Sábado, 26 de Mayo de 2012

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Diálogos: María Guerra + Dominique Liquois

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Diálogos: María Guerra + Dominique Liquois
Martes 27 de julio, 19:30 horas

DIÁLOGOS es una nueva iniciativa del Museo Tamayo que convoca a reconocidos artistas y personajes culturales mexicanos a invitar a una figura con quien desea sostener una conversación pública. Asimismo, incluye “diálogos imposibles” entre personajes disímbolos entre sí o ya fallecidos, como es el caso de la conversación entre “Maria Guerra + Dominique Liquois” que dará inicio a esta iniciativa.

Guillermo Santamarina y Dominique Liquois sostendrán una conversación en torno a la figura y el trabajo de María Guerra (1957-1999), una de las primeras curadoras independientes en México, quien jugó un papel importante en la internacionalización del arte nacional durante la década de los noventa.

María Guerra (Ciudad de México 1957-1999) fue curadora. Formada como artista visual y como historiadora del arte en Francia, España y Suiza, a finales de los años 80 se instaló en Nueva York donde trabajó como curadora en distintas galerías. A su regreso a México promovió actividades culturales extraoficiales, impulsando a una nueva generación de curadores, críticos y artistas tanto mexicanos como extranjeros que llegaron a instalarse en nuestro país como José Bedia, Ricardo Rodríguez Brey, Rubén Torres Llorca, Arturo Cuenca, Melanie Smith o Francis Alÿs. Precediendo su práctica curatorial, María Guerra encabezó en los años 80, junto con Eloy Tarcisio, un colectivo llamado “Atentamente la Dirección”. Este grupo multidisciplinario surgió en 1983 y en él también participaron Vicente Rojo Cama, Mario Rangel Faz, Dominique Liquois, Carlos Somonte, entre otros. El colectivo apostó por el performance como medio para romper con las prácticas artísticas oficiales.

Guillermo Santamarina (México, 1957)
es artista y curador. En la década de 1990 fue organizador del FITAC en Guadalajara, foro que invitaba a críticos y curadores a reflexionar sobre las prácticas artísticas contemporáneas. Como curador ha realizado más de 200 exposiciones tanto en México como en el extranjero, trabajando en espacios independientes, así como dentro de instituciones. Fue director del Ex Teresa Arte Actual de 1998 a 2004, donde creó el Festival de Arte Sonoro, de 2005 a 2009 dirigió el Museo Experimental El Eco y actualmente es curador del Museo Universitario de Arte Contemporáneo. Santamarina pertenece a la generación de curadores que surgieron durante la década de 1980 junto con María Guerra, Rubén Bautista y Olivier Debroise, quienes desde distintas posturas, tanto estéticas como políticas, propusieron discursos alternativos a los ofrecidos por las instituciones culturales del Estado. 

Dominique Liquois (Talence, Francia, 1957), llegó a México en 1982, durante su estancia en el país realizó investigación sobre los colectivos de arte, trabajó en la galería Juan Martín, en la Galería de Arte Contemporáneo y escribió catálogos para el Museo de Arte Carrillo Gil, como De los grupos los individuos: Artistas plásticos de los grupos metropolitanos (1985).
A su llegada a México conoció de forma azarosa a María Guerra en el Museo de Arte Moderno y con ella formó parte del grupo “Atentamente la Dirección”, participando en los distintos eventos organizados por el colectivo. En 1985 Dominique volvió a Francia y ese mismo año María se fue a Nueva York. A su regreso a Francia terminó su tesis doctoral titulada “El trabajo colectivo en las artes plásticas del México contemporáneo” e inició su carrera como pintora la cual la ha llevado a exponer en Londres, París y Madrid. Desde 1988 trabaja en el Musée National d’Art Moderne, Centre Georges Pompidou.

Primer diálogo: Maria Guerra + Dominique Liquois
Magnolia de la Garza

Considerada una de las primeras curadoras independientes en México, María Guerra (1957-1999) jugó un papel importante en la internacionalización del arte de este país durante la década de los noventa. Era una época cuando la práctica curatorial, de hecho, estaba en cuestionamiento y definición. Junto con curadores independientes como Rubén Bautista, Guillermo Santamarina y Olivier Debroise, María ayudó a configurar los espacios de visibilidad de una nueva generación de artistas, los cuales no tenían cabida en el discurso ni los espacios oficiales. Al romper con las políticas culturales del Estado, estos curadores pudieron generar nuevos sentidos en las prácticas artísticas a través de exposiciones como Otro arte mexicano: la ilusión perene de un principio vulnerable.
En 1995, Olivier Debroise describía la irrupción e importancia del curador “independiente” y su papel en la “globalización” del arte mexicano, la cual no se debió a un único evento, sino a la convergencia de distintas iniciativas e intereses. Desde exposiciones con planteamientos curatoriales que enfatizaron el papel de las prácticas neoconceptuales del arte mexicano –las cuales se llevaron a cabo en distintas instituciones en Estados Unidos (debido al interés de este país por tener representación latinoamericana)– hasta plataformas discursivas como el Foro Internacional de Arte Contemporáneo (FITAC), que en su primera edición en 1992 contó con ponentes como Catherine David, Achille Bonito Oliva, Jean Fisher y Gerardo Mosquera o la revista Curare.

Asimismo, Olivier describía de una forma utópica el arquetipo del curador independiente: Premisa: su carrera accidentada lo sitúa en el limbo, al filo de posibles definiciones. La voluntad creativa lo puso en contacto, desde temprano, con los artistas más jóvenes y sus exigencias. Participó, algunas veces, hace muchos años ya, en algunos eventos, actos espontáneos, performances, exposiciones salvajes montadas al vapor en un garaje, un baldío o quizás en los patios de un convento desafecto.

Este contexto puede muy bien describir la práctica de María Guerra. Proveniente de las artes visuales, formó parte del colectivo de los años ochenta Atentamente la Dirección con el cual realizó diversos performances, para finalmente dedicarse a la investigación y a la curaduría.

Cuando pensamos en María Guerra para participar en uno de los “Diálogos” en el Museo Tamayo, el objetivo no era el de hacerle un homenaje. Nuestro interés era reconsiderar algunas de las ideas y los proyectos de esta curadora que como muchos de su generación se fue antes de tiempo.

En nuestra investigación de posibles interlocutores en este diálogo con María, nuestro colega Guillermo Santamarina, curador del MUAC (y artista), sugirió al fotógrafo Carlos Somonte; los artistas Abraham Cruzvillegas o Francis Alÿs; el co-propietario de la galería OMR, Jaime Riestra; y a la artista francesa Dominique Liquois, quien colaboró con María en Atentamente la Dirección. Decidimos invitar a Liquois para discutir la transición de María de su práctica artística a la curatorial, como Dominique explica:
En un cierto momento María había decidido que no era artista, pero que tenía más talento para organizar exposiciones… Quizás sus cualidades creativas se afirmaban más dentro de un grupo, tenía poder de convocatoria (una energía federativa) y una sensibilidad muy fuerte para detectar y revelar los talentos ajenos. Sin embargo la considero también como artista.

Esa energía fue el gran poder que María tuvo para armar alrededor de ella un grupo de artistas, curadores, críticos y promotores que fueron parte de ese momento en el que el arte mexicano neoconceptual buscó su lugar en un contexto internacional.

Texto publicado en el primer número de la revista Rufino y en la revista en línea rufino.mx del Museo Tamayo

La Guerra
Pablo Vargas Lugo
Para Laureana Toledo

María Guerra vivía en el primer piso de un edifico de pasillos angostos y oscuros situado en la esquina noroeste de Ámsterdam y Michoacán. Su ventana se abría casi directamente sobre el zaguán; uno tocaba el timbre o gritaba su nombre, y ella asomaba su mano y dejaba caer las llaves. Al subir, la puerta de su departamento ya estaba abierta, y apenas uno cruzaba el umbral ella saludaba desde adentro con alguna coquetería en francés. Desde ahí uno podía dar un par de pasos al frente e ingresar en la única habitación o bien girar a la derecha para encontrarse con el pequeño gabinete comedor y la cocina. Al fondo de ese apretado espacio recuerdo a María preparando algo, sirviendo un par de tequilas o poniendo la cafetera sobre el fuego. Uno se sentaba a la mesa para conversar desde ahí, esperando a que ella tomara asiento si es que íbamos a comer algo, o que lo invitara a pasar a la habitación para compartir un trago o un café. Ahí -en un espacio que se recorría en no más de cinco pasos en cualquier dirección- la luz era abundante, y el bullicio de la calle era menos notorio de lo que se esperaría. Al lado izquierdo de la ventana estaba su cama, al lado derecho de la habitación recuerdo un sofá de dos plazas tapizado en amarillo, la puerta del closet y del baño; en la pared colindante con la cocina y el comedor había una mesa de trabajo, libros, unas docenas de casetes y una pequeña grabadora.

Había algo casi espartano en su modo de vida, lo cual parece contrastar con la leyenda de un carácter intenso y excesivo. No se trataba de una pobreza bohemia -María tenía claros sus gustos y no escatimaba en ellos- más bien prefería vivir dentro de un pequeño cerco doméstico y de amistades, aunque esa impresión tal vez responde a que ella mantenía unos capítulos de su existencia apartados de otros, y a duras penas respondía preguntas sobre su vida fuera del ámbito en el que uno la conocía. Era casi imposible, por ejemplo, lograr averiguar algo sobre su actividad como artista. Ello podía resultar un tanto exasperante: circulaba con libertad entre los estudios de los artistas, haciendo preguntas, lanzando críticas e improperios y cultivando su amistad, ¿por qué no responder a unas cuantas preguntas o mostrarnos unas cuantas fotos y un video? Ahora pienso que lo que quería evitar era que sobredimensionáramos los pasos que llegó a dar en esa dirección, y que al juzgarla como artista olvidáramos su papel de curadora, el cual tomaba con gran seriedad y una dosis equivalente de humor.

La última vez que la vi fue en ese departamento. Su cama estaba colocada frente a la ventana, y las persianas estaban cerradas, aunque un poco de la intensa luz de mediodía alcanzaba a filtrarse entre ellas. Me acompañaba Laureana Toledo, y acudimos dolidos e intimidados ante ese adiós definitivo. Desde su lecho, todavía regalándonos su amplia sonrisa, María nos pidió un favor al cual accedimos, y que a la fecha nos atosiga: que lleváramos a término Unhoused, una exposición en la cual había trabajado durante más de un año antes de enfermar, y que reunía a artistas cuya obra debía más a una cultura urbana globalizada que a una identidad nacional o geográfica. María murió esa misma tarde, y unos días después nos reunimos con los otros involucrados para trabajar en la que en ese momento hubiera sido la muestra de arte contemporáneo internacional más ambiciosa producida en México. Bien pronto, sin embargo, nuestro entusiasmo se vio enfrentado a la complejidad y escala de la tarea: la depuración de la lista de artistas, la selección final de la obra, los presupuestos, seguros y fletes. Las instituciones vacilaban en su compromiso y los recursos con que creíamos contar comenzaron a desvanecerse. Tras cada reunión la consecución del último deseo de María se veía más lejana: nos quedábamos escrutando el texto de página y media que nos debía servir de brújula y cada vez nos parecía más escueto y críptico, llegando inevitablemente a preguntarnos si ella había sido consciente de la magnitud del favor que nos había pedido. Con el tiempo, y a pesar de varios intentos de resucitar el proyecto, cada uno fue absorbido por sus asuntos; tácitamente acordamos dejarlo en paz antes que seguir deshilachando lo que había comenzado a tejer María bajo el nombre de Unhoused.

Los años siguientes vieron florecer la carrera de muchos artistas casi desconocidos que ella seleccionó entonces, a la par de la presentación de exposiciones y bienales curadas bajo premisas semejantes a las de su proyecto en las sedes de lo más reconocidas alrededor del mundo. Ello podía parecer una reivindicación de la visión de María, pero también me hacía pensar en las diatribas que le hubieran merecido casi todas ellas, por sentimentales, escleróticas o solemnes. Aun así su trabajo nunca llegó a contar con un foro de esa relevancia, lo cual me hace preguntarme: ¿por qué eligió confiarle su proyecto más sustancial a unos cuantos de sus amigos artistas?, ¿fue algo que reflexionó durante días o semanas?, ¿acaso al final de su vida cedió finalmente ante un cliché, como quien deja a su hijo al cuidado de un amigo pobre y soltero?, ¿fue un gesto final de humor que no supimos interpretar?, ¿pensó que siendo artistas, como ella, seríamos capaces de completar su trabajo? Nunca me pareció que su labor como curadora estuviera impregnada de vanidad o narcisismo, y ello me lleva a pensar que hubiese preferido vernos concentrados en nuestra propia obra antes que ocupados en descifrar sus intenciones.

En cualquier caso, más de diez años después de su muerte, lo que queda del trabajo de María se concentra en unos cuantos textos, la documentación de una docena de exposiciones y un cuerpo de tradición oral que podría llenar un salón de conversaciones durante días. Ello significa que para cada generación que pase su figura será una nota cada vez más velada, incomparable con el vívido recuerdo que dejó entre quienes la conocimos. Sin embargo no creo que este sea un asunto que sea del todo necesario remediar. Hubo en María siempre el cultivo de algo huidizo: el recelo al equipaje y los lastres de todo tipo, la insinuación de otra vida de la cual había tomado un respiro y a la cual siempre podría volver. Así, en las semanas posteriores a su muerte, mientras debatíamos en torno al lugar más adecuado para dispersar sus cenizas, éstas fueron contrabandeadas fuera del país en una cajita de Olinalá para reposar finalmente en algún lago suizo. No en balde la cita que abría el statement curatorial de Unhoused -atribuida a St. Victor- era un elogio a quienes son capaces de extinguir su apego a cualquier lugar.

Texto publicado en el primer número de la revista Rufino y en rufino.mx del Museo Tamayo

Fuente: Beatriz Cortés. Coordinación de Prensa Museo Tamayo

Museo Tamayo
Paseo de la Reforma y Gandhi s/n,
Bosque de Chapultepec, 11580 México, D.F.
Tel. (52) 55 5286 6519 - (52) 55 5286 6529
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