Sábado, 24 de Junio de 2017

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Quince Cuentos de Federico Vegas

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Federico Vegas(1950) ha cultivado el cuento con esplendor. Suyos son los volúmenes El borrador.(Contratapa: Oswaldo Trejo. Caracas: Editorial Arte, 1994. 99 p.), que fue el tomo de su iniciación literaria, el primero publicado. A este le siguieron Amores y castigos.(Caracas: Grupo Editorial Ballgrup, 165 p.), en donde está el relato “De Rodilllas”, ganador del concurso de cuentos de El Nacional(1997), lo cual es consagratorio entre nosotros. Su tercer volumen de narraciones cortas es Los traumatólogos de Kosovo.(Caracas: Todtmann Editores, 2002. 165 p.). Ahora aparece La Carpa y otros relatos.(Caracas: Alfaguara, 2008.269 p.) obra en la cual nos ofrece sus nuevos relatos junto con una muestra antológica de los mejores de sus primeros tres libros. Alguno como “La carpa” es una versión mucho más desarrollada que el original que está en El borrador, volumen cuyo acercamiento a los ancianos resultó entrañable para sus lectores. De “La carpa” nos dice que es su cuento favorito. Los relatos “El cajoncito”, “Las vacas”, algo más desarrollado ahora, y “Mi última noche con Verónica” proceden de Amores y castigos; “Marcelino”, aunque la versión que ahora leemos es mucho más amplia que la original, “Una noche con Billo”(antes “Una enseñanza de Billo”), “Nuestra Señora de los golpes” y “Los traumatólogos de Kosovo” proceden de Los traumatólogos de Kosovo. Los demás son inéditos, aunque dos se engendraron en su trabajo como novelista, tal “Marco Aurelio vuelve a casa”, “De Beirut a Macondo”(que debió ser capítulo de su fascinante novelea Historia de una segunda vez) o “Un trabajo en Nueva York”(fue capitulo excluido de Falke para que la novela no perdiera su unidad). Los demás son inéditos. Así La carpa y otros cuentos es una suerte de antología, nos permite una honda mirada al Vegas autor de relatos.

No es común, a veces no es ni siquiera necesario, una introducción que justifique las escrituras de ficción, la cual en el fondo debe explicarse por sí misma. Pero en las observaciones que teje al inicio de La carpa y otros cuentos su autor no gustaría quedarnos con algunas de sus líneas, “El debatirme entre el cuento y la novela ha sido una duda tan persistente que he terminado por acostumbrarme a sus trampas y regateos…He llegado a pensar que el cuento tiene que ver con el chiste y la novela con el chisme. Estas conexiones parten de escucharle a Juan Nuño(1927-1995) que en el cuento lo importante es la anécdota y en la novela el personaje…Una de las comparaciones que mejor ilustra esta dualidad la escribió Philip K. Dick: ‘un relato puede tratar de un crimen; una novela del criminal’. En las historias que aquí congregamos encontrarán varias víctimas, entre ellas a un escritor asediado por novelas que no pasaron de ser cuentos y por cuentos que intentaron ser novelas…Y es esto lo que más me asusta y apasiona a la hora de escribir un cuento: arrancar del silencio para volver a él; partir de cero y regresar a la nada”(p.9-10). El Philip K.Dick(1928-1982), citado aquí por Vegas, es nada menos que al gran escritor de ciencia ficción unisense cuyo “Sueñan los androides con ovejas eléctricas” engendró, nada más y nada menos, que la película Blade Runner(1982) de Ridley Socott, considera clave en el examen de la postmodernidad, ciclo que para muchos ya termina dando paso a una época neo romántica, cosa que tiene sentido al unirse en nuestra visión del mundo hoy las obras románticas con el revivir de los libros del liberalismo, que fue el que engendró la flor de la civilización: el respeto a la opinión contraria. De allí una observación contra el fanatismo que encontramos en La carpa y otros cuentos: ”Entre los fanáticos de lo correcto solo encuentras fastidios y reiteraciones. No hay encanto ni sortilegio, todo se sostiene solo. La verdad no es para compartirla, sino para llevarla dentro…entre los que nada aseguramos ni defendemos como cierto, a veces aparecen fragilidades que se entretejen y se convierten en verdades más inquietantes, más conmovedoras”(p.251), esto lo tomamos del cuento “Las vacas”.

Escribir cuentos es una bella tarea, no es casual que este sea el género más importante de la narrativa venezolana, más que la novela, y ello porque el modo de ser del país obligó a nuestros autores al registro premioso, rápido del cuento y no al demorado de la novela. Tanto que el maestro Arturo Uslar Pietri(1916-2001) pudo escribir: “En tierra donde la atormentada vida deja poca tregua para una carrera literaria, donde la sensibilidad, la intuición y la emoción predominan sobre la razón y la voluntad, muchos de los mejores escritores han dejado lo más valioso de su obras en cuentos. Breves y fulgurantes atisbos dentro del alma y el paisaje criollo”. Y añadía a renglón seguido que las características del cultivo de este género entre nosotros tenía estos rasgos: “cuidado escrupuloso de la forma literaria; la tendencia a lo trágico y lo fatal; el gusto de trasmutar la realidad en emoción poética por medio de insinuaciones, evocaciones u omisiones, el predominio del paisaje, la fidelidad al tema criollo, y el tema reformista mucho más transparente que en la novela”(Letras y hombres de Venezuela.2ª.ed.aum. Caracas: Edime, 1958,p.282-283).

Pero escribir cuentos es a la vez desarrollar en ellos el arte de la brevedad, el cual no es ni fácil ni sencillo como creen algunos, esto un modo de comprender la realidad. Por ello fue la esencia de la obra de Anton Chejov(1860-1904), ductor perpetuo de este modo, y logró ser tan elogiado por Jorge Luis Borges(1899-1986), maestro indiscuto en su cultivo, quien llegó a escribir, en las primeras líneas de su libro Ficciones, “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explorar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”(Obras completas. Buenos Aires: Emece, 1989,t.I,p.429).

Y para cerrar este especie de introito queremos recordar que los prólogos a las obras de ficción fueron elogiados por T.S.Eliott(1888-1965), el mayor poeta del siglo XX, cuando escribió: “Cuando se plantea el problema si debe escribirse un prólogo para un libro de índole creadora, siempre tengo la impresión de que los pocos libros dignos de prologarse son precisamente aquellos que es una impertinencia prologar”. Esto se puede leer en su preámbulo al El bosque de la noche(1937) de Djuna Barnes(1892-1982). Y aunque pocos lo creerán: fue en Caracas en donde apareció la primera versión castellana de la singular novela de esta insigne mujer, uno de los grandes libros de la centuria hace ocho años culminada.

Antes de entrar a La carpa y otros cuentos nos parece que debemos anotar algunas reflexiones sobre la forma como Federico Vegas, siempre con maestría, nos presenta sus escritos. Son los suyos breves, como lo exige el género en el cual están vaciados, pero Vegas al escoger entre el cuento breve o muy breve prefiere más el cuento más bien largo, quizá con la excepción de esa joya que es “El caballero andante”, ya que prefiere construcciones mas amplias, los extensos relatos, por lo menos de varias páginas mas que lo habitual. Aunque en esto no hay una norma precisa: un cuento puede tener una línea como “El dinosuario” de Augusto Monterroso(1923-2003) o tres o cuatro como los de nuestro Alfredo Armas Alfonzo(1921-1990), sobre todo los de El Osario de Dios, o ser de más extensión, pero sin salirse del género en el cual la brevedad manda, un hecho o una insinuación es su esencia, por ello quizá el protagonista de “Foto de un mar vació” confiesa su amor por el fragmento(p.62), por eso busca siempre, como en “Un trabajo en Nueva York” una “escena…limpia, rápida, exacta”(p.103).

El universo de las ficciones con las que nos encontramos en La carpa y otros cuentos tocan preferentemente el amor, la amistad, la ciudad de Caracas. El universo de estos relatos lo hallamos a nuestro entender cuando nos damos cuenta que todos suceden en el trópico, en el ”mundo ancho, ajeno y asoleado”(p.77) de nuestro contorno. Y a través de esa mirada se busca encontrar “el don de una felicidad perfecta para cada instante”(p.174) como se lee en una carta de César a Lucio Manilo que está en Los Idus de Marzo(1948) de Thornton Wilder(1897-1975) aquí citada, libro regalado al protagonista por un amigo junto con Gargatua y Pantagruel(1532) de Francois Rabelais(c1494-1553), considerada por Milan Kundera, en sus ensayos de El telón(Barcelona: Tusquets,2005. 202 p.), la primera novela europea por ser anterior al Quijote(1605) cervantino. Por cierto en los Idus de Marzo fue asesinado César(100-44 aC) por Bruto, al caer le dijo: “Tu también hijo mío”.

El amor, la muerte y las construcciones fantásticas han sido consideradas los tres temas de la literatura. Aquí en el libro de Federico Vegas no puede faltar el amor: ”Ningún rito o jerarquía puede más que el amor”(p.118) se lee en “La Carpa”. Y en “Una noche con Billo” leemos “El amor encamina”(p.211) con lo que coincidimos, el amor es un sendero. En algún momento el protagonista de “De Beirut a Macondo” llega a pensar que ”Las historias de amor solo tienen final cuando las cuenta un tercero”(p.84). ¿Es así podríamos preguntarnos?.

Y no podía faltar al autor de Miedo, pudor y deleite(Caracas: Alfaguara,2007. 208 p.) el hecho de que sus personajes, como aquella novela, merodeen las preguntas que suscita el vivir y el desvivir de las parejas, sus encuentros y desencuentros. Ello visto a veces con si par ironía como cuando en “Foto de un mar vacío” leemos: ”Tuve suerte, a los dos meses de abandonar a mi esposa ya tenía donde vivir”(p.47) o aquello otro del mismo relato en donde sigue hablando el mismo personaje: ”Un buen día me fui de la casa sin dar muchas explicaciones. Cuando visitaba a nuestro hijo de un año, ella siempre sacaba el mismo tema: ‘Pero dame al menos una razón’. Nunca supe qué responderle, ella quería saber por qué la había dejado de querer y yo no recordaba cuando dejé de hacerlo…Ella decía que dejar de ser amado es terrible, que para una mujer su hombre puede llegar a convertirse en padre, amigo, amante, hijo, hermano, ¿y quién aguanta que, de golpe, te abandone tanta gente?”(p.48).

Y la interrogante sigue en “De Beirut a Macondo” cuando en el pasaje que vamos a citar confluyen amor y pareja. Leemos: “El amor, en cambio, poco ayuda en estas cosas, pues busca con demasiado afán el foco, el centro y tiende al estrabismo. Le teme tanto a las inconsistencias que te obliga siempre a definirte. Intuye que no se puede amar menos sin dejar de amar, o que amar más significa que antes no amabas. De este insaciable afán de precisión viene su ceguera y unas pujanzas que poco ayudan a entender que nos pasa, que más bien nos confunden con su obstinación. Los delirios del amor son los de un gigante de pies delicados y una osamenta tan frágil que siempre están pendientes de dónde pisa y como los coloca. Unas veces se hace el fuerte para esconder las debilidades. Otras, agotado de suponer inmutable su volátil fortaleza, se presenta como delicado y susceptible a malos entendidos. Es entonces cuando hay que recurrir a la a amistad y a los largos paseos. Yo me había salido de la pista y andaba más que despistado”(p.71-72). Es verdad, para terminar este párrafo, como se lee en “Los traumatólogos de Kosovo” que “si algo no se le puede negar a una mujer es su derecho a sufrir de amor”(p.215).

Tema infinito, experiencia única en el vivir humano, es la amistad, la cual es una forma de amor, la más alta. En los escritos de La carpa y otros cuentos está aparece a cada rato. Y ello es imposible en un autor como Vegas quien le gusta tratar de asuntos entrañables para el vivir humano. Por ello leemos en “Mi última noche con Verónica”: ”estaba rodeado de amistad, ¡El gran amortiguador! ¡El gran mercado donde vamos a dar escala a nuestros triunfos y desgracias!”(p.136) o en “De Beirtut a Macondo” cuando leemos que la amistad “juzga poco y casi todo lo perdona o, al menos, lo entiende”(p.73). Algo parecido a aquello que vimos escrito en una pared de una calle de Nueva York mientras caminábamos por ella en el otoño del ochenta y dos: “Un amigo es alguien que sabe todo de ti y sin embargo te ama”, así de sencillo. ¡Anyway!

Por ello, como en “Marcelino” deseamos ”una amistad duradera y sin ataduras en la cual predominara la lealtad y algunos fragores libres de culpa y compromiso”(p.160) porque como se lee en el mismo cuento: “Lo suyo era pura amistad, tan parecida y tan distinta al amor”(p.197). Y sabemos que no hay mayor consuelo para las heridas que el palique con los amigos, porque como en “Un trabajo den Nueva York, “elevan la euforia en las victorias, alivian la amargura de las derrotas, desinfectan las heridas rasantes, tienden puentes hacia amores lejanos, adornan los recuerdos con finos detalles y entrelazan las desgracias de la tropa en una pena más solidaria…se amanece sin miedo a la muerte”(p.97).

También ciertas reflexiones sobre los hombres aparecen como cuando en “Mi último noche con Verónica” hallamos esta línea: “Mi padre me enseñó que solo es hombre quien cree en sus palabras”(p.129), es fiel a ellas, sobre todo en la siempre no fácil madurez en la que todo hombre requiere “esa mansa y afable intrascendencia”(p.134).

Pero no podían faltar aquí algunas meditaciones de los personajes de Vegas, casi todos varones, sobre las mujeres y el ser femenino, dicho en una primera instancia, en “De Beirut a Macondo” con un sabroso dejo de humor. Dice una de ellas, de las pocas que aparecen en estos relatos en donde ellas son siempre las evocadas: “Creo que las mujeres somos como un plato de espaguetis. Todo en nosotras está revuelto, anudado, invadido por una misma salsa: el amor, el trabajo, la casa, la familia; cada región de nuestra alma participa y se enreda con todas nuestras otras decisiones y pasiones. Los hombres se parecen más a una lasaña. Sus pasiones están separadas por capas: en una está el trabajo, en otra el amor, en otra el placer”(p.54). Será, nos preguntamos, que en esto también Friedrich Nietzsche(1844-1900) tuvo razón cuando escribió: “Para la mujer el amor es la vida; para el hombre el reposo del guerrero”.

Pero en otros de estos cuentos, en “Marcelino” nos encontramos que el personaje, alter ego seguramente de su autor, es uno de esos hombres sensibles que pidió nacer Anais Nin(1903-1977), uno de aquellos “hombres afectivos” que dice la sexologa norteamericana Shere Hite. Esos son los que pueden recibir a aquella mujer que lo educa eróticamente en la adolescencia(p.114), como lo hallamos en “La Carpa”.

Es ello lo que explica que aquel amigo impar a quien se recuerda en el cuento, de hecho es una persona real que existió, y a quien conocimos, querido amigo del autor de este cuento. Allí leemos: ”Esa noche nos confesó cuánto le aburrían los paseos donde sólo había hombres. Nos explicó la importancia que tiene la presencia de una mujer en una agrupación que pase de dos personas. Esa era su obsesión. Con el adecuado ‘punto de cuca’ las conversaciones tienden a elevarse, se evitan las vulgaridades inútiles, todo adquiere mejor aspecto, mejor olor, más gracia y mejor gramática”(p.188), también nosotros lo creemos fervorosamente. Así es. Es impensable un mundo sin mujeres, ellas son la mejor invención de Dios Nuestro Señor.

Caracas, ya lo hemos anotado, es el ámbito de estos cuentos, sus temas y asuntos aparecen una y otras vez aquí. Y ello dentro de este perigeo que encontramos en el mil veces citado “De Beirut a Macondo”: ”Dice amar a Caracas…Quizá lo que él siente por este valle luminoso sea más una amistad perfecta que uno de esos amores alimentados por alardes irresponsables, fijaciones arrogantes y preferencias fruto de la ignorancia”(p.73). Por ello aquí se evoca a Billo Prometa(1915-1988) y a Moncho Brujo, el hombre que inventó su profesión(al igual que Osmel Souza). También aparece el horror de estos días: “Aquel espectáculo de violencia y de furia superaba al de Kosovo”(p.234) como se lee en “Los traumatólogos de Kosovo”. Y ello sin dejar de encontrar, otra vez en “Marcelino” lo que un amigo le pide a un arquitecto que la va a construir una casa en playa. Esta debe ser así:

Techos altos. Puertas también altas, para que no le mochen el aura a quien llega. A las brisas hay que permitirles entrada y salida. Un buen árbol al poniente que apacigüe el sol de la tarde. Aleros generosos para que no haga falta cerrar las ventanas cuando arrecie la lluvia. Nada de esos frisos carrasposos que arañan a los niños cuando corren por el jardín. Ningún escalón. Recuerda que ésta será una casa para borrachos que llegan de la playa encandilados”(p.184).

Y al meditar sobre la vida y el vivir, otra vez en “De Beirut a Macondo” leemos que esta debe ser “algo indeterminado, algo sin límites, que no se parece a nada de lo que conocemos; algo inmortal, indestructible, eterno, que nunca envejece, que todo lo abarca; algo semejante a lo que para nosotros era el mar cuando éramos niños”(p.63).

Hay que saber concebir el vivir como un equilibrio, porque, como en “Foto de un mar vacío, “Todo en la vida tiene que tener una compensación”(p.50). Por lo que un psiquiatra, en “Las vacas”, advierte a su paciente:”Sobre las cosas que han pasado ya no podemos hacer nada. Cuénteme lo que quiere hacer mañana a ver si lo ayudamos en algo”(p.250). Es el “mañana será otro día” de Scarlet O’Hara, la protagonista de Lo que es viento se llevó.

Hay también algunos pasajes que otras interrogantes que no deseamos pasar por alto. Tal cuando leemos en “Mi última noche con Verónica”: “El día siguiente del entierro decidí ordenar mi propia vida y calmar todo lo que se había removido en esa larga noche. Lo hice porque me provocó y porque no pude dejar de hacerlo. Esa muerte del viejo Sánchez al menos sirvió para darnos un antes y un después”(p.127). Aquí cabe preguntarse ¿si se escribir para recordar o desde la rememoración?. También existe el momento de las memorias del vivir, como en “Marcelino”, “Le había llegado la época del recuento, de las frases que van bien en los epílogos”(p.192).

Y, claro, tampoco podía faltar la reflexión sobre el oficio de escribir, la encontramos en “Marcelino” en donde leemos: “Comencé a escribir gracias a Marcelino. El me desnudaba con el esplendor de su humanidad, con su invitación a comparecer ante los hombres y la naturaleza sin prejuicios, sin adornos ni barreras, con esa trágica irresponsabilidad de quienes quieren reflejar más que brillar, divertir más que ser tomados en serio”(p.183). O aquella otra, certerísima, “Me tomó tiempo comprender que el compromiso que mejor se ajustaba a mi estilo y limitaciones era, simplemente, quedarme en casa escribiendo”(p.206) sino lo hace, en vez es escuchar a Billo, no habrá obra escrita que tome vuelo.

Octubre 16,2009