Jueves, 19 de Octubre de 2017

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La Cena: Loa a la Amistad y Canto al Amor

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Te regalaré: mi soledad, mi rebelión,
mi juventud; mi transparencia,
mi canción, mi libertad…
todo lo que sé y no sé”
Gian Franco Pagliaro.

Para empezar, antes de penetrar en la páginas del nuevo libro de Gisela Cappellin(1959), su novelín La cena (Contratapa: Adriana Villanueva. Caracas: La Agencia de la Palabra, 2009. 102 p.), debemos decir, es lo primero que salta a nuestra vista cuando tenemos el libro en nuestras manos, que el volumen fue bellamente diseñado con todo el arte de María Angélica Barreto e impreso con todo el primor que Javier Aizpurua pone a todo lo que hace desde sus prensas de “Ex Libris”, uno de los talleres de donde están saliendo los más hermosos impresos venezolanos en los últimos tiempos, uno de los cuales obtuvo el premio al libro más bello del mundo que otorga la Feria de Franfort. Nos referimos a la Geohistoria de la sensibilidad en Venezuela(Caracas: Fundación Polar,2007. 2 vols) del maestro Pedro Cunill Grau, nuestro primer geógrafo, introductor de la geografía humanista entre nosotros.

Cuando un lector abre La cena llega en una primera lectura, por ejemplo, hasta la p.69, cuando solo faltan treinta hojas para llegar a su culminación, no puede dejar de expresar en su intimidad de leyente: esta novela corta es preciosa, demasiado; su autora, poeta con palabra propia, en este su primer trabajo de ficción, es sin duda una narradora, no cabe duda. Y ese mismo lector también piensa: hay mucho que decir de esta larga historia, son muchas las ideas que merodean la imaginación al pasar de una página a otra, es además caraqueñísima, aunque la palabra Caracas no aparece nunca mencionada. Pero este relato es todo un logro. Y en una primera instancia este lector sintió una gran empatía por la empeñosa Corina o por la desconcertada Sandra y siempre por Irene, la protagonista, ¿es ella la que dice “Soy una mujer que estuvo ciega, vengo a dar testimonio” del poema de Yolanda Pantin, que se cita en el epígrafe?(de su País,ed.2007,p.73). Y los tres hombres de lo que nos cuenta Gisela Cappellin no son desdeñables, sobre todo Tulio Augusto, con su honda ánima viva, y Doménico con todos sus dones artísticos porque a Asdrúbal nos lo tropezamos cada día en nuestra urbe, y es detestable.

Al entrar en La cena de Gisela Cappellin con lo primero que nos topamos es con la exquisita sensibilidad de su autora, la cual ha hecho de esta noveleta una obra sugestiva, finísima, hondamente delicada, escrita en pulido estilo, cuyos personajes están descritos con precisión y profunda penetración, es por ello que son veraces.

Es una novela de Caracas, sucede en ella, así nuestra urbe nunca sea mencionada por su nombre propio(p.36,37). Es Caracas, y su mar cercano por su borde se pasea Tulio, esa ciudad del trópico dentro de la cual deambulamos mientras seguimos el suceso de La cena(p.87).

La cena es la historia de seis solitarios, como sugiere Adriana Villanueva en la pestaña con que la presenta, aunque la soledad es una característica del tiempo en que vivimos. Pero La cena es más que la sola presencia de unas personas solas porque es una loa a la amistad y un canto al amor, la amistad lo sabemos es una forma de amor, quizá la más alta, no en vano se menciona en La cena el Ordo amoris(1916) de Max Scheler(1874-1928). Tal concepción, que nos viene de san Agustín de Hipona(354-430 dC), no es otra cosa que “La ordenación viene del amor y está llamada a crear más amor, debe ser fundado por el ser humano en relación a las realidades de su entorno”, como dice uno de sus comentaristas.

Pero lo que vemos en La cena, todo el contorno es visto con ojos de mujer, esta es la perspectiva de la narración, una obra creada por una mujer que con su mirada observa su contorno. Así La cena es un nuevo jalón del modo que nuestras féminas nos ven, y viéndonos se ven así mismas.

Pero al seguir el suceder de La cena prácticamente tocamos todo lo humano. Y ello por la gran agudeza psicológica de su autora en el mirar, en el comprender. Porque lo intimista es esencial aquí, la necesidad de estos seres de conocerse así mismos es esencial, tal como lo siente, uno de ellos, Tulio(p.47).

Gisela Cappellin es detallista hasta la minucia, nada parece escapársele, quizá por ello escribió con tanta paciencia y parsimonia su libro.

Es verdad que es la historia de seis soledades pero es también el gran elogio, ya lo hemos anotado, de la amistad(p.80,88) que es la que permite pasar de la soledad a la solidaridad, la otra instancia del dejar de estar solos, más bien aislados como Irene, la protagonista, Domenico, el artista o la misma Sandra.

Pero si La cena nos presenta a unos solitarios es también el gran anuncio de la vida, del seguir viviendo, como una planta que se menciona en las líneas finales, “que hasta con sus hojas cansadas, mantiene su color con intensidad”(p.98-99) porque, como se lee en uno renglones de Gabriel García Marquez: ”es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”(El amor en los tiempos del cólera. Bogota: La Oveja Negra, 1985,p.473) y es el vivir pleno lo que buscan estos angustiados personajes, agónicos incluso en el caso de Sandra, aunque quizá ella no lo sepa o apenas lo perciba, aunque la reunión casa de Irene “le proporciona la ocasión de un encuentro íntimo consigo misma”(p.43).

La autora de La cena reflexiona sobre su propio oficio creador en diversos pasajes: a través de Corina, una periodista que puede ser escritora si se lo propone porque tiene ya el instrumento(p.28) o por medio de Domenico el creador(p.35-36), cuya “mente le atormentaba con la aspiración de hacer una obra trascendente”(p.38,88). En verdad es Corina de hecho la autora de este relato, es que ella quien decide relatar la significativa noche que todos han pasado juntos casa de Irene(p.99).

La cena, insistimos, es en casi toda su extensión, en largos pasajes, un relato intimista pero nuestra realidad toda está presente, hasta la política(p.57).

Y no puede ser más sugerente su final abierto el cual deja al lector lleno de conjeturas. Y ello es importante porque Gisela Cappellin al hacerlo respeta la libertad del lector. Es él quien debe llegar a las conclusiones, escribir memoriosamente su final o quedarse las mil interrogantes que el relato le propone.

Ya hemos señalado que Irene es la protagonista de La cena. Ella es una mujer sola, una de esas mujeres tan de estos días que escogieron la soltería como modo de vida. Soltería sin ausencia de vida sexual, como las mujeres de antes.

Irene es una persona sola por propia decisión, es una destacada gerente, se hizo a si misma, a nadie da cuenta lo que hace,”sabe mantener la distancia que impide invasiones a su mundo interior”(p.13), siente ante aquella noche, en que espera a sus invitados con ansiedad, que durante aquel encuentro sus sentimientos, sus debilidades y manera de ser “estarán expuestos”(p.13).

Pero será una especie de suave desafío porque ”Es la primera vez que se reúnen. Ninguno de ellos se ha visto antes”(p.69), pese a estar todos relacionados de alguna manera con Irene. Pero ella termina al final de la noche, cuando todos se marchan, comprendiendo lo importante que es encontrarse con otros(p.80,81) porque aquella comida en “petit comité” le permite abrirse, recordar, compartir(p.80), cosa a la cual se ha negado por largo tiempo como una forma de cuidar su independencia.

En Corina aparece su valor en enfrentar la vida. Es madre, periodista, con un desarrollado sentido mujeril(p.53) muy propio de estos tiempos. Pero está sola, es célibe(p.30), un asunto que aparece varias veces en este libro, lo volvemos a encontrar en el caso de Domenico(p.87), una vivencia también de estas horas nuestras. Corina sin duda pertenece a la generación del “placer casto”, del feeling, que dijo Yan Kerorgguen, es una hija, porque es mujer, de la generación post-sesenta que al parecer agotó todas las instancias de vivencia del erotismo y se quedó seca. Y se llenó de miedo cuando apareció el Sida:¿consecuencia de aquellos libertinajes sin límite? Nos lo preguntamos porque las enfermedades tienen un origen en la sociedad en donde aparecen como nos lo hizo ver la agudeza sin par de la norteamericana Susan Sontag(1933-2004) en La enfermedad y sus metáforas(Barcelona: Muchnik Editor, 1980. 131 p.). O está dedicada Corina a “ese dulce ejercicio de la imaginación, el más recatado e inofensivo de todos los juegos amorosos”, como dijo Salvador Garmendia(1928-2001) en su quieta definición de la masturbación, del amor así mismo(Crónicas sádicas. Caracas: Pomaire,1990,p.21) o como se lee aquí sobre Sandra:”al tentar su depilada intimidad, el roce imprudente de los dedos provoca la sinéresis de los relajados muslos”(p.44). O es Corina una mujer, aunque al parecer, así lo dice, quien no desea tener una nueva relación con un hombre. ¿Será porque cerca de ella no ha aparecido alguno de nuestros escasos “hombres sensibles”, como llamaba Anais Nin(19803-1977) a los no sexistas(Ser mujer. Madrid: Debate,1979) o los “hombres afectivos” que dice Shere Hite(Buenos, malos y otros amantes(Barcelona: Plaza y Janés,1989. 238 p.), por cierto esta sexóloga gringa es siempre tan luminosa en la descripción de las relaciones entre hombres y mujeres de hoy, de allí que sus libros aunque se refieren a la mujer contemporánea, como es el caso de Mujeres sobre mujeres(Barcelona: Punto de Lectura,2001. 429 p.) arrojen tanta luz, aunque algunos no lo crean, a la propia circunstancia del hombre de este hoy y aquí, así ha sido al menos para este crítico.

Y para terminar esta digresión es bueno anotar, en cuanto al celibato de Corina y Domenico, que estos viven así porque sólo desean estar sexualmente con aquellos a quienes aman. Solamente. Son por ello distintos, completamente, a los promiscuos que por allí andan. Ellos solo quieren amor. Y con él la realización sexual. En todo esto no ha podido ser más punzante Gisela Cappellin al tocar este asunto.

Corina, uno la siente tan cercana a nosotros quizá por parecerse mucho a las mujeres con las que uno se encuentra cada día, a nuestras amadas amigas: sin pareja, cuidando, educando y viendo crecer a los amados hijos abandonados por el padre, cosa nada rara en esta sociedad de papás ausentes, esos progenitores que están con los hijos mientras la mujer esté con ellos, después no, lo que nos hace una “matria”, una sociedad matricentrista, no una patria. Ese es uno de los problemas de Corina, tal como la describe Gisela Cappellin es una y es mil a la vez.

Pero Corina es como periodista, y como aspirante a escritora porque ya conoce los vericuetos por los que debe andar quien escribe(p.28), una gran lectora, sus compañeras de bachillerato, Irene entre ellas, consideraban que en aquellos tiempos era la única que había leído Cien años de soledad. Son significativas las obras que va mencionando Corina como los libros de las norteamericanas Sylvia Plath o Paula Fox. La lectura es tan importante para ella que “es trascendental compartir sus viajes emprendidos a través de la lectura y entregarles como legado las obras que ha leído”(p.97-98) a sus hijos.

También Irene le gusta leer, de hecho memoriosamente hace un elogio de la lectura(p.11), en otro momento se refiere a su apasionada lectura de Opus nigrum de Marguerritte Yourcenar o en un instante recuerda a la protagonista de Desayuno en Tiffanys de Truman Capote.

Sandra es una mujer en crisis, está casada con el machista Asdrúbal(p.62), que para nada la toma en cuenta, ni la escucha, es para él solo su linda mujer a la exhibe en todas partes y con quien se ayunta en la cama. Asdrubal también va a la fiesta de Irene.

Sandra es mujer bella y atractiva, de gran sensualidad(p.44-45). Y en uno de los más altos momentos de la narración (p.73-75) sentimos que descubre que la rebeldía, que siempre es creadora, claro si se encamina por el sendero del Ordo amoris. La rebeldía es lo único que puede salvarla(p.83).

La presencia de Gisela Cappellin con La cena, y antes con su poemario Sicalipis(Caracas: Ex Libris, 2007. 67 p.), es significativa, su novela calza plenamente en el imaginario creado por nuestras letras a lo largo del tiempo. Y estamos con ella ante otro de los creadores, que por su edad pertenecen a nuestra última generación literaria, una promoción en que la mayoría de sus miembros nos han ofrecido sus mejores escritos ya en la madurez, después de haber estudiado, leído mucho, sentido la realidad de su contorno, vivido los dones del amor: lo cual es necesario para la escritura.

Y La cena es también un nuevo momento de aquello que en nuestra literatura escriben las mujeres. Y Gisela Cappellin lo hace dentro de ese nuevo grupo de mujeres creadoras que tan bien atrapan su contorno: Milagros Socorro, su tocaya Gisela Kozak, María Ángeles Octavio o Adriana Villanueva, entre las mejores. Así el mensaje de Teresa de la Parra(1889-1936) y de Antonia Palacios(1904-2001), renovado por figuras como Laura Antillano, Antonieta Madrid, Ana Teresa Torres, Milagros Mata Gil, nuestro largo abanico de magníficas poetas, de ensayistas, críticas y dramaturgas, donde el mensaje de las de antes y las de ahora está vivo y actuante.

Albricias a Gisela Cappellin por el empeño y por exhibición de sus poderes creadores.

Mayo 25,2009