Del 11 de abril al 9 de mayo de 2008
Una de las características que más define el trabajo de Antonio Alcázar es poder comprobar a través de su trayectoria la enorme coherencia y fidelidad a sí mismo, habiendo llegado a construir una identidad personal partiendo de aquellos principios que alentaron sus primeros trabajos. Es decir, sigue vigente su profunda devoción por la naturaleza y el contenido físico que la sustenta, minerales, arenas, sales, etc. Todo un arco geológico que Antonio Alcázar transmuta y convierte en la materia con la que ostensiblemente construye sus cuadros.

También le viene de lejos su forma de estructurar la obra por partes. Pero siendo todo ello significativo y característico de su forma de trabajo, lo verdaderamente importante en las pinturas de Alcázar es su enorme capacidad para exponer sus ideas con una expresividad espiritual que las hace perfectamente reconocibles. En sus tamizados colores, en la forma de extender la pasta, en la manera de anunciarnos sus deseos, hay siempre un velado proceso en la búsqueda de lo sublime. Y ciertamente éste es un don que no le abandona jamás, ni siquiera en esta lenta evolución que le lleva en este momento hacia sus nuevas imágenes, ese tránsito en que acabamos de acompañarle desde la serenidad del desierto hasta la luminosidad del mar.

Pensador empedernido y discípulo de María Zambrano, Antonio Alcázar sabe conjugar perfectamente aquello que quiere decirnos con la forma de manifestar sus deseos, y en este proceso no hay deriva que lo aleje hasta situarnos ante la esencia de las cosas. Y en esto mucho difiere de su admirado Robert Rayman, artista analítico donde los haya, pues pienso que en A. Alcázar siempre sobrevuela una intuición metafísica y "romántica", lo que le hace posiblemente más cercano a un Sean Scully, con el que comparte no sólo su amor por la gama cromática de los ocres tostados, anaranjados y verdes oscuros, sino su insistencia en estructurar sus obras por partes.
Sin duda estamos ante unas obras donde se hace patente una fuerte economía radical de sentido metafísico, de alto valor poético, un acercamiento a los sentidos, siempre por vía del conocimiento de los límites de un lenguaje lleno de serenidad, en cuyos lejanos orígenes quizá pueda rastrearse el peso sublime del icono Malevich.
Manuel Romero
Comisario de Arte
Aparecer antes de cumplir cinco años en Huércal de Almería, vivir y crecer en este pueblo que ya entonces era casi la extensión de la ciudad, hoy es un brazo más de ésta, la escuela de la infancia, el instituto Nicolás Salmerón, me ha hecho un almeriense casi “de nacimiento”, y así lo fue hasta que cumplí los 17 años. Luego me llevé la luz, algo de acento y el mar dentro para vivir , trabajar y formarme por diferentes lugares de la península, Galicia, Valencia ... hasta que en los 80 me instalé definitivamente en Madrid donde aún vivo.
Pero no fue esta infancia y primera juventud cuando me encontré verdadera e intensamente con Almería, la distancia y el tiempo siempre iluminan, ha sido después, durante mis continuos “regresos” cuando el peso y la fuerza de una naturaleza desnuda (a veces muy dura) esa luz de la tarde, la energía que desprenden las montañas de viejo magma de rincones como Las Negras o el propio Cabo y el azulado desierto de Tabernas me han cautivado y es evidente que todo esto se trasluce en mis trabajos. Este no pasar casi nada, esta belleza de parcas notas y voz gigante que nos propone el desierto ha marcado mucho el ritmo de mis obras. Desierto que como el mar, nos dice mucho con su silencio.
Antonio Alcázar
Artista
Del 11 de abril al 9 de mayo de 2008
MECA Mediterráneo Centro Artístico
Plaza Bendicho 1, 04002-Almería
Martes a viernes de 18:30 a 21:30 h
www.artemeca.es
Fuente: Prensa Espacio MECA




