por Rigoberto Rodríguez
Imago mundi, de Rafael Arráiz Lucca (Critreria, 2006) es una colección de ensayos de corta extensión, versión ampliada de Sellos en el pasaporte (Alfadil, 1994), en los que el autor nos relata sus peripecias –penas y contentos– en algunas de las ciudades más populosas del planeta y en diferentes etapas de su vida.
En cada caso, tan sólo dos o tres páginas bastan para que Arráiz Lucca nos haga experimentar cosas como: el vértigo de Nueva York, el París amable y enamorado, el trazado acuático de Venecia, Aruba vista desde la infancia, Cuba con su olor a azufre, el Metro más fastuoso del mundo en la lejana Moscú y ese pedazo de Europa que es Buenos Aires, entre otros tantos destinos.
Pero no se engañen, estas crónicas no son simples descripciones de lugares geográficos. En un estilo que hace recordar al mejor Truman Capote –cuyo ego no cabía en este mundo– Rafael, de manera inteligente y refinada, toma como excusa el lugar donde se encuentra para hablarnos de sí mismo, por lo que la aventura terminará por llevarnos, no sólo al el corazón de las ciudades por donde pasa, sino esencialmente hacia el alma misma del viajero, convirtiendo estas crónicas en una especie de memorias itinerantes o, mejor dicho, en partes de una autobiografía.
Como pocos, lo cual queda perfectamente demostrado con este libro, Arráiz Lucca parece saber con exactitud cuál es su lugar en este mundo. Y pensar que comenzó su carrera literaria, muy temprano y como muchos (aquí me incluyo), leyendo revistas de caricaturas.
Rigoberto Rodríguez











‘Como ha sucedido siempre con los grandes creadores de todos los tiempos –pienso en Giotto, en Gauguin, en Van Gogh, en Klee, en Reverón, en Duchamp-, Marisol es un genio raro que encarna por sí solo aquello que puede llamarse una tendencia. Ante su obra la indeferencia y la enajenación se conmueven. No en vano ella se ha impuesto en el mundo, sin ayuda de nadie y por sí sola, con la única, insólita, hierática presencia de sus Marisoles.'