Miralda. De gustibus non disputandum
El Museo Reina Sofía presenta la primera gran retrospectiva de Antoni Miralda (Tarrasa, Barcelona, 1942) en el Palacio de Velázquez que, cerrado desde 2005, abre de nuevo sus puertas al público después de las reformas acometidas en el edificio.
“Miralda. De gustibus non disputandum” propone un recorrido por su amplia trayectoria partiendo de un contexto histórico y artístico global, desde sus primeras obras y ceremoniales públicos realizados en París en la década de los sesenta, hasta las grandes intervenciones intercontinentales del proyecto Honeymoon (1986-1992), para llegar al FoodCulturaMuseum (2000-2010), su proyecto más reciente. La muestra se compone de instalaciones, montajes fotográficos, proyecciones de películas, esculturas/monumentos, objetos y dibujos preparatorios. Destaca la presentación de Stomak Digital, una base de datos o archivo digital que pone a disposición del usuario toda la obra del artista hasta la fecha, digitalizada y ordenada por temáticas o tipologías. Es una instalación en forma de mesa mostrador en la que se puede “degustar” la información archivada de toda la obra del artista: experiencias, documentos videográficos, documentos, colecciones de objetos y mensajes.
El proverbio latino escogido por Miralda como título de la presente exposición, nos remite a la riqueza de una producción artística tan única como pionera, su creación nos transporta del objeto a las grandes fiestas ceremoniales, del espacio privado al público, de lo íntimo a lo monumental y de lo local a lo universal.
Su obra, inseparable de un contexto social y político, es un trabajo de observación «sobre el terreno» cercano a la etnología. Es testimonio y herramienta de la deconstrucción de prejuicios y esquemas formales preexistentes. Las actividades de Miralda —uno de los primeros artistas en huir del espacio opresivo del estudio y del museo— se desarrollan en la calle y en espacios ajenos al «circuito del arte».
Las obras expuestas deben ser leídas como puntos de referencia que jalonan un recorrido por los temas más complejos y vitales de nuestra sociedad. Estos temas son codificados por el artista en una iconografía singular –a veces a escala colosal– al encuentro de un lenguaje vibrante y participativo, basado en la celebración de los sentidos, del color, de la vida y de lo imaginario.

París, 1967-75: Ética/estética
La trayectoria de Miralda arranca en la España de los sesenta, cuando realiza el servicio militar. Sus dibujos de la época analizan obsesivamente los movimientos, las tácticas militares y la noción del bien y del mal, no sin una fuerte carga de humor mordaz. Pronto sus soldados —primero en forma de miniaturas de plástico blanco— invaden toda su obra: fotografías, frottages-collages, carteles, muebles, armarios, mesas, sillas, paredes y las calles de París, donde reside desde 1962. En 1972 rodará, junto con Benet Rossell, la película París, la cumparsita, que documenta las aventuras de la escultura de un soldado a tamaño natural en busca de pedestal por las calles y plazas de la ciudad. Es la época de los Soldats soldés [Soldados pegados], los Dibujos geométricos, los Essais d'amélioration [Ensayos de mejora], las Toiles de Jouy [Telas de Jouy], los Cenotafios —monumentos públicos y turísticos para generales— y los Cendriers-tombeaux [Ceniceros-tumba].
Del objeto al evento: Los Ceremoniales/Rituales
Un período más lúdico se perfila cuando Miralda retira finalmente sus soldados y se siente fascinado por algunos aspectos desatendidos en la práctica del arte, entre ellos el de los alimentos como experiencia artística y la implicación del público participante en el acto creador. A través de acciones ceremoniales, Miralda pone en escena minuciosas coreografías, fiestas de los sentidos y de la vida. La ritualización de la comida, su preparación, coloración, ofrenda o consumición, se convierten en magnífica celebración de lo imaginario hecha realidad por centenares de participantes.
En 1969, en colaboración con Dorothée Selz, Joan Rabascall y Jaume Xifra, organiza la primera de estas obras, Noir, mauve et barbe à papa [Negro, malva y algodón de azúcar], en el Centro Americano de París. A ella le seguirán muchas otras, como atestiguan las películas y las instalaciones parcialmente recreadas en la presente exposición, como Fest für Leda [Fiesta para Leda], para la Documenta VI de Kassel de 1977, y Charlie Taste Point [Puesto de degustación Charlie], de 1979. Miralda se instala en Nueva York en 1972 y un año después realiza allí el Patriotic Banquet [Banquete patriótico], un menú de banderas comestibles destinadas a la putrefacción tras unos días de exposición. La obra, concebida como indigesta llamada al orden en una época en la que la guerra de Vietnam era el plato de cada día trivializado por la televisión, ha permanecido desde entonces en estado de proyecto hasta la presente exposición, en la que se realiza por primera vez. Hoy, su actualidad resulta aún más desconcertante.

El multiculturalismo estadounidense es toda una invitación al descubrimiento, y la obra de Miralda dialoga con esa fusión de culturas y con sus manifestaciones populares, entre las que se cuentan las tradiciones culinarias. En Houston, su instalación Texas TV Dinner [Cena televisiva de Tejas] de 1977, pone en escena las cocinas de los restaurantes locales, de las que se sirve para realizar sus acciones; en Kansas City, centro agrícola del país, invita a toda la ciudad a unirse a las celebraciones de la cosecha y de la feria de ganado con Wheat & Steak [Trigo y bistec], de 1981. Por las calles desfilan, entre otros, el Tri-unicorn y una corona gigantesca formada por varias toneladas de grasa; por su parte, la gran Bolsa de Cereales celebra un banquete con panes de colores y láminas de oro.
Profundamente ligados a las afinidades y costumbres de toda comunidad, los alimentos son portadores de múltiples connotaciones y simbolismos. Comer no es mero acto de satisfacción física, pues brinda también la ocasión de dar, de compartir, de comunicar o de celebrar. En él, cada uno encuentra la memoria viva de su colectividad, como los propios Orishas del panteón africano, que son, según la tradición, aquello que comen. Santa Comida, realizada en el neoyorquino Museo del Barrio en 1984, se integra de manera espontánea en la comunidad latinoamericana del Spanish Harlem. Los 7 altares, que evocan a la vez a los antepasados africanos y sus «máscaras» cristianas —los santos y las vírgenes de la santería afrocubana y el candomblé brasileño— están provistos de sus alimentos favoritos y no hay día en que no se les añadan otras ofrendas anónimas en obsequio a la tradición.




