Animadrid dedica cada año una amplia muestra al cine de animación de un país invitado, de manera que se pueda hacer un trabajo retrospectivo en el que tenga cabida la exhibición histórica y la realización de actividades que permitan conocer en profundidad su cine de animación. La dimensión europea que adquirió el año pasado Animadrid con la invitación especial a la República Checa “cruza el charco” y este año dirige su mirada a México.
El cine de animación mexicano nace en la década de los 30, de la mano de Alfonso Vergara Andrade, y como era habitual en aquella época, imitando las películas de Disney que llegaban al país. De forma artesanal y arriesgando su propio dinero, se hacen unas cuantas obras animadas por dibujantes que provenían del dibujo fijo y que aprendieron a animar de forma autodidacta. Títulos como Paco Perico en premier (1935) o Los cinco cabritos y el lobo (1937), como sucedáneo de Los tres cerditos de Disney.
En los años 40 se establecen las primeras empresas de animación, como Caricolor o DASA (Dibujos Animados de México), en las que participaran casi como profesores, animadores estadounidenses como Pete Burness o Rudy Zamora, y de la que saldrán alguno de los mejores animadores de la época como Carlos Sandoval Barnett o Nacho Rentería. De este periodo son títulos como: Me voy de cacería (1943) de Manuel M. Moreno, Rudy Zamora y Pete Burness, El noticiero cómico (1949) o la animación para el largometraje de Juan Soler El diablo no es tan diablo (1949).
Tras algunos intentos en las siguientes décadas, y los primeros trabajos para las series de EE UU, en 1974 se produce el primer largometraje mexicano, Los 3 Reyes Magos de Fernando Ruiz, de factura cuidada, y que impulso así mismo la primera serie para la televisión, La familia Telemiau (1973), una especie de remake de la famosa Familia Telerín de los Hermanos Moro. Fernando Ruiz seguirá trabajando en las décadas siguientes, y aun hoy se le puede encontrar de asesor de alguno de los largometrajes actuales. La producción será ya casi constante, y en 1977 sale a la luz el segundo largometraje, Los Supersabios, de Anuar Badín.
Pero sin duda, el punto de ruptura generacional y desde luego estético y de contenidos, se puede fechar en 1994 con la concesión de la Palma de Oro al Mejor Cortometraje a El héroe (1993) de Carlos Carrera, un trabajo en dibujos animados que surge de una nueva ola de animadores mexicanos, alejada a priori de los postulados de la industria y con inquietudes en nuevas técnicas y narrativas. Es el desenlace de los nuevos aires que surgen en los años 80 con nombres como Emilio Watanabe, coautor junto a Paco López de la reivindicativa Crónicas del Caribe (1982), presente en la sección competitiva del festival de Annecy, o de las primeras obras de Carlos Carrera, y mas concretamente de Malayerba nunca muerde (1988). A partir de El héroe, se produce un apoyo institucional y una eclosión de autores, que en paralelo con la industria existente, crearán una producción independiente que buceará por técnicas distintas al dibujo animado y con historias alejadas del público infantil. 4 maneras de tapar un hoyo, de Guillermo Rendón Rodríguez y Jorge Villalobos de la Torre, Largo es el camino al cielo de José Ángel García Moreno, Sin sostén, de René Castillo (en plastilina), Pronto saldremos del problema (primer cortometraje de animación mexicano por computadora), de Jorge Ramírez Suárez, todas ellas de 1998, El muro (1999), de Sergio Arau, o Malapata (2000), de Ulises Guzmán.
Y de nuevo el espaldarazo internacional con la aclamada y sugerente Hasta los huesos (2001), de René Castillo, premiada en Annecy entre otros muchos festivales, y que servirá de empuje a la producción mexicana que surge en el nuevo siglo, con la aparición de una experimentación de la mano de Anatomía de una mariposa (2003), de Adriana Bravo y Andrea Robles, Síndrome de línea blanca (2005), de Lourdes Villagómez, o Esfera (2004), de Luis Felipe Hernández.
Especial interés tiene el trabajo que distintos autores han realizado en la enseñanza de la animación con niños, como es el caso de Dominique Jonard, autor de películas como Desde adentro (1996) o Hapunda (2005), Blanca Aguerre, autora del trabajo premiado en Animadrid La historia de todos (2003), o los talleres surgidos de La Matatena, una experiencia única de animación hecha por niños.
La animación mexicana sin duda sigue en pie, con esa dicotomía que a veces impregna muchas de las cinematografías nacionales, entre la industria y los independientes, pero con fuerza y esfuerzo. No hay que olvidar que en los últimos años se han producido varios largometrajes, como Imaginum (2005) de Alberto Mar Mancilla e Isaac Sandoval Capuchino, La leyenda de la Nahuala (2007), de Ricardo Arnaiz, y la producción de cortos continúa de forma desigual. También hay una nueva generación de animadores formados fuera del país, en distintas escuelas internacionales como la Vancouver Film School (Noche, de Esteban Azuela, y Polka, de Rodolfo Collado, ambas de 2006); o la Pompeu Fabra de Barcelona (Niebla, de Emilio Ramos, de 2004), y que sin duda se convertirá en el futuro mas cercano de la animación mexicana.
Esta retrospectiva no hubiera sido posible sin la ayuda de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo del Ministerio de Asuntos Exteriores del Gobierno de España (AECID), y la colaboración de la Embajada de México, del IMCINE y de todos los productores de las obras exhibidas.
Animadrid 2008
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Fuente: Prensa Animadrid




