Jueves, 22 de Junio de 2017

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Ángel de la Rubia. Líbano [Silencio]

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La galería Fúcares presenta a partir del veinte de diciembre la primera exposición individual en Almagro del artista Ángel de la Rubia (Vigo, 1981).

“Lo que puedo mostrar y lo que no puedo mostrar. Lo que puedo mostrar de Líbano tras una nueva guerra”. Estas dos aparentes afirmaciones de Ángel de la Rubia sobre la serie Líbano [silencio] tapan en realidad sendas preguntas que suponemos el autor se planteó mientras recorría este país en busca de imágenes al final del verano de 2008, después de que este país viviese un nuevo enfrentamiento armado. Estas dos preguntas sin embargo también se las plantea el espectador cuando, observando detenidamente la serie, se encuentra inmerso en un juego de velos y vacíos, de ausencias y elipsis.

En una de las fotografías nos localizamos en un interior, aparentemente el pasillo de un edificio de viviendas en el que la suave iluminación sobre unas paredes verdes y desconchadas sólo es rota por un destello directo que entra por una abertura que no vemos. Por el suelo, algunos fragmentos sólidos y amorfos acompañan el bastidor de una ventana, ya inútil y sin cristal. Ese interior vacío está en calma. Incluso los escasos escombros esparcidos parecen reposar en paz y cualquier asociación sinestésica, auditiva, sólo nos conduciría a un silencio, un largo silencio. Sólo al fondo del corredor, tras el vano de una puerta abierta, una pared azulada muestra las grietas que la atraviesan. Tanto como las soporta en pie, este muro anuncia con una tácita violencia un golpe, un impacto ya pasado que estremeció en su presente los cimientos del edificio y probablemente a las familias que lo dejaron mudo.

Lo que se puede mostrar y lo que no se puede mostrar de una guerra. Probablemente el autor yerra al hablar de “guerra”. El más neutro término “conflicto” parece más adecuado si tenemos en cuenta que el enfrentamiento entre Hezbolá y el ejército israelí duró solamente un mes y medio y que afectó de forma diferente a las distintas comunidades del país. Además, es probable que un ciudadano libanés de mediana edad y con memoria oiga algo muy distinto, más allá de la traducción, en la palabra “guerra” que nosotros mismos. Entre 1975 y 1990 Líbano se vio sumida en una intrincada e irregular guerra civil que desvelaba que tras una fachada que hacía al país merecedor del calificativo de “La Suiza de Oriente Medio”, su sociedad sufría una profunda división y separación entre la multitud de comunidades y confesiones que lo pueblan. Hasta el punto de que este portal que unió oriente y occidente en el alba de nuestra civilización, se ve en el presente esperando una prosperidad constantemente pospuesta y formando parte de una de las regiones más conflictivas del planeta, donde desde el fin de las colonias se arrastran problemas endémicos que entrelazan a toda la comunidad internacional.

Dada su juventud parece probable que el autor de la presente exposición viviese su niñez escuchando de vez en cuando las palabras “Líbano” y “guerra” en la televisión, sin comprender la oscuridad que las envolvía. En realidad, poco más podrían entender los adultos, pues probablemente “entender” no sea una palabra que se pueda aplicar de ninguna forma a una guerra. Sin embargo, vivimos creando estructuras y medios que nos provoquen una ilusión, o tal vez una alucinación de comprensión. Y las repetimos y recreamos tantas veces para convencernos que hasta las palabras mismas adquieren un eco distorsionado que las acompaña. A estas estructuras transparentes parece referirse la pequeña instalación que acompaña la serie fotográfica que, como un altar doméstico, nos transporta al lugar donde los fuegos fátuos suceden: una habitación y una pantalla.
A lo largo la serie hay un diálogo constante entre el centro y los márgenes, desplazándonos alternativamente entre lo que podemos ver, lo que no podemos ver y lo que se nos impide ver. Una niña cubierta, un anuncio de proporciones antediluvianas, un improvisado balance de blancos; todo queda situado en el centro de una imagen donde los límites de la fotografía parecen cortar aquello que precisamente explicaría lo que sí vemos. Se nos frustra a través de cuerpos sin rostro y entornos descontextualizados, obligándonos a completar nosotros mismos esa diégesis. Surge entonces, como sugerencia o sugestión, la idea de que la palabra “Líbano” ya está en sí misma contaminada por las narraciones del fragor.

Esta narratividad inconclusa también es lo que distingue el trabajo de Ángel de la Rubia del periodismo gráfico convencional, y lo hace de una forma tal que no sabemos qué se pone más en tela de juicio: si la capacidad de nuestros medios de comunicación para transmitir algo parecido a un conocimiento real, o la capacidad del autor para sustituir ese murmullo opaco con un verdadero discurso del acontecimiento. En cualquier caso, los dos años que han pasado desde lo (no) mostrado aquí permiten poner sobre la mesa el olvido que ya ha actuado sobre un mes y medio de titulares y primeras páginas de 2006. Un olvido condenado a repetirse una y otra vez, vacío y anónimo.

Del 20 de diciembre de 2008 al 14 de febrero de 2009
Inauguración: Sábado, 20 de diciembre de 2008 / 20 h.

Galería Fúcares
San Francisco, 3 · 13270 Almagro
Tel.: 926 86 09 02
De martes a sábado: de 18:00 a 21:00 horas
www.fucares.com

Fuente: Prensa Fúcares

 

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