La exposición está dividida en dos partes; una conformada por grupo de piezas pequeñas elaboradas en porcelana y la otra, por dos esculturas de gran formato realizadas con la acumulación serial de hebillas de plástico y botones de estaño.

Las piezas de porcelana están relacionadas con el trabajo cerámico que Cisneros ha venido desarrollando a lo largo de su carrera. Estos volúmenes delicados y de apariencia frágil son elaborados a partir de textiles enlazados que son bañados, repetidas veces, en barbotina de porcelana y que luego de secados son quemados a distintas temperaturas.
Por otro lado las dos obras de gran formato son una continuación de las propuestas anteriores de la artista, en las cuales la técnica consiste en entrelazar o entretejer objetos en serie creando esculturas flexibles y moldeables; en este caso hebillas de plástico ensartadas con manguera de plástico y botones de estaño ensartados con nylon.
Embebidas: hacia una suspensión de la metamorfosis
En un papel de tres pies cuadrados, la parte (visiblemente) pintada no ocupa más de un tercio. En el resto del papel, parece que no hubiera imágenes; y sin embargo, las imágenes tienen allí una existencia eminente. Así, el vacío no es la nada. El vacío, es el cuadro.
CHANG SHIH
Antiguamente, en la práctica general de la pintura china, la ausencia del claroscuro a la hora de otorgar verosimilitud a las formas se debe a que la sombra debe estar incluida en el gesto mismo de la pintura, en la acción del artista en el momento de pintar. François Cheng en su libro Vacío y Plenitud aclara que la acción pincel-tinta constituye uno de los puntos fundamentales de la pintura oriental, la pincelada es el ejercicio activo del espíritu, la transferencia del movimiento de la vida y la muerte en el ánimo del cuadro, siendo el negro de la tinta y el movimiento del pincel, junto a la consciencia del desenvolvimiento orgánico del mundo, el conjunto de acontecimientos necesarios para que en el cuadro puedan revelarse todas las gamas, todas las formas, todos los volúmenes y todo el proceder de los diez mil seres y las diez mil cosas.

Actualmente, el pensamiento en torno al desarrollo que en las últimas tres décadas ha tenido el arte conceptual, se encuentra muy cerca de estas consideraciones filosóficas que rodearon durante tantos siglos el desarrollo de la pintura oriental. El proceder de tendencias como el minimalismo, e incluso de prácticas relacionadas con movimientos como el cinetismo, tienen su hilo conductor justamente en la disminución de los recursos dentro del ejercicio artístico, para, a través de la idea y de las diversas estructuraciones seriales y/o depurativas de la misma, revelar el desplazamiento de un ánima propia y subyacente, inmanente al desenvolvimiento de los seres y distanciada de la grandilocuencia representativa tan propia del arte occidental y de la cultura visual contemporánea.
La obra reciente de Isabel Cisneros, respira al alimón de estas consideraciones, tan distantes en el tiempo y en el espacio como cercanas en la acción que internamente las moviliza. Con el título Embebidas, Cisneros ha reunido un inquietante cuerpo de trabajo, donde los procesos del ejercicio cerámico le han servido para engranar una suerte de nuevas especies representativas, pequeños gestos volumétricos que desprendidos de la acumulación serial-reflexiva de sus propuestas anteriores, se han dirigido hacia la suspensión de sus propias metamorfosis formales. A través de un largo proceso depurativo, la artista parte del engranaje de módulos textiles diversos, realizando la labor del tejido previamente a la de la quema. Posteriormente, estos tejidos son enlazados en una forma definitiva, la cual es sellada a través de la inmersión de las mismas en barbotina de porcelana. Luego, colocadas en rejillas, las piezas son bañadas una y otra vez o repintadas con un pincel muy cargado. Mientras se van secando, el proceso continúa por varios días en la limpieza del goteo, las pinceladas y las burbujas, hasta que adquieren una consistencia más firme que permite insertarlas en varias quemas a distintas temperaturas.
El resultado final deviene en un conjunto de formas tan presentes como ausentes donde la agitación del tejido ha quedado parcialmente detenida, volúmenes cuyo referente ha sido absorbido por el proceso mismo de elaboración. En cada pieza, el movimiento del material, su desplazamiento, su flexibilidad, su colorido y su ánima han sido asimilados por su propia invisibilidad, para fusionarse y revelarse en una apariencia distinta e inversa, parcialmente velada pero materialmente contentiva del dinamismo vital del referente oculto.

En este sentido, la obra reciente de Isabel Cisneros comporta varios de los lineamientos desarrollados en este texto: de las estrategias del arte conceptual, la artista amplía el uso de los procesos cerámicos para depurar e invertir problemáticas propias de los discursos de la representación, acción contemporánea con la que silencia, deconstruye y reinscribe el poder iconográfico y presencial de los elementos; del arte oriental, el solucionar las oposiciones vacío-lleno, luz-oscuridad, visible-invisible, no por la confrontación entre los pares, sino por la integración sutil de cada dupla; una suspensión reveladora del estado efímero de los materiales (cuerpos textiles, cuerpos acuosos, cuerpos evaporados, cuerpos volumétricos) que no sólo remite a un conjunto de metamorfosis propias de los procesos naturales y humanos, sino a la matriz interna de cadenas de sobrevivencia, de transformaciones y representaciones, de tensiones vitales en donde todos nos encontramos circular e inevitablemente inscritos.
Lorena González
Desde el 22 enero al 01 de marzo de 2009.
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