Las expediciones de Jorge Juan, Celestino Mutis y Alejandro Malaspina han centrado el último encuentro del ciclo Viajeros científicos. Los historiadores Juan Pimentel y José de la Sota han hablado de estos viajes con los alumnos de los colegios Santa Bárbara y del Instituto Villaverde.
Madrid, 13 de junio de 2008
Ambos historiadores han explicado las grandes expediciones de la Ilustración como “una de las fuentes empíricas del conocimiento”. En el mundo occidental, ha dicho Juan Pimentel, los viajes ocupan un lugar muy especial, aunque no gozaban de buena fama “pues como no se podía comprobar lo que describían tenían fama de mentirosos. El primer gran expedicionario fue Ulises, los griegos y los romanos elegían el viaje para narrarse a sí mismos”.
Es, sin embargo, en la Edad Moderna cuando las grandes navegaciones, junto al telescopio y el microscopio, se afianzan como instrumentos científicos. El investigador ha contado cómo la curiosidad sin fin de los tres viajeros –cuyas expediciones describe Pimentel en el libro Viajeros científicos: Jorge Juan, Mutis, Malaspina (Nivola)– les llevó a acometer grandes empresas que duraban años: Jorge Juan viajó a América para averiguar la forma de la Tierra; Celestino Mutis para reconocer y clasificar plantas y especies vegetales; Alejandro Malaspina para cartografiar las costas del Océano Pacífico, buscar el mítico paso del noroeste que comunicaría los océanos Pacífico y Atlántico e investigar las relaciones de las colonias con su metrópoli, ofreciendo descripciones de los individuos y su costumbres”. Con ellos se trasladaron naturalistas, dibujantes, marinos, cartógrafos. “Era la época de las grandes circunvalaciones del globo, la era de la Enciclopedia, que reúne en una enorme obra todo el saber científico hasta entonces, alejándose de concepciones religiosas o metafísicas”, ha subrayado.
José de la Sota, que hace algunos años tuvo la “fortuna” de recrear el periplo de Malaspina para una serie documental de Televisión Española, ha recordado que lo que hoy para un turista es todo comodidad y seguridad, hace siglos consistía en una aventura “larga y temeraria”, en la que a veces se moría. A lo largo del siglo XVIII la Corona española puso en marcha más de 70 expediciones. “Sus integrantes se lanzaban muy jóvenes a explorar aquella naturaleza que les fascinaba”, ha afirmado. De la Sota ha indicado que aunque hoy se ha sustituido el valor por el dinero, “aún los navegantes se emocionan al doblar el Cabo de Hornos y ganarse el antiguo derecho a ponerse un pendiente en la oreja”.
Fuente: Gabinete de Prensa Feria del Libro de Madrid




