Sábado, 22 de Julio de 2017

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Elisa Lerner Narradora

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Cada artista crea un código invisible que lo define”
José Balza:Transfigurable,ed.1983,p.71
“filoso como el lápiz de un escritor fecundo”
Elisa Lerner: Homenaje a la Estrella,ed.2002,p.49)


Elisa Lerner(1932) es una de nuestras grandes intelectuales contemporáneas. Es también creadora, ensayista, dramaturga, narradora, de escribir constante, lento, cuidadoso. Es por ello que ha sido tarde cuando nos ha ofrecido su obra como narradora. De allí que sea ahora cuando nos ofrezca sus cuentos de Homenaje a la Estrella.(Prólogo: Eugenio Montejo. Caracas: Oscar Todtmann Editores, 2002. 90 p.) y novela De muerte lenta.(Caracas: Fundación Bigott/Equinoccio,2006. 239 p.). No decimos que esta sea su primera novela porque antes, hace décadas, trabajó mucho sobre la que debe haberse publicado hubiera sido la primera. Nos referimos a El canto de la ociosa de la cual conocemos un fragmento gracias a la animosa Cristina Guzmán quien la publicó en una antología por ella preparada(Las mujeres cuentan. Caracas: El Diario de Caracas, 1980,p.24-26).

El canto de la ociosa existe y la autora no ha renunciado a publicarla, como nos lo decía hace pocos días. Sucede en Nueva York en donde la autora vivió mientras hacía sus estudios de postgrado en Derecho de Menores porque ella es Abogada graduada en la Universidad Central de Venezuela.

Por El canto de la ociosa y también por sus bellas crónicas Una sonrisa detrás de la metáfora.(Caracas: Monte Avila Editores, 1968.100 p.) recibió la autora unas observaciones nuestras con ocasión de la publicación de Una sonrisa…en el cual le pedíamos abandonar el tratamiento de los cosmopolita y venirse a mirar al país, a interpretarlo. Fueron las palabras de un escritor muy joven, teníamos entonces veinte y tres años, a quien la Venezuela de fines de los sesenta angustiaba porque veía ya el sesgo que tomaba nuestra democracia en la cual en poco tiempo, apenas cinco años, sólo un lustro, corruptos y corruptores se apropiarían por medio de la delincuencia de cuello blanco propiciada desde la cima del poder, desde Miraflores. Aquellas palabras, aquel llamado nuestro, tan iconoclasta como nuestra edad, surtieron su efecto, lo reconoce hoy Elisa Lerner con el hondo afecto que nos profesamos, afición que nos ha permitido el largo diálogo crítico-creador que hemos tenido a lo largo de décadas, desde aquella tarde en que nos presentamos en su apartamento de San Bernardino, en la plaza La Estrella para llevarle aquella reseña que sintió tan ardua para con ella. El palique entre el escritor y el interprete era algo que siempre encomió y aconsejó nuestro admirado, para ella y para mi, el notable maestro de la crítica, el uruguayo Emir Rodríguez Monegal(1921-1985). Nuestras observaciones no pretendían imponer nada, estamos lejos de ello, sólo expresaban nuestra personal opinión. Aquellas notas nuestras dice ella que la hicieron verterse hacia el suceder de la nación que de hecho ya estaba sugerido en los primeros momentos de sus obras teatrales, sobre todo en “La bella de inteligencia”(1960) donde ya estaba presente el drama del intelectual en nuestro medio, otros de los grandes temas de su obra. Es ese mismo “País odontológico”(1966) de su notable monólogo, también de los sesenta. Y ello estaría siempre en sus libros de ensayos desde Yo amo a Columbo o la pasión dispersa.(Selección y prólogo: José Balza. Caracas: Monte Avila Editores, 1979.395 p.), sus Crónicas ginecológicas. (Caracas: Línea Editores, 1984.236 p.), el nostalgioso Carriel para una fiesta.(Prólogo: Milagros Socorro. Caracas: Editorial Blanca Pantin, 1997. 136 p.) o en aquel hurgar en lo recóndito cotidiano que encontramos En el entretanto.(Prólogo: Alexis Márquez Rodríguez. Caracas: Monte Avila Editores,2000.81 p.). De hecho estaba bien presente ya entonces en su lúcida crónica, también de 1968, “El país y la memoria”(Yo amo a Columbo,p.35-39). Fue todo esto que Elisa Lerner el abandonó de El canto de la ociosa que pese a ello siempre la hemos incitado a publicar como ahora lo reiteramos. Será otra novela de un escritor venezolano en suceder en la capital del mundo, Nueva York, como la de Renato Rodríguez(El sur del ecuanil, 1963), la todavía inédita de María Teresa Ogliastri(Una doble de alabastro) o la de Leopoldo Tablante (Groovy,2007). También en Nueva York sucede el estremecedor drama de Elisa Lerner “En un vasto silencio de Manhattan”(1964), obra cenital del teatro venezolano contemporáneo aunque ello no se haya visto bien hasta ahora. La protagonizó nuestra gran Flor Nuñez en su única puesta en escena, dirigida por Gustavo Tambascio, en 1982.

En aquel momento de 1969 escribimos lo que originalmente molestó mucho a Elisa Lerner, de hechos nos regañó cuando nos presentamos a hacerle entrega del ejemplar de la revista en la cual lo habíamos publicado. Esto escribió aquel muchacho que ya no somos:
“Pocos buenos cultivadores de la crónica tienen las letras venezolanas. La crónica exige cultura, buen dominio de temas, posesión del instrumento expresivo necesario para comunicarse con los demás.

Entre quienes tienen esas dotes se encuentra Elisa Lerner, quien acaba de publicar catorce finas y bien acabadas crónicas escritas durante 1968 en su libro Una sonrisa detrás de la metáfora.

Elisa Lerner es una de las pocas escritoras venezolanas de la última década que algo tiene algo que decirnos y que sabe expresarlo. Sus crónicas lo proclaman. Ella se inició como cronista de cine. Más tarde fue miembro del grupo Sardio(1958-1961), de especial significación en nuestra literatura. En la revista Sardio escribió notas críticas muy buenas, entre las que podemos recordar la que dedicó a Andrés Mariño-Palacio(1927-1965), cuando éste publicó su segunda novela Batalla hacia la aurora(1958), estando aun vivo pero ya muy enfermo, de hecho lo estaba desde una década antes(Yo amo a Columbo,p.21-24).

Elisa Lerner es también escritora de teatro; sus dos únicas obras, “La bella de inteligencia”(revista Sardio, n/ 7, 1960,p.561-567) y “En el vasto silencio de Manhattam”(1964), han sido calificadas por el dramaturgo Isaac Chocrón como obras de "gran fuerza irónica"(El nuevo teatro venezolano. Caracas: OCI,1966,p.20).

Hace pocas semanas publicó su agudo ensayo “Nuestra sociedad radial en Salvador Garmendia” (Yo amo a Columbo,p.43-50).
Se leen con gusto estas crónicas de Elisa Lerner, en ellas observamos sus buenas cualidades críticas, pero echamos de menos en todas ellas la reflexión venezolana, el estudio de temas venezolanos; no sabemos hasta dónde tiene derecho el escritor de un país que vive tan dramática existencia como el nuestro a escabullirse para hablar del "cine de hace 30 años".

Y he aquí un problema netamente venezolano: pocos de nuestros escritores han tomado conciencia de nuestra realidad y poquísimos buscan a conciencia nuestra imagen propia, lo que define al ser venezolano; esta carencia de esta reflexión es lo que hace que Venezuela sea un país "enmascarado" o "portátil", y es por ello que los escritores serios deben enfrentarse al país. Nosotros creemos que en contra de lo que ha declarado Elisa Lerner en estos días, sí existe una cotidianidad que nos "define" y nos "elige", y es allí, en esa veta, que hay que ir a explorar y explotar, y buscar la definición de un país como el nuestro: rico y pobre, desarrollado y subdesarrollado, dependiente, neo-colonial, con educación y sub educación, un país que niega la realización existencial a la mayoría de sus hombres y mujeres, un país traicionado por quienes han sido llamados sus dirigentes.

Por otra parte, ¿por qué Elisa Lerner desprecia sus buenas dotes críticas y sólo nos da esas crónicas? ¿Por qué no da trabajos más ambiciosos, más coherentes y precisos, donde llegue a nuestra literatura una reflexión precisa y certera, en vez de huir a la torre de marfil del alienante cine de hace treinta años?

Leída Una sonrisa…y hechas estas observaciones nos viene a la pluma aquella reflexión de Alberto Adriani(1898-1936), en su ensayo “La vieja plaga y nosotros”, escrito al calor de todos los diálogos que suscitó en nosotros el fin de la dictadura gomecista, en donde se lee,”¿Por qué descuidamos la realidades venezolanas? ¿Estaremos siempre condenados a imitar a los demás, a ser eco de los demás, a vivir de los otros, a fugarnos de nuestro país, a la manera de esos literatos de la generación pasada, que se hicieron sus mundos artificiales, o a quedarnos aquí a justificar nuestros pecados, como lo hicieron los sociólogos de la misma generación? ¿Será acaso imposible llegar nunca a planear una labor constructiva y civilizadora que surja de la realidad venezolana, que entronque en nuestra tradición que responda a nuestra vocacional nacional?”(Labor venezolanista. Mérida: Universidad de Los Andes, 1962,p.254)”. Eso escribió entonces aquel sensible veintiañero(Una sonrisa detrás de la metáfora, revista LAR, Caracas, n/ 498,1969,p.166-167). Creemos que lo podemos reiterar otra vez ahora porque sigue vivo ese deseo en este país que siempre después de sus grandes vicisitudes como la que vivimos hoy vuelve a renacer, gracias, entre otros, precisamente a sus escritores, historiadores y pensadores. Y ello es lo que explica la singularidad esencialísima que tiene hoy la novela de Elisa Lerner De muerte lenta, que más abajo glosamos.

CUENTISTA

Estos tres relatos de Homenaje a la Estrella requieren de un trato especial tanto dentro de nuestra literatura como en medio de los libros concebidos por nuestras escritoras quizá por su densidad, por su extrema sinceridad, por su búsqueda descarnada, casi despiadada, de la íntima verdad de la mujer. Tan hondo es su sentido que el crítico masculino, como es nuestro caso, debe convocar su ánima, en el sentido jungiano, para comprenderlo a profundidad, en todas sus mujeriles aristas porque como tal un libro como Homenaje a la Estrella no se había escrito entre nosotros “por mano de mujer” para recrear sus propias cuitas. Y su acercamiento sólo lo había hecho la propia Lerner desde los parlamentos de su pieza “El último tranvía”(1984), tan dura y desolada, quizá tan procaz, el personaje masculino, que es soez, lo requería. Tan fuerte es “El último tranvía”, una pieza que la autora debía escribir porque sin ella su obra para el escenario hubiera estado incompleta, que su autora hasta ahora no ha autorizado su impresión de la misma forma que se ha hecho con sus otras sobresalientes y decisivas obras, tal su Teatro.(Prólogo: Rodolfo izaguirre. Caracas: Angria, 2004.209 p.), publicadas bajo el cuidado de Angelina Jaffé.
“Solita de aquí a la eternidad”(p.84), he aquí la mejor definición de este libro singular, casi único, repetimos, dentro de nuestra literatura escrita por mujeres, tal su crudeza.

Así también es purísima verdad aquello de que “Para celebrar el amor, el sexo, como todas las mujeres de tu generación, tuviste que correr a ampararte en el matrimonio, cual si se tratara de un refugio antinuclear”(p.88). O era ese ser terriblemente solitario y es desvalido, “Una mujer pacífica, insignificante, que espiaba por amor, por agradecimiento”(p.89), líneas que nos llevan al llanto, ¿es ello posible?.

Cuando leímos por vez primera los tres relatos, así los denominó, que reunió Elisa Lerner en este su primer libro de narraciones publicado, Homenaje a la Estrella, escribimos en la página de atrás del volumen, cosa que siempre hacemos:”Infancia, ironía, influida por la literatura gringa, soledad, agria, una mujer solitaria que vive a través de las vivencias de otra, fantasías eróticas”. Y esto porque la necesidad del amor es decisiva, sin él no se puede vivir,”Es fundamental para nosotros el aliento de voces cariñosas, el recuerdo amable del amor en nuestras vidas a fin de no perder el afán, un equilibrio deseado para no sufrir el descalabro”(p.50-51) como se lee en una de sus narraciones.

En el primero “Las amigas de papá” si bien el amor por el progenitor, esa especial relación, a veces tan edipíca, que sienten las hijas por los padres varones, felices, como se lee aquí, cuando están lejos de la mirada “despótica” de la madre(p.22), “Papá me apretaba fuerte, muy dulcemente de la mano, tratando de apaciguar con su sonrisa el infortunio del mundo”(p.27). La niña se pinta así misma: “una niñita flaca, pálida, de trenzas bien atadas al igual que cordoncillos de inhibidos zapatos de invierno, con traje rojo de lanilla escocesa a grandes cuadros y de huesos endebles”(p.23).

El cuento nos ofrece también una mirada a la Caracas de fines de los años treinta o los cuarenta. Y esto junto con los encuentros del padre con sus queridas amigas en lugares del centro de Caracas como la famosa tienda “El gallo de oro”, en la esquina de San Jacinto, y también atisba los primeros rastros de independencia en algunas de estas mujeres(p.22), una de ellas “con los gestos de una mundanidad perpicaz y fiera. Los ojos los tenía vivarachos y fogosos”(p.28), otra de ellas al menos “mujer separada”(p.23) porque la niña tenía ya sus fantasías, especialmente con el gran galán del cine mexicano de la época Arturo de Córdova(1908-1973), todo virilidad y señorío, el protagonista de “Dios se lo pague”(1947), hoy un clásico del melodrama y del cine latinoamericano(p.29). Y otras como Olinda “una mujer lo suficientemente audaz, como para haberse embarcado sola a América”(p.31) o la “voluminosa y grande”(p.31) Susana.

“En el transcurso de los años, al parecer, me he convertido en Lydia, Berta, Olinda y Susana: en momentos de coquetería humillante, soy Amelia. Las fugitivas ilusiones de los sábados de su juventud, son hoy mis anhelos”(p.32).
La referencia al asesinato de León Trostky(p.27) nos permite datar el suceso de la narración en 1940. En ese entonces Elisa Lerner, quien todo lo evoca bellamente aquí, era una niña de ocho años.

“Con Viola al fondo del ojo”, el segundo, desde el inicio se lee:”La infancia marca”(p.45),”La finalidad es comprender, en un tiempo de mayor precocidad que anteriores generaciones, el enigma que acompaña el corazón de sus padres”(p.40).

En el tercero, el espléndido e inmensamente doloroso, “Homenaje a la Estrella” que da título al volumen, aparece aquella mujer quien vive su vida frustrada, como esposa o sexualmente, por medio de todo lo que logra la Estrella y ella no ha podido realizar. Vida rota la de este protagonista que Elisa Lerner recrea como si tuviera un bisturí en las manos sin dejar de contar cada paso, de los muchos inciertos, de esta siempre vulnerada mujer. Lo es como esposa que se quiso salvar mediante un matrimonio, en su frustrada vida erótica, en su soledad porque ni siquiera para acompañarla sirve el marido, tanto que confiesa a la Actriz en su monólogo, porque obviamente nunca se vieron ni se encontraron ni se conocieron,”La relación con los quiosqueros ha sido mucho más duradera que la que tuve con mi marido”(p.73).

Y si algo es necesario subrayar en este descarnado y durísimo cuento, de excepción en nuestra literatura escrita por mujeres, que se enlaza incluso con las palabras de las pioneras de los cuarenta, es la descripción tan veraz de la realidades del cuerpo femenino, de la piel de la fémina, algo que pocas, muy escasas veces, aparece en nuestras letras femeninas pero que está allí fijo y viviente en el pellejo de las mujeres. Y no sólo la mestruación, descrita por vez primera entre nosotros por Antonia Palacios en Ana Isabel, una niña decente (1949), o la maternidad siempre tan presente. Pero aquí en Elisa Lerner, quien pertenece al universo de las mujeres trasgresoras, categoría de escritoras tan bien estudiadas por Luz Marina Rivas en La literatura de la otredad (1992). Estos hechos son “los desérticos exilios de la menopausia”(p.66), “Acaso adivina en el terror de mi rostro que las postreras humedades de mi vagina están por enfrentarse a un verano sin próximas intimidades de mar(sin aguas reconocibles), del cual debo ser la única exasperada temporadista”(p.68), la constante añoranza de “Los años de felicidad ardorosa”(p.71) que vivió la actriz.
“Estoy en una edad en que ya los hombres no me invitan a comer…Los hombres han decretado mi dieta”(p.68) confiesa.

NOVELISTA

Para Elisa Lerner hacer la memoria del país es lo que más ha movido su pluma, directa o indirectamente, de forma explícita o implícita, constantemente. Incluso cuando escribía sobre Nueva York, a lo que antes hemos aludido, nuestra nación entrada por los entresijos de su meditación. Por ello no nos debe llamar la atención que desde la corta presidencia, de apenas doscientos ochenta y tres días, de Rómulo Gallegos(febrero 15-noviembre 24,1948) ella explaye ahora su ficción, su primera novela impresa: De muerte lenta. Desde allí construye este alegato democrático suyo. Novela histórica a esta, de ella traza un hondo paralelismo con el presente porque la memoria colectiva se traza siempre desde el presente, de hecho creemos que no se puede leer De muerte lenta sino desde ese ángulo.

Y desde sus aristas más decisivas: la importancia que tuvo el hecho, frustrado por la militarada, de que un hombre de letras fuera presidente. Nuestro mayor creador trajo las inquietudes del intelectual a la arena política, quiso educar en la democracia al país. Pero el ejército, que quería ser nuestra única norma entonces, lo sacó del poder. Mientras él resistió con todas las armas de la legalidad. Hoy sabemos que no lo tumbaron un día sino que él pugnó durante más de un mes, más tiempo que el propio sabio Vargas. Bregó y no tuvo miedo ni siquiera que la violencia se produjera contra su persona. Se encarnó, como los héroes de sus ficciones, contra la barbarie. Y salió de Miraflores limpio como había entrado: sin traicionar a los suyos y sin traicionarse así mismo. Todos los detalles de aquella lucha denodada del presidente Gallegos la conocemos hoy en día gracias a un testigo excepcional: el doctor José Giacopini Zárraga(1915-2005), quien se la narró punto por punto al periodista Joaquín Soler Serrano en una de las emisiones de su programa “A fondo”(VTV: diciembre 3,1982), el cual podemos citar nosotros por haberlo grabado aquella noche en que se vio a través de la pantalla chica.

A estas vivencias, en una prosa hermosa y pulida que sólo puede escribir Elisa Lerner, en un libro creador que no se parece a ningún otro de los escritos en Venezuela, mirando como un espejo aquel difícil 1948, lo que significó Gallegos entonces(y significa su testimonio hoy), la Venezuela de los cuarenta y los modos de ser de la gente que entonces vivía, todo revivido a través de una investigación que hace un joven tesista sobre aquel momento.

Este es un libro regio, se debe leer pausadamente, en él entre otras muchas cosas que se podrían observar encontramos que nunca la ironía, y hasta el sarcasmo, había sido llevado en nuestra novela a las alturas que la Lerner lo lleva, sobre todo cuando traza el perfil de su personaje principal, un ex ministro del gabinete de Gallegos. Allí volvió a convocar la escritura que le permitió crear al único hombre de su obra dramática, el de su pieza “El último tranvía”.

Elisa Lerner en todo momento nos muestra su amor, muchas veces referido en sus crónicas ejemplares, por los años cuarenta y por la condición del escritor, nos hace ver cómo puede estar de vivo el pasado lejano cuanto este ha sido vivido desde la entrañas, como tienen también hondo significado la vejez y sobre todo la derrota cuando esta puede transformarse, con el paso del tiempo, en triunfo ético. Y el logro moral es la entraña de esta novela.

TESTIMONIO DE ESCRITORA

Esta novela se nos presenta como aquella que nos muestra el testimonio de una escritora quien nos muestra “esa segunda sangre que es la tinta del novelista”(p.161). E que incluso aquella creadora no temió a lo más penoso, por ello encontramos esta interrogante en sus páginas: “¿tuvo conciencia del hosco llamado a una intemperie histórica o personal que, de todas maneras, la arrasó?”(p.223), dice la periodista(¿Ida Gramko?) que aparece en esta ficción.

EL CORAZON DE ESTA NOVELA

Hay pasajes en los que encontramos la esencia de este libro cuando se asoma a aquellos días de febrero a noviembre del cuarenta y ocho, incluso desde el día de la elección(diciembre 14,1947) y desea atrapar “los rastros fugitivos de un breve, casi inválido, relampaguear democrático”(p.220). Y desea hacerlo, y así es este libro que sólo es posible leerlo agónicamente,”Quisiera que se realizara así, fatalmente: que a nadie le fuera dable escribir fácilmente, sin llano y sin vigilia”(p.223), expresando así “un honesto pero osado orgullo por el acto de escribir”(p.223) porque “Los recuerdos tienen mucho de vajilla incompleta y deslucida”(p.224-225),”Lo arduo de una inmediata y posterior tristeza”(p.236). Y lo hace mirando “las tramas caprichosas de la historia”(p.22), “La llama del recuerdo, su insegura corona: mínima cúpula, dorada y temblorosa”(p.23) y ello a través “Paliques gentiles, algo maliciosos”(p.57) como aquellos que sostiene el exminsitro galleguiano con el joven quien investiga sobre la presidencia del maestro para escribir su tesis, quien “viene a apagar el incendio, por muy íntimo que sea, era su condición irónica”(p.30) si es que ello es posible porque a ese momento “hace tiempo lo ennegreció la brutal realidad de los hechos”(p.68), es ese el “realismo atroz” propio de los venezolanos que dijo Francisco Herrera Luque(1927-1991) en un pasaje de una de sus novelas(Los cuatro reyes de la baraja, ed. 1991, p.49).

Pero mira hacia atrás, por ello leemos:“¡Qué poder de la nostalgia! ¡De veras, recuerda escenas del teatro de Chejov!”(p.123), “por excavar al fondo de viejos periódicos del año 1948, yo era fisgón no sólo de lo inactual”(p.134). Y por ello escribe “Pido excusas si por entre estas páginas los personajes entran y salen en desorden, algo silvestre, criaturas indómitas que no lograron, a tiempo, sintonizar con un relojero cortés”(p.144)

Pero también escribe la novelista rudamente porque sabe que “El sarcasmo es la ironía de gente muy desplazada por la vida. No añora las cosas bellas porque las desconoce, las teme”(p.194), “La ironía nace del terror a perder la exquisitez, los placeres, el encanto de los días”(p.194). El mal humor, el mal genio, es distinto, es la “sorna silvestre”(p.194), la impaciencia que se dice en esa hoja, “donde la literatura ya no es un requisito de formas radiantes para padecer el país”(p.202).

EL PAIS

El país, esta Venezuela nuestra, está en las entrelíneas de esta obra, “Si tenemos en cuenta, sobre todo, que nuestro pasado ha sido una ruinosa y sangrienta impaciencia”(p.12), “en nuestro país, los que han tenido poder terminan por guardar la memoria en el fondo de un armario”(p.20), nada cuentan, nada deseaban que de ellos pase hasta las nuevas generaciones porque la mayoría de sus acciones han sido malas unas, maléficas otras, perversas muchas.

PARENTESIS

Por ello leemos aquí en De muerte lenta esta dolorosa reflexión: “Recuerdos morales casi no existen el país”(p.215). Pero, respondemos, los hay y a todo lo largo de nuestra historia.
La expulsión de Juan Vicente González(1810-1866) de su cátedra en la universidad bajo la tiranía monaguera.
El testimonio de Cecilio Acosta(1818-1881), su silencio, la pobreza en que vivió, un día no tuvo ni siquiera con que pagar el porte de una carta y su entierro debió ser costeado por sus amigos. Pasó hambre entonces don Cecilio por oponerse al guzmancismo y a todos sus espectros.
Las cárceles continuas, bajo Gómez, de don Rafael Arévalo González(1866-1935) por el único delito de pedir primero unas elecciones libres(1913) o más tarde que los estudiantes de 1928 fueran escuchados por el tirano.

La novelista cita, con honda razón, en De muerte lenta la publicación en 1950, ya en la dictadura, del número uno y único de la revista Cantaclaro, impresa en el taller de José Agustín Catalá(1915), el de su editorial Avila Gráfica, Hoyo a Santa Rosalía, 18-1, e inmediatamente incautada por la policía política por tener aquella gaceta como nombre el título de una novela del maestro Gallegos, por llevar impresa su foto en la primera página, por estar en ella un capítulo de Cantaclaro y por haberse impreso en ella un artículo sobre él escrito por Rafael José Muñoz(1928-1981). Y además estaban allí los escritores democráticos: Muñoz, los hermanos José Francisco y Guillermo Sucre Figarella(1933), Miguel García Mackle(1927), Manuel Trujillo(1925), Julio Segundo Grooscors, Francisco Pérez Perdomo(1929), Jesús Sanoja Hernández(1930-2007) y la presencia de Juan Liscano(1915-2001), al menos es eso lo que recordamos de la única vez que tuvimos un ejemplar de aquella valiente revista en nuestras manos, precisamente nos fue mostrada por el propio Liscano en su casa, él conservaba uno de sus raros ejemplares salvados del decomiso. Lo que decimos de la revista Cantaclaro procede de las rápidas notas que tomamos la tarde de un domingo de finales de los años sesenta en que la vimos.

Todos estos son ejemplos éticos, los citamos porque hay que invocarlos en esta hora y para nada pretendemos controvertir a la autora De muerte lenta aunque meditar sobre estos tópicos es siempre obligatorio para los venezolanos.

Muy pronto, días ya de la Resistencia(1948-1958), en la misma imprenta de Catalá se editaría el Libro negro(1952), histórico tomo, cuyo verdadero título fue Venezuela bajo el signo de terror, obra casi mitológica hoy en día, de denuncia cierta de los males y tropelías de aquella autocracia. El Libro negro le costó la vida a unos de sus autores Leonardo Ruiz Pineda(1916-1952), muerto cinco días después de que se inició la circulación del volumen. En su redacción, porque fue obra colectiva, participaron también Ramón J. Velásquez(1916) y Simón Alberto Consalvi(1927). Días más tarde a estos dos periodistas les tocó presenciar como reporteros el levantamiento del cadáver de Ruiz Pineda tras su asesinato ordenado por Pedro Estrada y ejecutado por sus esbirros en San Agustín del Sur. Cayó Ruiz Pineda por sus ideales como había caído en otra hora también oscura de nuestro devenir el general Antonio Paredes(1869-1907) en aguas del Orinoco.

Como en aquella hora de la muerte de Ruiz Pineda “Eran días difíciles y como no se podía hablar de los vivos y sus culpas, se dialogaba sobre los muertos y su mensaje” como lo expresó en feliz frase Velásquez. Por ello él se dio a la tarea de escribir su magno libro sobre Paredes, La caída del liberalismo amarillo(Caracas: Contraloría General de la Republica, 1972. XXVII, 381 p.), en homenaje a Ruiz Pineda caído también en defensa de las libertades públicas. En La caída… él trazó el paralelismo de aquellas dos horas como ahora lo hace la autora De muerte lenta. “Libro épico” consideró a La caída…el maestro Augusto Mijares(1897-1979). Y son del propio Mijares estas reflexiones que nos a vienen muy bien para este minuto: “Pero la verdad es que aun en los peores momentos de nuestras crisis políticas, no se perdieron totalmente aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria. Aun en las épocas más funestas pueden observarse cómo en el fondo del negro cuadro aparecen bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes. Figuras siniestras y grotescas se agitan ante las candilejas y acaparan la atención pública; pero siempre un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés y de justicia”(Lo afirmativo venezolano, ed.1980,p.31). Esto fue lo que Mijares denominó la “continuidad espiritual de Venezuela”, lo hecho por aquellos que no fueron “sembradores de cenizas” y es por ello que en el mismo libro indica, y esto se puede aplicar a Paredes y a Ruíz Pineda, “La humanidad ha dado siempre el título de heroísmo, no al combatir vulgar, sino a una íntima condición ética, que es lo que pone al hombre por encima de sus semejantes: héroe es el que resiste cuando lo otros ceden; el que cree cuando los otros dudan; el que se rebela contra la rutina y el conformismo; el que se conserva puro cuando los otros se prostituyen. Un libro de moral cívica puede ser también una epopeya”(Lo afirmativo…,p.32-33). Y continúa con reflexiones que hoy no podemos soslayar: “En Venezuela los aprovechadores suelen llamar ‘líricos’, por escarnio, a los hombres sinceros, entusiastas y desinteresados…’Lo afirmativo venezolano’ podría ser otro canto al heroísmo venezolano…Y puede ser también un ideario…Porque otro aspecto de nuestra tradición pesimista es afirmar que siempre hemos ido a la deriva, sin propósitos fijos, a merced del capricho de los poderosos y de la improvisación de sus favoritos. En parte es verdad, pero no es toda la verdad de nuestra historia. Como fruto del patriotismo, de la perseverancia y del desinterés de muchos trabajadores, a veces anónimos, podemos reconstruir una tradición intelectual que debe adquirir para la juventud tanta realidad como la que nos hemos empeñado en darle a las vergüenzas, latrocinios y perjurios de nuestra vida política…Desdeñados, perseguidos o escarnecidos, siempre han existido esos venezolanos que de generación en generación, a través de la muerte, se han pasado la señal de lo que estaba por hacerse y han mantenido la continuidad de la conciencia nacional…Se atribuye a Guzmán Blanco haberse valido con jactancia de lo que él llamaba ‘el cementerio de los vivos’, o sea, la reclusión en el silencio y en la inactividad de todos los que no aceptaron el unipersonalismo del caudillo. Ese cementerio cubre toda la historia de Venezuela, pero de él podemos rescatar, todavía viviente, lo mejor de nuestra realidad moral. Y explotar, valorizar y defender esa dimensión espiritual de Venezuela es tan importante como cuidar su integridad material. O más”(Lo afirmativo…,p.33-34).

EL NARRAR OTRA VEZ

Pero escribir sobre la presidencia y caída de Gallegos debe ser hecho, leemos en De muerte lenta, “Sin caribeña estridencia”(p.70) pese a que el político interrogado, que poco quiere contar, esté sumergido “en la devastadora piscina de aguas doradas y negras del whisky petrolero”(p.202).

EL MINISTRO DE GALLEGOS

El Carlos Pedraza(p.72), el ex ministro, con el que nos encontramos en De muerte lenta, tiene para nosotros lectores y seguidores de la obra de Elisa Lerner un hondo parecido con el protagonista, ¿o es el mismo?,de su pieza “El último tranvía” muchos de cuyos pasajes y parlamentos están sin duda en la novela. Aquel como este, el ministro galleguiano, es un machista(ver p.31,187), quien vive en el edificio Amapola “laberinto sin alegría, donde el futuro parece estar abolido hace tiempo”(p.149). Mostrándonos nos hace mirar la Lerner hacia el vivir y el escribir de las mujeres liberadas en nuestra actual literatura, por ello lo desgarra y desnuda, lo desguaza, tantas veces.

Era un político que como muchos en su tiempo “Había combatido una primera dictadura y ayudó a forjar un país recién nacido a la risa”(p.122). Pero cuando es entrevistado por el tesista está “en el crepúsculo de su destino”(p.71). Y era ya, como luego lo fueron los detestables políticos de la llamada “Cuarta República” que nos condujeron a fin de la democracia en 1999 y sobre todo en el 2004,“El doctor Pedraza tendría muy claro, más claro que ahora, que en el país lo primero era el poder político, lo segundo el dinero y lo tercero, el prestigio intelectual, los escritores”(p.137).

EL TESISTA

Aquel muchacho, el que indaga, se siente “imberbe investigador del pasado, pasado que parecía aun estar a la vuelta de la esquina y con la juvenil osadía para asumirlo ‘mi personaje’”(p.70)

Pero no todo le va ser fácil. Cuando el tesista, el joven investigador, una persona muy propia de los medios universitarios de hoy en día, se presenta ante el ex ministro este le saca el cuerpo con sus interrogantes: “¿La presidencia de Gallegos en 1948?¿Meter las narices en gobierno tan breve? Amiguito: ¡usted bromea! ¡Es como gastar pólvora en zamuro!...Sólo llegó a ser inadvertido funcionario de un gobierno casi inexistente en el corazón histórico de la nación”(p.22). Por ello dice el joven: “Sólo parecía sacarlo de quicio mi insistencia de tesista sobre los sucesos del 48”(p.137). Y ello pese a ser aquel estudiante alguien “que no pone mucho empeño en examinar, con detenimiento, la autoridad inmensa del presente”(p.73).

LA PRESIDENCIA DE GALLEGOS

Pero comprende después de mucho merodear al exfuncionario sobre la gravedad de “El drama político de 1948”(p.233), “La democrática vida breve”(p.236) de aquel ser como Gallegos, e incluso como José Gregorio Hernández(1864-1919) a quien se alude, “tan lejano en su historia a la ingrata realidad de las montoneras”(p.233).

Entiende aquellas “Cuitas que se remontaban a 1948, ese año en que el presidente Rómulo Gallegos, vestido de casimir a rayas, rayas que lloraban en un cuaderno de tristezas, fuese obligado a partir”(p.35) aquel 5 de diciembre de 1948, el personaje llamado en la ficción Armando Sierra que no es otro que nuestro Andrés Mariño Palacio, bajó a Maiquetía a despedir al maestro y ante la vista de aquello enfermó para siempre desde que regresó aquella tarde a su casa de El Conde.

Fue tan corto aquel mandato y tan terrible su suceder último que “La presidencia de Gallegos…a la postre: ¿ficción mayor que la de sus novelas?”(p.156). Por ello leemos, y que se nos perdone si la crítica, la interpretación, la penetración que tratamos de hacer a De muerte lenta, nos lleva más allá de lo solo literario, por los senderos de lo político, de lo histórico. Lo contrario es imposible porque la realidad, “la dura tierra”, existe y habla, nos dirige sus palabras.

Es por ello que leemos que en el “ignorado episodio de la caída de Gallegos se empeñarían en ver, de modo imperceptible, más que la derrota de un cándido y ardoroso gobierno, el fracaso de intelectual en dirigir los destinos públicos, su falta de astucia para contemporizar con ciertas fuerzas rudas del país. El golpe funesto, al decir de Pedro Linares, terminó por significar no sólo la caída de Gallegos, sino un descalabro de dimensiones incalculables para casi todos los intelectuales que hubieran de compartir el escenario nacional”(p.160-161).

Es por ello que los que para nada entienden al ejemplar Gallegos y sus grandes virtudes ciudadanas lo único que pueden hacer es revivir equivocadamente “los remilgos éticos de Gallegos. Los dogmatismos de una virtud estéril que les llevó al exilio, la pobreza, el sacrificio”(p.161).
Y tan no se le entendió que vendrían “los años en que Gallegos fue arrumbado como figura política. Para entonces se asemejaba demasiado a una sombra”(p.161).

Dice Pedro Linares, uno de los personajes De muerte lenta, que muchas veces parece un “roman a clef”, una novela en clave, porque muchos de su protagonistas son reales, “Mi creencia es que Gallegos se viene abajo no por una razón política determinada. Responde, más bien, a que el alma nacional, para nada, es literaria. En este país, no en balde, los escritores somos almas en pena”(p.165).

Y el tesista copia entonces unas líneas del entrañable Alfredo Armas Alfonzo(1921-1990), amigo del personaje que en la novela se llama Armando Sierra(p.202) de quien ya hemos señalado quien fue. Escribió el autor de Los cielos de la muerte, publicado semanas después del derrocamiento galleguiano, ”Ahora puede decir…que hemos padecido dos dolores. El que resultó de la usurpación a mano armada del mandato popular que cumplía don Rómulo Gallegos y que el que provino del asesinato a sangre fría de Leonardo Ruiz Pineda. En dos perfiles de bienamada vivencia, habíamos resumido la medida de la perfección moral”(p.201). Y del mismo gran Alfredo es otra vez cita que usa el tesista este otro fragmento suyo:”Si la historia tiene un reclamo que hacerle al Presidente sacado del poder aquel 24 de noviembre, éste sería no haber intentado alguna acción cruenta contra los traidores de pluma y de espada…Fueron tantos en cambio los días de pobreza y los trances de angustiosa soledad de Rómulo Gallegos. ¿Qué andaría en el alma de este hombre durante aquellas jornadas de su derrocamiento sin que un solo disparo de sus batallones rubricara la protesta ante la afrenta?. Tampoco nunca se ha hecho palabra del suceso”(p.202). “¿La razón estaba de parte de Pedro Linares?¿Nadie, desde la caída de Gallegos, era capaz de audaces recuerdos?”(p.201) se pregunta el joven investigador, alter ego de la novelista.

SIEMPRE GALLEGOS

Pero comprende la siempre presencia de Gallegos. “La gente que en 1949, 1950, 1951,1952,1953, se decía civilista en el recibo de sus quintas…había colgado un cuadro, visible pero sin aparatosidades, enmarcado en blanco paspartú y muy delgada cañuela negra donde don Rómulo Gallegos aparecía con rostro sereno, talante enérgico y chaqueta tweed de compactos cuadritos…En los primeros años de la dictadura, el retrato galleguiano advertiría de las ansias, de la añoranza colectiva de un país. ‘En las añoranzas colectivas hay un hambre de ética’, dijo Pedro Linares”(p.162).
Gallegos como otros grandes, que cita Liscano en su ensayo inserto en Cantaclaro, nos recuerda como el maestro se había “alzado con su mundo a cuestas entre las sombras de la barbarie que pretenden ocultarlo”(p.216) como lo escribió el autor de Humano destino, poemario que había sido publicado meses antes de la publicación de Cantaclaro, la gaceta juvenil citada. No hay que olvidar que durante el transcurso del golpe contra Gallegos tanto Liscano como Isaac Pardo(1905-2000) estuvieron acompañando al maestro en su casa de Altamira.

Dentro de lo que acabamos de leer hay una serie de palabras claves que nos permiten entender toda esta dilucidación que hallamos en estas páginas De muerte lenta.

Tal considerar el de Gallegos “cándido y ardoroso gobierno”(p.160), pensar que condujo al “fracaso del intelectual en dirigir los destinos públicos”(p.160), que poseyó grandemente “su falta de astucia para contemporizar con ciertas fuerzas rudas del país”(p.160-161), que fue “un descalabro de dimensiones incalculables para casi todos los intelectuales que hubieran de compartir el escenario nacional”(p.161), que Gallegos encarnó “Los dogmatismos de una virtud estéril”(p.161) lo cual condujo al autor de tantas novelas decisivas para entender el alma de los venezolanos a ser “arrumbado como figura política”(p.161) y ello porque se dice que “el alma nacional, para nada, es literaria. En este país, no el balde, los escritores somos almas en pena”(p.165).

Pero ello nunca fue así. Y sabemos bien a ciencia cierta hoy que para nada mostró Gallegos, durante la crisis que lo sacó del poder, su incapacidad para moverse en los laberintos de nuestra política.

Junio 23, 2008