por Rigoberto Rodríguez
“Los autonautas de la cosmopista” (Biblioteca Cortázar, Editorial Alfaguara, 1996), el último libro de Julio Cortázar, escrito en co-autoría junto a Carol Dunlop, su mujer para el momento, es un libro de viajes, lleno de fotos, textos y dibujos que nos muestra de manera clara, más que ningún otro libro del autor, su actitud lúdica ante la literatura, la literatura como juego, como una manera de enfrentar lo tedioso y rutinario de la cotidianidad.
En la búsqueda de un tiempo fuera del tiempo y un espacio fuera de la realidad, sólo para ellos, Carol y Julio se embarcaron en la aventura absurda, tierna y cómica de recorrer la autopista que une a París con Marsella, en una furgoneta roja (bautizada como “Fafner”, el mítico dragón de Wagner) acondicionada para tal fin. Este viaje, que les va a tomar 33 días hacer, tiene una reglas obligatorias de juego que se explican en el capítulo 3, como son: cumplir el trayecto sin salir ni una vez de la autopista; hacer altos para explorar dos paraderos por día, pernoctando en el segundo; realizar levantamientos científicos en cada paradero; entre otras. Esto va a contribuir a que durante el recorrido no falten la fantasía, el humor y la frivolidad, terminando por convertirse, para los autores, en una expedición al interior de sí mismos.
El lector, si acepta el reto (o la complicidad, más bien) de acompañar a los autores en esta aventura surrealista, lúdica e irracional (que ellos mismos comparan con los viajes de Cristóbal Colón y Marco Polo) se verá transportado (más por el juego) a otra realidad, un mundo paralelo lleno de interesantes digresiones filosóficas acerca del amor, la literatura, la música, la poesía y la naturaleza (la naturaleza humana, particularmente).
El libro incorpora elementos científicos: fotografías y descripciones de la flora (uno que otra planta o arbusto) y de la fauna (babosas, gusanos, orugas) de los paraderos, así como observaciones climáticas y fenomenológicas, “sin las cuales dicho libro no tendría un aire serio” (palabras textuales de los autores). Además está lleno de situaciones misteriosas y de peligro: pipotes de basura que en actitud amenazadora observan todos sus movimientos (aquí el libro adquiere un tono policiaco); espías disfrazados de camioneros que no dejan de seguirlos; el tropiezo con los restos del algún aquelarre de maléficas brujas (conos de transito abandonados en el camino); cámaras de tortura al aire libre (con horcas y cadalsos) que se transforman durante el día en inofensivos parque infantiles.

No podían faltar en la aventura Calac y Polanco, personajes recurrentes en la obra de Cortázar (desdoblamientos de la personalidad del autor, según algunos críticos), que aparecieron por vez primera en “62, modelo para armar” y que llegan a este libro haciendo auto-stop. Llaman también la atención, una simpática escena de infidelidad que involucra a Julio con la dependienta de un motel de carretera, y el autorretrato de Carol semidesnuda (tomada quizás en una habitación del mismo hotel) que nos muestra sin duda lo hermosa que era.
Debe acotarse que este viaje fue también (o quizás principalmente), para los autores, una estrategia de resistencia contra la enfermedad incurable que sufría Carol desde hacía ya algún tiempo (representada en el libro por “los demonios”), dolencia ésta que la llevará irremediablemente a la muerte un año después, dando origen al entristecedor Post-scriptum de diciembre de 1982 que cierra el volumen desde entonces.
Pero, a fin de cuentas, ¿ocurrió este viaje enrealidad? El mismo Cortazar escribe en la página 261 lo siguiente: “¿No te ha ocurrido por lo menos una vez, oh pálido lector cómplice y paciente, preguntarte si no estamos escondidos en una habitación de algún hotel de la Vilette desde el 23 de mayo?”. Dejo la incógnita a los afortunados lectores de este maravilloso libro.
Rigoberto Rodríguez




