por Alicia Álamo Bartolomé
Universidad Monteávila
Introducción
El teatro nace en Grecia en los siglos VI y V antes de Cristo, como una vivencia religiosa. Debemos aclarar que la religión en la Grecia pagana no tenía el mismo sentido que para nosotros. No era, por supuesto, la adoración a un dios único ni una serie de normas éticas para ir buscando el mejoramiento espiri- tual, para vivir en paz, en armonía con Dios y con los hombres. No. La religión para los griegos era buscar la protección de dioses muy particulares para cada actividad, con una serie de ritos que nada tienen que ver con una ascética religiosa tal como la entendemos hoy. Por el contrario, estos ritos podían derivar en verdaderas orgías, con las cuales buscaban complacer a dioses demasiado humanos, con las virtudes y los vicios de los mortales.
Uno de estos dioses era Dionisio, dios de la viña. En Atenas era un dios transnacional, originario de Tracia, que fue adquiriendo gran prestigio en la cuna del arte y la filosofía, a pesar del inicial rechazo de los sabios atenienses.
En la cuenca mediterránea, el cultivo de la uva era, junto con el del aceituna, la principal fuente económica de aquellos pueblos agricultores. Propiciar a Dionisio para que protegiera las cosechas, con celebraciones anuales, fue ad quiriendo carácter de gran fiesta religiosa llamada dionisíaca. Esos aconteci- mientos se llamaron grandes dionisíacas, porque pronto también aparecieron unas fiestas menores, dada la popularidad del dios del vino y el deseo de agasajarlo.
Pero las viñas tenían un gran enemigo que, por otra parte, era también una fuente de riqueza: la cabra. Buena leche para buenos quesos, pero arrasadora de los sembrados. Había que invocar a Dionisio para que protegiera los viñedos. De ahí vino la práctica sacrificar en el ara un macho cabrío como víctima propiciatoria. En torno a éste se colocaba el coro para cantar himnos, que se llamaban ditirambos, pero el específico del macho cabrío se llamaba tragodia. Cuando estos cantos se fueron desarrollando con dos coros y corifeos, luego con personajes que entablaban diálogos y los poetas escribieron los textos, fueron adquiriendo valor artístico, apareció la tragedia, nombre deri vado del ditirambo del macho cabrío. Había nacido el teatro.
La importancia de Aristóteles
Con el sabio estagirita, el teatro adquiere entidad y prestigio y, por otra parte, valor docente. Se dice que él conocía unas 500 tragedias. Consideró a Esquilo el verdadero creador del teatro al introducir en la obra lírica el tercer personaje. Luego vinieron Sófocles y Eurípides, cada uno con sus propios aportes. Constituyeron entre los tres la época dorada de la tragedia griega en el siglo V antes de Cristo, siendo más o menos contemporáneos.
Aristóteles consideraba la tragedia como la más alta manifestación de la poesía, némesis perfecta de una realidad, transformada en arte por su tratamiento delicado e ingenioso, que presenta a los espectadores los conflictos humanos que les son característicos y, al verse reflejados en ellos, se produce lo que él llama catarsis, una especie de purga del alma de sus miserias y problemas, un exorcismo que la libera. Aquí nace la función docente del teatro, porque esa liberación tiene mucho que ver con lo que hace la educación: liberar de la ignorancia, que es uno de los más serios conflictos de los seres humanos.
El teatro en la raíz de toda cultura
Creo que fue Federico García Lorca quien decía que el teatro es el barómetro para medir la cultura de un pueblo. Si no fue él, que me perdone, aunque no le hago ningún agravio, porque la frase es tan feliz como cierta.
Así como en Grecia el teatro nace de un rito religioso, en los pueblos primiti-
vos hay también una suerte de representación teatral para sus ritos religiosos o médico-religiosos. El chamán o hechicero de la tribu invoca los espíritus sobre el paciente con una danza ritual. Esto se repite en la diversas culturas primige nias de todos los continentes, con variantes, por supuesto, pero siempre con ese sentido de invocación de fuerzas sobrenaturales. Justamente de estos ritos es que surge el folklore, que es como un paquete artístico característico de cada pueblo.
Cuando la cultura se va desarrollando, este folklore pasa a ser fuente de ins-
piración de la música, la narrativa, la poesía y el teatro de esa comunidad o nación. Los autores autóctonos, explotando estas fuente, van dando forma y prestigio a una identidad nacional. Un pueblo no está culturalmente maduro hasta que no sienta orgullo de sus expresiones artísticas. No se trata de puris mos y que sólo lo folklórico es válido. No. Se trata más bien de sublimar lo folklórico a través de los medios y técnicas que pueden haber desarrollado otros pueblos o culturas y que ya están incorporados al patrimonio de la humanidad; entonces, hacer lo mismo con lo propio, es decir, darle carácter de universalidad a lo nativo dentro de su propia originalidad.
La música, por ejemplo, se lleva a una expresión universal, no reducida a ser interpretada sólo con los instrumentos regionales, lo cual sería de una pobreza artística imperdonable, sino desdoblándola, engrandeciéndola en una orquestación enriquecida por el desarrollo y variedad de los instrumento musicales que todo el mundo emplea.
Pero nuestro tema es el teatro. No me voy a perder en disquisiciones sobre las diversas disciplinas artísticas. En todo caso, mucho de lo que podamos decir sobre el teatro se aplica a la literatura en general, porque el teatro es literatura -además de ser su propio y característico género- aunque esta opinión puede ser contradicha, como lo hacía el inolvidable amigo y profesor de teatro en es ta universidad, Patricio González, recientemente fallecido.
El teatro está en la raíz de toda cultura por su misma esencia: es un medio de
comunicación y es la comunión de un público con un espectáculo viviente. Es decir, pueblo y teatro constituyen, en ese instante mágico de la representación, una unidad de emociones, conflictos, inquietudes y aspiraciones compartidos.
Se comprende que cuando se gesta una cultura, el teatro sea un instrumento eficaz y por lo tanto indispensable para irla definiendo y afirmándola. Los autores teatrales expresan en forma directa y viva sus ideas y sentimientos. La comprensión es inmediata y la respuesta del público puede serlo también. Recordemos al comediógrafo griego Aristófanes –siglo V antes de Cristo- ,
quien con su comedia “Los caballeros” desató en Atenas una rebelión contra
el tirano Cleón.
Se comprende también, que el teatro sea una expresión docente –que es el te ma de esta intervención- porque en esta comunicación-comunión con su au diencia entrega ideas, conocimientos, reflexiones, patrones de conducta y valores –o desvalores- morales.
El teatro en la escuela, el liceo y la universidad
Por eso es tan importante el teatro en todas las instancias docentes. En mi cri terio, que algún valor debe tener, sino por sabia, por lo mucho que he vivido, el ejercicio del teatro contribuye fuertemente para lograr una educación integral. Vamos a explicarlo paso por paso.
El texto
Una obra de teatro, por una parte, hace conocer al estudiante el texto dialogado de un buen autor, sea clásico sea contemporáneo y eso ya es un enriquecimiento cultural. Al conocer autores teatrales porque se va a representar alguna obra y los estudiantes van a conformar el elenco, se despierta el interés por e sos autores y la curiosidad por leer otras obras de dichos autores. El maestro o profesor, al escoger una obra para sus alumnos, debe esbozar un perfil del au tor y su contexto histórico, lo que ayuda a la comprensión del tema y a la ca racterización de los personajes, de los cuales se hace una aproximación psicológica. De manera que un ensayo teatral es más que una memorización de textos e indicaciones de movimientos, es una profundización en el origen, el desarrollo y la solución de los conflictos del tema de la obra.
La memorización
Por otra parte, cuando el estudiante aprende su diálogo pone en ejercicio su memoria, lo cual es una importante contribución al desarrollo de su intelecto y a su desempeño en los estudios, porque no hay duda de que una buena memoria hace retener lo que se aprende y a dejarlo constar así en un examen. Ade más, imprime seguridad a la psiquis del estudiante.
Y esta memorización de diálogos bien escritos ayuda al lenguaje del estudian te, porque al familiarizarse con lo correcto y bueno enriquece su capacidad de expresión, algo que está haciendo mucha falta en nuestra juventud que sufre de una pobreza expresiva impresionante.
Si la obra es clásica, el diálogo puede resultar anacrónico, pero curioso de estudiar y un reto para la memorización, de manera que siempre es útil y enri quecedor, ¡y cuánto puede dar a sus alumnos un profesor explicando el sen- tido de éste y de las palabras tal vez desconocidas pero que son tesoros del idioma!
Si el texto teatral es de autor contemporáneo, mejor aún para enseñar a hablar con propiedad. Al memorizarlo, el estudiante adquiere herramientas para su buena expresión y para ser comprendido. Diríamos que al memorizar diálogos se le va desenredando la lengua, se ayuda a la fluidez de la conversación.
La dicción
Unido a lo anterior está la contribución del ejercicio teatral para adquirir una buena dicción, de lo que adolecemos casi todos en esta patria. Creo que ahora se usa poco que los niños en la escuela lean o aprendan poemas y los reciten; es una lástima porque eso ayuda enormemente al buen decir.
Pues bien, si el declamar versos es gran ejercicio para adquirir buena dicción, no lo es menos y aún más, el texto teatral. Mientras se aprenden los parlamentos y se actúan éstos, se va adquiriendo una buena dicción y mejor expresión.
Al empezar a leer en voz alta los diálogos, se va aprendiendo a leer, lo cual se hace bastante mal en nuestro país porque hay un desconocimiento del sentido de la puntuación. Al actuar un texto obligatoriamente hay que someterse a ese sentido de los signos que separan frases y palabras. Se aprende a leer, repito, pero más allá del simple leer en voz alta; el nuevo lector que ha aprendido a interpretar bien lo escrito, se anima a seguir leyendo. Y este es tema de este coloquio.
La actuación
El ejercicio del teatro cultiva y divierte. Al incipiente actor se le va enseñando a interpretar personajes diferentes a sí mismo. De un bloque de mármol en bru to, el escultor, a golpe de cincel, va sacando una figura; así en el teatro: en los ensayos se van cincelando los personajes. Es un trabajo muy creativo y apasionante tanto para el director como para los actores, incluso a nivel profesio- nal. ¡Como será a nivel escolar! Los jóvenes van descubriendo seres distintos, mundos nuevos y sienten el reto de encarnar esos seres y hacerlo bien.
Aunque parezca mentira, la actuación es un gran recurso para los tímidos. Hay muchos actores tímidos que se realizan actuando. Es quizás como quien se po ne una máscara para disimular su falta de seguridad para actuar en la vida cotidiana. Se debe tener muy en cuenta esto en la escuela: al niño tímido le pone a actuar para que vaya saliendo de esa caparazón defensivo que lo retrae.
Trabajo en equipo
El teatro enseña a trabajar en equipo. En esto se parece al deporte. En el ensayo teatral se ajustan los parlamentos de todos los actores: sus entradas a tiempo, sin dejar colgando el diálogo; sus pausas -muy importantes para la intención de lo que se está diciendo- perfectamente medidas. Así, se desarrolla la atención de cada actor, porque cada uno debe estar pendiente de lo que dice el otro y cuántas veces esto hace que, bien se sople una frase olvidada. o bien se supla con una improvisación el lapsus del otro.
En el teatro hay protagonistas, generalmente, pero en los ensayos no, sólo hay un equipo unido marchando hacia un fin: representar una obra de teatro cabal y felizmente. Así el teatro enseña participación, colaboración y solidaridad.
Es importante en el teatro escolar que este equipo sea total, es decir, no sólo compuesto por quienes van actuar, sin también por quienes van a dar apoyo técnico: los que se van a ocupar del vestuario, la escenografía, de los elementos u objetos que juegan en escena, muy importante que éstos estén en su sitio en el momento preciso; los que van a hacer la publicidad del espectáculo con pancartas, afiches, etc. Todo esto ayuda a vivir la solidaridad
Puntualidad
Al ensayo se llega con puntualidad. Esto se enseña. No se puede hacer perder el tiempo a los demás. La obra teatral es un engranaje de voluntades y responsabilidades. ¡Qué bueno es enseñar esto a niños y jóvenes! El tiempo de ensa- yo está marcado, bien por horas de clases, bien por un horario extra, en todo caso, es un tiempo que debe hacerse ver casi como sagrado, si no, la obra no saldrá.
Otro aspecto de la puntualidad es aprenderse el texto a tiempo. Quienes están rezagados en este aspecto retrasan el desarrollo de los ensayos y a veces hasta la hora del estreno. Claro, hay personas que memorizan más rápidamente que otras, pero hay reglas nemotécnicas para esto, sobre todo en el teatro, porque los movimientos van ligados al texto y uno y otros se ayudan.
El teatro en los primeros niveles docentes
De hecho se acostumbra en el jardín de infancia hacer espectáculos teatrales con los niños –sobre todo para finalizar el curso- y eso está muy bien. Es un primer entrenamiento, con poco manejo de textos, de acuerdo a las capacida- des de los niños de esa edad.
En la escuela primaria yo le daría más importancia al teatro, en mi opinión debería ser asignatura dentro del horario escolar. Creo que he demostrado su importancia con todo lo que he expuesto. Es un camino idóneo para formar en ciertas virtudes humanas.
Una virtud importante es enseñar para la realización del espectáculo la economía de recursos. No me parece formativo que los maestros se pongan a pedir cosas para vestir a los actores infantiles y objetos rebuscados para la escenografía. No. Lo lógico y educador es que se despierte la inventiva de los alumnos y ellos mismos diseñen y hasta confeccionen estos elementos. Todo esto sirve para ir descubriendo las capacidades de cada quien y evita que se recar- gue el tiempo y el bolsillo de los padres al ponerlos a buscar y comprar cosas que se usarán sólo un día. Ya tienen bastante con la lista de útiles escolares que se piden cada año.
Lo importante en el teatro escolar no es la brillante presentación de un espectáculo, sino el entrenamiento intelectual y artístico que ayuda a una formación integral.
El teatro en el liceo y en la universidad
Con esto termino. En estos niveles superiores lo lógico es que el teatro, siem- pre necesario, siempre formativo, sea una actividad de extensión. A menos que en ciertas carreras se considere necesario su inclusión como asignatura. Tal se hizo en esta universidad en la Facultad de Educación, lo que es muy conveniente, porque al futuro docente le conviene mucho dominar las técnicas de la actuación para desempeñarse con propiedad, amenidad y brillo frente a sus discípulos.
Otra cosa es que se le conceda algunos créditos a los participantes en la acti- vidad teatral. Eso depende de cada institución. Lo importante es que exista el grupo o los grupos de teatro tanto en el liceo como la universidad. Siempre será un aporte cultural, no sólo para la comunidad que lo anima, sino también para proyectarse hacia otros ámbitos. Existen y se deben fomentar, festivales de teatro entre liceos y universidades.
Lo que cada institución docente debe hacer es facilitar al director del taller de teatro -con carácter de profesor- y el espacio para los ensayos y la presenta- ción del espectáculo.
No hay que tenerlo miedo a que algunos estudiantes deriven en futuros actores. ¿Por qué? Estamos cansados de comprobar como entran muchos jóvenes a la universidad: no saben a ciencia a cierta a qué vienen. Se inscriben porque la sociedad y la familia exigen el estudio de una carrera, pero no hay una verda- dera vocación para alguna. ¿No es obligación de la universidad ayudarlos a que se encuentre a sí mismos? Creo que sí.
Las actividades de extensión universitaria cooperan con esta búsqueda de un camino a su medida. El teatro es uno y muy digno.
Ponencia presentada por Alicia Álamo Bartolomé en el Coloquio "Leer: entre el placer y la obligación", realizado en la Universidad Monteáviila, Caracas, Venezuela, los días 30 y 31 de octubre de 2008











‘Como ha sucedido siempre con los grandes creadores de todos los tiempos –pienso en Giotto, en Gauguin, en Van Gogh, en Klee, en Reverón, en Duchamp-, Marisol es un genio raro que encarna por sí solo aquello que puede llamarse una tendencia. Ante su obra la indeferencia y la enajenación se conmueven. No en vano ella se ha impuesto en el mundo, sin ayuda de nadie y por sí sola, con la única, insólita, hierática presencia de sus Marisoles.'