

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Relectura de ‘Doña Ines Contra el Olvido’

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Por: R.J.Lovera De-Sola

La segunda novela de la caraqueña Ana Teresa Torres(julio 6,1945) es Doña Inés contra el olvido(Caracas: Monte Avila Editores,1992. 239 p.) del cual aparece ahora, y es por ello que nos hemos reunido esta tarde, su tercera edición castellana, lanzada por la editorial caraqueña Alfa hace ocho meses. Pero este libro tiene ya sin par historia por los numerosos premios que ha recibido, por haber sido consagrada como la mejor novela venezolana de la década de los noventa y por haber sido ya traducida al inglés, en ediciones distintas para los Estados Unidos e Inglaterra y también vertida al portugués por lo cual estamos hoy ante su séptima edición, juntando ediciones castellanas y en otras lenguas. Y estamos también, esta ya es una opinión crítica, ante la gran novela venezolana de estos tiempos, la mejor, la más perfecta. Por ello ocupa su autora un lugar singular en nuestra ficción, particular después de la muerte de los grandes maestros de nuestra ficción, Arturo Uslar Pietri(1906-2001), Miguel Otero Silva(1981-1985), Guillermo Meneses(1911-1978), Alfredo Armas Alfonzo(1921-1990), Francisco Herrera Luque(1927-1991) y Salvador Garmendia(1928-2001). Y, creemos, que es por Doña Inés contra el olvido que por vez primera una mujer encabeza a nuestros novelistas, cosa que no pudo lograr en su tiempo Teresa de la Parra(1884-1969) quien escribió al unísono del maestro Rómulo Gallegos(1884-1969), Doña Bárbara y Las memorias de mama Blanca fueron impresas el mismo año, de hecho aparecieron durante el mismo de febrero de 1929, una en París, la otra en la Barcelona catalana. Teresa de la Parra también lo hizo muy cerca de sus queridos amigos de los años veinte, los jóvenes Uslar Pietri y Enrique Bernardo Nuñez(1895-1964). Y ello no es decir poco de Ana Teresa Torres, quien también nos dio en Los últimos espectadores del acorazado de Potemkin(Caracas: Monte Avila Editores, 1999. 309 p.) otra obra mayor de nuestra literatura, y sobre todo por el momento de gran floración en que se encuentra nuestra narrativa hoy con figuras destacadas y en momentos en que aquí como en América Latina las creadoras están en lugares demasiado destacados para soslayarlas. Y no detenemos aquí porque el afecto, siempre hermano de la literatura, cierra nuestra boca para el elogio.

Dentro de los moldes de una prosa cuidadosamente trabajada, largamente macerada, Ana Teresa Torres escribió su novela Doña Inés contra el olvido(7a.ed.Caracas: Alfa, 2008. 254 p.), libro complejo si duda. En él una mantuana caraqueña, Doña Inés, muerta en 1781(p.214) al contar una y otra vez, los avatares de su vivir, los cuales dicta a un amanuense, quien es el verdadero autor de la novela(p. 174, 213, 253), traza a la vez los recuerdos de su existir y la parábola del devenir venezolano a lo largo de mas de dos siglos. Su omnipresencia le permite conocer las controversias coloniales, seguir tras las tropas de Simón Bolívar(1783-1830), escuchar los relatos sobre las montoneras del siglo XIX, mirar de cerca a Joaquín Crespo(1841-1898), a Cipriano Castro(1858-1924) y a Juan Vicente Gómez(1857-1935), percibir como Rómulo Betancourt(1908-1981) inventó la democracia(p.193-194), mirar la transformación del país, darse cuenta como él está ahora dominado por la unión entre políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos, afirmación esta última que hacíamos el año noventa y dos en nuestra primera aproximación crítica a este libro, cuando la corrupción terminó con la democracia nacida el cincuenta y ocho(“La segunda novela de Ana Teresa Torres”, El Universal, Caracas: septiembre 13,1992). ¿Qué decir hoy sobre este mismo punto a cuya reflexión también nos lleva esta obra: un país dominado por un solo hombre que maneja todos los poderes a su antojo, la nación dividida y polarizada, perdidos los valores de la democracia, con señales vivas de autocracia, sin tolerancia ni respeto al adversario, con una Constitución hecha ad hoc para el mandatario pero que se viola cada día?. País que es testigo, como lo dijo la semana pasada el diario norteamericano Washington Post(abril 30,2009), de las acciones del gobierno actual:”por consolidar una autocracia”, por eliminar “lo que queda de democracia en Venezuela”. Volúmenes como Doña Inés contra el olvido también nos llevan a estas graves meditaciones?

Doña Inés representa con sus recuerdos todo nuestro proceso por haber sido nieta, como su marido Alejandro, de un Conquistador español, quien aquí sembró sus raíces. A la vez Doña Inés, quien no desea que se olvide el pasado(p.11,19,25,27), protagoniza una lucha que le llevará mas de dos centurias contra el negro liberto Juan del Rosario, hijo de su marido y una esclava, por la posesión de unas tierras en el valle de Curiepe que este moreno libre tomó en posesión por estar realengas(p.14), cosa que doña Inés no aceptó nunca. Su disputa es porque aquel patrimonio vuelva a su familia, para impedir que lo que fue suyo se diluya, no se convierta en “sombras que se pierden en el tiempo”(p.69).

Todo así esta preciosa narración, que no puede ser leída sino gozosamente, no es solamente el relato de las acciones de Doña Inés. Es mucho más. Es, esto lo percibe el lector al abrir el volumen, una novela histórica, en la cual se reflexiona sobre el oficio de aquel que escribe, dentro de cuyas páginas se hace, varias veces, la pregunta en torno a quien es el que cuenta una narración. Libro este que constituye una visión fabulada de un larguísimo tramo de la historia de Venezuela, desde 1715, en el siglo XVIII hasta la “gran Venezuela”, visto todo ello con los ojos de la imaginación. Novela en la cual incluso se reflexiona, interrogando a los fantasmas del pasado(p.231) sobre nuestra forma de ser, sobre nuestros modos de vivir, sobre el por qué de nuestro fracaso como nación.

Mientras seguimos a Doña Inés, a quien sostiene su apelación a la memoria: su vida, su litigio, no tendría sentido sino recordara. Por ello lo consigna por escrito “teniéndolo escrito podremos recordarlo”(p.35), esta la única forma de permanecer en la memoria(p.58), de trazar las líneas vitales de su linaje(p.58), lo cual le permite sobrevivir a las cenizas de su tiempo(p.76) en el cual murió(p.76), fue arrasado, por la guerra emancipadora, en la cual el mantuanaje desapareció. Fue sustituido por aquellos que vinieron a cobrar sus servicios, a “coger el fruto de las adquisiciones de su lanza”, según la feliz expresión del Libertador, en la cual avizoró, él gran intuitivo de Venezuela antes que ninguno, un mes exacto antes de la batalla de Carabobo, el surgimiento del caudillismo(Escritos del Libertador. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988,t.XX,p.62). Es por esto que la inefable Doña Inés porfía en recordar ya que “en la medida en que aquella memoria se había desvanecido, no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir”(p.142). Por ello evoca. Por ello se recrea en la historia(p.184), comprende a través de sus “relatos cómo era la vida y el destino de los hombres”(p.218).Y es por ello que la muerte le parece “un profundo peligro para la memoria”(p.254).

La presencia del siempre recordar es una de las vigas sobre la cual está construida esta novela, por ello el asunto lo hallamos a todo lo largo de sus hojas. Por ello leemos: “Solo veo los mismos rostros, los mismos cuerpos, los mismos nombres de mi memoria, los siento y los huelo, me acompañan, me acosan, no me dejan ni un momento quieta”(p.12).

Pero en esta novela lo sucedido solamente puede ser salvado por el escritor, por quien relata, que en el caso de este libro es un escribano al cual dicta Doña Inés su testimonio. Así el creador literario es el único capaz de revivir el pasado utilizando la palabra(p.223). Es también la única forma de comunicarse con otros, con otros días, con otros tiempos(p.252-253).

Hemos señalado también que en esta ficción se tejen numerosas reflexiones sobre el acto de escribir novelas. En un texto narrativo se pretende contar algo. Pero no de entrada. El lector debe averiguarlo mediante el acto de leer. De allí que quien tome el libro en sus manos se convierte en alguien quien mediante el trabajo de su mente e imaginación fija el texto más allá del escribir. Es por ello que la realidad de la literatura es la lectura. Así descifrar lo que está escondido dentro del laberinto de la escritura narrativa constituye la ardua tarea de aquel que lee(p.19), ya que debe relacionar las partes con el todo para llegar a la entraña de lo que el escritor desea comunicarle. E incluso, a veces, llega más allá. Penetra en el universo subconsciente que pone en juego el creador cuando concibe sus invenciones, hechos que deja deslizar y que sólo la atenta lectura nos permite descubrir. Es por ello que en todo libro “se quedan los fantasmas”(p.58) de quien lo concibe. Duende que el creador exorcisa, sombras que iluminan al lector. Instancia muy importante en el caso de la novela que comentamos ya que en ella Ana Teresa Torres desea conducirnos al laberinto de la memoria venezolana.

Nos quiere llevar a aquel lugar que el Descubridor, en una de las primeras paradojas de nuestro vivir, tan rico en ellas, llamó “Tierra de Gracia” cuando en verdad “las desgracias no nos dan tregua”(p.28). Y mientras relata nuestros sucederes se pregunta por qué somos, los venezolanos, gente de “naturaleza insurrecta y bochinchera”(p.47); por qué no se ha hallado una explicación a ese bochinche(p.94); por qué le ha sido tan difícil a esta “gente siempre altiva, vocinglera, irreverente y bochinchera”(p.78) encontrar su destino; por qué aun no hallamos cómo explicarnos por qué tras épocas de tanta pobreza el petróleo cambió totalmente al país(p.158), arrasó nuestras raíces y nuestros recuerdos(p.176); por qué hemos llegado a ser dominados por gente siempre atenta “a quien mandaba para ver donde metía la mano”(p.196). Así esos seres, como un personaje de esta novela, comenzaron pellizcando el monopolio de la carne, el del aguardiente, bajo Castro; luego obtuvieron las licencias de importación con Gómez y más tarde fueron, gracias a lo obtenido tortuosamente, accionistas de bancos, dueños de telares, propietarios de casas y haciendas de caña. Y paremos de contar que lo demás nos lo sabemos de memoria.

Esa es a nuestro entender la esencia de los interrogantes que Ana Teresa Torres formula bellamente a lo largo de su novela.

Esta narración tiene momentos de hermoso registro al menos en dos momentos: tal el viaje de los negros libres José Antonio Colmenares y Juan Pedro Barrios(o Barreto), a España en 1763 para ver al Rey Carlos III(1716-1788). En Madrid, a donde lograron llegar, los ayudó otro negro Joaquín Guadalupe, quien los puso en el camino de la corte. Aunque parezca insólito lograron hablar con el gran monarca cuatro o cinco veces, “vocalmente”, como dice el documento, un encuentro, sucedido seguramente días antes del 26 de julio de ese año, que si no hubiera sucedido pertenecería al territorio de lo mágico hispanoamericano, dado que tiene todos los fundamentos de lo novelesco(ver Lucas Guillermo Castillo Lara: Apuntes para la historia colonial de Barlovento. Caracas: Academia Nacional de la Historia,1981,p.536-538). Estos pasajes nos confirman que la mejor manera de leer una novela histórica es teniendo a la mano un libro de historia sobre lo que se fabula en la novela para comprender bien hasta que punto todo narrador del pasado ilumina los sucesos que cuenta.

Hay un instante memorable en esta novela como lo es su descripción rica, febril, por momentos alucinada, de la “Emigración a Oriente”.

Es por ello que quien lea esta novela se encontrará frente a un limpio relato, claro y fresco en sus formas de contar, hondo y rico en las cavilaciones y cogitaciones que suscita.

(Leído en el “Círculo de Lectura” realizado en la sede de la Asociación de Vecinos de La Lagunita la tarde del miércoles 6 de mayo de 2009).