Sábado, 26 de Mayo de 2012

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Comentarios para la defensa de los derechos del lector

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por José Ramón Couto A.

Siendo el libro un producto, un objeto, una cosa inerte la mayoría de los casos, creada por y para la persona humana, al menos hasta ahora, he querido tomar la idea de Daniel Pennac, de su libro Como una novela, de plantear la lectura como una relación jurídica entre el lector y el libro. No para repetirla o exponerla en sus mismos términos, para eso se puede acudir al texto original del autor.

Mi propósito, al plantearme el hecho de la lectura entre el placer y el deber, es identificar los derechos fundamentales del lector que son vulnerados, partiendo de la experiencia personal y común de participar en una comunidad educativa.

La primera aproximación a la lectura tiene como objetivo hacer que la persona aprenda los códigos necesarios para que pueda disponer de la lectura y, posteriormente de la escritura, como medio de comunicación. El aprendizaje de los símbolos y la posterior relación entre estos y la realidad que rodea al niño. Esa primera etapa de protolectura, esa etapa ineludible del deber, sólo se motoriza por el estímulo y el refuerzo, positivo y negativo. Pero, una vez que trascendemos el consabido “mi mamá me mima” y nos aproximamos al primer cuento, podemos considerar que estamos en presencia del primer derecho concreto como lector: el derecho al placer de leer, a disfrutar del goce que produce la lectura, a que nuestros sentidos internos y externos, en cuanto a la memoria, se recreen en esa ficción que se produce al leer.

Llamo la atención sobre el placer y el gozo de la lectura, porque este derecho fundamental del lector es el que más fácil se vulnera y sobre todo, se hace de la manera más impune, porque los únicos posibles perpetradores de este atropello son los maestros y los padres. Con esto me refiero a la enorme responsabilidad que tienen los educadores y los padres al ofrecer cuentos, relatos cortos y pequeños poemas para los lectores bisoños. Lo que puede convertirse en un momento de disfrute y placer que incentive al niño a un aprendizaje más rápido, también puede truncarse y transformarse en la cámara de tortura más pequeña y portátil del mundo.
Resalto la importancia de la ficción como única literatura capaz de producir ambos efectos. Y la importancia de esta literatura va más allá del simple goce.

En nuestro proceso educativo necesitamos aprender una cantidad vasta de conocimientos que, sobre entendemos, pertenecen a la no-ficción, todos esos estudios de historia, biología, gramática, geografía, física, entre otros, se hacen a través de la lectura. Si no aprendemos a leer, no podemos educarnos formalmente. Y entendamos que aprender a leer es más que relacionar palabras con objetos y realidades externas, en la precaria formación de ideas. Aprender a leer es recibir lo que el autor desea comunicarnos y a partir de allí relacionar ese nuevo mensaje con la realidad que conocemos.

Si bien comprendo que la lectura de la no-ficción en el proceso educativo formal es un deber, para poder adquirir unos conocimientos requeridos, este deber se cumple de mejor manera primero, si los textos están bien escritos y segundo, si somos buenos lectores. Y un buen lector se forma, en un principio, a través de la ficción, porque de esta proviene el principal goce.
Por lo tanto, es en la escogencia de los textos de ficción donde se le puede ofrecer al alumno una verdadera oportunidad para convertirse en un lector.
Sobre los primeros cuentos a los que somos expuestos, debo rescatar el valor de la literatura fantástica y a tal efecto rescato el valor de las historias antiguas, a pesar de que a veces parezcan violentas y crueles. Cierta moda reciente en la literatura infantil pareciera tratar de salvaguardar la sensibilidad de los niños de todo aquello considerado feo, malo, terrible o cruel. Pues les tengo una noticia: los libros de ficción sólo funcionan si están bien escritos y si tienen una buena historia. Y para tener una buena historia hace falta conflicto. Y sin nada cruel, terrible, malo o, en el mejor de los casos, feo, es imposible que haya conflicto. Para mejor referencia sobre este tema recomiendo la lectura del ensayo Sobre el cuento de hadas, de J. R. R. Tolkien.

Así pues, el reto es conseguir buenas historias de ficción, bien escritas, y que puedan producir el gozo y el placer en los lectores. Esta necesidad es aún más sensible cuando llegamos a los últimos años de la formación básica, cuando nos enfrentamos a los planes de lectura del Ministerio de Educación. Aquí me valgo de dos anécdotas personales para ilustrar mi punto:
El colegio donde estudié casi toda mi vida tenía muy poco respeto por estos planes de lectura, y no por darles poca importancia, todo lo contrario. El asunto es que a partir de octavo grado quedamos exentos de toda novela de lectura obligatoria. El último libro de literatura que me obligaron a leer fueron las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Béquer, y en esto voy a hacer una gala de ignorancia crasa y supina: no soporto a Béquer, y no he podido acercarme a sus versos sin sentirme al borde de un coma diabético. Estoy seguro que este poeta español tiene méritos propios suficientes para formar parte de los clásicos de la literatura, dudo que actualmente haya gente haciendo lobby a su favor, es sólo que me veo incapacitado de apreciarlo. En tal sentido aprecio y agradezco mucho que no me hayan arruinado otros autores como García Márquez ni Sábato, por mencionar algunos.

La otra anécdota ocurrió en las aulas de esta universidad, cuando cursamos el primer año de Redacción y Estilo. El profesor Gabriel Gutiérrez ingenió un plan de lectura para superar las deficiencias de base: ofreció una lista de cincuenta libros para que escogiéramos dos. Si queríamos leer un libro que no estuviera en la lista, sólo teníamos que conversarlo previamente. Si no sabíamos cuál leer, podíamos conversarlo y él nos orientaba a favor de un libro que se acercara a nuestras inquietudes y gustos. El objetivo de tan aparatoso sistema para el profesor era claro: ofrecer al alumno el placer de la lectura, dentro de un sistema de evaluación.

La aplicación de este sistema en los últimos años de educación básica y en la educación media, puede producir una gran diferencia en los alumnos, que por demás están experimentando ese proceso de autodeterminación llamado adolescencia. Al menos, aumenta las probabilidades de formar lectores y ¿por qué no? Algún que otro bovarista, adicto a devorar literatura de ficción. Para la aplicación de un sistema como este no sólo es necesario en cambio radical de los programas de lectura y de estudio de la cartera ministerial encargada de la educación. También haría falta contar con profesores que lean mucho, y contar con buenas bibliotecas, surtidas y bien dispuestas.
Así como les refería la ausencia de un plan de lectura escolar en los últimos años de mi formación básica, también tengo que referir que fue en la biblioteca de mi colegio y en la biblioteca de mi casa que me hice un lector adicto. Con esto menciono el segundo derecho que deseo comentar de todo lector: el derecho a contar con la asesoría necesaria. Profesores, amigos, familiares, libreros. Todos somos parte de la comunidad lectora y como comunidad tenemos una responsabilidad que nos ata los unos a los otros. Siendo partidario, como soy, de acabar con toda censura, resalto la imperiosa necesidad de contar, siempre, con alguien a quién solicitar orientación, no sólo sobre qué libro empezar a leer, sino también sobre el libro que ya estamos leyendo y cuándo dejar de leerlo.

Si hubiera contado siempre con esa ayuda no me hubiera leído todo El señor de los Anillos cinco veces, quizá solo tres o dos, por ahora, serían suficientes. Pero hay momentos, sobre todo cuando estamos fuera del ámbito de educación formal, que es difícil conseguir la ayuda necesaria. Hace algunos años estaba buscando la novela corta Granja Animal, de George Orwell; acudí a una cadena grande de librerías y le solicité el libro al empleado, éste revisó de inmediato la base de datos de su computadora y, como no lo encontró, me sugirió a modo confidencial de máxima utilidad: “Quizá ha llegado alguno pero todavía no está en el sistema. ¿Por qué no revisa en la sección de mascotas?”. Necesitamos contar, siempre, con buena orientación.

De allí la importancia de los club de lectura; de allí la importancia de contar con un librero que se encuentre capacitado, de verdad; de allí la importancia de los espacios noticiosos y publicaciones periódicas dedicados a la literatura. A la literatura por el bien del lector, y no solo haciendo eco de los lanzamientos editoriales.

No se puede repetir suficiente: los lectores, como comunidad, debemos defendernos, espalda con espalda, contra todo el universo de actores que atentan contra el necesario placer de leer.

Es alarmante la cantidad de jóvenes profesionales que reconocen la necesidad de leer, pero que ven frustrados todos sus intentos por no encontrar ese título en especial que pueda remover la costra que los años de lectura obligatoria ha formado sobre su ser. ¿Cómo podemos quejarnos del boom de los títulos de autoayuda? La culpa no es de quién se llevó el queso, ni de la vaca, ni de la sopa de pollo, tampoco es culpa de Paulo Coelho. La culpa es compartida por todos nosotros, los que conformamos la comunidad de lectores. Definitivamente, quienes leen autoayuda encuentran en esos libros algo que no encuentran en otro lugar, porque no hallan la novela adecuada, el autor que los nutra o porque no logran entrever la riqueza detrás de algunas obras literarias. La comprensión y la sensibilidad lectora es un músculo que se atrofia si no se usa.

En la comunión de los lectores somos todos responsables por todos.

El último derecho que deseo comentar, muy brevemente, es el derecho a gozar de una política editorial adecuada. Es mucho lo que el Estado puede hacer a favor o en contra de la lectura. La industria editorial venezolana experimenta una crisis terrible. Si bien ha aumentado la oferta de producción nacional en el ámbito de la no ficción, en la ficción, salvo excepciones, estamos sufriendo momentos terribles. Algunos esfuerzos editoriales privados, como el desarrollado por El Nacional son dignos de admiración, pero en líneas generales somos dependientes de la importación. Importación de papel, importación de tinta, importación de autores e importación de libros. Y sin dólares, estamos sometidos a una terrible carestía. Hablemos claro, el pueblo venezolano no lee; ese sector de la población que ha contado con la suerte de una formación profesional, lee poco, y de entre esa elite que decide ser lector, pocos cuentan con los recursos para costearse los libros que desea leer, sin contar que la oferta en los estantes de las librerías es reducida. Si la política editorial del Estado no cambia, la comunidad de lectores seguirá menguando.

Iniciativas como este foro son una oportunidad invaluable de plantearnos temas que rara vez ocupan nuestra atención. Sirven para el intercambio de ideas y perspectivas. Aprovechemos el momento y propongámonos metas, aunque sean pequeñas. Redescubramos el placer de la lectura y ayudemos a contagiarlo. No es tan difícil. Armemos un club de lectura, aunque sea de dos personas, compremos un libro; con lo que cuestan dos combos de McDonal’s compramos un libro, así perdemos peso y ganamos en cultura y humanidad. Preguntemos por un librero de confianza. Aprovechemos que los libros disponen de tecnología wireless, son inalámbricos y no necesitan cargadores, son perfectamente portátiles. Si no nos convencemos todavía, leamos a Daniel Pennac, así nos reímos un buen rato y de pronto termina por convencernos.

Ponencia presentada por José Ramón Couto A. en el Coloquio "Leer: entre el placer y la obligación", realizado en la Universidad Monteáviila, Caracas, Venezuela, los días 30 y 31 de octubre de 2008