Domingo, 25 de Junio de 2017

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La Isla Bajo El Mar

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Para mi todo es personal, me siento responsable de los sentimientos ajenos, incluso en el caso de gente que apenas conozco, y llevo más de sesenta años frustrada porque no puede aceptar que la vida sea injusta”.
Isabel Allende: La suma de los días,ed.2007,p.39

Vamos a comentar el libro mas reciente de la chilena Isabel Allende(1942) la novela histórica La isla bajo el mar.(Caracas: Plaza y Janés, 2009. 511 p.). De este mismo período de su escritura es su hermosísimo ensayo sobre su patria austral Mi país inventado(2003,Barcelona: Debolsillo,2007. 221 p.), el nuevo tomo de sus memorias La suma de los días(Caracas: Areté, 2007.362 p.) y la también preciosa novela histórica Inés del alma mía(Caracas: Areté, 2006. 367 p.). Pero para llegar a ello no necesarios algunos pasos previos.

Isabel Allende forma parte de un grupo de creadoras latinoamericanos quienes con sus obras, a partir de los años ochenta, han dejado una huella indeleble en las actuales letras hispanoamericanas y se han colocado como las figuras centrales de la narrativa escrita por las mujeres. Hay siempre que comenzar por ella por sus logros e incluso cronológicamente y seguir con las mexicanas Laura Esquivel(1950), por Como agua para chocolate(1989) y Ángeles Mastreta(1949) con su Mal de amores(1996), la colombiana Laura Restrepo(1950) por su Delirio(2004), la nicaragüense Gioconda Belli(1948) por La mujer habitada(1988), la venezolana Ana Teresa Torres(1945) por Doña Inés contra el olvido(1992) y Los últimos espectadores del acorazado de Potemkin(1999) y por la también chilena Marcela Serrano(1951) tanto por Nosotras que nos quisimos tanto(1991) como por El albergue de las mujeres tristes(1998). Y estas no son las únicas, solo son las más señaladas.

Rasgos Biográficos

Isabel Allende Llona, una escritora chilena nacida en Lima, Perú(Agosto 2, 1942), está considerada la más popular novelista latinoamericanas. Ha vendido más de cincuenta y un millones de ejemplares de sus libros y su trabajo ha sido traducido a más de veinte y siete idiomas.

Hija del diplomático chileno Tomás Allende y de Francisca Llona, y sobrina en segundo grado del presidente chileno(1970-73) Salvador Allende(1908-1973). Isabel Allende es de ascendencia vasca por padre y de ascendencia vasca, castellana y portuguesa por parte materna.

Isabel Allende nació en la capital peruana mientras su padre se desempeñaba como embajador de Chile en el Perú. Sus padres se separaron en 1945, el papá desapareció para siempre, ella sólo lo volvió a ver cuando la llamaron para que identificada su cadáver. Tras la separación su madre retornó a Chile con ella y sus dos hermanos, donde vivió hasta 1953. Con los años su mamá se volvió a casar con el también diplomático Ramón Huidobro, a quien familiarmente los Allende Llona llaman “el tío Ramón”, el padre afectivo de la escritora. El amado padrasto ha sido figura central de su vida, tanto que le regaló su programa de vida, el mismo que con el tiempo ella pulió haciendo terapia:

“memoria selectiva para recordar lo bueno, prudencia lógica para no arruinar el presente, y optimismo desafiante para encarar el futuro. También me dio espíritu de servicio y me enseñó a no quejarme, porque eso estropea la salud. Ha sido mi mejor amigo, nada hay que no haya compartido con él”, dice ella en uno de los volúmenes de su autobiografía(La suma de los días,p.85).

Entre 1953 y 1958, su familia residió sucesivamente en Bolivia y Beirut, Líbano donde el padrasto representaba a Chile.

En Bolivia Isabel Allende frecuentó una escuela estadounidense y en Beirut estudió en un colegio normal privado inglés. En 1958 retornó a Chile y se reencontró con Miguel Frías, con quien contrajo matrimonio en 1962. Miguel Frías es el padre de sus dos hijos Paula (1963-1992) y Nicolás Frías Allende. Ella estuvo casada con él hasta 1987.

Desde 1959, año en que comenzó a trabajar antes de haber cumplido los diez y siete años, hasta 1965 trabajó en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en Santiago de Chile. En 1963 nació su hija Paula(Octubre 22). Los años siguientes pasó largas temporadas en Europa, residiendo especialmente en Bruselas y Suiza. De retorno a Chile en 1966, nació su hijo Nicolás.

A partir de 1967 tomó parte en la redacción de la revista Paula, al tiempo que publicó una gran cantidad de artículos sobre diversos temas. Posteriormente realizó diversas colaboraciones para la revista infantil Mampato, de la cual fue directora suplente, y publicó dos cuentos para niños (“La abuela Panchita” y “Lauchas y lanchones”) y una colección de artículos titulada Civilice a su troglodita. Trabajó en ese período en dos canales de televisión chilenos.

En 1973 estrenó su obra de teatro El embajador. Ese mismo año, se produjo el golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet(1915-2006), en el que el presidente Salvador Allende, el gobernante legítimo, elegido libremente en comicios, tío de Isabel, antes de entregar al poder prefirió suicidarse.

En 1975 se exilió con su familia a Venezuela. En los trece años que permaneció aquí, trabajó en el diario El Nacional de Caracas y en una escuela secundaria hasta 1982, y publicó su primera obra teatral, La casa de los siete espejos (1975).

En su vida su abuelo materno Agustín Llona Cuevas, el Tata, fue figura central, tanto que durante largos años cada tarde iba a conversar con él(Paula,p.113), su relación con aquel fue esencial a la vez en su vida afectiva y también en la génesis de su obra literaria, en especial de La Casa de los espíritus cuyo protagonista se basa en buena parte en aquel.

En 1981, teniendo su abuelo Agustín Llona Cuevas, el Tata, noventa y nueve años y estando él mismo a las puertas de la muerte, comenzó a escribirle una larga carta que se convirtió en el manuscrito: La casa de los espíritus (Barcelona: Plaza y Janés, 1982.380 p.), su primera novela y su obra más conocida. Ésta suscitó un gran interés y más tarde fue adaptada al cine por Bille August(1993) y al teatro.

En 1984, publicó De amor y de sombra(Barcelona: Plaza y Janés, 1984), la que rápidamente se convirtió en otro gran éxito y que también fue llevada al cine fue Betty Kaplan(1994). De amor y de sombra nos parece aun su mejor novela. Divorciada de su primer marido en 1987, se casó al año siguiente con el norteamericano Willie Gordon(Julio 7,1988) en San Francisco, California.

En 1988, concurrió a votar en el plebiscito que hizo dimitir al dictador Pinochet. En 1990, con el retorno de la democracia en Chile, fue distinguida con la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral por el presidente Patricio Aylwin.

El 6 de diciembre de 1992 murió Paula, su hija de 28 años, a causa de una porfiria, que la dejó en coma en una clínica de Madrid. La dolorosa experiencia la impulsó a escribir Paula(Barcelona: Plaza y Janés,1994. 366 p.), libro autobiográfico, redactado en segunda persona como una carta dirigida a la hija ya ida. En Paula relata como fue su niñez, juventud hasta llegar a la época del exilio y a la escritura de sus primeros cuatro libros. Es un testimonio dolorosísimo y conmovedor, debe considerarse también como el primer volumen de su autobiografía.

Actualmente reside en San Rafael, California. Ha sido distinguida en la Academia de Artes y Letras de Estados Unidos y su lema es: “Dejen volar su imaginación y escriban lo necesario”, que es lo que ella ha febrilmente desde que encerrada en la cocina de su casa en Caracas, en la urbanización Bello Monte, concibió La casa de los espíritus y casi inmediatamente De amor y de sombra, Eva Luna(Barcelona: Plaza y Janés,1987. 282 p.) y Cuentos de Eva Luna(México: Diana,1990. 276 p.), el último de sus libros escrito en Venezuela. Eva Luna es su novela venezolana, su regalo y homenaje al país que la acogió durante su destierro y desde el cual se proyectó al mundo a través de su escritura. Los caracteres peculiares de los venezolanos han sido bien comprenidos por ella, son evidentes en varias las agudas observaciones que sobre nosotros hallamos en diversos pasajes de La suma de los días.

De nosotros señala que es tierra “donde nadie tiene pelos en la lengua para decir lo que se le antoja”(La suma de los días,p.40). Fueron para ella años de descubrimiento de otro modo de ser humano “tiempos relajados de Venezuela donde, menos mal, no existe el concepto de lo ‘politicamente correcto’ y uno puede burlarse de lo que le da la gana”(La suma de los días,p.64) y el “hedonismo de Venezuela suavizó un poco aquellos preceptos medievales de mi abuelo”(Los suma de los días,p.71).

Fue en esos años en que sintió al Caribe y sus vivencias, tanto que lo consideró lleno indeleble en las vidas de sus hijos que aquí crecieron(Paula,p.22). Y también aquí se topó con el realismo mágico un modo de invencionar la literatura propiamente caribeño. A ese mar que define y elige a los nacidos frente a sus costas rinde homenaje en La isla bajo el mar, su novela caribeña.

Su actividad profunda, honda y constante no se ha detenido desde entonces. A los libros citados le han seguido sus novelas El plan infinito (Bogotá: Norma,1991 516 p.), Hija de la fortuna (Barcelona: Plaza y Janés,1999. 429 p.), Retrato en sepia (Barcelona: Plaza y Janés, 2000. 344 p.), Inés del alma mía (Caracas: Areté, 2006. 367 p.) y La Isla bajo el mar (Barcelona: Plaza y Janés, 2009. 511 p.).

Suyo es el proyecto de escritura de obras para adolescentes que forman La ciudad de las bestias (Barcelona: Plaza y Janés,2002), El reino del dragón de oro (Barcelona: Plaza y Janés,2003), El bosque de los pigmeos (Barcelona: Plaza y Janés,2004) e incluso El Zorro (Barcelona: Plaza y Janés,2005).

En estos últimos años nos ha ofrecido el segundo tomo de sus memorias La suma de los días(Caracas: Areté, 2007. 362 p.) de alguna forma una continuación en el tiempo del primer volumen Paula y también escrito dirigido a la amada hija fallecida, siempre escrito en segunda persona. Es este también libro entrañable y de hondas lecciones humanas.
Suyo es también el sabroso ensayo Afrodita(Barcelona: Plaza y Janés,1997. 326 p.) que recoge cuentos, recetas y otros datos sobre lo afrodisíaco a la hora de hacer el amor pero el cual es también un manual de erotología y una joya tipográfica por la forma en que fue diseñado y editado.

La parte ensayística de la obra de Isabel Allende la cierra actualmente su memoria Mi país inventado (2003, Barcelona: Delboslillo,2007. 220 p.) cuyo tema es Chile y los chilenos.

La Obra Literaria

En el plano literario, Isabel Allende ha confesado que cuando comienza a escribir ella genera un lugar, una época y los personajes y la historia se van dando por sí solos, es decir, no tiene un plan inicial con todas las acciones. Varios de sus libros han nacido de cartas o reflexiones personales: La casa de los espíritus y Paula, son ejemplos de esto. Compuso Paula como un homenaje a su hija y, aunque muchos estudiosos catalogan la obra en el género autobiográfico, ella misma indica que es más que una “memoria” porque no es una biografía propiamente dicha sino una colección de recuerdos más cercana a la ficción que a la realidad, aunque ésta última la inspiró.

El humor es parte integral de sus escritos, ya sean periodísticos u obras literarias. Confiesa que se acostumbró a escribir de esta manera cuando era periodista y ahora, gracias a eso, puede ver la historia “detrás” de cada asunto, su visión alternativa, su contradicción, que es lo que define al género humorístico.

La ciudad de las bestias, por ejemplo, es su intento de llegar al público lector joven. Decidió escribirlo después de dos libros con bastante investigación histórica, Hija de la fortuna y Retrato en sepia, así La ciudad de las bestias le daría un descanso y en él podría plasmar su imaginación de una manera más libre, ya que la ficción histórica siempre requiere mucho cuidado para atenerse a los hechos sucedidos.

Isabel Allende siempre ha sentido que el suceder de la vida de los demás es su tema. Y al hacerlo piensa que como escritora “tiene derecho a tocar el timbre de una casa, meterse dentro y hacer preguntas o detener a un desconocido a media calle e interrogarlo acerca de cosas personales”.

Su Lugar

Su obra ha sido clasificada como perteneciente al movimiento literario conocido como el “post-boom” iniciado por el peruano Alfredo Bryce Echenique(1939) con Un mundo para Julius(1970), aunque es fundamental señalar siempre que ella es parte del movimiento de mujeres escritoras de las letras latinoamericanas las cuales, con ella incluida, han elevado a la modernidad la escritura concebida por las mujeres que entre nosotros, tan proceso es paralelo al gran movimiento feminista contemporáneo.

Para algunos el denominado “post boom” se caracteriza por la vuelta al realismo, una prosa más sencilla de leer pues se pierde la preocupación por crear nuevas formas de escribir, el énfasis en la historia, la cultura local, entre otros, aunque la meta-literatura, la literatura que reflexiona sobre su propio objeto, no está ausente de ella. De hecho, por ejemplo, dentro de La isla bajo el mar encontramos inserta una especie de novela paralela, escrito autobiográfico donde su protagonista, Zarité, narra todo el suceder desde si misma, desde sus propias vivencias.

Si bien sus éxitos en ventas de Isabel Allende han sido siempre arrolladores desde la publicación de La casa de los espíritus, el inmediato éxito de su escribir ha sido mal visto por muchos, sobre todo por gente misógina que no han visto con buenos ojos el triunfo de la obra de una mujer. En verdad si es posible que el triunfo rotundo de La casa de los espíritus haya podido descansar originalmente para algunos en el apellido de la autora, que más de una persona con una dosis de muy mala intención, consideró mero seudónimo, y el hecho que fue publicado en los días de la lucha contra la dictadura chilena, en verdad el hecho de que Isabel Allende haya enviado el original de su libro a la mayor agente literaria de las letras latinoamericanas, la catalana Carmen Balcels, quien estuvo detrás el proceso del “boom” iniciado en 1962 con la publicación de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y con el triunfo decisivo, un lustro más tarde, de Cien años de soledad, eso colocó la obra de Isabel Allende, desconocida por la editora barcelonesa cuando recibió el manuscrito, en un certero disparadero. Pero lo que obtuvo no lo hubiera logrado sino hubiera estado respaldado por una vocación literaria genuina y una asombrosa capacidad de trabajo.

Pese a lo dicho Isabel Allende siempre ha sido criticada por los lectores con prejuicios y por aquellos incapaces de reconocer el talento. Ha debido pagar el precio de su triunfo resonante, el cual no se ha detenido en las últimas casi tres décadas.

Entre esos críticos se encuentran los antagonistas del “realismo mágico” la gran tendencia de las letras hispanoamericanas, y en especial las caribeñas, experiencia que Isabel Allende bebió bien precisamente en los años en que vivió frente a este mar y en este trópico, tan distinto al mundo austral y andino en donde vio la luz.

Que en ella haya tenido una gran influencia la obra Gabriel García Márquez(1927) tampoco puede ser criticado: esa seguirá siendo larga y extensa en ella y en general en la literatura latinoamericana dentro de la cual el hombre de Aracataca es un escritor central, tan decisivo como lo fue don Miguel de Cervantes y Saavedra(1547-1616) y el Quijote(1605) en su tiempo. No creemos que se le pueda considerar a Isabel Allende una copia menor de García Márquez porque la influencia del colombiano es central en nuestra literatura y todo escritor viene de un vientre. No se hace literatura por generación espontánea como tampoco la hizo García Márquez. Y con el tiempo perviviendo el realismo mágico en Isabel Allende la influencia se ha ido matizado al encontrar ella, sin renunciar a ese modo, su propio sendero creador. Relismo mágico es, dijo su fundador y quien primero lo definió, el venezolano Arturo Uslar Pietri(1906-2001), “la consideración del hombre como misterio en medio de los datos realistas. Una adivinación poética o una negoación poética de la realidad”(Letras y hombres de Venezuela.2ª.ed.aum. Caracas: Edime, 1958,p.287). Eso es lo que ha hecho Isabel Allende y todos los cultores de este modo de mirar lo que está más allá de la sola realidad visible.

Y la observación del gran crítico norteamericano Harold Bloom, uno de los mayores de estos días, según el cual Isabel Allende “sólo refleja un período determinado” más que una negación de su hacer es un elogio porque todos los grandes escritores lo han hecho, todos son testigos críticos de su tiempo, a veces lo anticipan en su escritura porque casi siempre los creadores son profetas. Toda la literatura universal lo demuestra.

Tampoco es posible creer que una creadora de un trabajo tan constante como el de Isabel Allende puede ser colocada en el terreno del solo fenómeno comercial y el hacer literatura femenina, como lo censuró la mexicana Elena Poniatowska. Esto no le quita un ápice a su hacer como tampoco se los quita a las obras de Laura Esquivel, Como agua para chocolate es una joya literaria, y Mal de amores de Ángeles Mastretta fue la primera novela escrita por una mujer en recibir el premio “Romulo Gallegos” en el período en que sólo se podía obtener por méritos literarios indiscutibles, antes de que se politizara como ha sucedido en los últimos años. Distinto fue el caso de la Mastretta que cuando lo obtuvo la Poniatowska: sólo por ser amiga y partidaria del actual hegemón venezolano, lo cual la descalificó como ganadora precisamente en un año en el cual menos concursaron también cinco novelas superiores a la suya. Su libro desarrolla en la ficción, ¡ay!, todas las concepciones, erradas, del perfecto idiota latinoamericano.

Tampoco creemos que Isabel Allende en su novelas recree los valores femeninos caducos, máxime que muchas veces los asuntos que toca son los del pasado. Pero leyendo sin prejuicios, es decir sin juicios previos, la parte contemporánea de La casa del espíritus ni De amor y de sombra hallaremos ello los que se le critica, todo lo contrario. Y en Inés del alma mía no se puede soslayar que hay en ella más que una mirada mujeril un ojo que observa el pasado con los ojos del feminismo de nuestro siglo. Y no es por ello casual que el siglo XX, y ahora el XXI, haya sido considerado la centuria de la mujer.

Creemos que triunfar tiene un precio e Isabel Allende lo sabe y lo ha pagado. Pero como los buenos escritores de quiene reniegan los exquisitos los lectores les han dado amplio respaldo a lo largo del tiempo, los han consagrado. Así sucedió entre nosotros con nuestro novelista Francisco Herrera Luque(1927-1991) quien murió sin haber sido aceptado nunca por la comunida intelectal venezolana, fuera de ciertos estudiosos que comprendimos el valor de su hacer desde muy atrás, pero a quienes los lectores siguieron siempre, sus libros se reeditaron siempre una y otra vez y no han dejado de reimprimirse desde su deceso. Este es un fenómeno digno de ser estudiados con los elementos de la sociología de la literatura, aunque debe también ser explorado desde la lectura de los pecados capitales porque ante ellos, ante Isabel Allende y Herrera Luque, la envidia siempre se ha hecho presente, tanto como la incapacidad de reconocer el talento.

¿Por Qué Escribe?
Si queremos conocer las razones por las cuales Isabel Allende escribe debemos detenernos en algunos fundamentales y preciosos pasajes de sus dos libros autobiográficos, Paula y La suma de los días, en los cuales toca estos tópicos.

Antes de llegar al por qué escribe es bueno señalar, como ella lo hace, cuales fueron los libros que la formaron y la empujaron a escribir. Un día en el sótano de la casa de su abuelo, esa figura central de su vida, encontró “un baúl metálico marcado con las iniciales de mi padre, encontré una colección de libros, fabulosa herencia que iluminó esos años de mi infancia: el Tesoro de la Juventud, Emilio Salgari(1863-1911), Bernard Shaw(1856-1950), Julio Verne(1828-1905), m Mark Twain(1835-1910), Oscar Wilde(1854-1900), Jack London(1876-1916) y otros…me los tragué con la voracidad que despiertan las cosas prohibidas, tal como años después leí a escondidas Las mil y una noches, aunque en realidad en esa casa no habían libros censurados, nadie tenía tiempo para vigilar a los niños y mucho menos sus lecturas. A los nueve años me sumergí en las obras completas de Shakespeare(1564-1616), primer regalo del tío Ramón, una bella edición que repasé innumerables veces sin parar mientes en su calidad literaria, por el simple placer del chisme y la tragedia”(Paula,p.62). En otra página del mismo libro reitera: “Tal como devoré los mejores libros de mi infancia escondida en el sótano de la casa de Tata, leí a hurtadillas Las mil y una noches en plena adolescencia, justo cuando mi cuerpo y mi mente despertaban a los misterios del sexo”(Paula,p.83).

Escribir para ella es: “Supongo de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que impulsan a escribir, en la búsqueda de respuestas se gestan los libros”(Paula,p.61); recuerda que una vez su hija Paula le dijo: “¡Que larga y confusa es la vida, mamá!...Al menos tu puedes escribirla para tratar de entenderla”(Paula,p.96). Piensa por ello que se escribe para “salvar fragmentos evasivos de los días y engañar la mala memoria”(Paula,p.182).

Sobre por qué comenzó a escribir anota: “Cuando empecé a trabajar como periodista(1959) y encontré por fin un lenguaje articulado para expresar mis frustraciones de mujer en esa cultura machista”(Paula,p.135), todo el conjunto de su obra lo recalca, especialmente por serie de protagonistas femeninas que aparecen en sus libros, buen ejemplo podían ser Hija de la fortuna y Retrato en sepia.

Pero como en casi todos los escritores latinoamericanos se primer vehículo para expresarse fue el periodismo. De allí que indique todo lo que el escribir en la prensa le enseñó, fue su práctica periodística el camino “para el oficio de la escritura…El periodismo enseña a investigar, resumir, trabajar a presión y utilizar el lenguaje con eficiencia”(La suma de los días,p.112)

“Yo me inicié en el vicio irrecuperable de contar historias. Ese libro(La casa de los espíritus) me salvó la vida. La escritura es una larga introspección, es un viaje hacia las cavernas más oscuras de la conciencia, una lenta meditación”(Paula,p.17).

Por ello llegó a la conclusión “que el tiempo a solas con la escritura es mi tiempo mágico, la hora de las brujerías, lo único que me salva cuando todo a mi alrededor amenaza con venirse abajo”(Paula,p.340-341).

Sobre lo que es una novela, concebirlas ha sido la actividad de su vida, apunta: “Las novelas se hacen con dementes y villanos, con víctimas de los engranajes implacables del destino”(Paula,p.149). E insiste por ello:

“La novela es un proyecto de largo aliento en el cual cuentan sobre todo la resistencia y la disciplina, es como bordar una compleja tapicería con hilos de muchos colores, se trabaja por el revés, pacientemente, puntada a puntada, cuidando los detalles para que no queden nudos visibles, siguiendo el diseño vago que sólo se aprecia al final, cuando se coloca la última hebra y se voltéale tapiz al derecho para ver el dibujo terminado. Con un poco de suerte, el encanto del conjunto disimula los defectos y torpezas de la tarea”(Paula,p.340).

Y sobre el cuento anota:
“En un cuento, en cambio, todo se ve, no debe sobrar o faltar nada, se dispone del espacio justo y de poco tiempo, si se corrige demasiado si pierde la ráfaga de aire fresco que el lector necesita para echar a volar. Es como una lanzar una flecha, se requiere instinto, práctica y precisión de buen arquero, fuerza para disparar, ojo para medir la distancia y la velocidad, buena suerte para dar en el blanco. La novela se hace con trabajo, el cuento con inspiración; para mi es un género tan difícil como la poesía”(Paula,p.340).

Ella es una cuentacuentos, por ello leemos en su escribir: “también es posible que las historias sean criaturas con vidas propias que existen en las sombras de una misteriosa dimensión”(Paula,p.287). Pero también existe en esa labor ese hecho que la propia Isabel Allende dice en su novela Eva Luna, “cuando escribo cuento la vida como me gustaría que fuera, como en una novela”(Paula,p.287), en ese momento es que el novelista es un deicida: no por que maté a Dios sino porque lo suplanta al crear la nueva realidad que es una novela. Ese es la idea que Mario Vargas Llosa aplicó a las invenciones de García Márquez, en un célebre libro que no autorizó volver a reeditar desde su pelea en México con el arataqueño hace varias décadas(Febrero 12,1976), pero es obra esencial, tanto que se puede decir que toda la crítica sobre la obra del colombiano se espiga desde esa obra(García Marquez, historia de un deicidio. Barcelona: Monte Ávila Editores, Barral Editores, 1971. 667 p.).

Tiene Isabel Allende la porfía de comenzar siempre sus novelas el día 8 de Enero, porque ese día había iniciado La casa de los espíritus con tanta suerte. Y lo ha continuado haciendo, por ello confiesa:

“siempre escribo la primera línea de mis libros en esa fecha. Ese día trato de estar sola y en silencio por largas horas, necesito mucho tiempo para sacarme de la cabeza el ruido de la calle y limpiar mi memoria del desorden de la vida. Enciendo velas para llamar a las musas y los espíritus protectores, coloco flores sobre mi escritorio para estampar el tedio y las obras completas de Pablo Neruda(1904-1973) bajo la computadora con la esperanza de que me inspiren por ósmosis; si estas máquinas se infectan de virus no hay razón para que no las refresque un soplo poético. Mediante una ceremonia secreta dispongo la mente y el alma para recibir la primeras fase en trance, así se entreabre una puerta que me permite atisbar el otro lado y percibir los borrosos contornos de la historia que espera por mí”(Paula,p.309-310).

Y lo reitera otra vez: “No fue la ventolera del fin del mundo ni la metralla del granizo en las tejas lo que me desveló anoche, sino la ansiedad de que inevitablemente amanecería el 8 de enero. Desde hace veinticinco años, siempre empiezo a escribir en esta fecha, más por superstición que por disciplina: temo que si comienzo otro día, el libro será un fracaso, y que si dejo pasar un 8 de enero sin escribir, ya no podré hacerlo en el resto del año”(La suma de los días,p.12). Y para sentarse hacerlo, confiesa, necesita silencio. Todo esto nos recuerda la liturgia que rodea a los creadores a la hora de concebir sus obras.

Por ello cuando termina un libro siente “que había recorrido un camino tortuoso y llegaba al final limpia y desnuda”(La suma de los días,p.59) tal lo que sintió al poner el punto final en su sobrecogedora memoria dirigida a la hija muerta, de hecho es un como un oficio de difuntos, un responso, una elegía.

El Caribe

No se puede entrar en La isla bajo el mar sin hablar del mar Caribe. El Caribe es unos de los ámbitos de la América Latina, el más amplio, porque la esencia de su historia se ha llevado a cabo en él. Hay tres obras históricas básicas para abordarlo, son las del colombiano Germán Arciniegas(1900-1999) Biografía del Caribe(Bogotá: Planeta,1993. 501 p.) publicada en 1945 y hoy considerada un clásico sobre su tema, la del dominicano Juan Bosch(1909-2001) De Cristóbal Colón a Fidel Castro, el Caribe frontera imperial(Madrid: Alfaguara, 1970. 740 p.), el tercer gran libro sobre este mar y su suceder, es el del expresidente trinitario, y notable historiador, Eric Williams(1911-1981), nunca traducido al castellano, From the Columbus to Fidel Castro(London: Deutsch, 1970. 576 p.) impresa el mismo año de la de Bosch, destacado hombre de letras también, jefe del Estado que fue de su país, tiempo de hondas inquietudes en la región, catapultadas por el triunfo de la Revolución cubana(Enero 1,1959) y por la difusión de las ideas de la izquierda marxista en la región, las cuales han traído dolor y frustración a la región. Es inexplicable que tras el derrumbe de la socialismo autoritario la dictadura cubana aun perviva. ¿Será sólo porque los norteamericanos quieren ofrecerle una “dulce muerte” a autócrata de aquella nación la que ahora sigue gobernando a través de un títere: su hermano Raúl Castro.

Y para el período que trata Isabel Allende existen dos destacadas obras venezolanas: La independencia de Haití y su influencia en Hispanoamérica(Caracas: Instituto Panamericano de Geografía a Historia, 1967. XVI, 376 p.) de Eleazar Córdova Bello y Petión y Bolívar(3ra.ed.aum. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1980.564 p.) de Paul Verna(1926-1995). Las recomendamos porque siempre hemos creído, y los practicamos, que toda novela histórica debe leída siempre con una obra sobre el personaje o época que trata al alcance de la mano.

Pero el Caribe también ha incitado la imaginación de varios de nuestros grandes creadores. Al menos cuatro grandes novelas muy destacadas se pueden citar: tal la de Jean Rhys(1894-1979), nativa de la isla de Dominica, cuya infancia allí recrea, tal su libro Ancho mar de los sargazos(Barcelona: Anagrama, 1990. 186 p.), impresa en 1966 y la cual inscribió el Caribe en la literatura mundial. A esta hay que añadir El reino de este mundo(1949) y El siglo de las luces(1962) del cubano, nacido en Suiza, Alejo Carpentier(1904-1980) y la del cubano Antonio Benitez Rojo(1931), exilado como lo mejor de la intelectualidad cubana de hoy, Mujer en traje de batalla(Madrid: Alfaguara, 2001. 512 p.) las tres últimas se refieren al mismo período que trata Isabel Allende en La isla bajo el mar, la cual también hay que inscribir desde ya entre las grandes novelas caribeñas.

El Sentido del Caribe

De la lectura de las obras caribeñas citadas y otras se pueden extraer numerosos pensamientos sobre nuestro ponto. El mayor novelista contemporaneo del Caribe, Gabriel García Márquez(1927): “por un instante volvió a ser el Caribe diáfano” como se lee en una de sus narraciones cortas(Cuentos Completos. Bogotá: Norma,1996,p.292); o Federico Vegas(1950): “cuando uno observa el Caribe cree que está en el cielo”(Falke. Caracas: Mondadori,2006,p.110); Francisco Suniaga “con la piel tostada por tanta intemperie caribeña”(La otra isla.2ª.ed. Caracas: Todmann,2006,p.109), o Jean Rhys:“Pues esta es, precisamente, la impresión que me causan tus hermosas islas. Me parecen irreales y como un sueño”(Ancho mar de los sargazos,p.82), otra vez Francisco Suniaga, quien como margariteño siente este mar, “Los del tramo final de la travesía, los del Caribe azul, vividos bajo el dominio de una sensación avasallante…irradiándome esa energía que sólo existe en la Zona Tórrida”(El pasajero de Truman. Caracas: Mondadori,2008,p.201). Y siempre Jean Rhys: “Mientras, fatigado, cabalgaba detrás de mi esposa, pensé que todo era excesivo. Demasiado azul, demasiado púrpura, demasiado verde”(Ancho mar de los sargazos,p.72). Todos como hombres del trópico “franco, incapaz de disimulos”(Plinio Apuleyo Mendoza/Carlos Alberto Montaner/Alvaro Vargas Llosa: El regreso del idiota. Bogotá: Mondadori,2007,p.162).

Y lo dicho por el primer caribeño, Simón Bolívar(1783-1830), al establecer su proyecto político(Noviembre 8,1819), “esta es la creación de una nueva república, y no es el restablecimiento de la antigua. Esta patria es Caribe y no boba”(Escritos del Libertador. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venesuela, 1983,t. XVI,p.374). La presencia del mar, y de este mar en particular, en su vida fue tal que uno de sus biógrafos, Tomás Polanco Alcántara(1927-2002) subraya: ”Siempre me ha impresionado la estrecha relación de Bolívar con el mar...El Caribe le enseñó a esperar, a sufrir, a ser derrotado y a vencer...Después se fue a buscar los senderos del Pacífico...y cuando ya no le estaba quedando vida, buscó el mar para morirse, frente a él, en Santa Marta”(Simón Bolívar. Caracas: Ediciones GE,1994, p.IX). Y tal como lo recalcó el cardenal José Humberto Quintero(1902-1984) murió, cerca de Santa Marta, “con los ojos clavados en la inquietud perenne del Caribe”(Discursos. Caracas: Editorial Arte,1972,p.205). El Caribe es tal que nos recuerda al texto bíblico cuando el salmista canta:” “Tu camino se abrió a través del mar, por las enormes aguas tu sendero, y no se vieron tus pisadas”(Sagrada Biblia, Salmo 77, versículo 20). Y por ello, en La isla bajo el mar, su autora nos recuerda a “La luz implacable del Caribe”(p.263) porque lo es doblemente, real y psicológica. Este es también el ámbito que esta novela ilumina, en medio “de la voracidad del trópico”(p.98) al que ella se refiere en uno de los pasajes de su libro.

Ojeo Crítico

En La isla bajo el mar su autora nos ofrece una recreación novelesca de los sucesos acaecidos hacia fines del siglo XVIII en la isla de Saint Dominique, la parte francesa de aquella ínsula, durante la insurrección de los esclavos en 1791 y la guerra civil de dos años más tarde, que llevó al casi exterminio de la clase blanca allí, lo que aterró prácticamente a toda la región caribeña. Esta rebelión condujo a la larga a la Independencia de Haití, país que así se llamó desde 1805. Al proclamar Haití su independencia en 1804 se convirtió el primer país latinoamericano en ser independiente, emancipación que fue reconocida por Francia décadas más tarde(1826).

Las consecuencias de la rebelión negra haitiana fue conocida en Venezuela como el “contagio haitiano” e impulsó al menos los levantamientos de José Leonardo Chirino, el cual pagó con su vida ya que le fue impusta la pena de muerte(Diciembre 10,1796) en la región de Coro y la de Francisco Javier Pirela(c1770-¿1821?) en Maracaibo. Los sucesos fueron bien conocidos entre nosotros pues más de dos mil vecinos de Saint Dominique huyeron a Venezuela y llegaron a Maracaibo y a otras ciudades del oriente del país. Es lástima que Isabel Allende no se haya detenido en estos hechos que tanto aterrorizaron a los venezolanos, especialmente a los mantuanos. Hay documentos posteriores de Francisco de Miranda(1750-1816) y del Libertador que dan cuenta de esta angustia y del temor a una insurrección parecida en tierras venezolanas.

Así los sucesos de Saint Dominique, constituye el primer ámbito de esta bella novela, el más importante, todo él narrado a través de un personaje femenino, Zarité o Tete, una esclava que desea su libertad y logra obtenerla pese a pasar mil vicisitudes. Ella había nacido en 1770, tenía pues ella cuarenta años cuando la novela se cierra en 1810, cuando ya todo el periplo haitiano se ha cumplido, la independencia de aquella nación se había logrado, habían muerto sus líderes originales, como Taussaint Louverture(1743-1803) y Jean Jacques Desalinnes(1758-1806) y gobiernaba, desde 1807, Alejandro Petión(1770-1818), quien tanto apoyo dio a los patriotas, especialmente a Bolívar, en su lucha contra el imperio español, solo pidiendo se declarara la libertad de los esclavos, cosa que Bolívar hizo aquel 1816 en Carúpano, el mismo año de sus expediciones libertatarias haitianas, salidas desde Los Cayos y desde Jacmel, preparadas con el apoyo del magnánimo presidente haitiano y del comerciante inglés Robert Sutherland, este quien se hizo amigo de Bolívar en aquellos meses lo consideró “hombre de estricto honor”.

El segundo ámbito, la segunda copiosa parte de La isla bajo el mar, sucede en Nuevo Orleans, ciudad caribeña también, aunque pocos lo hayan visto así, está en ese mar nuestro en el golfo de México. Hacia allá huyeron numerosos habitantes de Haití quienes, como la protagonista y la familia a la que sirve, pasaron allá huyendo del horror de la insurrección haitiana. La novela se cierra en la capital de Luisiana, una urbe que pasó por manos francesas, españolas y más tarde a los Estados Unidos. Pero fue en los años en que transcurre la novela ciudad gala.

La Novela

Creemos que hay un pasaje de La isla junto al mar que define la narración en todos sus recovecos, es además, para nosotros, el más bello de la novela. En él se lee:

“Habían transcurrido más de treinta años desde que Macandal, aquel brujo de leyenda, plantara la semilla de la insurrección, y desde entonces su espíritu viajaba con el viento de un extremo a otro de la isla, se introducía en los barracones, las cabañas, las ajoupas, los trapiches, tentando a los esclavos con la promesa de la libertad. Adoptaba forma de serpiente, escarabajo, mono, guacamaya, consolaba con el susurro de la lluvia, clamaba con el trueno, incitaba a la rebelión con el vozarrón de la tempestad. Los blancos también lo sentían. Cada esclavo era un enemigo, ya había más de medio millón y dos tercios venían directo de África con su carga inmensa de resentimiento y solo vivían para romper sus cadenas y vengarse. Miles de esclavos llegaban a Saint-Dominique, pero nunca fueron suficientes para la insaciable demanda de las plantaciones. Látigo, hambre, trabajo. Ni la vigilancia ni la represión más brutal impedían que muchos escaparan…con un solo pensamiento: huir de los blancos”(p.132)

Por Dentro

Si quisiéramos atrapar la esencia de esta novela debemos partir siempre que esta es una historia contada desde la mirada de una mujer, de una esclava del Saint Dominique del siglo XVIII. Es por eso que en los pasajes en donde habla la protagonista, todos se titulan “Zarité” como su nombre propio y todos están en distinta tipografía que el resto del libro. Así podemos leer, lo que nos da la atmósfera que vamos a encontrar en la narración, que ella, Teté, como es su sobrenombre, también pasaba las noches “atormentada por pesadillas y el día atormentada por la realidad”(p.73), porque era inminente en todo sentido la rebelión de los negros, era imparable(p.77) y lo era porque allí en esa isla los “sueños de libertad”(p.84) estaban vivos, como lo sabía la curandera Tante Rose, uno de los personajes más entrañables de esta ficción.

La situación era tal que Zarité pedía a la divinidad por Gambo, su amor, “acalla su corazón de bozal en la luz del día, para que sobreviva, y dale bravura por las noches, para que no pierda la ganas de la libertad. Míranos con benevolencia”(p.129), tal lo que consigna en sus páginas autobiográficas. Ella sabía que todos los esclavos vivían en “el delirio de la esperanza”(p.165).

Y cuando la rebelión se desata comienza a surgir el miedo, compartido por negros y por blancos(estos “No podían imaginar nada peor que un alzamiento de negros”,p.269), “Teté…había pasado más de un año asustada en la plantación, acosada por los aullidos de los condenados en Le Cap, huyendo, despidiéndose, esperando”(p.261). Le Cap, que aparece en la novela tantas veces, es la ciudad del Cabo Haitiano o el actual Cap-Haitien, en el norte de la isla.

Por ello muchos años después, en las páginas finales de la novela Zarité escribe en su recuento: “Han pasado cuatro años y estamos en 1810. Le he perdido el miedo a la libertad, aunque nunca le perderé el miedo a los blancos”(p.507), “Mi marido tiene cincuenta y seis años y yo cuarenta, porque nos gustaría envejecer entre muchos hijos, nietos y bisnietos, todos libres”(p.510), “Zacharie y yo ya tenemos historia, podemos mirar hacia el pasado y contar los días que hemos estado juntos, sumar penas y alegrías; así se va haciendo el amor, sin apuro, día a día”(p.511).

El Suceder

La novela, ya lo hemos señalado trascurre a lo largo de varias décadas, que podemos comenzar a fechar en el año 1770 cuando nació Zarité, una esclava hija de esclavos traídos con violencia de África.

Todo sucede en una “isla desgarrada por la violencia desde los tiempos de Colón”(p.254) pero que se hace más viva en el segunda mitad del siglo XVIII, “El siglo de la libertad” como lo denomina Germán Arciniegas(Biografía del Caribe,p.373) o los de “la gran conmoción” que dice Juan Bosch(De Cristóbal Colón a Fidel Castro,p.455) que se inicia en el Caribe precisamente con los sucesos de Haití, tres lustros más tarde de proclamada la independencia de los Estados Unidos.

No hay que olvidar nunca que el siglo XVIII fue uno de los siglos más luminosos de la historia humana, tanto como la antigüedad en Grecia, la creación del Derecho Romano en el mundo latino, el siglo XV en donde nace en todos los sentidos el mundo que aun vivimos, tiempo en donde en verdad nace el capitalismo cuando se instalan los primeros bancos en Italia con sus sucursales en Flandes, días del Renacimiento y del descubrimiento de América o el siglo XVI por su inmensas innovaciones de todo género, cuando existió el más grande imperio nunca visto en la humanidad: el español, tan grande que nunca se ponía el sol en él: cuando atardecía en Madrid era el mediodía en América y estaba amaneciendo en Filipinas, por ello fue que el rey Felipe II(1527-1598) ha sido el gobernante que mayor poder ha tenido a lo largo de toda la historia de la humanidad, antes que él ninguno y después nadie más.

Siglo creador será el XVIII. Tanto que la única Revolución que podemos considerar feliz, pese a la Guilllotina y Maximiam Robespierre(1758-1794), es la Francesa(Julio 14,1789) por sus máximas de libertad, igualdad y fraternidad, fundamento de un orden jurídico y de los derechos humanos, muchos siglos antes proclamado por Jesús en el Sermón de la Montaña. Es, debemos citar en presente, la única Revolución que podemos decir triunfó porque otorgó la libertad a todos. Y ello está vivo pese a las tentativas autocráticas vigentes, que cada día son menos, porque lo que se ha impuesto es la sociedad liberal y democrática, hija de la proclamación parisina.

Los logros de aquel período los ha resumido muy bien Isabel Allende en las páginas de su segundo libro de memorias al consignar: “época extraordinaria en el mundo occidental. Las ideas democráticas de la Revolución Francesa estaban trasformando a Europa y en ellas se inspiraban las guerras libertadoras de las colonias americanas. Los ejércitos victoriosos de Napoleón(1769-1821) invadieron varios países, incluida España, donde la población inició una guerrilla sin cuartel(1808) que finalmente expulsó a los franceses(1814) de su suelo”(La suma de los días,p.325-326). También del Corso recibió la humanidad el Código Napoleónico, un código civil que influyó en todas las legislaciones.

Fueron aquellos del siglo XVIII tiempos de grandes transformaciones, “estamos viviendo una época de cambios profundos no sólo aquí, también en Europa y en América”(p.235) dice un personaje de La isla bajo el mar. La palabra América en este capítulo tiene dos sentidos: los Estados Unidos quienes habían proclamado su independencia en 1776 y toda la América Latina en la cual se había divulgado el ideario de la Ilustración dentro del cual la idea de la libertad era esencial, “porque cuando se prueba la libertad no se puede volver atrás”(p.202) como le dice Gambo a Teté.

Fue por ese deseo que terribles acontecimientos se desencadenaron(p.234) en la parte francesa de la isla de Saint Dominique.

Si Gambo fue por un período el amante de Teté con el tiempo se encontró con Zacharie quien también había vivido obsesionado por la libertad(p.253).

Tal aquella insurrección del medio millón de esclavos oprimidos que había en Saint-Dominique para 1789, momento en que la esclavitud fue abolida en Francia por la Revolución(p.176), desde esa decisión tomó impulso la rebelión haitiana al darse cuenta que la decisión de París no los incluía por vivir ellos en una colonia gala. Se organizaron todos los negros, “Ya no se trataba de bandidos escuálidos, sino de guerreros decididos, porque no había vuelta atrás: se moría peleando o se moría supliciado”(p.194), así “la revolución de Saint-Dominique era el desquite inevitable de los esclavos contra la brutalidad de los colonos”(p.271)

Aunque Teté, quién logró su libertad de su amo antes de salir de Haití y se fue, junto con la familia de aquel, a Nuevo Orleans, nunca olvidó su terruño, de allí que siempre supo que “su alma iría nadando a la isla bajo el mar”(p.140) como sierre dijo Zarité, razón del título del libro.

(Leído en el Círculo de Lectura de la Asociación de Vecinos de la Lagunita, en su sesión de la tarde del miércoles 7 de Abril de 2010).

Apéndice

Al leer este trabajo Isabel Allende nos escribió, desde su casa en California, esta carta la cual debemos considerar su gran testimonio de amor a Venezuela:

Abril 4,2010
Mi querido Roberto
Muchas gracias por recordarme, por leerme y por ese magnífico ensayo sobre mi última novela y tu visión de nuestra literatura latinoamericana.

He dicho a menudo y lo repito aquí, que los años que pasé en Venezuela (1975-87) fueron esenciales en mi vida, cambiaron mi personalidad y me lanzaron en la literatura. No sería escritora sin la experiencia venezolana. Los primeros años de exilio fueron duros, a pesar de que había miles de chilenos en Caracas y fuimos acogidos con la tipica generosidad despelotada y maravillosa de tu país. Había espacio para todo el mundo. Las convenciones, la mojigatería, la prudencia, los temores que traímos de nuestro país no servían de nada, había que quitarlos del medio.

Una anécdota lo ilustra: por las mañanas yo iba a tomar un marroncito a la panadería de los portugueses de la esquina. Había siempre una muchedumbre gritando el pedido y de algún modo misterioso el cafecito llegaba, pasando de mano en mano por el aire, hasta su destinatario. Los únicos que no conseguíamos el nuestro éramos los chilenos, porque en vez de gritar: ¡Oye, vale, un marroncito y un cachito de jamón! , nosotros levantábamos la mano y con voz tembleque preguntábamos en un susurro: “Señor, si me hacer el favor, me podría dar un marroncito y un cachito? Cuando pueda no más.” Por supuesto, nadie nos hacía el menor caso. Pero al cabo de unos dos o tres años me atreví a gritar mi pedido a pulmón partido y así obtuve mi marroncito y mi cachito como los demás. ¡Para qué decir cómo echo de menos ese exquisito desayuno de la panadería portuguesa! No hay café que se le compare y en cuanto a los cachitos, sólo existen en Venezuela.

Esa Venezuela de entonces era abundante, libre, orgullosa de su lugar en el mundo, de su democracia, de sus artistas y sus reinas de belleza. No todo era miel sobre hojuelas, claro, había corrupción, despilfarro y crimen urbano, había pobreza en los cerros y en las provincias, muchas cosas funcionaban mal, pero la vida era estupenda, incluso para los refugiados pobretones como mi familia. ¡Ah! Y la amistad... Eso era prodigioso. La familia de Ildemaro Torres adoptó a la mía y todavía hoy, treinta y cinco años más tarde, mis hijos y sus hijos se consideran primos (primates, como ellos dicen). Cuando mi hija Paula cayó en coma en Madrid en diciembre de l991, la primera persona que voló a consolarme fue Ildemaro Torres. Como médico, pudo entrar a verla en la UCI y hablar con los médicos que la trataban. Su sentido de la amistad y su amor por nosotros lo obligaron a decirme lo que nadie había querido formular: Paula estaba perdida, debíamos comenzar a despedirnos de ella. Recuerdo que me puse furiosa contra él, pero en el fondo sabía que me decía la verdad.

En esos tiempos se hablaba de la Venezuela Saudita, “tà barato, deme dos,” cualquier pretexto era bueno para celebrar, había música y baile y ron y champaña y whisky. No era un país para deprimidos. Imagínate el choque cultural de los chilenos que veníamos de la dictadura de Pinochet, un país pobre, sobrio, y fatalista. Me costó entender las reglas de esa nueva patria y adaptarme a la alegría fácil de Venezuela, pero una vez que lo hice, todo cambió.

Primero me cambió el cuerpo. Antes vivía pendiente de mis defectos y limitaciones, pero de las bellas venezolanas aprendí a sentirme cómoda en mi piel, orgullosa de mi sensualidad, segura de mí misma, y en vez de ocultar las pechugas bajo blusas almidonadas y el trasero entre los pliegues de faldas anchas, decidí mostrarlos. Al que le guste bien, al que no, que mire para otro lado. ¡Qué libertad me dio esa aceptación del erotismo y la sexualidad!

Segundo, me cambió la manera de ver el mundo: ya no era un valle de lágrimas, como me habían inculcado mi abuelo vasco y una familia patriarcal, conservadora y católica, sino un posible paraíso donde se trabaja para vivir y no se vive para trabajar, donde pasarlo bien es un deber, donde se puede dejar para mañana lo que es un fastidio hacer hoy, (porque tal vez de aquí a mañana lo haga otro). Vivir al día, gozar el momento, darse tiempo para comer, beber, conversar, echarse al sol, todo eso aprendí.
Tercero, me cambió el destino. En Venezuela encontré mi voz como escritora. Allí escribí mis tres primeras novelas y allí descubrí que podía ganarme la vida en este extraño oficia de la literatura. El lento ejercicio cuotidiano de la escritura me obligó a indagar en el pasado, en mis recuerdos y en mi alma. Hice cambios fundamentales en mi vida, como terminar un matrimonio de 25 años que ya no funcionaba. Yo tenía 45 años y recuerdo que mi madre me dijo: “piénsalo, hija, porque un divorcio a esta edad significa que vas a estar sola el resto de tu vida.” Si lo hubiera pensado a la chilena, todavía estaría casada con mi primer marido, pero lo pensé a la venezolana: o te subes o te encaramas. Nos divorciamos. Dos meses más tarde él tenía otra compañera con quien ha sido muy feliz durante 22 años, y cuatro meses después yo conocí a Wiliam Gordon, el gringo con quien estoy desde entonces.

Bueno, querido Roberto, creo que esta carta se alarga demasiado. Sólo quería agradecerte por todo lo que tu país me dio.

Un abrazote:
Isabel Allende

PD: ¿Sabías que mis dos hijos se casaron en Venezuela y tengo un nieto nacido en Caracas?