El filtro de la luz
Diego Sánchez Aguilar
Francisco Solana es uno de esos artistas que lo son a su pesar. Quiero decir que lo es por nacimiento, por talento y por trabajo, pero no es “el artista”. No lo verán nunca en reuniones de artistas hablando de subvenciones, de filósofos franceses y de performers neoyorkinos. Sí lo podrán encontrar, en cambio, en un buen restaurante zampándose una mariscada rodeado de amigos, o en el Fondo Norte del Cartagonova animando al Efesé. Y lo más probable es que esté riendo, gastando bromas, tomando el pelo a todo el que intente decir algo en serio. Porque Francisco Solana es también Pacuco, el antiartista, el gamberro, el que se ríe de todo, empezando por él mismo y, sí, claro, especialmente de sus cuadros, de su “obra”.

Pero en el fondo él sabe que es un gran artista. Sabe que tiene un don que lo hace prácticamente único entre el desconcierto del arte posmoderno; el don más antiguo y más misterioso que envuelve a la pintura a lo largo de toda la “Historia del Arte”: el don de la luz. Por eso sus cuadros no necesitan interpretación, soporte teórico, lecturas de Benjamín o de Adorno para ser entendidas. Sus pinturas se ven, se miran, se viven y, sobre todo, se sienten. Sí, la luz es el gran misterio de las cosas y Francisco Solana lo domina casi sin quererlo. La luz es el alma de las cosas, es el tiempo detenido y al mismo tiempo latiendo sobre una fachada, sobre un puente, sobre las cortinas de una habitación de hotel; la luz es lo que hace que las cosas dejen de ser objetos conocidos, vacíos, nombres, abstracciones, y se conviertan en algo vivo, extraño, pesado, concreto; en la vida, eso que no significa nada y que, al mismo tiempo, lo significa todo.
Pienso ahora en ese misterio de la luz que siempre me fascina en las fotos de mis viajes. Cuando veo el documental de una ciudad que no he visitado, esa ciudad es un nombre, algo vacío, muy bonito o muy feo, pero muerto, simple televisión o simple fotografía pese a su calidad técnica. Sin embargo, una vulgar foto de turista, la peor de las imágenes de un sitio en el que yo haya estado, en el que yo haya respirado bajo su luz, tiene todo un peso, una vida, que no sé de dónde viene. No tiene nada que ver con los agradables recuerdos y las inolvidables experiencias de aquel viaje. No, es el misterio de la luz. Esa modesta y torpe fotografía está llena del alma de ese lugar, de su luz, que yo me traje y que la imagen hace revivir.

Pues bien, Francisco Solana logra que sus cuadros hagan sentir que conocemos ese lugar, que hemos estado allí. Hemos estado en Rodeo Drive y también en Williams, Arizona; hemos estado bajo esa luz, tocando esas paredes calentadas por el sol; hemos estado junto a Miss New York, y también escuchando la conversación de Los Golosos. Hemos estado en ese tiempo, en ese espacio, en esa luz, en esa vida.
Pero ya me estoy poniendo demasiado serio. Francisco Solana se está convirtiendo en Pacuco, lo noto, está a punto de soltarme una de las suyas. Por eso ha pintado una hamburguesa en la mano de la Estatua de la Libertad, por eso ha pintado una sombra psicótica acercándose a ese reverberante motel americano, por eso todos los títulos de sus cuadros contienen una broma. Porque Pacuco le roba el pincel a Francisco Solana y quiere reírse del arte, de la luz, de las grandes palabras. Pero la luz sigue ahí, vibrando.
Te odio y te amo, América
Juan de Dios García
Más allá del humor anunciado en el título de esta exposición, cuando hablamos de qué bonito burgaló hablamos de los paisajes mentales de un hondo pintor que, habiendo sido acunado en el Mediterráneo de Barceló, se ha convertido en un indiano que ha regresado rico a España en esquemas y matices de la escuela norteamericana de Hopper.

Francisco Solana ha recorrido Estados Unidos desde las pacíficas playas californianas a las bulliciosas calzadas neoyorquinas y va disparando hacia dentro imágenes reales, detalles, curiosidades visuales que funde con sus vértigos creativos interiores. Miles de estadounidenses están en tránsito, cruzan ante su mirada urgente, pero solamente algunos son captados para el retrato, los elegidos para ser perpetuados: dos judíos orondos que charlan en una terraza al aire libre, una turista de manual con gafas de sol y cámara de fotos incluidas, una bella mujer que se descalza a la orilla del mar y que horas más tarde mira de frente al artista en su habitación, tres grupos de regatistas y un estibador relajado en un momento de descanso laboral. Hasta aquí el material humano made in USA.
Ya conocíamos esa forma compacta e inmediata de bordar representaciones y ángulos en los lienzos de Solana. Otra cosa es ese nuevo soplo, esa atmósfera que rodea al mural antropológico retratado. Entonces nos encontramos el uso audaz de luces y sombras que dibujan el abrazo yanqui entre el puritanismo y la hamburguesa, la ingeniería como arte supremo al servicio del urbanismo, la soledad y el aislamiento expresados en la vista exterior de un motel que parece sacado de un relato de Raymond Carver o el sobrecogedor vacío que se respira en las inhumanas calles de Williams, de Hollywood o de Beverly Hills.

Sin innovaciones técnicas aparatosas ni artificios impostados, esta pintura cuenta historias, narra hechos, expone obsesiones. Solana extrema sus recursos, sus trucos de magia, los tensa, logrando así sus mejores efectos. En qué bonito burgaló encontramos un ejemplo de depuración. El pincel ha reaparecido más esencial, más intenso, más desnudo.
El indiano Francisco Solana ha vuelto, como era de esperar, cargado de regalos. Y nosotros estábamos esperándole para abrirlos.
Vicerrectorado de Extensión Universitaria
ESUMespacio para el arte
Universidad de Murcia
Qué bonito burgaló made in U.S.A.
Francisco Solana
Del 14 al 29 de enero de 2010
ESUM
Espacio para el Arte
Universidad de Murcia
Campus de La Merced
Edificio Paraninfo
Tel.: 868 88 82 12/13/14 - Fax 868 88 82 08
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