Miércoles, 30 de Julio de 2014

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El Ocaso de Una Estirpe

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Antes de entrar en el análisis de la nueva edición de la obra de de la historiadora venezolana Inés Quintero(1955) El ocaso de un estirpe(2ª.ed.aum.Caracas: Alfa, 2009. 190 p.), en la cual ella trata de manera serena y documentada, en buen estilo de escribir, el fin de las guerras civiles y del caudilismo en Venezuela, hay que apuntar antes de entrar en este libro, que fue el primero publicado por esta autora, que además de examinar el fin de las montoneras y la extinción de los gamonales en nuestro país su autora ha añadido en esta nueva edición un trabajo complementario que no estaba en su primera impresión(Prólogo: Manuel Caballero. Caracas: Alfadil, 1989.144 p.) “El sistema político guzmancista”(p.11-38) el cual complementa el complejo proceso político que nos muestra en su obra.

Nos parece necesario ante los asuntos que el volumen nos presenta hacer algunas acotaciones previas sobre sus dos tópicos fundamentales, las cuales nos permitirán leer mejor esta interesante obra. La primera es relativa al inicio del caudillismo y la segunda sobre el comienzo de las guerras civiles.

Caudillos y Caudillismo

El surgimiento del caudillismo fue una de las consecuencias de la guerra de Independencia. Esta institución, porque lo fue, fue considerada por el maestro Arturo Uslar Pietri(1906-2001) así: “hasta ahora la más original y acaso la única creación política del mundo hispanoamericano ha sido ciertamente el caudillo”(Viva voz. Caracas: Italgráfica,1975,p.171). Y como todo en la realidad de su época, fue avizorada antes que nadie por el propio Libertador. Precisamente cuando a treinta días exactos de la batalla de Carabobo escribió a don Pedro Gual(1783-1862), desde Guanare, que cuando concluyera la guerra los soldados “que se creen muy beneméritos y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de sus lanzas” se harían presentes, allí se dio perfectamente cuenta de lo que venía. Por ello en la misma misiva dejó consignado “temo más a la paz que a la guerra”(Escritos del Libertador. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1988,t.XX,p.62) dejando claramente visible el doble problema por venir: los soldados y oficiales serían los que nos gobernarían.

La Prevision del Libertador
La observación de Simón Bolívar(1783-1830) según la cual se establecería un nuevo tipo de sociedad moldeado al antojo de los próceres dio fundamento a lo que el ensayista mexicano Jorge Volpi ha llamado ahora el “insomnio de Bolívar” que no es otro que su angustia constante en adelante, pero sobre todo a partir de 1826, sobre el destino de la sociedades liberadas por las armas patriotas que él mismo había conducido en la Gran Colombia y Perú. Ello se hizo más grave aun cuando pronunció su discurso, que fue el último de los suyos, ante el Congreso Admirable, reunido en Bogotá(Enero 20,1830) y expresó: “Me ruborizo en decirlo: la Independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”(Proclamas y discursos del Libertador.2ª.ed.Los Teques: Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos,1983,p.398). Vinieron luego las mil angustias que sintió durante los meses finales de su vida, cuando bajó por el río Magdalena hacia la costa atlántica, en su Caribe entrañable, en donde rindió la vida. La expresión más grave de aquel agobio fue sin duda su célebre carta al general Juan José Flores(1800-1864), escrita en Barraquilla(Noviembre 9,1830) treinta y tres días antes de sucumbir en San Pedro Alejandrino, una hacienda cercana a San Marta(Diciembre 17,1830). En ella expresó, en el extremo de la depresión, consecuencia de la enfermedad que padecía pero claro y sensible ante el suceder que observada ante sus ojos: “La América es ingobernable para nosotros… El que sigue una revolución ara en el mar… La única cosa que se puede hacer en América es emigrar… Este país caerá infaliblemente en manos de una multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos los colores y razas… Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad los europeos no se dignaran conquistarnos….Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo este sería el último período de la América”(Cartas del Libertador.2ª.ed.aum.Caracas: Fundación Vicente Lecuna/Banco de Venezueal,1969,t.VII,p.587). Diez y siete años antes Francisco de Miranda(1750-1816), preso en Puerto Rico por los realistas, había vaticinado que tal como estaba el país iba hacia la ruina y se podía convertir en “presa de los extranjeros, no es clase de propiedad extranjera, sino dominando ellos y nosotros haciendo los gastos como propietarios obligados a mantener productiva la finca”(América espera. Caracas: Biblioteca Ayacucho,1982,p.485).

¿Bolívar: Caudillo?
Al avizorar el caudillismo Bolívar volvió a trazar con su aguda mirada el suceder de nuestra sociedad. Por ello nunca podrá ser considerado el Libertador caudillo, como se ha hecho hace poco, porque el siempre, pese a ser por años, sobre todo en el período 1813-1819, Jefe Supremo ejerciendo el mando sin cortapisas. Y no fue un caudillo porque una y otra vez ofreció durante aquellos seis años la formación de un congreso para que la representación nacional se expresara e hiciera las leyes para el nuevo Estado, eso fue así incluso en el período que la esencia de la acción era la guerra. Lo pudo hacer en 1819 al inaugurar el Congreso de Angostura en donde entregó el mando(Febrero 15). Fue allí mismo elegido otra vez presidente por aquel parlamento que discutió la Constitución cuyo proyecto presentó él mismo. Y de allí en adelante fue siempre presidente electo en comicios, en 1821 y en 1825. Era presidente cuando asumió la dictadura para salvar la Independencia(Agosto 27,1828) y lo era cuando renunció al poder en Bogotá el 20 de Enero de 1830. Y nunca puede ser considerado caudillo Bolívar, como los que vinieron después, porque su presencia fue la de un hombre que a la vez que dirigir la guerra, de ser un militar, fue a la vez un dirigente civil que se ocupó siempre de dictara normas civilizadores de convivencia por lo cual si la acción bélica fue esencial en su carrera lo fue también su constante atención a la diplomacia, las normas para la educación de la sociedad surgida de la contienda por él dictadas y su extensa labor como constitucionalista de la cual surgieron las normas jurídicas para el funcionamiento de la sociedad. Tan no fue caudillo Bolívar que pudo observar a tiempo su presencia y la forma como distorsionarían con su acción la sociedad latinoamericana.

El Libertador nunca fue el caudillo personalista. Y mucho menos un militarista, entre sus máximas castrenses que podemos leer están estas:

“Aunque un soldado salve a su patria, rara vez es un buen magistrado. (Obras completas. Caracas: Ministerio de Educación,1950, t. II, p. 402);

“Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del gobierno, es el defensor de su libertad. Sus glorias deben confundirse con las de la república, y su adición debe quedar satisfecha al hacer la felicidad de su país” (Escritos del Libertador,t. VI,p.9);

“El sistema militar es el de la fuerza; y la fuerza no es gobierno” (Escritos del Libertador, t.IX,p.378);

“Una dolorosa experiencia ha mostrado cuan incompatibles son las funciones de magistrado y de defensor de la República: muchos reveses hemos sufrido por estar reunidos el poder militar y el civil, pues un hombre solo no puede atender a la conservación de la paz y al ejercicio de la guerra, y un hombre solo difícilmente reúne las virtudes y los talentos que requiere el tribunal y el campo” (Escritos del Libertador, t.XVI,p.1);

”Un militar no tiene virtualmente qué meterse sino en el ministerio de sus armas”(Escritos del Libertador, t. XXXI, p. 195). E incluso, válido para militares y civiles, consejo dado al general José Antonio Páez(1790-1873),“El que manda debe oír aunque sean las más duras verdades y, después de oídas, debe aprovecharse de ellas para corregir los males que producen los errores. (Escritos del Libertador, t.XVII,p.223).

El Caudillismo Aparece

Hay que advertir que si la real definidora define al caudillo como el “hombre que, como cabeza, guía y manda la gente de guerra” o como el “hombre que dirige algún gremio, comunidad o cuerpo”(Diccionario esencial de la lengua española. Madrid: Real Academia, 2006,p.298) en el caso latinoamericano se trata de una formación política que gobernó nuestros países después de la Independencia a lo largo de todo el siglo XIX prosiguiendo, y cerrándose, en algunos países en el siglo XX. Es a eso que hemos denominado caudillismo.

El caudillismo se hizo, desde el fin de la guerra, y en los años sucesivos del siglo XIX, en Venezuela hasta 1903, en el modo de gobernar en América Latina. Por ello analizarlo en tratar de entender la esencia del siglo XIX latinoamericano en donde los caudillos gobernaron quizá con la excepción de Chile, donde actuó aquel sereno piloto llamado Andrés Bello(1781-1865) quien orientó la vida institucional de aquella nación; en Argentina desde la llegada el poder de los opositores al tirano don Juan Manuel de Rosas(1793-1877), el caudillo de aquellas tierras, sobre todo cuando llegó a la presidencia(1868-1874) el civilizador Domingo Faustino Sarmiento(1811-1888), quien exilado en Chile pudo comprender el magisterio de civilizador de Bello y por último en la particular evolución del Brasil. En el resto del continente dominaron los caudillos y su sistema el caudillismo. Dice Uslar Pietri, quien lo ha examinado con penetración, “aquel tipo de jefatura casi natural y espontánea que las circunstancias sociales e históricas había producido en la América después de la Independencia. No se parecía a ninguna forma de autoridad de las que se conocían en el viejo continente. No era el representante de una institucionalidad establecida y legitimada, sino de una necesidad dentro de una sociedad particular y distinta que había abandonado sus formas de autoridad histórica…Eran los hijos de la ruptura del orden español, de la inefectividad de las nuevas instituciones republicanas implantadas por los ideólogos inspirados en ejemplos europeos y norteamericanos y de la situación social e histórica…Surgen de la guerra…El ideal de la República era para ellos incomprensible y carecía de significación práctica…Esa forma de representatividad espontánea, nacida de la identificación en el trabajo y en la guerra, es la que señala a los caudillos…No era(n) magistrad(os) que represdentaba(n) una institucionalidad escrita sino un jefe natural…No ha sido fácil llegar a un estudio objetivo del fenómeno del caudillismo…No ha sido posible estudiarlo con toda objetividad porque todavía, y como rasgo propio de una situación cultural, los latinoamericanos no han logrado despojarse de los patrones morales e ideológicos para conocer y explicar la propia historia…(fueron) hijos innegables de una circunstancia hecha por la historia y por el medio”(Godos, insurgentes y visionarios. Barcelona: Seix Barral, 1985,p.85-91). Varios de ellos, pese ser la “legión de malditos” que dice Uslar Pietri, lograron poner a andar las bases de la unidad y centralización de sus países, como Rosas en la Argentina o como José Antonio Páez(1790-1873), quien fue como dice don Arturo “la autoridad unificadora de Venezuela a la muerte de Bolívar”(Godos, insurgentes y visionarios,p.92). También lo serán en los momentos de sus mandatos tanto un Antonio Guzmán Blanco(1829-1899), un caudillo particular pues era un universitario, o Juan Vicente Gómez(1857-1935) en Venezuela, el verdadero último caudillo rural. Es por ello importante lo que acota Uslar al final del ensayo suyo que hemos seguido aquí: “No es posible entender la historia sin estudiarlos…por lo mucho que revela su presencia para conocer la realidad política y social de ese mundo no tan nuevo”(Godos, insurgentes y visionarios,p.93).

Desde los caudillos o como consecuencia de los últimos de esta estirpe se produjo el deslizamiento de nuestros países hacia el populismo, como fue el caso del mayor y más nefasto de todos, Juan Domingo Perón(1895-1974) quien destruyó la economía y la vida institucional argentina hasta el punto que el país, desde su caída en 1955, no ha logrado recuperarse. Tanto que se ha dicho que el populismo es la creación política latinoamericana del siglo XX, “el único aporte latinoamericano a la cultura política contemporánea, que nació justamente con Perón” según el analista Álvaro Vargas Llosa, según señaló a Rafael Osio Cabrices(El horizonte encendido. Caracas: Mondadori,2006,p.353).

El Neo-Caudillismo

Quizá es desde el hondón de los aquellos gamonales del pasado en donde inexplicablemente han sido surgido los neo-caudillos del tipo del actual presidente de Venezuela Hugo Chávez, vestidos de falsas virtudes democráticas cuando su esencia hasta en los hombres que dominaron aquellas montoneras incultas del siglo XIX. Es un anacronismo. Pero lo encontramos activos hoy dentro de una sociedad moderna y globalizada en donde los caudillos no tienen cabida, son espectros del pasado, meros cadáveres.

La situación que vive la democracia latinoamericana, en crisis según Rafael Osio Cabrices, quien mejor la ha retratado, en los días en que escribíamos estas reflexiones, es el presidente de Costa Rica, Oscar Arias Sánchez, hombre experimentado de setenta años, Premio Nóbel de la Paz(1987), dos veces presidente de su país por elección popular(1986-1090;2006-2010). Esto dijo el doctor Arias ante los presidentes latinoamericanos, los neo caudillos de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Argentina lo escucharon. Estaba también el presidente cubano Raul Castro, que más que neo caudillo es un dictador. Sobre Raúl Castro cabe la pregunta:¿gobierna o lo continúa haciendo su hermano Fideal?. Ojalá que sobre todo el venezolano, quien creó desde Caracas hace poco la gran crisis de Honduras, con el apoyo del Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, medite en lo dicho por ese gran humanista que es Oscar Arias Sánchez en su peroración(Febrero 20,2010). He aquí el texto de su intervención, principalmente dirigida a Chávez:

“Excelentísimos Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, amigas y amigos:
Ésta es mi última participación en una cumbre internacional. No pretendo despedirme de América Latina ni del Caribe. Los sueños de esta región los llevo atados al centro de mi vida. Pero sí debo despedirme de ustedes, colegas, hermanos, compañeros de viaje. Debo despedirme de este auditorio que resume, en un racimo de voces, las esperanzas de 600 millones de personas, casi una décima parte de la humanidad. Es en nombre de esa estirpe latinoamericana que quiero compartir con ustedes algunas reflexiones. Es en nombre de la prosapia que habita más allá de estas puertas, y que exige de nosotros la osadía de construir un lugar más digno bajo el sol.

A pesar de los discursos y de los aplausos, lo cierto es que nuestra región ha avanzado poco en las últimas décadas. En ciertas áreas, ha caminado resueltamente hacia atrás. Muchos quieren abordar un oxidado vagón al pasado, a las trincheras ideológicas que dividieron al mundo durante la Guerra Fría. América Latina corre el riesgo de aumentar su insólita colección de generaciones perdidas. Corre el riesgo de desperdiciar, una vez más, su oportunidad sobre la Tierra. Nos corresponde a nosotros, y a quienes vengan después, evitar que eso suceda. Nos corresponde honrar la deuda con la democracia, con el desarrollo y con la paz de nuestros pueblos, una deuda cuyo plazo venció hace siglos.

Honrar la deuda con la democracia quiere decir mucho más que promulgar constituciones políticas, firmar cartas democráticas o celebrar elecciones periódicas. Quiere decir construir una institucionalidad confiable, más allá de las anémicas estructuras que actualmente sostienen nuestros aparatos estatales. Quiere decir garantizar la supremacía de la ley y la vigencia del Estado de Derecho, que algunos insisten en saltar con garrocha.
Quiere decir fortalecer el sistema de pesos y contrapesos, profundamente amenazado por la presencia de gobiernos tentaculares, que han borrado las fronteras entre gobernante, partido y Estado. Quiere decir asegurar el disfrute de un núcleo duro de derechos y garantías fundamentales, crónicamente vulnerados en buena parte de la región latinoamericana. Y quiere decir, antes que nada, la utilización del poder político para lograr un mayor desarrollo humano, el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestros habitantes y la expansión de las libertades de nuestros ciudadanos.

No se debe confundir el origen democrático de un régimen con el funcionamiento democrático del Estado. Hay en nuestra región gobiernos que se valen de los resultados electorales para justificar su deseo de restringir libertades individuales y perseguir a sus adversarios. Se valen de un mecanismo democrático, para subvertir las bases de la democracia. Un verdadero demócrata, si no tiene oposición, debe crearla. Demuestra su éxito en los frutos de su trabajo, y no en el producto de sus represalias. Demuestra su poder abriendo hospitales, caminos y universidades, y no coartando la libertad de opinión y expresión. Un verdadero demócrata demuestra su energía combatiendo la pobreza, la ignorancia y la inseguridad ciudadana y no imperios extranjeros y conspiraciones imaginarias. Esta región, cansada de promesas huecas y palabras vacías, necesita una legión de estadistas cada vez más tolerantes, y no una legión de gobernantes cada vez más autoritarios. Es muy fácil defender los derechos de quienes piensan igual que nosotros. Defender los derechos de quienes piensan distinto, ése es el reto del verdadero demócrata. Ojalá nuestros pueblos tengan la sabiduría para elegir gobernantes a quienes no les quede grande la camisa democrática.

Y ojalá también sepan resistir la tentación de quienes les prometen vergeles detrás de la democracia participativa, que puede ser un arma peligrosa en manos del populismo y la demagogia. Los problemas de Latinoamérica no se solucionan con sustituir una democracia representativa disfuncional, por una democracia participativa caótica.

Parafraseando a Octavio Paz(1914-1998), me atrevo a decir que en nuestra región la democracia no necesita echar alas, lo que necesita es echar raíces. Antes de vender tiquetes al paraíso, preocupémonos primero por consolidar nuestras endebles instituciones, por resguardar las garantías fundamentales, por asegurar la igualdad de oportunidades para nuestros ciudadanos, por aumentar la transparencia de nuestros gobiernos, y sobre todo, por mejorar la efectividad de nuestras burocracias. Mi experiencia como gobernante me ha comprobado que los nuestros son Estados escleróticos e hipertrofiados, incapaces de satisfacer las necesidades de nuestros pueblos y de brindar los frutos que la democracia está obligada a entregar.

Esto tiene serias consecuencias sobre nuestra capacidad de honrar la segunda deuda que he querido mencionarles, la deuda con el desarrollo. Una deuda que, repito, tenemos que honrar nosotros. Ni el colonialismo español, ni la falta de recursos naturales, ni la hegemonía de Estados Unidos, ni ninguna otra teoría producto de la victimización eterna de América Latina, explican el hecho de que nos rehusemos a aumentar nuestro gasto en innovación, a cobrarle impuestos a los ricos, a graduar profesionales en ingenierías y ciencias exactas, a promover la competencia, a construir infraestructura o a brindar seguridad jurídica a las empresas. Es hora de que cada palo aguante la vela de su propio progreso.

¿Con qué derecho se queja América Latina de las desigualdades que dividen a sus pueblos, si cobra casi la mitad de sus tributos en impuestos indirectos, y la carga fiscal de algunas naciones en la región apenas alcanza el 10% del Producto Interno Bruto? ¿Con qué derecho se queja América Latina de su subdesarrollo, si es ella la que demuestra una proverbial resistencia al cambio cada vez que se habla de innovación y de adaptación a nuevas circunstancias? ¿Con qué derecho se queja América Latina de la falta de empleos de calidad, si es ella la que permite que la escolaridad promedio sea de alrededor de 8 años? Y sobre todo, ¿con qué derecho se queja América Latina de su pobreza si gasta, al año, casi 60.000 millones de dólares en armas y soldados?

La deuda con la paz es la más vergonzosa, porque demuestra la amnesia de una región que alimenta el retorno de una carrera armamentista, dirigida en muchos casos a combatir fantasmas y espejismos. Demuestra, además, la total incapacidad para establecer prioridades en América Latina, una práctica que impide la concreción de una verdadera agenda para el desarrollo. Hay países que sufren conflictos internos, que pueden justificar un aumento en sus gastos de defensa nacional. Pero en la gran mayoría de nuestras naciones, un mayor gasto militar es inexcusable ante las necesidades de pueblos cuyos verdaderos enemigos son el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la desigualdad, la criminalidad y la degradación del medio ambiente. Es lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se reúnan países que se arman los unos contra los otros. Y es también lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se encuentre ausente el gobierno de Honduras, cuyo pueblo es víctima del militarismo y no merece castigo, sino auxilio.

Si hace veinte años me hubieran dicho que en el 2010 estaría todavía condenando el aumento del gasto militar en América Latina, probablemente me habría sorprendido.

¿Cómo, después de haber visto los cuerpos destrozados de jóvenes y niños heridos en la guerra, podía esta región anhelar un retorno a las armas? ¿Cómo habría de permitir el dantesco desfile de cohetes, misiles y rifles que pasa frente a pupitres desvencijados, loncheras vacías y clínicas sin medicinas? Algunos dirán que me equivoqué al confiar en un futuro de paz. No lo creo. La esperanza nunca es un error, no importa cuántas veces sea defraudada.

Yo aún espero un nuevo día para América Latina y el Caribe. Espero un futuro de grandeza para nuestros pueblos. Llegará el día en que la democracia, el desarrollo y la paz llenarán las alforjas de la región. Llegará el día en que cesará el recuento de las generaciones perdidas. Puede ser mañana, si nos atrevemos a hacerlo. Puede ser el próximo año, la próxima década o el próximo siglo. Por mi parte, yo seguiré luchando. Sin importar las sombras, seguiré esperando la luz al final del arco iris. Seguiré luchando hasta el día que llegue.

Queridos amigos y amigas. Compartir con ustedes este foro, al igual que muchos otros más, ha sido para mí sumamente honroso y un verdadero privilegio. Esta es mi última cumbre y al decirles adiós, quiero que sepan que en Óscar Arias tendrán siempre a un amigo de verdad.

Hemos citado completo la honda oración de Oscar Arias Sánchez porque creemos que es imposible omitirla en una meditación como la que aquí ofrecemos sobre caudillos, caudillismo y los neo caudillos latinoamericanos quienes están distorsionando la democracia latinoamericana.

Las Guerras Civiles
Concomitante con el surgimiento y desarrollo del caudillismo aparecieron las guerras civiles como producto de la competencia entre los caudillos por el poder, sobre todo entre los próceres de la guerra, tanto que no es casual que el primer golpe de Estado que hubo en Venezuela fuera militar(Julio 8,1835), para sacar del poder al doctor José María Vargas(1786-1854), un presidente elegido en comicios, haya sido protagonizado por varios próceres, encabezado por el general Santiago Mariño(1788-1854) aunque se recuerde más el enfrentamiento del tristemente célebre coronel Pedro Carujo(1801-1836) con el valiente presidente.

La primera de nuestras contiendas civiles tuvo lugar en Venezuela el mismo año de la separación de nuestro país de la Gran Colombia. Fue la de Julián Infante en 1830. De allí en adelante, en los siguientes setenta y cuatro año(1830-1903) hubo 39 revoluciones, 127 alzamientos, 166 revueltas, en Venezuela. Estas duraron 8847 días, así en los 27.027 días del período al cual nos referimos solo tuvo el país cuarenta y nueve años de paz y veinte y cuatro años de guerras continuas. La nación solo disfrutó de períodos de paz completa durante diez y siete años: entre 1839-1843, en 1850-1851, en 1857, en 1876, en 1883 y 1884, en 1889-1891, en 1893-1897 y a partir de 1903. En 1859, 1860, 1862, 1868-1871, en 1873 y 1902 no hubo ningún día de paz, todo esto según el escritor Antonio Arraiz(1903-1962) quien hizo su preciso y terrible computo(Los días de la ira. Valencia: Vadell,1989,p.29-34).

¿Cómo Gobernar?

De allí la durísima reflexión de Antonio Arraiz que sigue: “Ni el virtuoso (José María)Vargas, ni el caballeroso (Manuel Felipe)Tovar, ni el apacible (Pedro)Gual pudieron gobernar en Venezuela. El austero (Carlos)Soublette tuvo que apelar a la severidad, el inteligente (Juan Pablo)Rojas Paúl a la intriga y a la hipocresía. El apático (Juan Crisóstomo)Falcón permitió que el latrocinio prosperase en su torno. La actuación de otros gobernantes fue más que censurable.

Se llega a conclusión de que para conquistar y conservar el poder en Venezuela era preciso saber mentir, engañar, prometer y jurar en falso; era indispensable permitir el robo y conveniente ser ladrón. El egoísmo, la jactancia no eran defectos, sino cualidades; había que exigir la adulación y el servilismo, despreciar y humillar la dignidad humana. La más grave falta era la bondad. Un mandatario venezolano no podía vacilar cuando se trataba se ordenar persecuciones, allanamientos, secuestros, confiscaciones, prisiones, destierros y torturas personales; a veces la muerte.

Estos son los rasgos que, en una sociedad normal, suelen llevar a presidio o al manicomio. El hecho de que en Venezuela encumbrasen al gobierno no significa que la sociedad venezolana fuese anormal: ninguna sociedad lo es; sino que de 1830 a 1935 casi nunca gozó de normalidad. Cuando no gemía bajo duros despotismos se hallaba desgarrada por furiosas convulsiones internas”(Los días de la ira,p.29).

Y al paso de esta severa cita es bueno recordar a ese varón venezolano insigne que fue el poeta Antonio Arraiz: luchó contra la tiranía de Gómez, estuvo preso, fue luego esencial su presencia durante todos los debates cívicos y el correr de la Venezuela desde la muerte del déspota cuando se reinstaló la democracia, por ello no vio con buenos ojos la ruptura institucional del 18 de Octubre de 1945 ni el golpe que desalojó al maestro Rómulo Gallegos(1884-1969), un presidente legítimo, electo por el 80% de los votos. Por ello treinta y cuatro días después de aquella conspiración publicó en El Nacional(Enero 3,1949) un editorial convocando a un debate sobre el porvenir de Venezuela que para él no era otro que el democrático. Esto molestó a la Junta Militar que gobernaba, tal fue reacción que tres días después Arraiz tomó el camino del exilio, no retornó sino esporádicamente. En los trece años que le restaban de vida se dedicó, desde los Estados Unidos, en donde trabajó en las Naciones Unidas, como un funcionario nombrado por aquel organismo no como un empleado de nuestro servicio exterior, en la redacción de textos escolares, notables varios de ellos, pensando sin duda que solo por el camino de la educación se podían lograr imponer formas democráticas y civiles en la vida venezolana.

Los Caudillos a Mediados del Siglo XIX
Sin duda alguna fue Antonio Guzmán Blanco(1829-1899) un caudillo, pero no uno más porque fue entre los nuestros el único que era uno de los pocos universitarios que nos gobernaron en el siglo XIX. Los otros fueron Vargas, Tovar, Gual, Rojas Paúl y Andueza Palacio, pero solo estuvieron en el poder ocho años, algunos, como Gual solo por varias semanas. Guzmán Blanco además de su preparación académica había viajado por Europa y los Estados Unidos, en donde había ejercido un cargo diplomático. De aquellas tierras, sobre todo del Viejo Mundo, quiso traer todas las novedades para que nos dieran el progreso, por ello suya fue la primera base de los que sería el Estado moderno entre nosotros. Pero su acción, como dice el mayor de sus biógrafos, Tomás Polanco Alcántara(1927-2002) constituyó una tragedia porque la elite política que estuvo junto a él no lo comprendió ni entendió los caracteres de su voluntad innovadora, fue él quien, como dice Germán Carrera Damas, a quien debemos “el andamiaje de modernidad que levantó su lucidez y tenacidad para que fuese construida una nueva Venezuela”(en María Elena Gonzalez Delucca: Negocios y política y en los tiempos de Guzmán Blanco.2ª.ed.Caracas: Universidad Central de Venezuela,2001,p.9).

Esto lo advertimos porque Inés Quintero se ha dado cuenta que para poder examinar el final del caudillismo debía tocar lo relativo al tema en los días de Guzmán Blanco. Por ello en esta edición de El ocaso de una estirpe añadió un capítulo sobre el sistema político guzmancista en el cual la presencia de los caudillos fue singular. En los días del Ilustre Americano(1870-1888), “Los caudillos preservan una parte importante de sus cuotas de poder, se constituyen en soportes fundamentales tanto para la toma del poder como para la consolidación del gobierno”(p.37). Creemos que no podía ser entonces de otra manera, el caudillismo constituía el modo de gobernar, y no sólo en Venezuela. Es por ello que bajo Guzmán Blanco estos conservaron las jefaturas de “sus localidades, gran parte del juego político se mantiene en manos de las redes caudillistas, adquieren prestigio nacional, se les entrega el control del territorio y no hay avances en el proceso de estructuración de una fuerza nacional que, desde el poder central, vele por la paz de la República”(p.37). Aunque hemos indicado que la permanencia del guzmancismo llegó hasta 1888, momento de la elección de Juan Pablo Rojas Paul(1826-1905), en verdad en 1887 Guzmán Blanco entregó el poder a Hermógenes López(1830-1898) y viajó a Europa. De París no regresó más. Solo volvieron sus restos para ser enterrados en el Panteón Nacional por él creado(Agosto 8,1999).

Pese a ello, recalca Inés Quintero, “en el empeño por construir un régimen estable, está presente también una inequívoca tendencia centralizadora en abierta oposición con la disgregación caudillista”(p.37), “La intervención del gobierno nacional no desmantela el ‘modus operandi’ caudillista”(p.38). Y en medio de esto lo que tiene mayor sentido de permanencia son “las acciones tendientes a favorecer el fortalecimiento económico del poder central”(p.38). Pero durante su período el caudillismo, siempre disgregador, como anota José Luis Salcedo Bastardo(1926-2005) en su Historia fundamental de Venezuela. (Caracas: Universidad Central de Venezuela,1970,p.399), pervivirá pero también aparecen en él la necesidad de centralización del poder en el país, la cual, según Inés Quintero, “marca el inicio del largo y accidentado proceso del Estado nacional liberal”(p.38). Será así cuando después de los sucesos, que anarquizan el país, entre 1892, cuando la paz guzmancista se rompió por las apetencias de Raimundo Andueza Palacio(1846-1900) por alargar el período presidencial y las guerras intestinas prácticamente no se detuvieron en los siguientes once años, hasta 1903, se fue haciendo necesario poner fin tanto al caudillismo como a las guerras civiles porque la única forma de progreso que podía tener en el país, pese a ser tan pobre en aquellos años, eran dentro de un régimen de paz. En ese momento no había aparecido aun el “rey petróleo”(Domingo Alberto Rangel) en las cantidades que apareció en los años diez, sobre todo a partir de 1914, lo cual fue el fundamento para la consolidación del régimen gomecista, última etapa caudillista de nuestra historia, pero un solo caudillo hegemónico, centralizador e incluso innovador, aunque ello no se crea si solo escuchamos la voz de sus degtractores con cuyo solo testimonio no se puede construir la historia, porque fue aquel con su elite quien creo el Estado Moderno y montó a Venezuela en el siglo XX casi una década antes de 1936.

El Fin del Caudillismo en Venezuela
El tema central que trata Inés Quintero en El ocaso de un estirpe es precisamente el proceso de lo que denomina la “centralización Restauradora” por haberse cumplido bajo el gobierno(1899-1908) de Cipriano Castro(1858-1924), siendo ya vicepresidente el general Juan Vicente Gómez, proceso que fue concomitante con el fin del caudillismo.
Como ella nos indica “El trabajo se concentra en un período histórico que consideramos fundamental en el desenvolvimiento del proceso: el que corresponde al régimen de Cipriano Castro”(p.51) y señala: “Nuestra intención, en el presente trabajo, es determinar cuáles son las iniciativas políticas que favorecen la estabilización de Castro en el poder y el asentamiento de un poder central. De igual manera pretendemos estudiar cómo y a través de qué recursos se comienza a edificar un aparato militar capaz de contener la capacidad armada de los distintos caudillos en cada región del país. Analizar los mecanismos que dan legalidad a este nuevo orden de cosas así como el respaldo y el rechazo que despierta entre los caudillos la estructuración de un nuevo esquema de reparto del poder que los excluye del panorama político hasta su extinción definitiva en los primeros años del siglo XX”(p.52). Esto tiene una fecha precisa en nuestra historia: desde el triunfo de Gómez en la batalla de Ciudad de Bolívar(Julio 21,1903) que puso fin a la Revolución Libertadora(Diciembre 19,1901-Julio 22,1903) que desde el centro, tras la batalla de La Victoria, se desarrolló en el oriente del país a donde fue el entonces vicepresidente al mando de las tropas que descabezaron definitivamente a los caudillos en Ciudad Bolívar. Demostró entonces Gómez destrezas militares hasta ese momento desconocidas, virtudes certeras que alimentaron luego la pluma de varios de sus áulicos. Tenía las cualidades militares que mostraron Eleazar López Contreras(1883-1973) y Victorino Márquez Bustillos(1858-1941) en los análisis que le dedicaron.

Sigue diciendo Inés Quintero: “En este trabajo solo se analizan las iniciativas promovidas y ejecutadas por el gobierno de Cipriano Castro en virtud de que es durante ese período que se sientan las bases del proceso centralizador que aniquila las posibilidades de ejercicio del poder por parte de los caudillos, de manera que cuando Juan Vicente Gómez comienza a desempeñar la primera magistratura se encuentra ante una realidad donde los caudillos han dejado de ser las figuras estelares del proceso. Durante su mandato se continúa y profundiza la tendencia centralizadora que se lleva a cabo exitosamente durante los primeros años del nuevo siglo con Cipriano Castro a la cabeza del Ejecutivo”(p.52-53).

Las realizaciones del proceso centralizador de Gómez, las cuales no se tratan en este libro pero que creemos hay que indicar fueron la reforma de la Hacienda Pública, cumplida bajo la dirección de Román Cárdenas(1862-1950), la estructuración del Ejército Nacional y la construcción de las carreteras que integraran el territorio de la nación(p.53).

Sin embargo, situándonos en el contexto de lo que se trata en El ocaso de una estirpe, debemos decir que en 1899 estamos ante una Venezuela disgregada e incomunicada. Tampoco “hablarse de un Partido Liberal, el liberalismo amarillo es una bandera hecha jirones donde cada quien tiene sus intereses. Y sus particulares cuotas de poder. Después de treinta años de hegemonía política lo azota un profundo deterioro interno”.

Los caudillos entonces “Son los representantes de una Venezuela donde la guerra es uno de los más importantes recursos para dirimir las diferencias políticas”, “El poder de fuego es el requisito básico de cada uno de los jefes regionales. La defensa de sus parcelas territoriales pasa por la posesión y el control de un determinado número de hombres y armas, base del sistema de reparto del poder imperante en Venezuela para 1899”. Así “Cada caudillo cuenta con un mínimo de un autonomía política” y cuando Castro, al llegar al poder, solo era un caudillo más, con su propia tropa, aunque mandara desde la Casa Amarilla, residencia presidencial entonces. A Miraflores, residencia privada de la familia Crespo no se mudará sino en 1900, tras el terremoto de aquel año, fue entonces cuando el palacete crespista se convirtió en residencia presidencial.

Deguello del Caudillismo

Así Castro para poder gobernar de forma centralizadora debió poner fin al caudillismo, de allí que fueron todas las medidas desarrolladas el primer intento de desalojo de los caudillos de nuestra escena pública. Y, como era lógico, estos respondieron. Esa reacción fue la Revolución Libertadora(Diciembre 19, 1901-Julio 21, 1903), que tuvo en la batalla de La Victoria(Octubre 13-Noviembre 2,1902) su momento más singular, combate que duró diez y nueve días, siendo una de las grandes batallas de nuestra historia militar, la más larga porque Carabobo(Junio 24,1821) fue decidida en una hora y Santa Inés(Diciembre 10, 1859) en casi todo un día hasta la media noche. En cambio la de La Victoria duró veinte y nueve días. Allí en La Victoria el gobierno venció, gracias precisamente al vicepresidente Gómez que trajo el parque necesario, pero el movimiento revolucionario prosiguió. Los caudillos fueron vencidos completamente al año siguiente, por el propio Gómez, en la batalla de Ciudad Bolívar(Julio 21,1903), la que significó “el fin de la hegemonía política de los caudillos históricos como elemento clave del sistema político imperante en Venezuela durante las últimas tres décadas del siglo XIX”. El fracaso fue “contundente e irrevocable” escribe Inés Quintero.

Sin embargo, si el 21 de Julio de 1903 terminaron las guerras civiles y murió el caudillismo se quedó imperando un caudillo único: Castro hasta 1908 quien será además también el único jefe del Ejército. Sobre esa base construirá luego su larga hegemonía Gómez, tras desalojar a su compadre don Cipriano.

La consecuencia del fin de la Revolución Libertador lo constituyó la formación del Ejército Nacional, “De esa manera la carrera de las armas deja de ser una aventura y se convierte en una posibilidad real de estabilidad para los individuos que deciden vincularse a ella de manera digamos profesional”.

La Escuela Militar

Hay aquí que hacer una acotación con relación a la formación del Ejército Nacional y la creación de la Academia Militar. Se hace necesario precisar que si bien esta fue creada el 3 de septiembre de 1810, por un decreto de la Junta Suprema de Caracas, y reorganizada el 31 de diciembre de 1811, durante el período de la Independencia, pese al decreto fundador, no hubo Escuela Militar. La creada otra vez el 14 de Octubre de 1830, dirigida por Juan Manuel Cajigal(1803-1856), pese a que se puede decir que duró medio siglo, hasta 1879, en la realidad ello no fue así por las características que impusieron al país las guerras civiles y la organización de las tropas “colecticias” de los caudillos que fueron las que se enfrentaron durante las guerras civiles al ejército de los gobiernos. Entre 1880-1889 no hubo Escuela Militar. Hubo un intento de refundación en 1890, que sólo duró tres años hasta 1893, que dio algunos oficiales pero también la realidad de la época hizo imposible una formación para aquellos oficiales. En 1895, bajo Joaquín Crespo(1841-1898), hubo otro intento. Así hasta 1903, con la creación por parte de Castro y más tarde, la verdadera, la puesta en marcha en 1910 por el general Gómez. De tal manera que decir que la Academia fue fundada en 1810 y no ha dejado de funcionar desde entonces es históricamente incorrecto porque desconoce los avatares y le da la espalda, con tal juicio, a los hechos reales de nuestra historia, aunque el decreto creador de 1810 existiera. En verdad nuestro ejército profesional, formado en la escuela creada para ello, existe desde el decretó de creación de la Escuela Militar de Venezuela en 1903.

Fin de los Gamonales

Con el fin del caudillismo debió nacer otro país. Lo que había que hacer se los dice el propio Gómez, ya en el poder, a los miembros del Directorio Liberal de Caracas y otros caudillos, como el general José Manuel Hernández(1853-1921), el Mocho, y Nicolás Rolando(Octubre 13,1909), el vencido en la batalla de Ciudad Bolívar: “la envidiable dicha de extinguir para siempre las guerras civiles; crear la atmósfera de la tolerancia; fundar el respeto entre los partidos; acendrar el buen trato entre los hombres; robustecer el imperio de la ley; abrir las corrientes de trabajo; impulsar las productoras industrias; guiar a la prensa periódica por derroteros de luz y llevar, en fin a Venezuela, a igualarse con sus hermanas del Continente en vida civilizada y progresos de todo linaje”. Era todo un programa. Este mensaje sin duda fue redactado por el doctor Francisco González Guinan(1841-1932), entonces Secretario de la Presidencia e intelectual de fuste. Casi todos los viejos caudillos formaban entonces el Consejo de Gobierno, era llamado por la socarronería caraqueña “el potrero” porque allí tenía Gómez a los caudillos y podía vigilarlos. El “potrero” duró hasta el momento en que estuvieron en desacuerdo con Gómez y este lo eliminó en 1913, el mismo año en que verdad comenzó su dictadura. El caudillismo se extinguió en esos años por razones biológicas.

Se inició entonces “el ocaso de la estirpe a manos de un nuevo régimen que, por efecto de la centralización del poder, aniquila la disgregación política peculiar de las últimas décadas del siglo XIX para dar paso a nuevo tiempo: el siglo XX venezolano”, se refiere al gobierno de Gómez que culmina lo iniciado bajo Castro, pero bajo su propia espada en la batalla de Ciudad Bolívar. Pero antes, no hay que olvidarlo, el triunfo de Castro en La Victoria se realizó gracias a él porque fue quien trajo personalmente las armas necesarias, por ello fue llamado “salvador del Salvador”, es decir de la hiperbólica oratoria del presidente Castro.

Para un Final

Así sintetiza Inés Quintero este proceso por ella explorado:“El poder central se establece y los integrantes de la estirpe son relegados al olvido”. “A partir de ese momento ya no son protagonistas estelares de la historia sino parte de los espectadores que ven surgir un nuevo tiempo que comienza: el siglo XX venezolano con su esquema de poder profundamente centralizado y sin la presencia de los históricos representantes de la estirpe”.

(Leído en la sesión del Círculo de Lectura de la Asociación de Vecinos de la Lagunita, el miércoles 3 de Marzo de 2010).