El martes 1 y el jueves 3 de diciembre, en la Fundación Juan March
Dos conferencias de Ricardo San Vicente, profesor de literatura rusa de la Universidad de Barcelona y traductor de autores rusos y contemporáneos
El próximo martes 1 y el jueves 3 de diciembre, a las 19,30 horas, Ricardo San Vicente, profesor titular de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, donde da clases de literatura rusa, traductor de autores rusos clásicos y contemporáneos y actualmente coordinador y revisor de las traducciones de las Obras Completas de Dostoyevski, imparte en la Fundación Juan March (www.march.es) un ciclo de dos conferencias: Dostoyevski: su vida, su obra, su tiempo.
- Martes 1 de diciembre: Dostoyevski y su tiempo.
- Jueves 3 de diciembre: La obra de Dostoyevski.
Su Vida
La vida de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski está marcada por varios hechos y circunstancias. De los acontecimientos que modelaron su vida y su visión del mundo el más impactante fue su detención, condena a muerte, el simulacro de ejecución y los largos de años de condena a trabajos forzados en Siberia. De modo que la vida del escritor está profundamente dividida en tres partes: la anterior a la detención (1821-1849); la de los trabajos forzados y la deportación (1849-1859) y el período de madurez y de las grandes obras (1859-1881).
El primer período se caracteriza por una prosa donde se perfilan los trazos característicos del escritor: el hombre pequeño como gran protagonista, el mundo abrumado de este ser en un ambiente marcado por el orden autocrático y burocrático de la Rusia Imperial. Tras los pasos de Balzac, Dickens o Sue, el autor se adentra en el alma del ciudadano de pie, que es por otro lado su lector. Dostoyevski muy pronto se convierte en el narrador de los movimientos del alma.
Tras una infancia marcada por el gris de un hospital público donde su padre trabajaba de médico y unos estudios de ingeniería ajenos a sus intereses, el éxito literario le llegó en seguida al autor. Y en alas de este éxito fue a parar la prisión-fortaleza de Pedro y Pablo. Pero antes de llegar a este dramático acontecimiento, tal vez tenga sentido referirse a la infancia y adolescencia, de la discutida relación con su padre, etc. El período de reclusión, a pesar del dolor y las inevitables privaciones o, quién sabe, a lo mejor gracias a los sufrimientos soportados, es una época de cosecha. El propio autor le confiesa a su hermano Mijaíl que en la Casa Muerta recogió más historias de las que sería capaz de contar en lo que quedaba de vida. De nuevo, tras los años de prisión, viene el éxito, sólo empañado por la facilidad que el escritor pierde el dinero en el juego y las muchas obligaciones que contrae con sus allegados. De hecho se podría decir que, gracias a las privaciones y a la única manera que tenía Dostoyevski para luchar contra ellas, que era escribir, le debemos en parte su extensa y profunda obra.
Su Obra
En síntesis, la obra de Dostoyevski es un despiadado recorrer el camino por el que transita el pecado. La culpa y el pecado constituyen el eje de la obra de este narrador del alma humana. Pero detengámonos en algunas de las obras, en las que me detendré en mi intervención. De entre las obras del período de juventud, nos detendremos en Noches blancas y tal vez en El doble. Noches blancas es un viaje fantástico a la bondad humana y El doble nos remite al difícil y doloroso engarce del alma humana en el mecanismo o mejor dicho en la maquinaria del Estado. Los apuntes de la Casa Muerta –donde bondad, amor y caridad conviven en el infierno carcelario con el asesinato, el robo y la humillación– es el primer balance de su experiencia carcelaria, y en él el rescatado, el resucitado de entre los muertos nos muestra el mundo al que ha logrado sobrevivir pero que llevará en su corazón el resto de sus días. Aunque antes la pluma del narrador recorrerá los sentimientos de otros pequeños personajes y grandes sentimientos. Corazón débil o Nétochka Nezvánova pueden ser muestra de ello.
Hasta su cautiverio Dostoyevski entiende su misión como una tarea evangélica y transformadora: llevar la luz de la posible bondad humana a las tinieblas de una sociedad sumergida en la humillación y la pobreza. Pero con Los apuntes de la Casa Muerta todo cambia. La obra ya no es un alegato a favor de un mundo mejor sino de un hombre mejor. La experiencia del presidio, de la “Casa Muerta”, de nuevo en palabras del propio autor, es un viaje por el horror del mundo carcelario pero con el acento puesto en esta terrible revelación: el hombre es capaz de cualquier cosa, tanto del crimen más abominable, como de la bondad más gratuita o más suicida. O, como el autor apunta en su borrador mientras escribe Crimen y Castigo: "NB. La última línea de la novela. Los caminos por los que Dios encuentra al hombre son insondables.” De entre sus grandes novelas destaca Crimen y castigo, novela de madurez donde la polifonía de voces además de ofrecernos el cuadro de una época y su credo moral, a su vez se propone abrirnos los ojos sobre el pecado –la lectura religiosa del crimen– y el arrepentimiento. Respecto a Crimen y castigo, esta gran creación marca la madurez literaria del autor y de hecho es para muchos la culminación del proceso iniciado al principio de su carrera literaria. En la novela se resumen ya las grandes preocupaciones de Dostoyevski; lo que hace que el hombre sea hombre es su libertad, es decir su responsabilidad, él es el único en dar cuenta de sus actos.
La estrecha relación que el autor mantenía con su mundo y su tiempo se expresa en otra de sus grandes novelas, creación que él mismo llama repetidamente “un panfleto”. Los demonios responden a un impulso casi publicístico. He de hacer oír mi voz al respecto –viene a afirmar el autor en una carta– “aunque me acusen de panfletario”. Un hecho real obliga al autor a decir lo que piensa sobre los constructores de falsos paraísos en la tierra, falsos vendedores de parcelas de felicidad futura construida con la destrucción y la muerte del pasado y del presente. Los demonios, obra duramente criticada en su tiempo, se lee hasta hoy como una premonición a la que los contemporáneos hicieron oídos sordos, la profecía de lo que hasta el presente algunos se empeñan en llamar “socialismo real”.
Aunque las narraciones más inquietantes tanto desde el punto de vista metafísico como psicológico siguen siendo, a mi parecer, los Apuntes del subsuelo y, entre los relatos incluidos en el Diario de un escritor, Los apuntes de un hombre ridículo. En ambas el autor sobrepasa los márgenes que nuestra cultura establece entre la cordura y el desvarío. En la primera conduce al absurdo o mira desde la dimensión más perversa la manera de ser del “hombre superfluo”, un personaje insatisfecho y preocupado por el devenir de su sociedad, aunque incapaz de transformarla. Este arquetipo del intelectual ruso, este ser débil, en manos de Dostoyevski, de idealista impotente se convierte en una criatura rencorosa y pérfida. Como ocurre con la voz solitaria del hombre ridículo, que más que risa produce repugnancia, incluso en sus expresiones más elevadas, como cuando nos asegura que no hay acto noble que valga la lágrima de una niña.
Y si El idiota es un experimento –qué ocurriría si un ser lo más parecido a Cristo, si un Quijote del siglo XIX se presenta entre nosotros, cuáles son los efectos de la bondad, del hombre hecho a semejanza de Cristo, en la sociedad petersburguesa del siglo XIX–, Los hermanos Karamázov es un retorno a la disputa interna del autor sobre el pecado y su responsabilidad. En la polifonía sonora y psicológica de la última novela de Dostoyevski, las figura del padre y las de los sus hijos, los Karamázov, en contrapunto con el sin fin de personajes, construye todo el diapasón de sensibilidades éticas. Los hermanos Karamázov, a pesar de haber sido pensada como el inicio de un nuevo ciclo literario y espiritual del autor, fue su última gran aventura literaria. Su último legado al mundo en el que Dostoyevski parece dar su postrer vuelta de tuerca: todos los hermanos son de un modo o de otro responsables de la trágica suerte del padre, Fiódor Karamázov. No sólo cada uno de nosotros es responsable de sus propios actos, la gran lección del profeta –que como ocurre con la mayoría de los profetas tampoco será escuchada– es que todos y cada uno de nosotros no sólo somos responsables de lo que hacemos sino de todo lo que ocurre en este mundo. Paralelamente a sus últimas creaciones, en los últimos veinte años de su vida y hasta el final de sus días, el autor escribe el Diario de un escritor, una magna obra que en su conjunto anticipa la prosa moderna. En realidad sigue siendo de una modernidad sorprendente, pues no sólo ignora la entonces sagrada frontera entre la ficción y aquello que llamamos realidad, sino también, lo que a nuestro entender es más importante, supedita los recursos formales al objeto narrado o pensado.
Ricardo San Vicente (Moscú, 1948) es doctor en Filosofía y Letras (sección de Filosofía) por la Universidad de Barcelona y profesor titular de la Facultad de Filología (Filología eslava) de la Universidad de Barcelona. Ha escrito prólogos y ha dictado conferencias sobre literatura rusa y ha traducido a numerosos autores rusos clásicos y contemporáneos, entre otros Pushkin, Gógol, Turguénev, Tolstói, Dostoyevski, Chéjoc, Bábel, Brodsky, etc. Actualmente coordina y revisa las traducciones de las Obras Completas de Dostoyevski (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).
Una vez celebrado el ciclo, puede escucharse el audio de las conferencias en el archivo sonoro de la página web de la Fundación, donde están recogidas más de dos mil conferencias pronunciadas desde 1975 en la sede de la Fundación Juan March en Madrid.
Fundación Juan March
Castelló, 77 - 28006 Madrid - España
www.march.es
Fuente: Gabinete de Prensa Fundación Juan March




