Sábado, 24 de Junio de 2017

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Caracas en sus Escritores

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Por: R.J.Lovera De-Sola

“Mi modo de ser requiere: vivir en el trópico, en Caracas, con el Ávila ante mi, el mar cerca, con el afecto de las mujeres, con muchos libros y con la música sonando”.
El autor en palique con el escritor Francisco Massiani(julio 27,2008).
“Una altiva seriedad interior, sostenida por grandes esperanzas, como manera peculiar de ver la vida…diferente a la ligereza y chabacanería que en estos tiempos parece impregnar cuanto hacen o expresan los que debieran ser conductores políticos, intelectuales o morales de una sociedad”
Augusto Mijares: Vida romántica y romanticismo literario,ed.1971,p.28
“Lo que empiezo lo concluyo”
Blas Bruni Celli: Bibliografía hipocrática,ed.1984,p.7


Ideas Conductoras

“lo que más me los recuerda...es a nuestro tutelar cerro del Ávila. Y precisamente en estos días, cuando las primeras lluvias le quitan su aspecto de adusto toro vigilante y lo visten de gracia y encanto. Colores que se funden en matices, poética divagación de las acariciantes neblinas, atardeceres que tienen luz auroral, torbellinos de agrestes perfumes que desde la montaña bajan a purificar nuestras casas ciudadanas, voces de ensueños y voces de imperiosos deberes, todo eso es para mí el Ávila...todo eso, sobre un fondo de fuerza y alrededor de una alta cima”.
Augusto Mijares(1897-1979): en Enrique Planchart: Prosa y verso, ed. 1957,p.XVI-XVII.


“Le mostró el Ávila y señaló a su atención las estribaciones mansas con que la montaña va convirtiéndose en valle; los cambios de colores con el sol; las manchas de bosques cuyos árboles no se distinguen individualmente desde abajo; los aspectos de la montaña que lo emocionaban a él y aspiraba que emocionaran al niño”.
Victor Manuel Rivas(1909-1965): La cola del huracán, ed.1968,p.624

“Y el Ávila, la mole que custodia Caracas, la montaña que sostiene un tanto de la magia de una ciudad atípica, que puja por ser cosmopolita y tiene tantos rasgos de pueblo grande con problemas de urbe chiquita. Con plazas llenas de tumultos, con plazas llenas de palomas, ardillas, perezas y la lentitud o rapidez de sus transeúntes. Plazas con rebeliones, con revoluciones, con estallidos de caricias entre cuerpos que no tienen lecho para hacerse sexo o amor, como se vea. Avenidas gruesas y delgadas, calles mínimas o anchas. Ciudad de católicos, judíos, musulmanes, krishnas, budistas, protestantes, metodistas, anglicanos. Mendigos, ejecutivos, estudiantes vivientes. Ciudad de rancio abolengo, de bastardos y genuinos, razas variopintas, de sangre mezclada. También de sangre lavada”.
Valentina Saa Carbonell(1959): La sangre lavada, ed. 2007,p.121


Los Creadores de una Ciudad

Se nos ha ocurrido ahora trazar aquí las señas de los mayores escritores nacidos en Caracas o sus cercanos aledaños como Baruta(tal Sor María de los Ángeles, nuestra primera escritora) o San Diego de los Altos(como Cecilio Acosta); creadores, historiadores o ensayistas unidos entrañablemente a la ciudad a la cual registran en sus obras como José Oviedo y Baños(1671-1738), casi caraqueño porque llegó a nuestra urbe cuando era apenas un adolescente de quince años y ya no la abandonó, quien en su Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela(1723) hace la memoria de sus avatares; ensayísticas como la Caracas, su ciudad natal, que pinta Arturo Uslar Pietri(1906-2001), caraqueño de La Candelaria, en Del hacer y deshacer de Venezuela o en En busca del Nuevo Mundo o la que muestra el valenciano Enrique Bernardo Nuñez(1895-1964) en La ciudad de los techos rojos(1947) o recrean en la ficción como Manuel Díaz Rodríguez(1871-1927), caraqueño nacido en una hacienda cerca de los Dos Caminos, en Peregrina, Rómulo Gallegos(1884-1969), citadino de la esquina de Zamuro en Santa Rosalía, en El último Solar(después Reinaldo Solar,1930) o el mismo Uslar Pietri en las dos entregas de la serie El laberinto de la fortuna.

El Nombre de la Urbe

Un mal venezolano, además de nuestra constante denigración contra nosotros mismos, es querer cambiarle el nombre a todas las instituciones como si haciendo eso se mutaran radicalmente. Lo que hay que hacer es reformarlas, no caer en la necedad, criticada por el humanista Erasmo de Rótterdam(1466-1536) en su Elogio de la locura(ahora nuevamente traducido como Elogio de la estupidez), en el siglo XVI, de creer que porque se le cambien el nombre a una institución este cambia y funciona mejor. No. “Son los mismos perros con distintos collares” como decía el poeta don Francisco de Quevedo y Villegas(1580-1645) en el siglo XVII para criticar los errores en que caían sus monarcas los Austrias, que eran, por cierto, también los de nuestro país, porque formábamos una sola nación formada por provincias como lo demostró Guillermo Morón en su Historia de Venezuela(Caracas: Italgráfica,1971. 5 vols).

Antes, hace pocos meses, el tema fue Cristóbal Colón(1451-1506). Y fue lógica equivocación histórica. Ahora (julio 30,2005) con el pretexto de un cierto revisionismo histórico trasnochado se quieren cambiar el nombre a Caracas, la cual viene llamándose así por más de cuatro centurias.

Vallamos por partes: aceptamos como lectores y estudiosos de la historia la revisión histórica. Pero siempre que ante nosotros se coloquen nuevos y varios documentos históricos, a los cuales se les haya hecho su crítica interna y externa, que muten lo que se consideraba sobre el hecho que se revisa.

Pero que se quiera cambiar el nombre a Caracas sin ningún papel que nos indique una nueva verdad es un contrasentido por no decir una idiotez del tamaño de las caídas “torres gemelas”. Caracas se llama así porque aquí vivían los indios que así se llamaban; que no haya aparecido su acta fundacional, perdida como muchos papeles del pasado, quizá guardada en algún archivo no bien revisado hasta ahora, colocada en un lugar que no le corresponde como sucedió con la copia de la relación de la Visita Pastoral(1763-1768) del obispo Mariano Martí(1721-1792) mandada al Rey a Madrid la cual apareció en Carora. Así ha sucedido con muchos papeles históricos.

Es verdad que hay todavía interrogantes sobre la fundación de Caracas. El historiador J.A. De Armas Chitty(1908-1995) sostiene en su Caracas: origen y trayectoria de una ciudad(Caracas: Fundación Creole,1967. 2 vols) que había dudas sobre el mes, pudo ser entre abril y septiembre. Es posible. Y el erudito De Armas debía tener razón. No hay duda que el capitán fundador fue don Diego de Losada(1511-c1569).

Sin embargo, hay un hecho psicológico que hay que tener en cuenta: el 25 de Julio es el de día de Santiago, patrono de España, a quien se venera en Santiago de Compostela y Diego es abreviación de Santiago, el nombre del fundador. Creemos que debió ser en julio. Sabemos cuándo, en abril, salió la expedición pobladora de El Tocuyo en donde gobernada Pedro Ponce de León quien los mandó a fundar una ciudad más allá del lago de Valencia en donde en 1555 se había establecido otro poblado.

Y Diego de Losada fundó la ciudad el día de su santo y día grande en España. Tan importante que en sus luchas los españoles entraban en batalla con el grito “Santiago y cierra España” que se puede leer en varias obras del siglo XVII, está en el Quijote y después en nuestra única novela sobre la colonia Los amos del valle(Barcelona: Pomaire,1979. 2 vols) de Francisco Herrera Luque(1927-1991).
Y León era el apellido del gobernador de la Provincia de Venezuela, de la cual pasó a depender Caracas desde sus primeros días.

De allí que sea su nombre histórico Santiago de León de Caracas así sólo su utilice comúnmente el último de la misma forma como mucha gente utiliza sólo un nombre de los varios que le ha impuesto la familia porque nuestra costumbre actual es imponer dos nombres. El Libertador, cabeza del patronímico, tenía cinco: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad. Pero sólo utilizó uno, el primero, con el pasó a la historia.

El Cerro
Cuando los conquistadores entraron en el valle de Caracas sin duda lo primero que debió llamarles la atención fue aquel cerro tan alto, aquella bella montaña que los indios denominaban “sierra grande”, tal la imponencia de aquel monte en cuyo valle fundarían la ciudad de Caracas(julio 25,1567). A todos, y en especial a Gabriel de Ávila, quien dio su nombre a la montaña, debió encandilarlos no sólo su belleza sino su colorido, esos tintes que cambian de una estación a otra, de una hora del día a otra. Debieron considerarla ángel tutelar de la nueva urbe a quien esa eminencia impedía sufrir los huracanes que llegaran a las costas del mar tan cercano al pequeño poblado recién fundado.

Desde esa lejana época el Ávila siempre ha encantado a los caraqueños y a los extranjeros que llegan a ella. A los nativos les resulta tutelar su montaña, tanto como es entrañable el mar cercano. A los primeros el hechizo no les ha faltado nunca. Al levantarse miran sus alturas, sus collados, sus colinas. Al caer la tarde le siguen en sus cambios de tonalidades. Ese alcor y ese cielo, esos matices mutantes, cinéticos, los llena de seguridad para enfrentar la diaria faena. Y los cubre de melancolía durante sus meses de más belleza, de noviembre a febrero, cuando sus desfiladeros como un ser alado nos ofrecen los brillos de sus coloraciones rutilantes.

Y tanto gusta la montaña a los caraqueños que sus mejores escritores no han podido dejar de nombrar al Ávila en sus poemas, en sus novelas, en sus cuentos, en sus fantasías escritas. La tradición es larga, y recoge los mejores nombres de nuestras letras, desde Oviedo y Baños al rayar el siglo XVIII, a Díaz Rodríguez ya en el modernismo(1888-1916) cuando lo mira en los mejores metros que se le han dedicado, sus Églogas del Ávila.

Los caraqueños lo siguen mirando, haciéndole preguntas cada día. Esto es evidente en nuestra literatura, un registro que ilumina la poesía de Rafael Arraiz Lucca, que llega hasta Boris Izaguirre al declinar el siglo XX y que al iniciarse el XXI lo encontramos ya en varios bellos relatos de Israel Centeno que ocurren en sus gargantas.
Por ello no nos debe llamar la atención que Juan Antonio Pérez Bonalde(1846-1892) lo recuerde desde el ponto; que el maestro Santiago Key Ayala(1874-1959) lo señale como una de sus tres devociones; que en sus sendas sucedan páginas de Rómulo Gallegos como las de El último Solar, de Díaz Rodríguez en Peregrina, que cerca de él transcurran narraciones de Uslar Pietri como “El novillo atado al botalón” de sus Pasos y pasajeros(Madrid: Taurus,1966. 290 p.).

Y tampoco debe llamarnos la atención que los viajeros aquí llegados se hayan deslumbrado con su peculiar primor. Alejandro de Humboldt(1769-1859) lo observó desde el puente de La Trinidad y luego lo subió entero por vez primera(1800). Y tras él los más cultos visitantes de la ciudad le dedican párrafos, bellas hojas en sus recuentos a través de las lenguas del mundo.

También son inolvidables las despedidas a Caracas sentidas desde sus riscos. Dos hombres tan distintos como Andrés Bello(1781-1865) y José Domingo Díaz(1772-c1834), miran la ciudad de sus amores desde lo alto del camino que lleva a La Guaira. Y ambos no dejan de registrar por escrito el hecho. Para nuestro primer poeta cuando mira a Caracas por última vez, meses después de la declaración de Independencia, “la edad mas feliz de la vida” acababa. Por aquel sendero pasó Simón Bolívar(1783-1830) la última vez que dejó a Caracas en donde a su decir sólo el Ávila y el Marques del Toro, Francisco Rodríguez del Toro(1761-1851) habían permanecido en pie, tal había sido la devastación de la guerra.

Sierra presente cada día en el vivir de los caraqueños, gajo de su espíritu, promontorio de su afecto, roca de sus recuerdos, peñasco de su fantasía, otero de sus evocaciones, puerto de sus entrañas, cumbre de su amor, falda de sus angustias, ladera de sus deseos, cima de su cariño.

Gabriel de Avila

El capitán fundador Gabriel de Ávila fue quien dio su nombre a la montaña tutelar que está al norte de Caracas. A sus pies él tenía la “estancia de los Ávilas” y por ello el cerro recibió ese nombre.

Gabriel de Ávila es un personaje, de quien tenemos pocas noticias. Fue el fundador de la familia Ávila en Caracas y en Guigüe. De él desciende el padre José Cecilio de Ávila(1786-1833), humanista del siglo XIX, uno de los maestros de Juan Vicente González(1810-1866).

De Gabriel de Avila se desconoce la fecha de su nacimiento en España. Al parecer vino a nuestra tierra en el barco que trajo a Diego García Paredes cuando a este lo asesinaron los indios de Catia de la mar.

Se enroló como Alférez Mayor de Campo en las fuerzas que formó el capitán Diego de Losada para la conquista de Caracas. Ávila participó en varias escaramuzas contra los indios defensores de sus libertades y sus tierras. En 1567 estuvo presente en la fundación de Caracas.

En 1568 se batió contra la gran concentración de caciques quienes pretendían destruir la recién fundada Caracas.

En 1569 con quince hombres y órdenes de los Alcaldes de Caracas salió para Mariara al encuentro de Garci Gonzalez de Silva(c1546-1625) quien se venía a incorporar a la nueva urbe. En 1563 fue Alcalde de Caracas.

En 1573 emprendió la conquista de los teques, así, con minúscula lo encontramos escrito en las fuentes utilizadas. No se dice allí si lo hizo para conquistar El Teque, sitio de Caracas, en La Pastora, en donde está en la actualidad el Palacio de Miraflores, o para pacificar los indios Teques aun no sometidos al yugo español(Ver Ismael Silva Montañés: Hombres y mujeres del siglo XVI venezolano. Caracas: Academia Nacional de la Historia,1983,t.I,p.149).

En regiones de Aragua tuvo tierras con cultivos. Casó con Luisa del Barrio, hija de Damián del Barrio(c1551-1631), otro de los fundadores de Caracas. Hija de ambos fue Felipa de Ávila, quien casó con el capitán Fernando Cerrada o Serrada. Para el año de1593 Gabriel de Ávila ya había muerto.

Colonia
José Oviedo y Baños se hizo caraqueño pleno por su clásica descripción de Caracas en su Historia, que todos los caraqueños nos sabemos de memoria desde los bancos de la escuela primaria. La citamos completa en el epílogo.

Francisco de Miranda(1750-1816), quien, universal y ecuménico como fue siempre, no dejó de registrar noticias sobre Caracas en su Diario, el mayor escrito en prosa concebido por un venezolano durante todo el período colonial.

Simón Rodríguez(1769-1854), el caraqueño mas andariego conocido, salió de Caracas en 1797 para no volver, vivió en Europa y en países andinos más tarde en uno de los cuales murió, a quien inquietó desde muy joven la necesidad de reformar la instrucción pública, de allí su informe al Cabildo de 1794. Fue el más andante de los caraqueños porque nuestro otro dromómano, el tocuyano Lisandro Alvarado(1858-1929), lo hizo andando siempre por el país.

Andrés Bello, caraqueño, vivió hasta sus 29 años en su ciudad, pero desde su exilio en Londres y desde Santiago de Chile se proyectó hacia su patria y hacia todo el continente. Fue el quien diseñó en Londres lo que sería nuestra literatura autónoma, quien nos enseñó a leer obras literarias mediante sus trabajos críticos y hablar y escribir mediante su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos(Santiago: Imprenta El Progreso,1847. XIII,334 p.). Pero siempre consideró que sus días en Caracas habían sido “la edad más feliz de la vida”. Y siempre la evocó con nostalgia desde lejos.

Simón Bolívar, porque en sus mil escritos aparecen de forma entrañable su amor por Caracas ya sea en su carta a Simón Rodríguez, en la llamada Elegía del Cuzco, carta a su tío y padrino Esteban Palacios(1763-1830) o en misiva a José Ángel Álamo(1774-1831) en cual se pinta por encima de todo caraqueño al decir “Venezuela es el ídolo de mi corazón. Caracas es mi patria”.

María Josefa de la Paz y Castillo(1765-¿1818?), Sor María de los Ángeles, nuestra primera creadora mujer quien vivió casi toda su vida en el centro de Caracas y la mayor parte de ella tras los muros del Convento de las Carmelitas, en la esquina que lleva el nombre del cenobio, donde concibió su obra poética algunos de cuyos trozos han llegado hasta nosotros. Fue una escritora religiosa, de raíz cristiana y sentimientos teresianos, como la gran fundadora de la orden a la cual perteneció, hace poco evocada en sus trazos más íntimos, en el vivir monjil, por Michaelle Ascensio en su novela Mundo, demonio y carne(Caracas. Alfa, 2005. 251 p.), rememoración histórica de aquellos universos que vivieron nuestras monjas y que con mano tan maestra también evocó Teresa de la Parra(1889-1936) en su Influencia de las mujeres en la formación del alma americana, ensayo que pese a su bello título fue publicado por su familia con el inexplicable feo mote de Tres conferencias inéditas(Caracas: Ediciones Garrido,1961. 158 p.), nombre que le quitó toda la belleza al sentido de lo escrito por la gran Teresa en París en 1930 y que fue leído como conferencias en Bogotá al año siguiente. Este fue su tercer libro, después de sus dos entrañables novelas caraqueñas, en cuyos capítulos se evoca a Caracas y al sentimiento de la caraqueñidad más de una vez. El cuarto libro de Teresa, Vida sentimental de Simón Bolívar, el primer caraqueño, sólo lo dejó aboceteado en su correspondencia, especialmente la que dirigió al doctor Vicente Lecuna(1870-1954), la vida no le dio tiempo para rematarlo.

Siglo XIX
Juan Vicente González, el primer prosista de nuestro romanticismo, el mayor creador nuestro de todo el siglo XIX. Fue tan caraqueño “trabalibros”, como le decía el humor caraqueño, que jamás salió de Caracas ni siquiera para ir a La Guaira. Sus páginas literarias mayores siguen conmoviéndonos por su pericia y belleza como sus editoriales de Cicerón a Catalina(1846), obra de un artista de la palabra.

Cecilio Acosta(1818-1881), pensador de huella profunda, quien se vino desde los llamados hoy Altos mirandinos para no salir nunca de Caracas en donde escribió su preciosa prosa, sus sesudos análisis de la realidad venezolana como los que están en sus Cosas sabidas y cosas por saberse(Caracas: Imprenta dse Jesús María Soriano,1856. 31 p.).

Juan Antonio Pérez Bonalde, nuestro mayor poeta romántico, quien desde el largo exilio, vivido casi siempre en Nueva York, evoca una y otra vez emocionado la tierra de sus mayores, sobre todo en Vuelta a la patria(1876) en el cual recuerda la patria, el terruño, la tierruca, en uno de los pocos viajes que realizó a ella desde el exterior el año 1876. También estuvo como se ha revelado hace poco en 1881, según se puede leer en las columnas del diario La opinión nacional.

Pedro Emilio Coll(1872-1947) pensador, crítico literario, ensayista, cuentista, caraqueño pleno, que siempre que salió de Caracas volvió a ella, desde Europa la memoró una y otra vez y volvió a ella para exhalar el último aliento.

Manuel Díaz Rodríguez, nacido en los que es hoy el Parque del Este, quien evoca el valle en el cual nació en las páginas llenas de belleza de su novela Peregrina o el pozo encantado o en sus sonetos al Ávila.

Siglo XX
En Teresa de la Parra, nacida por casualidad en París, muerta por aciago destino en Madrid, se desprende en todo su escribir el ser caraqueño, el pertenecer a Caracas, ya sea de entre aquellos que dieron vida a los últimos pálpitos de la Venezuela agraria y rural en Las memorias de Mamá Blanca o en la Caracas del gomecismo, la ciudad que estaba comenzado a dejar de ser una aldea grande cuando ella la miró en Ifigenia, la cual pensó titular Diario de una señorita que se fastidia, lo que tenía un sentido mucho más pleno, por su evocación de la indolencia del trópico, que el nombre de la sacrificada griega a la cual se refiere en el mote que terminó poniendo a su impar obra, la cual, como la helena, terminó en el holocausto.

En Rómulo Gallegos mucha gente observa siempre al novelista del llano(Doña Bárbara,1929 y Cantaclaro,1934) o de la selva(Canaima,1935) pero el maestro era caraqueño y su ciudad aparece en su escribir desde su primera novela(El último Solar, 1920, después ya reelaborada Reinaldo Solar,1930); también están sus aledaños en La trepadora(1925), sugerida por un comentario de Fernando Paz Castillo(1893-1981) a quien se la dedicó.

Guillermo Meneses(1911-1978) en cuya obra, piénsese en algunos de sus cuentos como en La balandra Isabel llegó esta tarde(Caracas: Editorial Elite,1934. 23 p.) o en La mano junto al muro(París: Fequet et Baudier,1952. 36 p.), quizá el mejor cuento de nuestra literatura, donde está La Guaira y por lo tanto el mar siempre cercano a Caracas, lo cual hace del caraqueño, dice el mismo Meneses en su Libro de Caracas(Caracas: Concejo Municipal del Distrito Federal,1967. 335 p.), un montañés que vive cerca de la orilla del piélago. Lo que pinta Meneses en esos relatos es una parte de las experiencias y vivencias del caraqueño el cual mira plenamente en su experiencia citadina en su máxima novela El falso cuaderno de Narciso Espejo(Caracas: Ediciones Nueva Cádiz, 1952. 209 p.).

También muchos lectores imaginan al Uslar Pietri novelista sólo tras Boves en Las lanzas coloradas(Madrid: Zeus, 1931. 260 p.) o tras el tirano Aguirre en El camino de El Dorado(Buenos Aires: Editorial Losada, 1947. 315 p.) o ojeando alrededor de don Juan de Austria en La visita del tiempo(Bogotá: Norma, 1990. 338 p.), sin embargo Uslar es uno de nuestros caraqueños mayores y nuestra urbe aparece en muchos momentos de su vasta obra, incluso en los primeros capítulos de Las lanzas coloradas y en las dos novelas del díptico El laberinto de la fortuna, que fue en lo que se transformó el país desde la aparición del petróleo en los días iniciales de la tiranía gomecista cuando el signo de nuestra economía cambió, cuando se añadió a las palabras con las cuales se puede contar nuestra historia económica, cacao y café, el nombre del oro negro, del estiércol del diablo, como lo llamaron los indios en sus paliques con los conquistadores, de hecho la primera referencia del petróleo que tenemos está en una obra del siglo XVI. Caracas, repetimos, siempre está en las novelas de Uslar como es el caso de Oficio de difuntos(Barcelona: Seix Barral, 1976. 351 p.) o en sus novelas Un retrato en la geografía(Buenos Aires: Editorial Losada, 1962. 286 p.) o Estación de máscaras(Buenos Aires: Editorial Losada, 1964. 200 p.), el título de la última constituye para nosotros su definición de Venezuela.

En Francisco Herrera Luque el tema central de su obra es Caracas y sus personajes predilectos los caraqueños y lo hecho por los caraqueños como la destrucción del segundo tomo de la Historia de Oviedo y Baños, asunto central en Los amos del valle. O por lo psicopático de su alta clase que desde Caracas se proyecta en el país como las acciones de los Mantuanos en los días provinciales, la historia de Piar o el paso de Boves por la urbe; por considerar que sólo se puede entender la historia de Venezuela viéndola desde Caracas razón por la cual consideraba que la mejor biografía de Bolívar era El Libertador(Caracas: Editorial Arte,1964. 586 p.) de Augusto Mijares porque en ella un caraqueño estudiaba a otro caraqueño y así lo comprendía mejor. Mijares era doblemente caraqueño había nacido en una ciudad de la Provincia de Caracas, Villa de Cura, y había vivido plenamente la experiencia de existir en Caracas y ser caraqueño.

Esa Caracas sigue viva en el ser y en la pluma de sus creadores, hombres y mujeres, de estos días como en los libros de la novelista Ana Terersa Torres(1945), caraqueña también, sobre todo en El exilio del tiempo(Caracas: Monte Avila Editores, 1990.263 p.) o Doña Inés contra el olvido(Caracas: Monte Avila Editores, 1992.239 p.) o la adolorida Nocturama(Caracas: Alfa,200), allí esa ciudad sin nombre es nuestra urbe querida, la Caracas maltratada de esta última década trágica, la del chavismo.

Sin embargo, en quien mayor número de veces se hace presente la Caracas amada, siempre presentida en nuestros sueños, es en la poesía de Rafael Arraiz Lucca(1959) en la cual no está sólo presente el Ávila tutelar sino la luz de Caracas, ver sino los momentos de su entonación en los poemas caraqueños, son casi todos los suyos, que se pueden leer en su poemario El abandono y la vigilia(México: Fondo de Cultura Económica,1992. 158 p.).

La Caracas malquerida por sus gobernantes y dolorosamente sentida por sus hijos de hoy, tan heridos como su urbe, aparece en el magistral poema de Eugenio Montejo “Caracas” que podemos leer en su antología Alfabeto del mundo(Barcelona: Laia,1987. 139 p.).

La Caracas que nos duele y ya no deseamos exista, la deteriorada, está en la ríspida novela Latidos de Caracas(Caracas: Alfaguara,2007.115 p.) de una joven caraqueña de estos días Gisela Kozak(1963) quien para nada pudo ver ni saborear la Caracas arcadia de los años sesenta, como la que está en Piedra de mar(Caracas: Monte Avila Editores, 1968.129 p.) y en general en las narraciones cortas de uno de sus grandes corazones de hoy: Francisco Massiani(1944), quien nos muestra la felicidad que tuvieron aquellos muchachos que movían por La Campiña o La Florida u otros por aquel San Bernardino tan sentido por el cual pudo también andar el Corcho de su novela impar.

Ultima Evocación

Hemos sostenido en otro lugar que hay tres Caracas en la mente y el corazón de cada caraqueño: la primera es aquella en la que vivimos y no nos gusta porque el deterioro se hecho dueño de ella; la segunda es la que deseamos y la tercera es la perenne, aquella que describen en sus obras tres caraqueños de excepción en los pasajes de sus escritos que vamos a citar para cerrar.

Oviedo y Baños

El primero en dejarnos su descripción de la Caracas perpetua, la clásica, escrita en gracioso estilo barroco, es decir lleno de gracia, fue don José de Oviedo y Baños en 1723. Hasta hace pocos años, cuando la educación instruía y educaba a los caraqueños, nos la sabíamos de memoria desde niños. He aquí su pasaje más connotado:
”En un hermoso valle, tan fértil como alegre y tan ameno como deleitable, que de Poniente a Oriente se dilata por cuatro leguas de longitud, y poco más de media de latitud, en diez grados y medio de altura septentrional, al pie de unas altas sierras, que con distancia de cinco leguas la dividen del mar en el recinto que forman cuatro ríos, que porque no le faltase circunstancia para acreditarla paraíso, la cercan por todas partes, sin padecer sustos de que la aneguen: tiene su situación la ciudad de Caracas en un temperamento tan del cielo, que sin competencia es el mejor de cuantos tiene la América, pues además de ser muy saludable, parece que lo escogió la primavera para su habitación continúa, pues en igual templanza todo el año, ni el frío molesta, ni el calor enfada, ni los bochornos del estío fatigan, ni los rigores del invierno afligen: sus aguas son muchas, claras y delgadas, pues los cuatro ríos que la rodean, a competencia la ofrecen sus cristales, brindando el apetito de su regalo, pues sin reconocer violencias pasando, en el mayor rigor de la canícula mantienen su frescura, pasando en el diciembre a más que frías; sus calles son anchas, largas y derechas, con salida y correspondencia en igual proporción a todas partes; y como están pendientes y empedradas, ni mantienen polvo, ni consienten lodos; sus edificios los más son bajos, por recelo de los temblores, algunos de ladrillo y lo común de tapias, pero bien dispuestos y repartidos en su fábrica: las casas son tan dilatadas en los sitios, que casi todas tienen espaciosos patios, jardines y huertas, que regadas con diferentes acequias, que cruzan la ciudad, saliendo encañadas del río Catuche, producen tanta variedad de flores, que admira su abundancia todo el año, hermoseándola cuatro plazas, las tres medianas, y la principal bien grande y en proporción cuadrada”(Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1992,p.232).

Uslar Pietri

Esta misma tercera Caracas, la de todos los tiempos, es también aquella a la cual se refirió Arturo Uslar Pietri, otro caraqueño de vieja estirpe, en 1969, al anotar: ”Pero lo que sigue siendo la maravilla fundamental de Caracas es la misma que gozó y admiró el conquistador español y todos los que han venido a ella a lo largo de sus cuatrocientos años de existencia: el clima y la luminosidad del valle. Acaso no haya clima comparable en el mundo. Protegida por sus montañas, levantada a mil metros sobre el nivel del mar, nunca hace frío ni calor excesivo, conservada como en un milagro de primavera perpetua...La calidad y pureza de la luz labra y destaca las formas y los colores y juega con los matices. El cielo parece más amplio, más alto y más abierto. Todo es transparente y preciso. El Avila es la gran tela de fondo donde juegan los prodigios de la luz de Caracas. Como una inmensa catedral de bosques, vista por el más audaz de los maestros impresionistas, cambia su mole de colores y hasta de formas, desde el alba hasta el anochecer. Es un espectáculo tan único, tan inagotable y tan magnífico como el del mar”(En busca del mundo nuevo. Méxicop: Fondo de Cultura Económica,1969,p.220-221).

Meneses
A esa misma urbe se refirió también otro de sus grandes espíritus, Guillermo Meneses, al anotar: “el caraqueño es la difícil síntesis de montañés y costeño...Hubo siempre ese sueño del mar, tan cercano, aunque oculto por el cerro eterno: el Guraira-Repano de los indios, el Avila del mestizo que se forjó a su sombra... Por eso tal vez anudamos el sentido de la travesura y la fanfarronería con esa otra discreta actitud de la vida corriente. Hay, sin duda, la ansiedad de hacer sitio a los verdes fantasmas que vienen del mar y eso se logra de muy diversas maneras equivalentes a la desnudez de lo que puede ser más entrañable: el mar de los instintos, de la borrachera, de la payasada por la cual se dice una verdad sonriente, acaso marcada de sarcasmos...En este sentido el caraqueño, como buen montañés, ha gustado de cierto recato, de cierta reserva que se diría buen tono, respeto por las formas elegantes y corteses, pero al mismo tiempo desdeña cualquier forma de impertinentes pretensiones. A los cambiantes tonos de la montaña que absorbe y refleja las llamas del día, añade el recuerdo continuo del mar que bate olas adentro de su pensamiento. Hombre de excepción el caraqueño por esa doble capacidad de vivir en la altura de la montaña y en la intensidad de la costa. La montaña enseña todo el valor de la serenidad que se puede ser imagen de máxima inquietud. Cambia en los juegos de la luz la recia contextura del cerro como si fuera espejo de un mar que hubiese detenido su agua brava y el mar se hace monte en su constante ola, rota y crecida de nuevo hasta que se rompe en la playa como risa violenta...Podemos terminar esta crónica conforme las iniciamos: los indios llamaban al monte Guaraira-Repano. A su sombra creció la ciudad que abrió ventanas sobre el mar...Digamos, para afirmar nuestro compromiso eterno con su amor, las palabras de los antiguos representantes del pueblo: Si juro y amén. Será como si nos casáramos con ella ante la autoridad del cerro con ese sueño de mar en la cabeza y en el corazón”(Libro de Caracas.2ª.ed.Caracas: Concejo Municipal del Distrito Federal, 1972,p.339).

Mayo 1,2006
Agosto 11,2008