Domingo, 25 de Junio de 2017

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¿Por qué los escritores venezolanos somos excluidos?

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Por: R.J.Lovera De-Sola

La periodista venezolana Karina Sainz Borgo al reseñar una reciente conferencia del novelista mexicano Carlos Fuentes en Madrid, dicha con ocasión de sus ochenta años (noviembre 11,1928) y por haber recibido, en Toledo, el premio “Don Quijote de la Mancha”, señaló que su exposición, en donde se refirió a los grandes libros latinoamericanos, sobre todo a las novelas de las últimas dos décadas, Fuentes nada dijo de nuestros narradores, “Las letras venezolanas no tuvieron mención alguna en la clase magistral de…Fuentes”(La literatura hispanoamericana es inclasificable”, El Nacional, Caracas: octubre 20,2008). Todos los libros que nombró Fuentes en su palique madrileño habían sido editados por Alfaguara en España y en sus casas en diversas capitales latinoamericanas. Sabemos, hay que reconocerlo, que hoy Alfaguara representa lo que fue la “Seix Barral” dirigida por Carlos Barral(1928-1989) en los años sesenta, casa que fue la del boom de la novela latinoamericana. Y por tanto de la madurez literaria de todo el continente. Período en el cual la gran Carmen Balcells, la primera agente literaria de la lengua, estaba cerca.

Nos llama mucho la atención la exclusión hecha por Fuentes de los creadores venezolanos, varios de los mejores hoy en día editados por Alfaguara en Caracas. Pero claro varios de los más destacados, a los cuales nos referimos han sido impresos por otras casas editoriales caraqueñas(como Planeta, Alfa o Mondadori, Monte Avila Editores) y sin sus nombres es imposible conocer y comprender nuestras actuales letras y los nombres y las obras de los escritores venezolanos verdaderamente latinoamericanos que tenemos. Creemos que hoy los encabeza dentro de las dos últimas décadas, las mostradas por Fuentes sin nombrarlos, sin duda nuestra novelista Ana Teresa Torres.

Protestamos contra el maestro Fuentes, un hombre que tanto ha influido en nuestra literatura, al menos desde La región más transparente, y que de alguna manera también ha influido en nuestras vidas, sobre todo entre aquellos, entre los que nos contamos, que descubrimos su luminosa obra en la adolescencia y no hemos dejado de leerla pese a que se nos diga, como sucede con una cuentista amiga nuestra, que estamos obsesionados por el escribir de Fuentes. Todavía recordamos un diálogo largo que tuvimos con él aquí en Caracas, gracias a la escritora María Ramírez Ribes, en el cual le llamó mucho la atención los numerosos libros suyos que conocíamos. Y no somos los únicos. Así ha sido. Claro que Fuentes hirió mucho a los venezolanos que los admiramos con su observación, en su libro político Contra Bush,(México: Aguilar, 2004. 159 p.), según lo cual los venezolanos le dábamos risa, “Dan ganas de reír en Venezuela”(p.56), vivíamos en medio de una tragicomedia(p.71) cuando en verdad la observación debió estar solo referida al presidente Chávez y los males que ha causado, a los cuales tantas veces se ha referido Fuentes, y estos van más allá de la simple risa que dijo sentir de nosotros. Observación dolorosa para los venezolanos aquella. Menos mal en la línea final de párrafo pareció rectificar de la risa que le daba la tragedia venezolana y consignó que la cabeza de Chávez era “un basurero. Y que a Venezuela le esperan muy malos momentos”(p.56), instantes que ya estábamos viviendo.

Los nombres de los novelistas citados por Fuentes proceden de la Argentina, Chile, Perú, Colombia, México y “los latinos que hacen literatura en los Estados Unidos”. Entre los novelistas enumerados en su exposición madrileña figura el que es ya una figura grande y por su edad creador mayor, hombre de la generación del “boom”: el chileno Jorge Edwards, de quien estos días leemos con fruición La casa de Dostoievsky. Y se cita hoy a Edwards entre los novelistas de las últimas dos décadas por haber sido lento en su escritura y siempre silencioso, pero todo su obra es singular y sus cuatro últimas novelas sobresalientes. Y difícilmente comparable por su maestría quizá sólo con Tomás Eloy Martínez, también citado por Fuentes, un año menor que el santiaguiano, y narrador también tardío, revelado plenamente en los ochenta con La novela de Perón, impresa en Caracas por cierto. Ambos podrían separarse de los demás porque proceden de los días del “boom”. Sus logros son significativos.

Y claro que tras el “boom”, entre aquellos creadores, y los actuales hay que colocar siempre al colombiano, residente en México desde hace décadas, Álvaro Mutis el inventor de la más bella y honda saga de ficción aparecida después de los libros ya hoy canónicos del “boom”. Nos referimos a las siete novelas cortas, un arte en el que sobresale, cuyo protagonista es siempre Maqroll de Gaviero.

Entre los citados hay algunos aun desconocidos por nosotros, cuyos libros no han circulado aquí aun. Pero hay otros que tiene toda razón en examinarlos Fuentes. Entre los chilenos Roberto Bolaños es entre nosotros el autor más leído por nuestra última generación de escritores y mucha huella dejará aquí. Pero del mismo país citaríamos siempre tanto a Luis Sepúlveda, Un viejo que leía historias de amor es un hito latinoamericano, más de cincuenta y tres ediciones sucesivas. Y también entre los del país austral registraríamos a Marcela Serrano al menos por Nosotras que nos queremos tanto como por El albergue de las mujeres tristes. No dejaríamos tampoco de señalar a la joven Andrea Maturana por la angustiosa El daño. El peruano Santiago Roncagliolo es subrayable ya. De los colombianos, entre los que menciona Fuentes, hemos podido asomarnos mucho a las novelas de un gran poeta: William Ospina, por cierto cercano a Venezuela por sus temas tanto en su novela histórica Ursua como por su gran libro sobre el primero de nuestros poetas: Juan de Castellanos. Nos referimos a Las auroras de sangre y a Laura Restrepo por Delirio. Al mexicano Jorge Volpi quizá habría que tenerlo como el mejor de la última generación azteca, su trilogía sobre nuestro tiempo es sobresaliente(En busca de de Kolingsor, El fin de la locura y No será la tierra). Pero nosotros hubiéramos incluido también a Carmen Boullosa. Y entre los latinoamericanos que escriben en Estados Unidos, algunos como Oscar Hijuelos en inglés, no dejaríamos nosotros de citar al colombiano Jaime Manrique por su libro, entrañablemente venezolano, Nuestras vidas son los ríos, historia de los amores de Bolívar y Manuelita Saenz, también concebido en inglés.

Y también podemos preguntarnos por qué no se refirió Fuentes a ningún autor centroamericano. Allí están los nicaraguenses Sergio Ramírez y Gioconda Belli, magníficos ambos. Junot Díaz es dominicano y no puertoriqueño como dice él, también escribe en inglés. Entre los boricuas cabe muy bien aquí Luis López Nieves por El corazón de Voltaire. Y por qué algún cubano del exilio, que es donde se escribe hoy la mejor novelística de ese país. Zoé Valdez es un buen nombre. Todos los nombrados pertenecen a las décadas que examinó Fuentes.

Ahora en estas últimas tres décadas ¿quienes son los venezolanos que hay que poner al lado de los que cita Fuentes?
Después de los maestros de los años veinte (Gallegos, Enrique Bernardo Nuñez, Uslar Pietri, Meneses, Armas Alfonzo), vivos creando hasta hace poco, después de los narradores de los sesenta, el mayor fue sin duda Salvador Garmendia como lo hemos repetido sin cesar en estos últimos cuarenta años. Compañero de Garmendia fue Adriano González León. Además de Garmendia, procedente de aquellos años citaríamos a José Balza por su obra estilísticante tan certera, hondamente arraigada dentro del perímetro de la novela lírica; a Francisco Massiani por su Piedra de mar y su hondo merodeo de la adolescencia, del amor, de la ciudad y del mar cercano. A Francisco Herrera Luque reconstructor dentro de los moldes de la novela histórica, que él denominó “historia fabulada”, de todo el periplo de la nación. Es el escritor más leído desde el maestro Gallegos. También inscribiríamos a Eduardo Liendo por sus sorprendentes noveletas escritas desde El mago de la cara de vidrio. Massiani, Herrera Luque y Liendo son los tres novelistas más leídos en el país, sus obras nunca han dejado de reeditarse. Citaríamos a Eduardo Casanova, un novelista aun mal o poco leído con la atención que merece; de esa misma promoción que aparece en o cerca de 1968 son las novelistas y cuentistas Laura Antillano y Antonieta Madrid.

Para los años a los cuales se asomó Fuentes el novelista cabeza del país es una mujer: Ana Teresa Torres quien tiene un lugar muy destacado, aunque no hay sido descubierto, dentro de la gran generación de novelistas latinoamericanas: Marcela Serrano, Ángeles Mastretta, Laura Restrepo.

Entre los escritores de ficción no se debería dejar de mencionar hoy a Ednodio Quintero, notable cuentista, tardío en la escritura de noveletas y novelas; Antonio López Ortega destacado cultor de textos breves para lo cual siempre necesita especial maestría; Milagros Mata Gil con novelas indispensables desde la primera, la magnífica La casa en llamas de la cual tuvimos el privilegio de ser su editor; Gustavo Luis Carrera cuentista de los sesenta pero quien esperó, y laboró mucho, para ofrecernos su novela Viaje inverso, la cual siempre hay que colocar como un destacado momento de nuestra ficción; la prosa barroca, casi perfecta, de Denzil Romero. Y en tiempos muy recientes Puntos de sutura de Oscar Marcano, la novela más destacable de la última generación de escritores. Y es imposible dejar de lado a La enfermedad de Alberto Barrera: ¿vio maestro Fuentes que había mucho que explorar de entre nuestras novelas, muchas de las cuales merecían ser examinadas en su peroración madrileña?. Casi todos estos escritores se hermanan con los analizados por Fuentes.
Y además cómo excluir al cuento, el género más importante de la narrativa venezolana. O como no decir algunas palabras de nuestro grande proceso poético, que es singularísimo con figuras tan altas como Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Ana Enriqueta Terán, Hanni Ossott o Yolanda Pantin. Y no se puede soslayar nuestro trabajo ensayístico siempre explorador del alma, los dilemas y la actual crisis del país. Lo que sucede en la crítica literaria honda y viva y en el teatro nacional, la pieza más montada de toda su historia, más de mil representaciones, El aplauso va por dentro de Mónica Montañés procede del tiempo ninguneado por Fuentes.
Pero esta exclusión, tenemos que reconocerlo con sinceridad, es también culpa de los venezolanos tanto de los propios escritores, de muchos críticos literarios, de esos que no siguen día a día, libros tras libro, la producción, y de los propios editores porque nada han hecho por difundir nuestra literatura fuera de nuestras fronteras y cuando a estas, que son muy buenas, les llega una traducción o un premio internacional es por pura carambola. Incluso, los editores internacionales que tienen casas en Caracas y quienes editan con atención y estimulo a varios de nuestros mejores creadores nada hacen por sacar nuestros libros de las fronteras venezolanas, por ello somos desconocidos y los grandes lectores, Fuentes siempre lo ha sido, no pueden referirse a ellos porque los libros no les han llegado. Parece entre nosotros pervivir el viejo hábito, producto de las dictaduras que tuvieron encerrados a los venezolanos detrás de los muros del país, que para nada a los venezolanos les interesa que sus creaciones sean conocidas fuera de sus fronteras. Les basta leer y recrearse con los libros que producen sus escritores. Esto en primera instancia porque hay otros males: nuestros escritores, lo mejores sobre todo, son poco conocidos incluso por los propios creadores dentro del país. Todo lo dicho le quita un poco de la culpa a maestro Fuentes. Pero es lamentable que una literatura que posee escritores que pueden ponerse al lado de los citados por él para nada sean mencionados, estudiados, comprendidos. Y ello por nuestra propia culpa. ¿Qué hacer?.

Octubre 26,2008