Sábado, 19 de Agosto de 2017

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Oficio de Lectores

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Por: R.J. Lovera De-Sola

La literatura es siempre un acto de amor, escribir la “orgía perpetua” que dijo Gustave Flaubert(1821-1880). Por ello Pedro Enrique Rodríguez(1974) en su precioso libro Oficio de lectores.(Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2008. XIII, 146 p.), el primero de los suyos, que es todo un hallazgo en nuestras letras, comienza señalando “A lo mejor es verdad que uno, después de todo, escribe para que lo quieran”(p.XIII), piensa, como escribió Elisa Lerner, que escribimos para seducir.

Este es un libro inusual en la literatura venezolana porque en él como se ha dicho su autor “analiza, especula, narra y crea”(p.VII). Pero es mucho más porque pocas veces lo mejor de la lección de Jorges Luis Borges(1899-1986) ha sido atendida y desarrollada como lo hace Rodríguez en estos textos que parecen a veces cuentos pero son ensayos, prosas en las cuales penetra hondamente la invención narrativa, tal las ejemplares “La ciudad” o “Instrucciones para colocar una niñita en reposo”. En otros casos son incursiones en la crítica literaria o lo que él denomina el “detectivismo literario” que es la exploración de los libros, la comprensión de que la literatura la forman por una serie de vasos comunicantes, por los modos de interrelacionarse de unas obras con otras. Este aspecto de lo crítico literario es lo que más ha demorado nuestra fascinación por este libro, nos ha recordado mucho aquel libro de Augusto Monterroso(1921-2003) que es La letra e, fragmentos de un diario(1987), al cual, pese a su espesor, y lo gratificante que es para su lector, poca atención se le ha prestado entre nosotros.

Pero en Oficio de lectores vive presente y perenne la ficción, para su autor todo es ficción como lo son los universos borgianos, tanto que la mejor antología de toda la obra del maestro porteño se titula Ficcionario(México: Fondo de Cultura Económica, 1985. 483 p.). Y además, hay que añadirlo, no hay en este libro esos límites que tanto se señalan entre “ficción” y “no ficción” porque seguramente todo es ficción. Sobre este punto ha abundado con su acucia característica Manuel Caballero en un ensayo, en donde indica: “Eso de prosa de no-ficción es lo más ficticio que hayamos leído. No existe tal. Desde el mismo momento en que nos sentamos con la hoja blanca por delante, sabemos que vamos a mentir, y que tenemos el deber de hacerlo, o no diremos nada…en medio de todo esto siempre anda rondando esa señora metementodo…esa loca de la casa que es la imaginación. Por exactos que intentemos ser, por mucho documento que pongamos al pie de cada frase para hacerla creer, nadie lo hará sino le agregamos un poco de imaginación. Pero la recíproca también es verdadera, y la loca de la casa es indispensable no solo al escritor sino también al lector”, esto lo afirma en su modélico ensayo sobre el ensayo que está en su certero libro El desorden de los refugiados(Caracas: Alfadil, 2004,p.17-18) que muchos no leyeron por creer que se trataba de un libro sobre las Naciones Unidas, sobre la ACNUR en particular. Esta la faceta de Caballero como interprete literario, de los mejores que tenemos, apenas se ha advertido y es singular.

Anota Pedro Enrique Rodríguez en la segunda línea de su libro que este “es, al mismo tiempo, uno y varios libros”(p.1) por las razones que antes hemos aducido. Y es un libro que se basa en la lectura, que se espiga desde “ciertos autores que leí(o todavía leo) con fascinación y desconcierto”(p.1) ya que busca explorar la “inquietante relación entre la realidad y la ficción”(p.1), es lo que denomina “detectivismo literario”(p.144). Es también el tomo “una velada forma de autobiografía”(p.2) por lo que han supuesto esos libros, que leyó y explora, en su propio existir porque son los libros los que enseñan a vivir, en ellos están las respuestas en los días llenos de alegría y en las jornadas plenas de congojas, ya que sus autores, esas “voces remotas y cercanas…se entrelazan entre melodías íntimas y cientos de imágenes”(p.2), por ello en Oficio de lectores vuelve a ellos, los explora, los analiza e inventa, en otros instantes, textos sugeridos por ellos mismos. Libros leídos siempre “lenta, pausada, detalladamente”(p.61), “Pero es, en todo caso, otro pequeño enigma terminado en un mundo que, en su eterna rotación, se sumerge cada día en la más oscura noche para reaparecer al día siguiente y volver a plantearnos nuevos retos de dilucidación”(p.146). Es por ello que nos dice cuales son sus dos libros de cabecera: Rayuela de Julio Cortazar(1914-1984) y el Manual del distraído de Alejandro Rossi(1932-2009).

Que se nos excuse el paréntesis que sigue: cuando estábamos redactando este texto se prendió el chat y un amigo desde Ciudad de México nos informó que hacía unas horas había fallecido Alejandro Rossi. Fue Alejandro un venezolano quien nació con el signo del peregrino escrito en la frente, nacido en Florencia, vivió en Argentina y Uruguay, obtuvo su formación universitaria en México en donde vivió largos años e hizo sus estudios de doctorado en Alemania. Pero bastaba conversar con él para comprender que era un venezolano raigal. Fue inigualable pensador, y no menos imaginativo autor de cuentos y de una curiosa autobiografía. Hombre discreto fue Alejandro, de sereno pensar, quien antes de responder se llevaba el cigarrillo a la boca, lo aspiraba con placer, con serenidad, antes de proseguir en el palique con los “cuates”, como se dice en tierras aztecas. Alejandro Rossi Guerrero se nos ha ido pero nos queda la maravilla de sus libros, sobre todo el Manual del distraído, sin duda su libro paradigmático y sus Cartas credenciales, que de alguna forma constituyen una prolongación del Manual del distraído. Y además porque en los escritores siempre sucede que pronto nos olvidamos que murieron porque nos queda para siempre el legado de sus libros. Y que se nos perdone aquí esta digresión tan personal hecha en recuerdo a nuestros paliques caraqueños con Alejandro, llanto al cual hemos sido empujados por “ese déspota inexorable que es el corazón”.

La ficción siempre está presente en Oficio de lectores, incluso en aquellos fragmentos que parecen llenos de realismo. Por ello denomina a sus prosas “estos ejercicios de dudoso engaño”(p.65). Y porque a todo lo largo siempre se propone la creación de aquel libro totalmente ficticio que propuso Borges en su libro Prólogos con un prólogo de prólogos (Buenos Aires: Torres Agüero Editor,1975. 174 p.), según lo cual “otro libro más original…constaría de una serie de prólogos de libros que no existen. Abundaría en citas ejemplares de esas obras imposibles”(p.68). Ese proyecto podría llevarnos también a elaborar una selección de cuentos de autores que nunca hayan existido, como lo hizo entre nosotros, siguiendo también la gran lección borgiana, el psiquiatra y escritor Fernando Cifuentes(1964) en sus Jóvenes cuentistas muertos(Madrid: Edaf, 2003. 355 p.), en la que todo es ficción: esos creadores allí antologados nunca existieron, las biografías que le atribuye son todas apócrifas y los relatos tampoco pudieron ser escritos por quienes nunca existieron. Es el universo pleno de la invención.

Indaga Pedro Enrique Rodríguez en muchos tópicos, a veces nos topamos en sus dilucidaciones con libros que nos interesan pero que pueden ser perfectamente ficticios.

Pero, en los textos, diremos más crítico literarios, nos lleva a examinar asuntos siempre vivientes en el pensar creador, tal su pregunta constante: ¿hasta donde es ficción un fragmento imaginado?¿hasta donde no lo es? A ello vuelve con una observación de Los tres mosqueteros(1844) de Alejandro Dumas(1802-1870): en donde un hecho sucede en una calle que no existía en el siglo XVII donde se desarrolla la novela pero si en el XIX que Dumas escribía. Además de lo que dice Rodríguez podríamos pensar además que quizá en ese caso Dumas padre quiso recordar un sitio parisiense de su predilección.

En otros momentos es todo lo que podemos sentir cuando abrimos un viejo libro y encontramos en él una flor marchita puesta allí desde hace mucho tiempo. Y piensa el autor de Oficio de lectores en el cubano José Ángel Buesa(1910-1982) o en el mexicano Amado Nervo(1870-1919), con cuyos versos lloraron tanto nuestras abuelas. Por cierto, los restos de Nervo pasaron por el puerto de La Guaira al ser llevados a su país, había muerto en Montevideo, y los poetas de aquellos días subieron al barco que los traía a velarlos, como nos lo contó uno de ellos, Fernando Paz Castillo(1893-1981), eso fue en 1919. Pero una rosa es una rosa, “Una flor, una simple flor, puede ser objeto de múltiples significaciones. Fue la figura, la efigie de una amante escurridiza. El blasón de una belleza fugaz, mística y traslúcida. Fue(debió ser) el talismán de múltiples imaginaciones, de sueños, suspiros, amores contrariados”(p.26): esto visto desde un ángulo masculino, que es el la crónica que comentamos: pero ¿cuál fue el significado para las mujeres de aquella rosa guardada dentro de un libro?.

Los llamados temas del detectivismo literario aquí en Oficio de lectores no pueden ser más estimulantes. Tal el asunto de las influencias, nunca acabado de investigar; el momento en que se originó una obra literaria, la deslumbrante Lolita de Vladimir Nabokov(1899-1977) en este caso(p.37); todo lo que se puede espigar a partir de un texto memorable, tal “La dama del perrito” de Anton Chejov(1860-1904), uno de los hitos del cuento universal, escrito por el mayor cuentista de todos los tiempos; la celebración en Dublín del Blommsday, el día en que sucede el Ulises de James Joyce(1882-1941), el 16 de junio, aunque para nosotros es día imposible de olvidar, por ser entrañable: es la fecha del matrimonio de nuestros amados papás; las mil conjeturas que siempre suscita la literatura fantástica(p.55), lo “pareatextual” como son los prólogos; su defensa de lo que denomina “literaturas menores”(p.106), leída en estos días en que estamos hechizados por la columna que Mario Vargas Llosa dedicó a llorar a Corin Tellado (“La partida de la escribidora”, El Nacional, Caracas: mayo 24,2009). Este texto de Pedro Enrique Rodríguez fue escrito a partir de Mientras escribo(Barcelona Debolsillo,2002) del autor de novelas de terror(o de horror como Miseria) Stephen King(1946). Las meditaciones sobre el arte de escribir que aquí traza el autor de Oficio de lectores recomendamos unirlas a aquellas que se encuentran en estos tres libros: el de Enrique Vila Matas(1948): Bartleby y compañía(Barcelona: Anagrama, 2000. 179 p.), el de Rosa Montero La loca de la casa(Madrid: Alfaguara, 2003. 275 p.) y La maleta de mi padre(Barcelona: Debolsillo,2007. 97 p.) del turco Orhan Pamuk(1952) por explorar también los vericuetos del por qué escribir y cómo. Y esto porque como dice Rodríguez: “Después de todo, el valor, la bondad, de toda literatura reside en elementos exteriores al texto, reside en la mirada del lector, en los códigos de la cultura desde la que se lee, en el lector ideal que ha sido propuesto por ese mismo escritor”(p.105). Y porque en estos nos queda, y nos es poco, la confesión de Nabokov, el autor Ada o el ardor que todavía sigue inquietando a quienes lo leen, “¿Por qué escribí mis libros…por el placer, por la dificultad”(p.107).

También subrayaríamos sus comentarios del clásico poema “Carpe Diem” del latino Horacio(65-8 aC), sobre el vivir el presente, cada hora, con alegría; o las observaciones hechas a partir de una canción de Richard Melvilla Hall, deteniéndose después en unos versos, ¿enigmáticos?, de la Divina Comedia(VII,1-6) que siempre han dado trabajo a sus exegetas a través de los siglos; en el mágico capítulo 68 de Rayuela, donde se describe a un bello acto de amor, o en “Gristenia” el poema del argentino Oliverio Girando(1891-1967).

 

A veces en Oficio de lectores nos encontramos con aquello que se escribe cuando no se tiene un tema para hacerlo o cuando no podemos dormir, tal “Las digresiones de un texto: 4,30 am”.

Hay en el volumen un curioso texto erótico “Introducing: Natacha Merritt” que hace pensar en la película “En la cama con Madonna”(1991), ambas, este cuento y la cinta, nos permiten ser “un voyeur que atisba”(p.126).

Hay momentos en este libro bendecidos por el talento, tal toda “La ciudad”, para nuestro gusto el mayor de todo el libro, memorable.

O cuando nos ofrece estos renglones:”El autor que, por un instante, escribe desde una tarde nublada y sabe, sin embargo, que una parte suya forma parte de una historia que se escribe en otro tiempo, bajo el peso silencioso de otras nubes”(p.10) o el primer párrafo de “Violeta”, el que se inicia así: “Una lluvia filosa se desgajó de una nube plomiza”(p.131), aunque toda es ficción es de bella hondura.

Y no se le escapa, es imposible, rozar la política y los horrores de estos días. Tal cuando aparece por ejemplo “el antiguo precandidato”(p.15) en “El Sr.García, o la persistencia del flagelo”; en “Hay lobos” que nos presenta como una averiguación sobre la presencia del lobo en la literatura pero que nos lleva más allá cuando leemos:”La aparición de los lobos es un recordatorio de la ferocidad, de la amenaza, de los peligros inminentes”(p.80); o el doloroso “Un cordero” en donde vemos a un inocente, el poeta Federico García Lorca(1899-1936), intuir su muerte cercana, asesinado sin haber hecho nada, por razones políticas, quizá también por su elección sexual, o el relato “Heridas líquidas”, un asunto que se ha convertido en demasiado cotidiano entre nosotros porque casi cada día se repite en nuestro vivir cotidiano no solo los homicidios, que de hecho dan miedo, pasman, sino la frase “estaba en el entierro de la muchacha que mataron ayer”. En “Heridas líquidas” están las palabras del escritor que testimonia su presente con lo único que tienen los que escriben: las palabras. Esperamos que por estos adoloridos textos no le digan al autor de Oficio de lectores, lo que se dijo de La otra isla de Francisco Suniaga, para excluirla de un concurso, “estos escritores de ahora quienes utilizan sus obras para zaherir al presidente” como dijo el censor entonces quien no podía ser peor porque él también es un escritor.¿Cuál es el castigo a un creador que persigue a sus compañeros de oficio para adular al César imperante?.

Pero hay la lectura de los errores y horrores. Pero también los momentos más íntimos de la gente de estos predios. Tal es el caso cuando el escritor de Oficio de lectores, desde algunas lecturas(pasajes de García Márquez, el cuento “La playa” de Rubi Guerra, “Mare nostrum” de Eugenio Montejo, “Muñeca de trapo en la playa” de Enrique Noriega), mira nuestro mar amado, el Caribe, “aquel recodo paradisíaco y escondido”(p.71). Comprende así que “después de sumergirnos en sus confines de luz, es posible descubrir otras posibilidades. Comprender que, en lo más íntimo, el Caribe es sutil, es sereno, de colores intensos y que, en cierto modo, el Caribe todavía espera por ser conquistado en las páginas de la literatura…No intento ser taxativo, pero me parece entender que uno de los elementos más llamativos del Caribe es el recogimiento de su silencio entre el murmullo de los pájaros y las olas…Es preciso caminar por una playa al atardecer…para comprender que existe algo en su ámbito que nos habla de silencio, de soledad, de un íntimo recogimiento”(p.72-73). La “imagen contemplativas de las tardes de mar”(p.73) la encuentra en el poema “Mare nostrum” del inolvidable Montejo.

Pero todo Oficio de lectores es un acto de fe en la vida y sus poderes. De allí sus líneas finales:”Pero es, en todo caso, otro pequeño enigma terminado en un mundo que, en su eterna rotación, se sumerge cada día en la más oscura noche para reaparecer al día siguiente y volver a plantearnos nuevos retos de dilucidación”(p.146).

(Leído en la sesión del Círculo de Lectores de la Fundación Francisco Herrera Luque, la tarde del martes 4 de Agosto de 2009)