Las relaciones de significado entre las palabras, las imágenes y las cosas ha sido un problema filosófico y lingüístico, del que se ha ocupado el arte contemporáneo, trabajo, que a veces con mucho riesgo y pasión ha demostrado, que las cosas no son sólo lo que son, las palabras lo que dicen y las imágenes lo que muestran. Sus significados se cruzan, se vacían o se fugan, en una compleja trama en la que interviene la propia intención del que habla, escucha y mira. El lenguaje no es ni inmóvil ni objetivo, sino que está dotado de un carácter hermenéutico y de una sensibilidad poética, que lo lleva a un cambio continuo y a transformaciones que revolucionan al propio pensamiento y a nuestra percepción del mundo.
Gabriel Lópéz Santiso llama a su obra Pinturas. En principio, porque elige no nombrar, y en segunda instancia, porque para él el arte es la diferencia entre lo que piensa, y lo que puede hacer a través de dos elementos: tela y acrílico.
Paradójicamente, la forma de comunicarse es deformar los signos, a partir de símbolos e imágenes con formas imprecisas, en el que lo objetivo y lo subjetivo tienden a unirse, en una estructura donde predominan el ritmo y el color. Y donde el universo es un orden espacial puro, una especie de eternidad siempre presente, actualizada y escindida de cualquier noción temporal.
La pintura es también su forma de vida, y el instrumento, que le permite reorganizar el orden interno y al mismo tiempo reconstruir la realidad.
Esa realidad tiene mucho de “road movies” en ciudades imaginarias. Porque las formas que penetran el espacio, se parecen a laberintos, pero son caminos, senderos que se bifurcan, que nunca terminan y se entrelazan para volver a reaparecer. Representados como los fotogramas de una película, que bien podrían ser una remake en texto pictórico, de “Bonny and Clyde” o Thelma & Louise”. Pero con música de Miles Davis, Charlie Parker, John Coltrane o Jimi Hendrix. Siempre en un día de sol, con mucha luz, porque en su pintura no hay sombras, es el color y la textura, los que juegan y se imponen.
La obra de López Santiso comparte con el Jazz el trabajo con la libertad de la improvisación, su ritmo cambiante y cierta dificultad para definirla.
En la mayor parte de los casos se ha abordado el estudio teórico del Jazz desde los principios de la música clásica, y por musicólogos europeos, y éste se resiste a ser abordado fuera de su propio universo, sólo su audición permite comprenderlo. De igual manera, “La textura del Pensamiento” se explica así misma, sólo por medio de la experiencia de su contemplación. Sus características principales son el ritmo generado por el movimiento de una penetración continua y la alternancia o superposición del púrpura de dioxazina, del rojo de cadmio, del amarillo, del naranja o del azure blue que producen gran tensión emocional, y al mismo tiempo nos transportan a una geografía más cálida, quizá de matriz negra. Su obra lo confirma, cuando recorremos con la mirada esas impactantes formas arcaicas y percibimos una profunda carga energética, que da cuenta de un estilo fuerte y libre de ataduras.
Cabe destacar dos referentes: La vinculación con el origen de su obra pictórica, cuya imagen alude a la iconografía del arte indígena americano, producto de una estadía de nueve años en la ciudad de San Francisco, Estados Unidos, donde cursa una maestría en el Art Institute, espacio que despierta en él, una preocupación por investigar acerca de las representaciones de las culturas aborígenes. Y ya en un terreno de carácter especular: Gabriel reconoce en el espejo una pertenencia de linaje indígena. Esto intentaría explicar el uso de ciertos colores y su pasión por el Yazz.
La obra de Gabriel Lopez Santiso manifiesta una estructura repetitiva, cuyo preci-o-so contenido adhiere a una lógica deleuziana. En ella hay un sujeto latente que se repite a sí mismo, formando otra repetición en el corazón de la primera.
Parafraseando a Deleuze en “Repetición y diferencia”, diremos: “que esta otra repetición no es en ningún modo aproximativa o metafórica. Es por el contrario, el espíritu de toda repetición…. Esta repetición constituye la esencia de la diferencia… ella es el sentido primero, literal, espiritual de la repetición.” Pero el interior de esa repetición se encuentra siempre afectado por un orden de diferencia, que marca a su vez el procedimiento elegido, dando cuenta de la fuerza de su estilo, y de la energía de su espíritu. Esta es la mayor conquista que explicita su obra, tanto en el sentimiento, como en el pensamiento. Y tanto para el sentido como para el sinsentido.
Blanca María Monzón.
Curadora: Blanca Maria Monzón
28 de febrero al 30 de marzo de 2008
Centro Cultural Borges
Viamonte esquina San Martín
Horarios: lunes a sábado de 10 a 21. Domingos y feriados de 12 a 21
www.ccborges.org.ar




