Viernes, 20 de Octubre de 2017

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El Crepúsculo del Hebraísta

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Por: R.J.Lovera De-Sola

Estamos ante un libro bien singular en nuestras letras: la novela El crepúsculo del hebraísta(Caracas: Alfa, 2008. 303 p.) de Atanasio Alegre(1930). Pero antes de entrar en ella debemos reparar en un hecho literario que está sucediendo entre nosotros uno de cuyos protagonistas es él. Dentro del vigoroso panorama creador, en lo que a literatura se refiere, que el país está viviendo, instante luminoso lo hemos llamado más de una vez, también están apareciendo algunos escritores quien han esperado la madurez plena para publicar, han impreso sus libros después de los cincuenta años, Francisco Suniaga, Elisa Arraiz Lucca, Gisela Cappellin y nuestro invitado de esta tarde. Con ello no nos estamos proponiendo formar una teoría relativa a qué edad se debe publicar el primer libro sino constatar un hecho. No es que haya una edad determinada para entregar al editor el primer libro que se decide publicar, que en muchos casos no es el primero que se ha escrito. Quizá sea de la juventud las otras dos cosas que califican al ser humano: sembrar un árbol y tener un hijo, lo cual hacen trilogía con la publicación de un libro. De las tres cosas se dice que deben ser las que todo ser humano haga.

Pero en estos casos el sueño de escribir una novela estaba implantado en ellos. Sólo esperaron en el momento. En el caso de Atanasio Alegre han sido fecundos sus años de creación después de su jubilación de su cátedra universitaria. Le llegó así el “tiempo de soñar” que decía nuestro Carlos Eduardo Frías(1906-1986).

Pero El crepúsculo del hebraísta es una de las pocas novelas venezolanas que tocan asuntos universales. Hay que colocarla en este sentido junto a las del maestro Arturo Uslar Pietri(1906-2001) La visita del tiempo(Bogota: Norma, 1990. 338 p.) que se desarrolla alrededor a la figura de don Juan de Austria(1545-1578), el hijo natural de Carlos V(1500-1558), en la España del siglo XVI; La ilusión del miedo perenne(Caracas: Planeta, 1992. 224 p.) de Antonio García Ponce(1929) sobre la segunda esposa de Stalin dentro del tejido de la Revolución de Octubre(1917); junto a la de David Alizo(1941-2008), que se nos acaba de ir, Nunca más Lilli Marleen(Caracas: Mondadori,2008. 647 p.) sobre un asesino nazi y sobre la tragedia del holocausto, El último fantasma(Caracas: Alfagura,2008. 198 p.) de Eduardo Liendo(1941), escrita alrededor de Lenin(1870-1924) o mucho más atrás la de Simón Barceló(1873-1938) en una novela tan desconocida hoy, guardamos un raro ejemplar de la biblioteca de nuestros bisabuelos en nuestras estanterías, tanto que el acucioso historiador de nuestra novela histórica no la tomó en cuenta, es La última tentación de Ramón Berenguer(Barcelona: Prometeo,1929. 314 p.) ambientada en España en los días del Cid, plena Edad Media. Quizá quiso Barceló rendir con su libro emocionado tributo a uno de los libros más amados de su generación, La gloria de don Ramiro(1908), del argentino Enrique Larreta(1875-1961), el cual sucede en la España de Felipe II(1527-1598), que es la mejor novela del modernismo latinoamericano.

Tocando lo Mundial

El crepúsculo del hebraísta forma parte junto a La ilusión del miedo perenne de Antonio García Ponce y Pessoa, la respuesta de la palabra(Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1992. 222 p.) de Teódulo López Melendez(1945), fuera de ser obras destacadas, los tres libros venezolanos que se refieren de forma impecable asuntos mundiales a los cuales pocas obras de otros contornos se refieren con la hondura que estas las presentan. Atanasio Alegre por mirar a un humanista germano del Renacimiento, García Ponce a la esposa suicida de Stalin o López Meléndez el pensamiento político del gran poeta de Lisboa, uno de los más grandes del siglo XX. Los tres merecen ya ediciones hechas en el exterior y buenas traducciones a otras lenguas para que sus asuntos sean bien comprendidos. Dudamos que en los tres casos existan otros volúmenes contemporáneos tan hondos sobre estas tres figuras, es muy posible que en la Rusia actual no se sepa tanto de la dramática vida de Nadesca como nos lo hace ver García Ponce; igual sucede con el libro del profesor Alegre, novelas históricas las dos fundamentas sobre muy largas investigaciones que es la única forma para sostener el uso de la imaginación para indagar el pasado. Indagación única en nuestra lengua es la de López Melendez sobre el poeta lisboeta. Y urge hacerlas conocer fuera de nuestras fronteras y en otras lenguas, las tres lo merecen. Y urge también una edición hispana del trabajo de López Melendez para que no se siga sosteniendo, como lo expresó el español Raul Morodo(Enrique Tierno Galván y Fernando Pessoa, dos maestros del pensamiento ibérico. Caracas: Monte Avila Editores, 2007,p.205), que no existe ninguna exploración de conjunto del pensamiento político de Pessoa en lengua castellana, cosa que hizo cumplidamente López Meléndez, décadas antes que él, en edición, que no logró traspasar nuestras fronteras.

La Novela

El crepúsculo del hebraísta tiene como centro la figura del humanista alemán Johannes Reuchlin(1455-1522), el maestro de hebreo de Martín Lutero(1483-1546), persona considerado por sus contemporáneos:”no solo es un sabio, sino un hombre de una acendrada religiosidad”(p.276), fue “el punto de enlace entre lo que debía ser un humanista cristiano y un hombre formado y entrenado en la cultura de la antigüedad pagana”(p.302). Libro clavado este en pleno siglo XVI en un momento decisivo de la civilización europea: el de la protesta y del sismo luterano, cuyas fechas centrales tiene que ver con las acciones de este monje agustino: son los años de 1517 el de sus Tesis Wittemberg, 1520 momento de su excomunión por parte de la Iglesia romana y el año siguiente, 1521, cuando se presentó en la Dieta de Worms y venció a sus opositores, incluso al propio emperador Carlos V quien lo había citado allí.

Al abrir las páginas de El crepúsculo del hebraísta lo primero que viene a nuestra vista, al pasar hoja tras hoja, es el lenguaje espléndido, cuidadoso, muy bien cernido, gozado mientras se testaban sus palabras sobre el papel.
El crepúsculo del hebraísta sucede en momentos claves de la historia del occidente cristiano. En 1453 fue el año final de la Edad Media al caer Constantinopla(después Estambul) en manos de los Otomanos. Al año siguiente, 1454, se produce una revolución, esa si verdadera por sus inmensas repercusiones que aun hoy vivimos, la invención de la imprenta de caracteres móviles por Johannes Gutenberg(c1397-1468) y la impresión de la Biblia(1455). Ese mismo año nació nuestro hombre en el albor de una nueva época.

Fueron aquellos los días del Humanismo, el tiempo de los “humaniores litterae”(p.91); “Con el tiempo estos palacios de los cardenales se transformaron en centros de humanismo romano. En Roma se hablaba latín y se tuvo buen cuidado de cultivarlo con esmero durante el florecimiento de los estudios humanistas. El modelo a imitar fue, en prosa, Cicerón(106-43 aC); en poesía Virgilio(70-19 aC). Con el tiempo los escritos de Cicerón fueron considerados el fundamento de los humanistas”(p.126), y llegar a “combinar…aquella fórmula horaciana de mezclar lo útil con lo agradable”(p.127), el enseñar deleitando que tan bien practicó entre nosotros don Simón Rodríguez(1769-1854) cuando le enseñaba a su célebre discípulo.

Novela histórica muy bien tramada es El crepúsculo del hebraísta, tanto que nos permite repasar los hitos fundamentales de los días del Renacimiento, el descubrimiento de América, que pasa como una sombra por los lados de la narración, y todo lo que significó la Reforma Luterana: que no sólo es un hecho histórico sino que al proclamar Martín Lutero(1483-1546) el libre examen de los textos bíblicos, él mismo tradujo al Biblia al alemán, dejó sentada las bases de toda sociedad democrática que siempre se basa en el pensamiento libre, expresado desde la verdad de la conciencia. Y por ello Lutero ha sido considerado como la persona que restauró la libertad(p.296) Y, claro, la Reforma protestante dejó bien asentado el capitalismo y todas las formas de convivencia. El capitalismo no se inició en el siglo XVI como creen algunos sino cuando los bancos de Florencia y Venecia establecieron sus sucursales en Flandes, en la actual Bélgica. Lutero en el fondo protestó contra la intolerancia vaticana y contra la corrupción de la corte papal. Y su acción no fue por razones sexuales: como la empujada por Enrique VIII(1491-1547) en Inglaterra cuando el Vaticano no le concedió el divorcio porque deseaba casarse con aquella bella y perturbadora jovencita llamada Ana Bolena(1507-1536), quien entre otras curiosidades tenía seis dedos en una de sus manos. A Ana Bolena la hizo ajusticiar Enrique VIII cuando gustó de Jane Seymour. Ana Bolena bajo la cabeza ante tajo sin arrepentirse porque comprendió que aquella era la única manera para que su hija Isabel(1533-1603), la gran reina isabelina, pudiera ser monarca. En Enrique VIII siempre pervivió la sexualidad. El sendero de Lutero fue otro y hoy comprendemos, hasta los creyentes de la Iglesia romana, el sentido profundo de lo hecho por ese hombre: debe ser visto como uno de los bienechores de la humanidad.

Todo en la interesante novela de Atanasio Alegre rueda alrededor de Reuchlin, un intelectual cristiano, que pese a ser germano, en ningún momento se separó de la Iglesia y traspasa con sus ideas, y con su defensa el sentido que tiene el judaísmo y el estudio del hebreo, todo una época de abanderizados como fueron los días de la Reforma: en los cuales todos estaban radicalizados: los que seguían al Papa o todos los que comenzaron a rodear a Lutero. En una época de parcializaciones nuestro humanista, el protagonista de esta novela, se mantuvo en el justo medio, leal a sus convicciones, lo que significada ser fiel así mismo, señal de una grandeza de espíritu muy grande.

Es esencial para comprender que las bases de nuestra civilización occidental y para un hondo entendimiento de El crepúsculo del hebraísta es saber que esta se asienta sobre el pensamiento griego, hebreo y cristiano y todas sus interrelaciones y entrelazamientos. La idea de Reuchlin fue salvar la cultura judía. Por ello ante el proceso Inquisitorial el cual le hicieron su convicción fue: “Si vivo, el idioma hebreo florecerá con la ayuda de Dios. Si muero, no habrá modo de impulsarlo. Por el bien común estoy dispuesto a afrontar los inconvenientes que se presenten”(p.178): ¿se ha pensado alguna vez la mutilación que para la cultura occidental significaría la pérdida de todos los elementos de la cultura judía? Hay que reflexionar siempre que, según conocemos hoy en día, el Antiguo Testamento, la Biblia Hebrea, fue redactada en la misma época que en Grecia se concibieron los textos homéricos. Y fuente del cristianismo fueron ambos, lo griego y lo hebreo, no hay que olvidar que Jesús era judío. Y si para los semitas de hoy Cristo fue un profeta, para los cristianos es el Salvador. Y culturalmente lo que es Occidente no tiene explicación sin la presencia de lo judío, de la Biblia, que fue el libro en que se fundamentó Lutero, quien la tradujo al alemán(1522), creado con su versión la literatura alemana(p.45).

Y como la actividad intelectual del protagonista de esta novela es esencial en su desarrollo porque estamos ante la presencia de un erudito y de un escritor pasamos a señalar el perfil de sus obras: Los rudimentos de la lengua hebrea, La palabra maravillosa y El arte cabalístico, que no son los únicas pero que son las que aparecen una y otra vez en la narración.

La palabra maravillosa
“no es en el fondo más que un tratado sobre la tolerancia que debería existir entre estas tres religiones que tiene un mismo Dios”(p.103), porque, dice después de hacernos conocer la bellísima historia de los Tres anillos(p.104-105), “¿cómo comprobar que los partidarios de cada una de las tres religiones tienen la verdad o son poseedores del anillo auténtico”(p.105)

La palabra maravillosa
es un diálogo en el cual cada uno de sus interlocutores “expresa su opinión, pero el tema del libro es, en realidad, hacer hincapié en el pensamiento cristiano que es, en el fondo, el eje sobre el que gira la obra”(p.106)

Los rudimentos de la lengua hebrea
fue su gran contribución al conocimiento del hebreo. Y El arte cabalístico, el más importante de sus libros según su propia consideración(p.195) se entrecruzan las culturas de la antigüedad: la filosofía de Pitágoras(s.VI aC) se fundamenta en la Cábala(p.199): en él se juntan lo judío y lo griego.

El crepúsculo del hebraísta está redactado por el propio Reuclin como unas memorias, las suyas(p.27). Es así que va recordando los eventos que se suceden.

Por ello anota sobre su asunto central: sus estudios de la lengua y cultura hebrea: “Cuando el monje Martín Lutero emprendió, muchos años más tarde, el estudio del idioma hebreo por mis gramáticas, pensé lo mismo y ahí está hoy convertido, no sólo en un gran hebraísta, sino en el creador del nuevo idioma alemán que ha unificado a partir de la traducción directa que hizo de la Biblia a esa lengua para toda la nación”(p.45), “Lutero, que en ese momento ya descollaba como profesor…estudió Los rudimentos de la lengua hebrea y dijo públicamente que gracias a ese libro, había llegado a una interpretación de lo que significaba el concepto de ‘pecado’ en la Biblia, que como se sabe fue luego el núcleo sobre el que fundamentó teológicamente la Reforma”(p.151).

Por su lucha a favor del estudio del pensamiento judío, de la Cábala y el Talmud, nuestro humanista fue perseguido por los eternos intolerantes que aparecen en todas las épocas, los que no pueden comprender todo lo que propone el reestudio de cualquier asunto. Por ello leemos aquí: “Se trata del hebraísta Johannes Reuchlin que pareciera que pretende dar puerta franca a las doctrinas hebreas en la Iglesia o al menos hacernos creer que no representan tanto peligro como señalaron los Santos Padres”(p.281).

La esencia de Reychlin como humanista fue su convicción que “sin la presencia de la cultura hebrea, al trípode en que pretendía sostenerse el movimiento humanista, le faltaba una pata. Ésa era la cultura con dos textos fundamentales, la Cábala y el Talmud”(p.87), “vine a entender que el conocimiento del hebreo era el medio más adecuado para llegar a una interpretación lo más fiel posible de la Biblia y, en consecuencia, la llave que me abriría la puerta de la sabiduría cabalística y talmúdica”(p.87).

La Cabala constituye el conjunto de doctrinas esotéricas y místicas del judaísmo, estas alcanzaron su máximo desarrollo en los siglos XI al XVIII. El Talmud es la recapitulación de las tradiciones orales judías. El Talmud es un complemento de la Torá, libro de la ley de los judíos, contenido en el Pentateuco, el cual está formado por los cinco primeros libros de la Biblia Hebrea: Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio, que el catolicismo también ha hecho suyos.

Y de alguna manera podemos decir con esta novela entre las manos, la cual nos permite repasar los grandes hitos del Renacimiento, de la Reforma y la acción del Humanismo, que El crepúsculo del hebraísta constituye también un gran elogio del judaísmo.

Para entenderlo hay que comprender que “los latinos bebieron de la jarra, los griegos, de los arroyos, pero los judíos lo hicieron de los manantiales de donde brotaron originalmente todas esas aguas”(p.106). Y dice Reuchlin: “¿Se podía conocer la lengua hebrea, en otras palabras, plena de sabiduría tal como yo lo demostraba en mi obra y no sentir, cuando menos, una cierta admiración por la gente a quien pertenecía este idioma y, en consecuencia, esa cultura?”(p.108). Y, claro, al estudiarla la repasa todo hasta llegar a un asunto personal de tanta significación que hallamos al leer este pasaje: “Los judíos tienen muchos menos problemas con relación al sexo que los cristianos. Nosotros vivimos dentro de un gran sentido de culpabilidad que ellos no conocen. Sus virtudes son mucho más reales que las nuestras”(p.117).

Pero este libro nos permite también desde hoy mirarnos en el espejo de la historia, comprender sus lecciones más allá del vivir de Reuchlin. Ello es así porque la historia siempre se escribe desde el presente, así, como es este caso, se use la imaginación para comprenderla.

Aquellos, llamados, “estos amargos y calamitosos tiempos”(p.123) fueron tiempos de intolerancia, como los que vivimos hoy, tanto por lo que significa el movimiento de la Yihad, el terrorismo islámico, como aquellos que desean restaurar el pasado y no dejar tomar la palabra a otros que no sean ellos. Por ello contra intolerancia solo se puede oponer tolerancia, su antítesis, es la única que asegura “una coexistencia amigable y pacífica”(p.155).

El intolerante, el censor, Reuchlin tuvo que enfrentarse al menos a dos si nos referimos al desarrollo de este libro, es aquel que es incapaz de estudiar las obras, y al no hacerlo prefiere mandar a destruirlas(p.170).

En cambio, ante el censor, está el analista, el que examina, el que explora y presenta su opinión, es “el hombre claro” del que se habla en El crespúsculo del hebraísta. El otro, el censor que siempre termina transformándose en el perseguidor, es el hombre oscuro.

Los intolerantes son aquellos que “que queman lo que no pueden rebatir”(p.234). Son seres peligrosos, como uno que aparece en El crepúsuculo del hebraísta, “un hombre de convicciones, de una sola idea y poco dado a los juegos de la imaginación”(p.159). Quien vez a la vez ser anacrónico: “habitaba en un mundo que ya había dejado de ser, encabritado porque no lograba hacer retroceder la historia a una época en que la dependencia exclusiva de Dios había sido sustituida por la deificación del hombre”(p.160), como uno de los antagonistas de Reuchlin que no sólo deseaba rebatir sus ideas, lo que hubiera sido válido, sino llevar a nuestro pensador a ser quemado en la hoguera. Y estos seres son amenazadores, más si como este había abandonado las creencias judías y se había pasado al cristianismo, sin conocerlo bien, sobre todo sin vivirlo y sentirlo que es donde moran las verdaderas convicciones, en el espíritu, sobre todo en las entrañas, en lo visceral. Y cuidado, ayer y hoy, “suelen…los conversos… transformarse en fanáticos”(p.163), de lo que sea, de aquello con lo cual de repente se hayan topado.

Y hay otro asunto tocado por el novelista en alguno de los pasajes de su estimulante libro: la religión que tenemos, que hemos heredado de nuestros padres, no puede ser abandonada porque “cuando la certeza religiosa, es reemplazada por otra y ésta última se desmorona, sólo queda la desesperación, el escepticismo total” nos recuerda Arlette Machado en su precioso libro El judaísmo: un épica de antihéroes(Caracas: Grijalbo, 1994,p.78). Allí ella, en uno de los raros libros sobre el judaísmo escritos por un marxista entre nosotros(el otro lo escribió el filósofo Juan Nuño), hace esta cita de Jurgen Baden: “Quien abandona la casa de la fe, para no retornar jamás, se priva de todas las seguridades que en otro tiempo, en estado de desesperación ansió tan apasionadamente”(p.78) porque el fenómeno del paso desde una creencia, afincada en nuestra psiquis, a otra lo que crea es el desaliento. Este es un punto sobre el que siempre hay que meditar, especialmente porque la religión para los que creemos es un hecho esencial de nuestras vidas y por lo tanto no puede ser cambiada ni alterada. Y lo que llena ese vacío es la intolerancia.

Y fue el no entender, el miedo a la Inquisición, lo que hizo que el judío converso Fernando de Rojas(c1485-1541), el autor nada menos que de La Celestina, publicada cuando nuestro Reuchlin tenía treinta y cuatro años, en 1499, no volviera a escribir más como nos lo han hecho conocer las vastas investigaciones del hispanista en Stephen Gilman en su libro La España de Fernando de Rojas.(Madrid: Taurus, 1978. 534 p.).

Y, para cerrar, sobre la tolerancia vaya un recuerdo personal, máxime siendo nosotros un resultado de la tolerancia, hijo de una judía sefardita y un católico, de un hogar donde las dos religiones convivieron armónicamente.

Y recuerdo también lo que nos enseñaba un religioso de La Salle, nuestro entrañable hermano Felipe Peñaloza, quien había hecho votos y era muy ortodoxo en su presentación de las ideas religiosas. Sin embargo, nos enseñó siempre: “muchachos teman al hombre de un solo libro que siempre es un intolerante”. Nos repitió siempre: “el que vive según la Biblia se vuelve loco”. Y también nos decía: “el diccionario de los gustos no se ha escrito todavía”: con lo que nos quería decir que toda idea era válida.

(Leído en el Círculo de Lectura de la Fundación Francisco Herrera Luque en su sesión del martes 7 de julio de 2009).