Una monumental instalación compuesta por casi ochenta redes, tejidas en alambre, registran el discurso plástico del joven artista cumanés, en su segunda muestra individual titulada: mis planas.
Desde sus inicios, el trabajo de Angel Marcano se ha centrado en representar un motivo, a manera de dibujo tridimensional, utilizando un material poco usual en las artes plásticas como es el alambre. En este material encontró la manera de moldear un mensaje y al propio tiempo, intervenir el espacio. Darle volumen y trascendencia al trazo, a través de la proyección de la sombra que produce cuando la luz traspasa la finura del metal. En éste último consiguió el mejor de los lápices para dibujar en el aire y darle forma a sus emociones y pensamientos, a sus recuerdos. A sus preocupaciones estéticas y filosóficas.
Desde hace un tiempo, el ganador del primer premio de la séptima edición del Salón CANTV Jóvenes con FIA y del Certamen Mayor de las Artes, otorgado por el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, decidió desarrollar una obra que le permitiese trasmitir, con expresiones semánticas, el registro de su vida, de sus experiencias, de lugares y momentos importantes para el.
Convertido en calígrafo, Angel Marcano construye y compone, escribe y repite palabras; frases tejidas con hilos metálicos, de distintos grosores y colores, según su connotación y fuerza. Códigos tramados a veces en líneas rectas, otras, en redes circulares… en nudos suspendidos del techo o colgadas en la pared. Todas ellas se integran y forman de manera desordenada, una sóla obra escultorica abierta en el espacio, que funciona estética y conceptualmente, como un todo, y cada una de ellas, de manera individual.
Para el autor de la muestra, en el juego de moldear letras con la pinza encontró otra manera de hablar, de recordar, de honrar frases que usaba su abuelita, de rescatar expresiones regionalistas que nos remiten a un lugar común, de trasladar la emoción a la palabra.

Suele ser frecuente encontrar en las planas de Marcano, expresiones jocosas y muy criollas, asi como dialectos y fonemas de otros lugares del mundo, que enganchan al artista con el espectador y viceversa- también son referencias de esos enriquecedores viajes que toma para hacer un alto, en el continuo trabajo de taller, para reflexionar y observar. En ellos consigue un infinito universo de
Imágenes que guarda acusiosamente para luego representarlos en su siguiente produccion.
El texto que soporta la exposicion, escrito por el reconocido poeta e investigador, Rafael Castillo Zapata, nos cuenta que Marcano “dibuja en el aire palabras armadas y sus sombras, las palabras impregnadas por el sentido que le confieren, ingeniosas, las gentes en sus quehaceres cotidianos, sus formas domésticas de referirse a una experiencia, los motes con los que aluden afectuosamente al ser amado, los dichos con que resuelven una complejidad pasajera, las fórmulas de encomendarse y recomendarse , las cláusulas denigratorias y consagratorias, los sobrenombres burlescos, las ocurrencias sagaces de una experiencia lingüística viva y poderosa.”
Carmen Adelina Pinto
El Trazo en el Aire
Escribir con un hilo de alambre en la página del aire.
Ahora que ya casi nadie escribe a mano, ahora que ya muy poca gente teje, Ángel Marcano vuelve y nos devuelve al placer manual de la caligrafía y del tejido para desplegar una cadena de frases y palabras que constituyen una peculiar escritura suspendida. El placer de trazar con la aguja de la pluma una secuencia de signos hilvanados sobre la página, el placer de generar, con un movimiento regulado y armónico de la mano, el hilo de tinta que fluye a medida que el estilo avanza, horadando sutilmente la porosa piel del papel; o, también, el placer ya casi arcaico de escribir con tiza sobre la loza verde del pizarrón escolar, los traslada el artista al quehacer artesanal del articulado paciente y diligente de un hilo de alambre que se encadena como una escritura en el aire a medida que los dedos y la pinza de joyero le van dando forma sin necesidad de un soporte, como se teje una cadeneta con estambre en el ir y venir de la aguja fina que engancha, hala, ata, expande y, a partir de un hilo, en el aire, ensambla, prolongada, una red. Al hacerlo, Marcano realiza un acto de transposición que no puede dejar de seducirnos: del plano de la página, o del plano del pizarrón –en cuya superficie, en nuestra infancia, asistimos al prodigio de ver brotar de la tiza, como en un conjuro mágico, de la mano de alguna maestra de caligrafía primorosa, los primeros signos de un idioma que habíamos oído pero que no habíamos visto y, que entonces, descubríamos encarnando en esas formas caprichosas de las letras organizadas con sus volutas, sus bucles extraños, sus tildes, sus patas de insecto, sus enjambres y sus torsiones y contorsiones en un hilo sin fin (en lo que era, sin duda, una escena ritual de iniciación al mundo)–, el artista nos lleva de la mano al volumen transparente del espacio donde nos convence de que es posible hacer del vacío un lugar de la escritura, del aire un soporte para la inscripción. Nos invita, pues, a participar de un juego donde las redes de signos entrelazados se despliegan como artilugios flotantes, como cuerpos livianísimos que proyectan su sombra hebrosa, pero enteramente inteligible, sobre las paredes en las que se reflejan. Y es que con su ejercicio caligráfico, Marcano le da a la escritura un espesor inesperado.

Con el alambre, no importa que tan fino sea, la escritura adquiere, en manos de Marcano, cuerpo; un cuerpo sutil cuya sombra, sin embargo, nos remite a la densidad originaria de la inscripción gráfica entendida como suplemento platónico de la voz. Esa sombra de la escritura suspendida nos hace caer en la cuenta de que ella está siempre ahí en lugar de otra cosa, como el signo lingüístico lo está: siempre como presencia de una ausencia. Nos hace caer en la cuenta de que la escritura está, pues, en lugar de la voz, y de que el signo está en lugar del objeto; esa sombra nos remite, yo diría, a la densidad semántica de las palabras que proferimos y que, habitualmente, en la escritura, nunca percibimos o perdemos de vista, distraídos, preocupados como estamos por hacernos entender o por intentar entender o descifrar lo que escribimos y nos escriben. El artista, que para eso está, nos hace cobrar conciencia, entonces, de la patencia del sentido; nos hace palpable, como sombra del fonema dicho o de la grafía enhebrada, la persistencia del sentido intuido en cada frase, en cada palabra, en cada letra. Nos hace ver, pues, lo invisible: el sentido, que sólo nuestra mente percibe en sus adentros, y que él hace persistir en esa sombra que asombra, pues, al mismo tiempo, nos invita a pensar que el sentido no es más que una sombra, que el sentido no sería sino eso que los signos proyectan en la pantalla de nuestra imaginación y que sólo vemos adentro, hasta que Marcano viene y no los hace ver, afuera. Y nos lo hace ver con palabras engarzadas al aire y al desgaire de su encadenamiento continuo o circular, escribiendo planas –es decir, ejercicios de caligrafía– que no son planas, listas de palabras que recuerdan las trazadas como penitencia a una tonta fechoría de la infancia que algún pedagogo punitivo malinterpretó e intentó remediar con aquel fastidio de la repetición sin diferencia, en el dale que te dale de una cadeneta tediosa, sino constelaciones de signos como mallas, madejas tramadas que aluden a un discurso que resuena consigo mismo, evocando tonos y sonoridades de frases dichas y oídas y conservadas en la memoria por alguna marca de alegre o triste vicisitud, de sorpresa o de complicidad. Porque lo que Marcano dibuja en el aire son las palabras amadas y sus sombras, las palabras impregnadas por el sentido que le confieren, ingeniosas, las gentes en sus quehaceres cotidianos, sus formas domésticas de referirse a una experiencia, los motes con los que aluden afectuosamente al ser amado, los dichos con que resuelven una complejidad pasajera, las fórmulas de encomendarse y recomendarse, las cláusulas denigratorias y consagratorias, los sobrenombres burlescos, las ocurrencias sagaces de una experiencia lingüística viva y poderosa.
Roland Barthes dijo en alguna parte que un calígrafo es siempre un dibujante y que la letra y el dibujo probablemente tendrían un mismo origen, acaso en la remota caverna donde nuestros antepasados no sólo descubrieron el trazo analógico del bisonte herido sino el trazo abstracto del signo como huella pura que es un nombre. No dijo, sin embargo, que un calígrafo es también un tejedor; que la escritura teje una tela; que texto significa tejido (esto sí lo dijo, pero otro contexto) y que la escritura es su tramado. Con sus planas que proyectan sombras, es decir, con sus planas plenas de densidad semántica, Marcano se muestra experto en todas estas artes de las que toma parte en un mismo gesto refinado y preciso: calígrafo, dibujante y tejedor de una escritura –que es escultura– en el aire, de una escritura –que es escultura– suspendida y que, no obstante, hace sombra, hace sentido, y tiene peso y espesor.
Rafael Castillo Zapata
Febrero 2009
Del 08 de marzo al 26 de abril de 2009
Galería D'Museo
Calle California, ente Mucuchíes y Perijá, Edificio Sonora, P.B., Las Mercedes. Caracas, Venezuela
Telefax: (58)(212) 993.1798 – 993.8402
Fuente: Carmen Adelina Pinto




